Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2010/07/31 00:00

"¡Hombre, conversemos!"

Alfonso Cano, jefe máximo de las Farc, dice que quiere iniciar un diálogo con el nuevo gobierno. ¿Se le puede creer?

El máximo jefe de las Farc divulgó el viernes un video en el que le pide al presidente Santos un resquicio para el diálogo y plantea una agenda para conversar.

Si la política y la guerra fueran cuestión de retórica, habría sobradas razones para estar optimista con el video que el viernes pasado publicó el jefe máximo de las Farc, Alfonso Cano. Después de varios años en los que los jefes guerrilleros se dedicaron a vituperar al gobierno, ponerle condiciones para liberar secuestrados y negarse radicalmente a negociar, Cano ha salido al aire, con semblante cansado y envejecido, insistiendo en buscarle una salida negociada al conflicto.

Aunque en su discurso se reciclan algunas de las manidas y anacrónicas consignas izquierdistas de siempre, muchos analistas han observado con interés el cambio de tono: menos belicoso y desafiante, más racional y político. Se trata de un mensaje dirigido al presidente Juan Manuel Santos y a la cumbre de Unasur, con un solo mensaje: las Farc están dispuestas a conversar con el nuevo gobierno.

Cano exalta la labor de la Corte Suprema de Justicia en el juzgamiento de políticos involucrados con el paramilitarismo, e insta a Santos a dejar atrás el estilo del gobierno de Uribe. Reconoce que no les ha ido bien en la guerra, pero insiste en que la guerrilla siempre estará ahí, porque no es posible la derrota militar. "Colombia puede cerrarle las puertas a la guerra civil si encontramos un resquicio", dice el jefe guerrillero, y llama al nuevo gobierno a una "reflexión". No menciona el intercambio humanitario, y en cambio se refiere a una agenda básica de diálogo, con sesgo bastante reformista: no a las bases militares de Estados Unidos, un acuerdo en derechos humanos y derecho humanitario, el problema de las tierras y de los indígenas, y la reforma del régimen político, así como una reforma al modelo económico.

Aunque es notorio un giro en el discurso de Cano, que ha sido bien visto, no hay que hacerse demasiadas ilusiones. La retórica no es suficiente, y es lógico que ante un cambio de gobierno la guerrilla busque un espacio político que necesita como el oxígeno para respirar. Esa había sido la tradición de los últimos años, hasta Uribe, con quien solo se habló el lenguaje de los fusiles. "Cualquier iniciativa de paz tiene que ser sobre bases muy claras que incluyan la liberación unilateral de los secuestrados y un cese de hostilidades", dice el analista Alejo Vargas. En eso coinciden muchos observadores que consideran que en Colombia es irrepetible la experiencia del Caguán, de negociar bajo las balas y mientras la guerrilla engrosaba su botín de secuestrados.

Otro gran escollo es la desconfianza que producen las Farc y que la opinión pública lleva ocho años cabalgando sobre la idea de que solo es posible y deseable una victoria militar. "Hoy en Colombia cualquier mensaje de paz es visto con sospecha", dice el senador gobiernista Roy Barreras.

Pero en lo que también coinciden diversos análisis es en que una de las paradojas de la seguridad democrática es que justamente logró arrinconar de tal manera a las Farc que una consecuencia de su éxito tendría que ser abrirle las puertas a una negociación sobre bases sólidas. "Al llegar Santos a la Presidencia se plantea la encrucijada de si se optará por una 'pax romana', la paz de los vencedores, o se optará por una salida política con un Estado fuerte y sin hacer concesiones innecesarias, que sería una gran diferencia con la negociación de Pastrana", dice el ex presidente Ernesto Samper.

Pero ¿está Santos interesado en acercamientos con las guerrillas? El tema de la paz nunca le ha sido ajeno al nuevo Presidente. De hecho, en el pasado él se involucró, junto con Álvaro Leyva, en acercamientos con todos los grupos armados. También estuvo en el Caguán y ha defendido su presencia allí como parte de su talante dialogante. Santos además viene de ser un ministro de Defensa muy exitoso, que conoce al dedillo la realidad de la guerra y sabe que la contención militar de la insurgencia tiene unos límites. Si él quiere realmente un gobierno basado en la prosperidad necesita ponerle fin al conflicto, bien sea con una irrefutable victoria militar, difícil de lograr, o un proceso de paz imaginativo y diferente a todos los conocidos. Por lo demás, ningún estadista puede desdeñar el hacer uso de los instrumentos de la guerra, ni del diálogo y la negociación. Ambas se necesitan y son legítimas dependiendo de cómo se encaren.

No ha pasado inadvertido, por ejemplo, que el vicepresidente Angelino Garzón no solo haya sido un importante dirigente del Partido Comunista, sino que también conoció a Alfonso Cano muy de cerca y que ha militado en el movimiento de paz y en la Comisión de Conciliación durante las últimas décadas. Cuando estuvo en la Gobernación del Valle, de 2003 a 2007, Garzón se destacó por apoyar las iniciativas encaminadas al acuerdo humanitario, incluido el eventual despeje de una zona en su departamento.

Otro elemento crucial en el análisis es el desarrollo que tenga la crisis con Venezuela. Pocos dudan de que desde el 8 de agosto Santos enfilará baterías para mejorar las relaciones con el presidente Hugo Chávez, rotas justamente por las pruebas de que el gobierno vecino es, por decir lo menos, tolerante con la presencia de las Farc en su territorio. Santos, que conoce como la palma de su mano el contenido de los computadores de Raúl Reyes, sus correos y fotografías, no ignora esto, pero es previsible que le dé un tratamiento diferente. En la cumbre de Unasur, Venezuela ha insistido en que se aborde una propuesta de paz para Colombia, tema al que no son indiferentes ni Ecuador, ni Argentina, ni Brasil. Un nuevo clima en la región podría redundar en una mayor distensión con las Farc.

Adicionalmente, el rumbo que ha tomado el tema de justicia y paz, que ha llevado a una verdad parcial pues solo se ha abordado la violencia paramilitar, y los juicios contra militares y políticos, parecen estarles abriendo camino cada vez más a una Comisión de la Verdad y, eventualmente, a un acuerdo nacional alrededor de la reconciliación. Santos parece estar dispuesto a hablar de temas que parecían vedados en el anterior gobierno, como los derechos de las víctimas y una reforma de tierras, como parte de la unidad nacional.

Todos estos son síntomas positivos que muestran un cambio en los vientos. Pero es necesario pasar de las palabras a los hechos. Infortunadamente ese es el paso que las Farc nunca han logrado dar. En Colombia se les conoce por traicionar con sus actos la buena voluntad que manifiestan en sus discursos. Por eso, a pesar del cambio de tono en el discurso de Cano y de que es importante su llamado al diálogo, todavía no hay razones para enarbolar los olivos. No hasta que haya gestos que muestren una verdadera voluntad de dejar la guerra.

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