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| 3/21/1988 12:00:00 AM

HISTORICO TIMONAZO

Paso a paso, así fue la semana que concluyó con el acuerdo para una reforma a fondo de la Constitución.

Nadie se lo imaginó. La semana que había comenzado con amagos de crisis institucional, terminaría con la firma del acuerdo político más trascendental de los últimos 30 años.

Si nadie se lo imaginó, fue precisamente porque el martes de esa misma semana se rompieron oficialmente las conversaciones entre el gobierno y la oposición. Ambos se acusaron de haber mentido y tergiversado el contenido del preacuerdo que sobre el mecanismo de una reforma constitucional, habían diseñado el presidente Virgilio Barco y Misael Pastrana el jueves 11 de febrero, en casa del ex presidente conservador. Conocida la ruptura, el país tuvo la sensación de que el gobierno había tomado la decisión irreversible de convocar el plebiscito para el 13 de marzo, aún por encima de la opinión de los ex presidentes, de la Iglesia y del Partido Social Conservador. Y así hubiera sido, si el jueves pasado el senador y ex presidente de la Dirección Liberal, Eduardo Mestre, y el también senador y presidente del Directorio Nacional Conservador, Carlos Holguín Sardi, no se hubieran comunicado telefónicamente a primera hora de la mañana, para citarse a almorzar ese día, como lo hacían regularmente desde hace varios años.

Preacuerdo y desacuerdo
Lejos de haber sido un preacuerdo como pretendía el gobierno, lo que se produjo en la reunión de Barco y Pastrana el jueves 11 fue un desacuerdo sobre lo fundamental. Tanto el Presidente como el ex presidente habían salido de esa reunión con una idea distinta de lo que allí había pasado. Pastrana entendía que su partido se comprometía con la búsqueda de un "procedimiento pronto y expedito" para reformar la Constitución, que no necesariamente era el plebiscito. Barco, por su parte, entendía que la oposición había quedado comprometida con la búsqueda de un "procedimiento extraordinario", que sí era el plebiscito. Sin embargo, ambos quedaron tan convencidos de que habían hablado de lo mismo, que en una conversación telefónica que sostuvieron al día siguiente de la reunión para comentar los titulares de prensa estuvieron de acuerdo en que el que mejor interpretaba el espíritu del preacuerdo había sido El Tiempo, que había titulado a seis columnas: "Principio de acuerdo sobre el plebiscito". La conversación fue cordial y ambos colgaron tranquilos.

En medio de esta aparente luna de miel del gobierno y la oposición, se inició un optimista fin de semana, que habría de ser bruscamente interrumpido con la noticia del trágico accidente del presidente de la Dirección Nacional Conservadora, Jota Emilio Valderrama, quien había venido jugando un papel protagónico en la controversia de los últimos días sobre la propuesta presidencial. Fue como un presagio de la tormenta política que se avecinaba.

Frente a frente
Eran las 5 en punto de la tarde del martes 16. El ex presidente Pastrana y el presidente encargado del Directorio Conservador, Carlos Holguín Sardi, llegaron a la Casa de Nariño para entregarle a Barco un documento que contenía la posición del conservatismo frente a la propuesta del gobierno. Los preámbulos, como siempre que Barco y Pastrana se encuentran, fueron amables. Pastrana le contó al Presidente que le había ido muy bien en la reunión que horas antes había tenido con el Directorio Conservador. "Estábamos absolutamente convencidos de que lo que llevábamos a Palacio era lo que se necesitaba para llegar a un gran acuerdo con el gobierno", le dijo a SEMANA Carlos Holguín. Pero cuando Holguín terminó la lectura del documento, gobierno y oposición descubrieron, por primera vez que no habían estado hablando el mismo idioma. "Esto no refleja el contenido de lo que hablamos", dijo el Presidente, calificando el documento de "vago e impreciso". "Yo jamás me comprometí con un procedimiento", repuso el ex presidente Pastrana, abiertamente desencajado. Barco sacó las notas que había llevado a casa del ex presidente Pastrana, para recordarle que la propuesta del gobierno había sido muy concreta: un cambio de fecha por fecha, sobre la base de un apoyo de Partido Conservador a una fórmula concreta. El ambiente estaba de cortar con cuchillo. Fue el mismo Presidente el que trató de restablecer la cordialidad, ofreciendo estudiar la propuesta del Partido Conservador. La reunión terminó en nada y los visiantes salieron de Palacio para enfrentarse con una nube de periodista que los aguardaba en la puerta.

