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| 10/4/2014 10:00:00 PM

“La reconciliación no puede ser política de Estado”

El historiador alemán Hubertus Knabe es uno de los europeos que más sabe de verdad y reparación. Dirige el centro de memoria de la vieja cárcel de la Stasi en Berlín y vino a Bogotá para hablar de justicia y perdón. SEMANA habló con él.

SEMANA: Los alemanes sugieren ‘confrontar el pasado’ para que una sociedad herida pueda reconciliarse. ¿Cómo le explica ese concepto a un colombiano?

Hubertus Knabe: Confrontar el pasado significa dejar de lado todo aquello que cargas y poder liberarte. Esto es difícil cuando se han violado los derechos humanos, y por eso confrontar el pasado es también un mensaje para el Estado, el sector privado y la sociedad civil. Significa ayudar a las víctimas, indemnizarlas, hacer justicia y dejar claro cuánto mal se cometió. Y significa también reunir datos, abrir archivos, someterlos al trabajo científico e informar a las nuevas generaciones. Esta última es una tarea sin fin.

SEMANA: Usted dirige un centro de memoria en la antigua cárcel de la Stasi, la Policía secreta de la desaparecida Alemania Oriental. ¿Qué crímenes se cometieron allá?

H. K.: Después de la Segunda Guerra, Alemania fue dividida. Los soviéticos ocuparon el oriente, erigieron un sistema comunista y persiguieron a todo el que intentó oponerse. En el primer año arrestaron a 100.000 personas y las llevaron a unos campos, donde un tercio murió. Luego abrieron tribunales e interrogaron a cientos de miles, recurriendo a veces a la violencia. La Stasi tenía 17 cárceles, donde fueron encerradas 250.000 personas: activistas, disidentes, críticos, gente que había intentado huir. Las sometían, a veces, a castigos físicos, les refrigeraban las celdas o se las inundaban con agua o las hacían permanecer de pie durante días. Pero la mayoría de las veces la tortura era psicológica. Esos 40 años de dictadura transformaron la sociedad.

SEMANA: Hoy Colombia se pregunta cómo enfrentar el posconflicto. ¿Ustedes, después de vivir esas experiencias, cómo lo hicieron?

H. K.: Uno de los esfuerzos más loables de la sociedad alemana fue el de conservar los sitios donde tuvieron lugar los crímenes. Esto tiene un fin específico: evitar que la gente olvide lo ocurrido. Gracias a las asociaciones de víctimas logramos mantener intactos casi todos los sitios en que operó la dictadura. Eso tiene un valor inmenso. Ustedes no deberían destruir los lugares más insignes del conflicto. Hay momentos de la historia que es necesario conservar.

SEMANA: El 9 de noviembre se cumplen 25 años de la caída del muro de Berlín. ¿Han logrado los alemanes cerrar las heridas?

H. K.: La dictadura creó una cultura controlada por el Estado donde las personas dejaron de sentirse responsables por sus vidas y donde todo estaba organizado y prescrito. Hoy mucha gente mayor recuerda esos tiempos con nostalgia. Pero olvidan que no tenían libertad. Vivían en un país amurallado, y las consecuencias de esto se sienten hasta hoy.

SEMANA: ¿Cómo?

H. K.: En las cárceles trabajaron 40.000 personas. En total, la Policía secreta tenía la mayor densidad de espías que ha tenido nunca un servicio secreto en relación con la población. Entre funcionarios y colaboradores, casi 700.000 personas le servían a la Stasi en un país de 16 millones. La vigilancia era extrema. Cada día, la Stasi abría y revisaba 90.000 cartas, interceptaba más de 20.000 teléfonos y manejaba una enorme red de informantes. Tan grande era esta que terminó destruyendo la confianza entre la gente. Los informantes llegaron hasta las familias. Hay una historia de una disidente que se enteró de que su esposo la había espiado. Hay otra de un escritor cuyo hermano era un informante. Y está mi experiencia…

SEMANA: ¿Usted también fue víctima de la Stasi?

H. K.: Dos de mis mejores amigos, con quienes llegué incluso a hacer cosas ilegales para criticar a la dictadura, resultaron siendo informantes. Durante años me espiaron y le mandaron a la Stasi información sobre mí. Yo me enteré de eso mucho después, cuando, ya caído el muro, Alemania decidió hacer públicas las actas de la Policía secreta. Ese tipo de cosas no solo son durísimas a nivel personal, sino que también acaban con la confianza de un pueblo.

SEMANA: Ya que habla de esas actas, ¿cómo les ha ido mostrándole a la gente la verdad?

