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| 6/1/2017 3:34:00 PM

Presidentes, arte y ritos: la vida del Cementerio Central

Describir un lugar pleno de historia, arquitectura y creencias populares como el Cementerio Central de Bogotá no es hablar de muerte, sino de vida. De la que fue, de la que es y de la que será.

Por: Margarita Rojas

No por obra de la muerte sino del miedo a ella, Bogotá ha mantenido distancia desde siempre con su ciudad de los muertos. Una distancia que se convirtió en olvido y abandono, no solo en términos de la gestión política sino de la relación de los ciudadanos con un espacio que tiene mucho que ofrecerle a la ciudad.

El Cementerio Central fue concebido para estar extramuros, como todos los que se empezaron a construir en Europa a finales del siglo XVIII, cuando las ideas de la Ilustración hicieron primar los criterios de higiene y salud pública sobre la costumbre católica de enterrar a los muertos bajo las iglesias y conventos. En el caso de la capital del Virreinato de Nueva Granada, lograr el cambio costó esfuerzo. Tuvieron que pasar 45 años para vencer la tozudez santafereña.

La orden contenida en una cédula real de Carlos III en 1781 se concretó cuando ya había un gobierno independiente y además, requirió otra prohibición perentoria establecida en un decreto de Simón Bolívar. En el camino, perdido el primer esfuerzo: el cementerio La Pepita, ubicado en la salida a Fontibón, al que solo fueron a parar los pobres o los indigentes.

En 1836 entró en funcionamiento el Cementerio Central. Cuatro años después, el entierro del presidente de la época, Francisco de Paula Santander, ayudó también a sepultar las viejas creencias.

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El emplazamiento, en la salida a Engativá, marcaba los límites de Santafé de Bogotá.

Su destino era estar en las afueras, pero la ciudad lo engulló. Entonces se produjo una negación urbana, como la denomina el arquitecto e investigador Luis Carlos Colón en La ciudad y los muertos: Cementerios de América Latina. Todas las obras en el entorno tendieron a negar su presencia: el aislamiento con el barrio Santa Fe y los trazados de dos grandes vías que lo dividieron o lo recortaron. No fue un asunto de mala fe. Fue resultado de una visión colectiva que ha ido cambiando en las últimas décadas de la mano de un grupo de arquitectos, antropólogos, historiadores y sociólogos en toda la región.

Catalina Velásquez, fundadora de la Red Iberoamericana de valoración y gestión de cementerios patrimoniales reconoce que en la mayoría el diagnóstico es abandono. Y lo atribuye a nuestro pasado de violencia: “Es el último lugar al que queremos ir porque nos ha dolido mucho la muerte”.

Bogotá también ha vivido un proceso para redescubrir el Cementerio Central, declarado Monumento Nacional en 1984. Las razones son infinitas. En el área central, conocida como La Elipse, hay un pasillo con los mausoleos de cerca de 15 presidentes de Colombia. Y con ellos, centenares de tumbas de industriales, artistas y poetas, decoradas con obras arquitectónicas y escultóricas cuyos detalles y emplazamiento son un reflejo de los códigos de la ciudad de los vivos. También reposan ahí las víctimas de algunos de los asesinatos más impactantes de nuestra historia reciente: Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro y Jaime Pardo Leal. Y en otros sectores, los muertos sin identificar del Bogotazo.

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En los callejones gente que ora, que les habla al oído a las figuras o deja escritos con peticiones. Junto a las lápidas, restos de piezas asociadas con rituales de ultratumba. Un singular retrato del país de hoy y el del pasado, cuya riqueza es imposible de cuantificar.
“Para la actual administración, ese lugar es una prioridad”, afirma Mauricio Uribe, director del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural. “Vamos a invertir en él porque se lo merece, porque lo que se pueda recuperar le va a servir al sector, al centro de Bogotá y a la memoria de la ciudad”.

Hace poco concluyó la recuperación del muro de cerramiento. Además, la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos (Uaesp), el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC) y el Ministerio de Cultura planean invertir unos 1.200 millones de pesos en restaurar tumbas y realizar obras para mejorar el espacio público. También aspiran a renovar los recorridos guiados diurnos y restablecer los nocturnos.

“El Cementerio Central puede convertirse en un museo de puertas abiertas, en un parque de esculturas por el cual resulte agradable, interesante y seguro pasear”, sostiene Uribe.

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El propósito incluye la reconexión con el barrio Santa Fe y la transformación del área aledaña de oficios (marmolerías y floristerías).

La proximidad con el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, situado en terrenos que formaban parte del Cementerio Central, es una razón de más para considerarla un área ligada a la memoria de una larga guerra en tránsito a convertirse en historia.

El acuerdo de paz alcanzado con las Farc y el proceso de reconciliación que se inicia ratifican que ha llegado la hora de dialogar con nuestros difuntos, de reivindicarlos y de convertir el perdón en el punto de partida de una relación distinta con la muerte.

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