En el despacho del Presidente, el ministro de Gobierno, César Gaviria quien había presenciado la reunión, consideró importante que el gobierno produjera un comunicado oficial sobre los acontecimientos. En él se afirmó que la respuesta conservadora no satisfacía, el contenido del preacuerdo, en el que "el Señor Presidente Barco había planteado el cambio de la fecha del 13 de marzo si el social conservatismo aceptaba un procedimiento extraordinario, por una fecha determinada".

Al comunicado del gobierno, el ex presidente Pastrana respondió con otro, en el que decía que el propósito de la visita de Barco a su casa había sido el de saber si el conservatismo consideraba necesarias las reformas y si podía contar con su apoyo para estudiarlas y sacarlas adelante.

Pastrana también criticó duramente el comunicado expedido por el gobierno, afirmando que en él se decía una inexactitud: la de que el presidente Pastrana se había comprometido con un "procedimiento extraordinario" de reforma de la Constitución. Pastrana dijo que le había señalado esta inexactitud al ministro de Gobierno, cuando éste lo llamó a consultarle el contenido del comunicado. Según el ex presidente, César Gaviria se comprometió a darle un giro a la redacción, y a llamarlo posteriormente. "Sí me comprometí a ello", le dijo César Gaviria a SEMANA. "Lo que pasó fue que volví a leer el comunicado y consideré que no había nada que cambiar. No podíamos redactar un comunicado con la versión que los couservadores tenían de los acontecimientos, sino con la que tenga el gobierno. Y esa era".

Ahí fue Troya. Gobierno y oposición se cerraron las puertas en las narices y lo que pareció evidente para él país fue que el presidente Barco convocaría, contra viento y marea, el plebiscito para el 13 de marzo. Así lo indicaba, por lo menos, la actitud del Presidente, quien desde la mañana del miércoles, sostuvo reuniones claves en busca de apoyo para su iniciativa. A las 8:00 se reunió con la Dirección Liberal, que le dio luz verde al plebiscito. Incluso el más reacio de sus miembros, el senador Hernando Durán Dussán, aceptó apoyar al Gobierno sin "bemoles". Al medio día, el Presidente almorzó con el grupo de abogados que venía apoyando al gobierno en el tema del plebiscito: Luis Carlos Sáchica, Luis Sarmiento Buitrago, Oscar Salazar Chávez, Alberto Hernández Mora y Gerardo Molina. En este almuerzo revisaron el texto de la convocatoria al plebiscito y el contenido de la consulta que ellos habían preparado a solicitud del gobierno. En la tarde, el equipo oficial se dividió en dos: mientras el Presidente se reunía con Luis Carlos Galán en busca de apoyo, César Gaviria y Germán Montoya se reunieron con el Registrador y su equipo técnico para discutir la carpintería del plebiscito del 13 de marzo. En este punto, el plebiscito parecía irreversible. La noche, sin embargo, habría de traer otras salidas.

La última cena
Desde hacía varios días, el senador Eduardo Mestre venía haciendo un sondeo informal con miembros de la Corte Suprema y del Consejo de Estado sobre la viabilidad jurídica del plebiscito, tal y como el presidente Barco lo había planteado originalmente. La conclusión había sido siempre la misma: un alto riesgo de que la Corte lo considerara inconstitucional, cualquiera que fuera el mecanismo: decreto de Estado de sitio o decreto ordinario. Por esta razón, una fórmula alterna al plebiscito le venía rondando en la cabeza.

La noche del miércoles 17, cuando ya todo parecía perdido en cuanto a la posibilidad de un consenso político para el plebicisto, Mestre invitó a comer a su casa a los ministros de Gobierno y de Comunicaciones, César Gaviria y Fernando Cepeda. Entre los muchos temas que trataron estuvo, obviamente, el del impasse surgido entre el gobierno y la oposición. Mestre les dijo que, a pesar de las trágicas y dolorosas circunstancias de la muerte de J. Emilio Valderrama, la llegada a la presidencia del Directorio Conservador de Carlos Holguín era un hecho muy significativo para el momento que se estaba viviendo. No sólo les dijo que estaba unido a Holguín por una entrañable amistad, sino que consideraba que el senador conservador era el mejor negociador con el que contaba el Partido Conservador. Los ministros se sorprendieron con la apreciación de Mestre, pues consideraban que, muerto J. Emilio, la dirección azul había caido en manos de la línea dura. Mestre insistió en las cualidades de conciliador de Holguín, les pidió no dejarse impresionar "por la cara de bravo que Holguín tiene siempre", y les solicitó su visto bueno para intentar un acercamiento "a título personal" con el presidente del Directorio Conservador.