H. K.: La Stasi quiso destruir sus archivos, pero no lo logró gracias a un hecho asombroso. La misma gente irrumpió pocos días después de la caída del muro en las oficinas de la Stasi e impidió la desaparición de esos archivos. Tras la reunificación surgió una ley que garantiza que las víctimas puedan ver las actas. Así la gente se enteró de cosas terribles. Muchos pensaron que iban a salir a buscar venganza y matarse, pero no fue así.

SEMANA: El fin de un conflicto no solo exige verdad, sino también reparación y castigos. ¿Ustedes lograron hacer justicia?

H. K.: En Alemania se profirieron dos leyes para reparar los daños y rehabilitar a quienes habían perdido su familia, su salud física o mental. Y también se empezó a buscar a los responsables. Se abrió una Fiscalía exclusivamente para eso, con una unidad de investigación policial y muchísimo personal. Pero ni siquiera así logramos investigar a todos. Se investigaron 100.000 casos, pero hubo pocas condenas. Solo 40 personas terminaron en la cárcel, la mayoría por tiempo breve, y algunos, incluso, por delitos distintos a los cometidos durante la dictadura.

SEMANA: En algunos países donde ha habido crímenes masivos la Justicia puede limitarse a juzgar solo a los máximos responsables. Algunos hablan de aplicar este modelo en Colombia. ¿Ustedes por qué no lo hicieron?

H. K.: Alemania es un país con una fuerte fijación en las reglas, y por eso se decidió investigar y, dado el caso, castigar a todo quien hubiera violado el Código Penal. El problema es que no se usó el actual, sino el de Alemania Oriental. Ese fue un procedimiento extraño porque ese era el Código Penal de una dictadura. Así las cosas no podían funcionar. Diez años después de la reunificación no fue posible investigar penalmente ningún delito distinto al homicidio. De la Policía secreta solo el director terminó en la cárcel, y no por sus actuaciones allí sino porque antes de la dictadura había matado a dos policías.

SEMANA: Los colombianos tienen la esperanza de que con verdad y reparación también haya perdón. ¿Los alemanes ya se reconciliaron?

H. K.: Voy a serle sincero: no tengo esa impresión. Y la razón es sencilla. Aquí los victimarios nunca se disculparon, nunca se mostraron arrepentidos. Hasta hoy vivimos una especie de guerra fría donde conviven bandos que se odian. Los victimarios parecen no sentir un cargo de conciencia. Y las víctimas no quieren tener nada que ver con ellos. La reconciliación no puede ser una política de Estado. Decidir si perdono o no a alguien es un proceso individual, y en Alemania no lo hemos logrado.

SEMANA: Muchos temen que los comandantes de las Farc lleguen al Congreso. En el parlamento alemán hoy hay gente que trabajó con la Stasi. ¿Las víctimas aceptan eso?

H. K.: Cuando desapareció la República Democrática Alemana, Alemania reunificada no prohibió el partido que había sido responsable. Este cambió de nombre y hoy participa en elecciones. Al principio, a las víctimas eso las indignó y las afectó, pues se sintieron sometidas a una especie de retraumatización. Al ver que el mismo partido que durante 40 años había cometido enormes injusticias recibía votaciones de hasta el 20 por ciento, muchos sintieron miedo y revivieron las pesadillas del pasado. Con el paso del tiempo, sin embargo, la gente ha empezado a sentirse resignada.

SEMANA: Hable de su experiencia. ¿Pudo por lo menos usted perdonar a sus viejos amigos?

H. K.: Mi situación es esta. Yo no quiero tener nada que ver con esos espías. Cuando se supo que me habían espiado, uno me llamó y me dijo: ‘Mi vida está destrozada, la única alternativa que me queda es suicidarme’. Yo sentí la necesidad de decirle que lo que había hecho no había sido tan malo, que dejara de pensar en el suicidio, que la vida debía continuar… ¡Y a la vez me sentí terriblemente mal! Entonces tomé la decisión de no volver a hablar con esa gente.

SEMANA: Al leer esto uno podría salir pesimista.

H. K.: Me parece que ustedes no deberían tener la obsesión de perdonarse por completo. En una sociedad no todos tenemos que ser amigos. Pero ojo: esto no quiere decir que tengamos que odiarnos. En una sociedad libre uno no debe sentirse obligado a amar a los demás sino a estar tranquilo con su conciencia y respetarlos. Las culturas cristianas pueden pensar distinto, pero yo pienso que tras un conflicto tan difícil y complejo ese anhelo es imposible. De lo que se trata, más bien, es de poder vivir juntos y en paz. Si ustedes logran eso, ya habrán alcanzado algo enorme.
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