Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1998/11/09 00:00

HORACIO EN PALACIO

Después de que muchos lo desahuciaran políticamente, Horacio Serpa está cogobernando sin someterse a ningún desgaste.

HORACIO EN PALACIO

La derrota frente a Andrés Pastrana estrelló súbitamente a Horacio Serpa con las realidades del asfalto. El hombre fuerte del régimen saliente parecía desdibujarse y no faltó quien pronosticara que sus oportunidades habían terminado. A pesar de haber conseguido la votación más alta del Partido Liberal en la historia Serpa tenía problemas para mantener el orden en su bancada. Los políticos que lo acompañaron en campaña buscaban afanosamente una tabla de salvación para no quedarse por fuera de los puestos y presupuestos del nuevo gobierno. El bloque costeño, que fue el mayor aportante regional de su candidatura, no solamente desacató la instrucción del jefe liberal de hacer oposición patriótica sino que además desertó en masa para elegir al jefe conservador de Antioquia Fabio Valencia Cossio como presidente del Senado. En la práctica esto significaba que el Partido Liberal, por primera vez en muchos años, se convertía en minoría en el Congreso.
El escenario político para el ex candidato liberal no podía ser peor. Despojado, en plena campaña, de su tema bandera de la paz. Con un bloque parlamentario resquebrajado. Conminado a renunciar a la jefatura liberal por algunos dirigentes de su partido. Sin capacidad de interlocución frente al gobierno e identificado con una clase política desprestigiada que, paradójicamente, le acababa de voltear la espalda, Serpa empezaba a cruzar el desierto en medio de la peor tempestad que hubiera vivido en casi 30 años de carrera política exitosa. Sin embargo las circunstancias que siguieron, su olfato y su habilidad política le han permitido no solo salir de la adversidad sino volver a Palacio sin pagar a cambio el desgaste natural de las decisiones que por esta época debe tomar su antiguo contendor y hoy presidente de la República, Andrés Pastrana.
El gradual debilitamiento de la llamada Gran Alianza por el Cambio fue la gasolina necesaria para que Serpa volviera a arrancar. La elección del Contralor General demostró que a la hora de votar los congresistas están con quien pueda entregarles puestos y no con quien pretenda representar el cambio. El gobierno aprendió rápido la lección y registró que cualquier iniciativa que hiciera trámite en el Congreso necesitaba el aval de las diferentes fuerzas políticas para pasar sin tropiezos o costosas modificaciones. Con un duro paquete de ajuste fiscal y un proceso de paz en camino el presidente Pastrana tenía ahora por delante la necesidad de contar con Horacio Serpa. En una enorme paradoja, de las que son frecuentes en la política colombiana, era más manejable para el gobierno descartar a algunos de sus viejos aliados de campaña que prescindir de su archirrival.
Cuando el ministro del Interior, Néstor Humberto Martínez, fue hasta la sede de la Dirección Liberal para enseñarle a Serpa el proyecto de reforma política del gobierno, las cartas empezaron a jugar a favor del otrora candidato derrotado. No era necesario ser un gran observador para presumir que si el gobierno buscaba la participación de Horacio Serpa en la reforma era porque de antemano había descartado la revocatoria del mandato de los congresistas. En otras palabras, la llamada reforma Ingrid agonizaba y en su lugar el gobierno buscaba un ajuste de costumbres que pudiera ser tolerado y hasta autoimplantado por el Congreso. El mismo Congreso que en pocos días debe empezar a tramitar la reforma tributaria, tema crucial para el destino de la administración Pastrana, y las leyes que resulten de un eventual proceso de paz, iniciativa esta en la que el gobierno ha decidido jugarse sus más fuertes cartas.
Por primera vez en muchos meses Horacio Serpa está frente a una situación en la que tiene todo por ganar y nada por perder. A buena cuenta de su proclamada oposición, Serpa seguirá disintiendo del gobierno de Pastrana. Y a nombre del patriotismo puede sentarse en la misma mesa con el Presidente para armar una reforma de consenso que no vulnere los intereses de su bancada en el Congreso. En otros términos, Serpa ha empezado a cogobernar en el tema de la reforma política, el más importante para el futuro de sus aspiraciones. Adicionalmente el ex ministro vuelve por sus fueros de amigo de la paz, presentándose ante el país como el hombre que hace posible que el Presidente tenga en la mano todos los instrumentos para consolidar un proceso.
Este matrimonio por conveniencia entre el presidente Andrés Pastrana y Horacio Serpa les ayuda a ambos pero, sin duda, deja un impresionante saldo a favor del segundo. En primer lugar sus visitas a la Casa de Nariño, que tanto daño le hacían durante el pasado gobierno, hoy lo proyectan como un estadista.
Cada vez que Serpa acudía a visitar a Samper muchos pensaban en componendas; ahora que visita a Pastrana todos se imaginan que buscan acuerdos por el bien del país. En segundo término, y en aras de una eventual nueva candidatura, Serpa ha logrado dejar atrás muchos de los estigmas que lo afectaron en su pasada campaña. De él se decía que era enemigo de Estados Unidos, populista, demagogo, irresponsable, izquierdista e incluso guerrillero. Hoy hasta sus más enconados detractores solo lo juzgan en función de su papel de jefe de la oposición. Serpa ya no es una piedra en el zapato del sistema sino una parte imprescindible de él.

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