Por este motivo Eduardo Mestre llamó a primera hora de la mañana del jueves a Carlos Holguín, para invitarlo a almorzar a su casa con el pretexto de "celebrarle su presidencia". Holguín no se sorprendió con la invitación, pues acostumbraban a reunirse con frecuencia. En el curso del almuerzo, ambos concluyeron que el desacuerdo Pastrana-Barco había sido producto de un "error de percepción", y que lo que había en la base era un acuerdo sobre la necesidad de las reformas institucionales. "Jamás hemos dicho que no a este punto", afirmó Holguín. "También estamos de acuerdo en que hay que hacer estas reformas rápido, pero en esta discusión nos hemos trabado más en las formas que en el meollo".

Entre las 12:30 y las 3:00 de la tarde, estuvieron dándole vueltas a distintas posibilidades. Holguín propuso una fórmula consistente en revivir los 60 días de plazo posteriores al 13 de marzo, lapso en el cual gobierno y oposición intentarían llegar a un acuerdo. En caso de no lograrlo, el gobierno quedaría en libertad de aplicar su fórmula y el Partido Conservador a no torpedeársela.

Mestre, por su parte, planteó una fórmula alternativa que consistía, básicamente, en dejar el plebiscito para el final del proceso, y en rebotarle al Congreso la convocatoria del constituyente primario, con el objeto de obviar el problema jurídico que tantas controversias había suscitado en los últimos días.

Para el senador liberal, la conversación sostenida con Holguín indicaba claramente que había una base para conversar y le pidió al senador conservador autorización para comunicárselo inmediatamente al gobierno. Holguín no era partidario de ir tan rápido. Al final y al cabo no tenía autorización oficial para estar en ese tipo de conversaciones con Mestre, pero accedió finalmente.

Con estas cartas sobre la mesa, Holguín y Mestre convinieron una segunda reunión esa noche en casa del senador liberal. A esta acudieron los ministros de Gobierno y Comunicaciones, y Holguín, que había conversado hora y media con Pastrana, llegó autorizado "para avanzar en el tema". Cada uno expuso sus fórmulas. Aunque la de Holguín fue recibida con interés por los representantes del gobierno, Cepeda confesó que le asustaba la posibilidad de que al cabo de los 60 días gobierno y oposición volvieran a llegar a un punto muerto. "El gobierno está dispuesto a cambiar su decisión pero por otra decisión, no por una posibilidad", dijo. Fue entonces cuando Mestre sacó de la manga su fórmula. Los ministros la aceptaron casi automáticamente y salieron a las 8:30 de la noche para comunicársela al Presidente. Este la recibió con frialdad, pero aceptó que, en principio, podía estudiarse. Mestre se comunicó con Holguín para acordar un nuevo contacto al día siguiente. Ambos tenían pensado salir de Bogotá temprano en la mañana, el primero para Bucaramanga y el segundo para Cali. Por eso no es extraño que en la maratónica jornada que protagonizaron al día siguiente, ambos pasaron el día en camisa de sport cancelando vuelo tras vuelo los viajes que habían proyectado.

Los correcaminos
El viernes 19 a las 9:00 de la mañana, Holguín se reunió con el ex presidente Pastrana y algunos miembros de su Directorio, para informarles que el diálogo con el gobierno se había reanudado sobre un principio de acuerdo. Curiosamente, a todos les resultó difícil creer que el gobierno le hubiera hecho a Holguín esa propuesta. Pastrana opinaba que Mestre carecía de personería oficial. Alvaro Gómez, por su parte, le advirtió a Holguín que se cuidara, porque al igual que con la reunión del famoso preacuerdo, el gobierno podía terminar acusándolo de "haber entendido mal". Con todo y esto, Pastrana y Holguín se sentaron a escribir las dos fórmulas que se habían discutido en las últimas horas.

A las 10:00 Holguín pasó por la casa de Mestre y le entregó el borrador. El senador liberal se comunicó inmediatamente con el ministro de Comunicaciones para leerle lo redactado por los conservadores. Cepeda se entusiasmó con la segunda fórmula y lo incitó a reunirse con él al mediodía en el Ministerio. Mientras Mestre se trasladaba al despacho ministerial, Cepeda intentó comunicarse con el ministro de Gobierno en Palacio, donde éste se hallaba reunido con el Presidente y los gobernadores. Cepeda le hizo saber a Gaviria, a través de un papelito que le pasó la secretaria del Presidente, que había humo blanco para un acuerdo y que era urgente reunirse con él.

A las 12:00 del día, Cepeda, Gaviria y Mestre se encontraron en la oficina del ministro de Comunicaciones. Rápidamente descartaron la primera fórmula y acogieron la segunda que, para ese momento, era tan sólo un párrafo de cuatro líneas en el documento que habían redactado Pastrana y Holguín: "Una Comisión de Estudios Constitucionales entrará desde ahora a estudiar las reformas, así como el compromiso adquirido de un referendo sobre las mismas para el mes de diciembre del presente año, en virtud de convocación de un órgano que quedará por definir"

Con el optimismo de que estos cuatro renglones encerraban el potencial de una gran reforma constitucional, los tres se dirigieron a Palacio para consultar la fórmula con Barco. Este confesó su perplejidad. Consideró que la nueva propuesta iba más lejos de la que los conservadores habían rechazado inicialmente. Sin embargo, y siempre con la misma frialdad, aceptó que continuaran las conversaciones. Mestre llamó de inmediato a Holguín y le dijo: "Tenemos luz verde de Barco. Reunámonos a las 2 de la tarde en tu oficina, para firmar el acuerdo de paz".

A la hora convenida, ambos se reunieron en la oficina de la Presidencia del Senado y redactaron un borrador del procedimiento. "Dejemos que los inmortales escriban la literatura-dijo Mestre refiriéndose al texto de la reforma-, nosotros los mortales escribamos lo de comer y beber".

Mestre regresó a las 3:30 con el borrador a Palacio, donde Barco lo recibió con una pregunta: "¿ Y usted qué le dio a Holguín?" Mestre contestó: "No le digo, porque si no jamás vuelven a pedir mis servicios". El Presidente y sus dos ministros hicieron algunas anotaciones que reformaban el borrador del texto.

Holguín, por su parte, se dirigió a la residencia de Pastrana. La lectura del documento dejó al ex presidente muy emocionado. Bastó un cuarto de hora de conversación, para que el jefe de la oposición le dijera al senador Holguín: "Siga para adelante, nos la vamos a jugar toda".

Mestre llamó a Holguin donde Pastrana y lo citó a una última reunión en su casa. En ésta, los dos senadores revisaron las modificaciones introducidas por el gobierno y redactaron la introducción del acuerdo. Cuando estuvo listo, Mestre llamó a Barco para anunciarle que iba para la Casa de Nariño: "Todo está listo-le dijo-, téngame destapada una de las buenas".

Holguín, quien consideró que hasta allí habían llegado sus buenos oficios, tomó el último vuelo a Cali. Mestre volvió a Palacio y, después de entregarle el texto final al Presidente y sus ministros, bajo el acuerdo de que desde ese momento César Gaviria asumiría oficialmente la negociación, tomó el último vuelo para Bucaramanga. La maratón de los correcaminos había terminado.

El Presidente, convencido de que tenía algo definitivo en las manos, llamó a comunicar las bases del nuevo acuerdo a la Dirección Liberal y a los ex presidentes Alberto Lleras, Alfonso López y Turbay Ayala a Roma. También se comunicó con Luis Carlos Galán y con Bernardo Jaramillo de la UP. Trató de hacer lo propio con el ex presidente Carlos Lleras a quien no encontró en su casa. Por último llamó al ex presidente Pastrana a quien le dijo: "Estoy muy contento. Va para allá César Gaviria, para hacer la revisión final del documento".

En este encuentro, ex presidente y ministro le dieron los últimos toques al histórico documento, y acordaron protocolizarlo a las 10:00 de la mañana del día siguiente en la Casa de Nariño.

Mientras esta reunión se llevaba a cabo, en Palacio el Presidente, Fernando Cepeda y el canciller Julio Londoño, esperaban ansiosos el regreso de Gaviria. Todavía podía pasar algo. Cuando el ministro de Gobierno regresó a Palacio la pregunta fue unánime: "¿ Qué pasó?", esperando descripción con lujo de detalles. Con una sonrisa de satisfacción en la boca, Gaviria respondió lacónicamente: "Todo O.K.".

El acuerdo
En resumen, el acuerdo firmado por el gobierno y la oposición consiste en crear inmediatamente una comisión que estudiará el temario de la reforma constitucional. Esta estará conformada por dos ministros, los cinco miembros de la Dirección Nacional Liberal, cinco de la Dirección Social-Conservadora, el director del Nuevo Liberalismo y un miembro de la Unión Patriótica. Simultáneamente el gobierno convocará para el 4 de abril a sesiones extras del Congreso por el término de un mes, para que éste elija los 50 miembros de una Comisión de Reajuste Institucional, que es el nombre con el que se ha decidido bautizar lo que, en el fondo, no es otra cosa que una Asamblea Constituyente. El Congreso también convocará al constituyente primario a un referéndum el 9 de octubre de este año, por un procedimiento que se señalará posteriormente, para que el pueblo colombiano apruebe el texto de la reforma constitucional que preparará la Comisión de Reajuste Institucional.

Esta Asamblea Constituyente estará integrada por 50 miembros que el Congreso eligirá de ternas enviadas por el Presidente, quien a su vez las elaborará de listas que presenten los partidos políticos. El Senado y la Cámara eligirán cada uno 25 miembros, según la proporción que cada grupo político obtenga en la votación global para Asambleas Departamentales en las elecciones del 13 de marzo.

Para los puristas, esta fórmula podría resultar tanto o más inconstitucional que la originalmente propuesta por el gobierno. Si en la fórmula del plebiscito por lo menos se buscaba remover el obstáculo del artículo 218 de la Constitución que faculta únicamente al Congreso para hacer reformas constitucionales, con la nueva fórmula ni siquiera se tiene la preocupación de remover el obstáculo. Sencillamente, el Congreso, como representante del constituyente primario, designa los miembros de la Asamblea Constituyente y convoca al pueblo a un referéndum sobre la reforma constitucional.

La nueva fórmula es tan sofisticada que hace que el punto anterior parezca secundario en comparación con las alternativas políticas que ofrece.

Por un lado, se descarta la fórmula del plebiscito convocado por el Presidente y se deja sin argumentos a quienes esgrimían la prohibición del artículo 13 del plebiscito del 57 en cuanto al uso de este mecanismo para hacer reformas constitucionales. Por otro lado, despeja el problema de la fecha del 13 de marzo en el itinerario del proceso de reforma constitucional, que era un requisito fundamental para lograr el apoyo de la oposición.

Pero lo más importante es que la nueva fórmula introduce la participación de las tres ramas del poder público: el Presidente convoca al Congreso a sesiones extras; el Congreso nombra la Comisión de Reajuste Institucional y convoca al referéndum; y queda abierto el camino para que la Corte ejerza su función de control constitucional, pronunciándose sobre la exequibilidad de las decisiones del Parlamento.

Una ventaja adicional sería la de que con la fórmula Mestre-Holguín, el presidente Barco reduce considerablemente su protagonismo al no ser él quien convoca al constituyente primario. Pero, además, podría abonársele al gobierno que la composición de la Asamblea que preparará las reformas, reflejará los resultados de las próximas elecciones frente a las cuales el Partido Conservador tiene grandes expectativas. En otras palabras,-se actualiza la correlación de fuerzas políticas que probablemente favorecerá al Partido Conservador en relación con las elecciones anteriores.

La fórmula también tiene gran sabor democrático. Si bien el constituyente primario no será consultado directamente en la primera etapa del proceso, lo será indirectamente, puesto que la elección de alcaldes ha quedado estrechamente vinculada con el proceso de reforma constitucional. Finalmente, la nueva fórmula acorta de manera considerable el tiempo del trámite de la reforma. Hoy por hoy es seguro que el 9 de octubre Colombia tendrá una nueva Constitución, cosa que no garantizaba, ni mucho menos, la fórmula del plebiscito el 13 de marzo.

Admitiendo que habrá muchos que insistan en la inconstitucionalidad de este nuevo acuerdo, el hecho de que se haya logrado por consenso, de que el Congreso tenga participación fundamental y de que no exista ese salto al vacío de la fórmula original, que entregaba al Presidente un cheque en blanco, implica que se le ha otorgado a este intento de reforma constitucional ese piso jurídico respetable que venían reclamando unánimemente los ex presidentes.

Que este acuerdo para reformar la Constitución se convierta en el hecho político más importante de los últimos 30 años, desde los pactos de Sitges y Benidorm, depende de los acuerdos que se logren en el seno de la Comisión de Reajuste Institucional. Por ahora, sólo puede afirmarse que el esquema gobierno-oposición logró pulir favorablemente la controvertida iniciativa del gobierno y que, al final, no quedaron vencidos tendidos en el terreno. Sólo ganadores. La oposición logró parar la firma del cheque en blanco y el gobierno se salió con la suya: sacar adelante una reforma constitucional por medio de un mecanismo extraordinario.

Si la reforma constitucional de 1988 llega a significar transformaciones de importancia para el país, la historia tendrá que reconocerle su cuota a tres binomios. El primero, el de los inspiradores, Gaviria y Cepeda, los dos controvertidos ministros que lograron el milagro, en escasos 15 días, de cambiar radicalmente el estado de ánimo del país de un pesimismo desesperado a un optimismo moderado. El segundo, el de los componedores, Mestre y Holguín, que lograron tenazmente limar diferencias aparentemente irreconciliables, e inventarse y posteriormente vender, una fórmula que dejó satisfechas a todas las partes. El tercero, el de los timoneles, Virgilio Barco y Misael Pastrana, quienes después de protagonizar sus respectivos cañazos, responsablemente cedieron lo que tenían que ceder y acordaron lo que tenían que acordar. Es imposible anticipar en qué va a desembocar a la larga el proceso que se está iniciando. Indudablemente se están asumiendo grandes riesgos, pero no tantos como los que se correrían si no se hiciera nada.-

El ave Mestre
Con más canas de las que debería tener un hombre de 50 años como él y después de haber recibido más golpes en los últimos 2 años de los que resiste el político promedio, el senador Eduardo Mestre Sarmiento está, una vez más, en el foco de la noticia. Y una vez más lo está por cuenta del papel que mejor sabe desempeñar: el de mediador.

La semana pasada, cuando todo el mundo consideraba que el gobierno y la oposición habían quemado las naves tras fracasar los intentos para lograr un acuerdo sobre el plebiscito, Mestre invitó a almorzar a su amigo personal y colega en el Senado, Carlos Holguín Sardi, a la sazón presidente del Directorio Social Conservador, y con ello revivió las posibilidades de que se consiguiera el pacto que finalmente firmaron el sábado el presidente Virgilio Barco y el ex presidente Misael Pastrana.

No es la primera vez que una mediación de Mestre logra lo que ya se daba por descartado. Nacido en Bucaramanga de padre antioqueño y madre santandereana, casado, padre de una hija, tres veces senador y una vez representante, este hombre que se considera "el último de los radicales y el último romántico", trabajó durante dos años y medio para convencer a una masa escurridiza de parlamentarios liberales de que, a pesar de todas las objeciones, Virgilio Barco era el hombre para 1986.

Debido a eso, en los corrillos políticos se le daba como seguro ministro de Gobierno del primer gabinete de Barco. Pero la política, tan cambiante como las corrientes del Triángulo de las Bermudas, dio uno de sus acostumbrados giros violentos y lo dejó, en la noche del 7 de agosto del 86, como el gran damnificado del primer día de trabajo de Barco. Los rumores sobre su vinculación con el entonces sindicado de narcotráfico, Gilberto Rodríguez Orejuela, fueron, según se dijo en esos días, la causa de su desgracia. Rumores que luego se fueron enrredando y que terminaron por frustrar la que había sido segura elección de Mestre como designado a la Presidencia.

Muchos creyeron que los días de Mestre en la dirigencia liberal estaban contados. Pero los que estaban contados eran los 140 votos con los que Mestre resultó elegido para la Dirección Nacional Liberal en la convención de febrero del 87. Esa votación le dio además el derecho a ser, en el sistema rotatorio aplicado, el segundo presidente de la DNL. Desde ese cargo, protagonizó en septiembre los diálogos con el senador Luis Carlos Galán, jefe del Nuevo Liberalismo, que constituyeron los primeros pasos en firme hacia la unión liberal y gracias a los cuales se diseñaron mecanismos de coalición para la elección de alcaldes y un acuerdo legislativo que salvó del desastre total las propuestas gubernamentales en las sesiones del Congreso en el 87. "Esos acuerdos -se lamenta Mestre-los dilapidó el liberalismo. Eran la base de un partido nuevo"

Pero el protagonismo de Mestre no se ha limitado al terreno político local. Desde que empezó el gobierno de Barco, ha participado de cerca en las conversaciones con las autoridades cubanas. Cuatro veces se ha reunido con Fidel Castro y ha sido intermediario de una serie de acuerdos comerciales que deben ser la base para que en el futuro las relaciones diplomáticas entre La Habana y Bogotá se restablezcan.

En fin, Mestre parece tener la virtud de aparecerse exactamente en el momento en que resulta más necesario. Y en estos tiempos en que todo el mundo discute de todo pero casi nadie produce resultados, un hombre que los produce merece respeto.
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