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| 5/27/2017 10:15:00 PM

De la Calle destapa sus cartas como candidato presidencial

El exnegociador será candidato en contravía del dogma que dice que los colombianos están hastiados con la paz.

Al menos sobre el papel, los liberales y Cambio Radical son aliados políticos: forman parte de la Unidad Nacional y han apoyado al gobierno en el proceso de paz con las Farc. Pero la semana pasada se empezaron a hacer notorias las grietas. Mientras Humberto de la Calle, exjefe del equipo negociador, cuestionó el fallo de la Corte Constitucional que limitó el mecanismo de fast track diseñado para acelerar la implementación de los acuerdos, el director de Cambio Radical, Jorge Enrique Vélez, se fue en dirección contraria: alabó el dictamen del Alto Tribunal y, de paso, anunció que si su colectividad gana las elecciones del año que viene, suspendería las negociaciones con el ELN.

En momentos en que empiezan a sentirse los movimientos de la campaña, justo un año antes de la primera vuelta, estas posiciones de De la Calle y Cambio Radical abren un interrogante sobre qué importancia tendrá el tema de la paz en el debate electoral. Es claro que De la Calle, quien no niega que está considerando su aspiración, y el partido de Vargas Lleras, quien lidera las preferencias de intención de voto, piensan distinto. En la competencia que se avecina estarán en orillas opuestas. La bandera de la paz ha servido para ganar elecciones –Belisario Betancur en 1982, Andrés Pastrana en 1998 y Juan Manuel Santos en 2014–, pero en otras ha sido más rentable la propuesta de la mano dura: Álvaro Uribe en 2002 y 2006, y Santos en 2010.

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¿Será definitiva la paz en esta campaña? Hasta ahora, la percepción generalizada es que en 2018 la paz no es bien vista. Después del triunfo del No en el plebiscito se envalentonaron las posiciones críticas del proceso con las Farc. Las encuestas indican que los colombianos no esperan grandes transformaciones del acuerdo del Teatro Colón y son muy pesimistas sobre las perspectivas con el ELN. Una mirada rápida al estado de la opinión conduce a la conclusión de que, frente a la paz, es mejor oponerse –como vienen haciendo los aspirantes del Centro Democrático- o pasar la página y cambiar de agenda, que ha sido la opción de Sergio Fajardo, Claudia López y Jorge Enrique Robledo, entre otros, para quienes la próxima campaña se debe concentrar en el asunto de la corrupción.

Por eso sorprendió la posición de De la Calle. En entrevista para El Tiempo, repicada en varios medios y reiterada por él en múltiples declaraciones, fue más allá de cuestionar a la corte y defendió sin matices el proceso que, al fin y al cabo, dirigió. ¿Cometió un error estratégico desde el punto de vista de la mercadotecnia electoral? ¿No tiene opción porque ya está muy asociado al proceso? ¿La paz volverá, otra vez, al centro de la controversia electoral?

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El exjefe del equipo negociador aún no habla como candidato. Aunque se da por descontado que estará en la baraja, su discurso oficial es que todavía está deshojando la margarita. Lo cierto es que, más que la decisión de postularse o no, lo que no está nada claro es cómo hacerlo. Se daba por descontado que lo arroparía su partido, el Liberal, o que surgiría de una consulta interna de esa colectividad. Pero la ola de moda va en dirección opuesta a los desgastados partidos y la posibilidad de alianzas multicolores se está volviendo atractiva como antídoto contra la mala imagen de la política tradicional.

También hay argumentos de estrategia electoral que ponen en duda el dogma según el cual, en 2018, a la paz hay que negarla o ignorarla. Puesto que hay tantas candidaturas, la posibilidad de aglutinamiento se vuelve fundamental. Y al fin y al cabo, en el plebiscito la mitad de los electores estuvieron con el Sí (la diferencia en favor del No fue de 53.000 votos). Una propuesta de seguir adelante con la implementación del acuerdo con las Farc y de completar el fin del conflicto con el ELN podría ser un punto de convergencia para esos sectores. Si un candidato logra, con esa bandera, volver a juntar una porción significativa de quienes votaron por el Sí, podría hacer cuentas matemáticas para pasar a la segunda vuelta y dejar en el camino otras alternativas con menor capacidad de sumar.

En principio, en el tope de la lista de quienes podrían liderar esta cruzada están, junto con De la Calle, la exministra Clara López Obregón, liberales como Juan Fernando Cristo –quien acaba de renunciar al ministerio para lanzarse al ruedo electoral– o Juan Manuel Galán, y el sector de La U encabezado por Roy Barreras y Armando Benedetti, que no se siente atraído por Juan Carlos Pinzón.

Pero el tema de la paz no es solo un asunto político. De hecho, normalmente se pone por encima de las disputas partidistas. Y en el largo plazo, el éxito o fracaso de una negociación no depende solo de lo que se pacta, sino de cómo se lleva a la práctica lo acordado. Así lo demuestra un informe de la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos, que hace un estudio comparativo de varias negociaciones en el mundo. El tono de De la Calle está sintonizado con esta concepción cuando afirma que el proceso “está en jaque”. Para el exnegociador, se necesita un compromiso que va más allá de los partidos y debe incluir tanto a todo el Estado –también al Poder Judicial- como a la sociedad. El incumplimiento de lo pactado tendría consecuencias en varios frentes, incluso desde el punto de vista ético.

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La existencia simultánea de una campaña electoral y de un proceso que marcha con tropiezos hace que los dos, en forma inevitable, se asocien. Todo dependerá de cómo se sorteen los obstáculos que se han presentado en la implementación de los acuerdos: la ineficiencia de la gestión por parte del gobierno, la lentitud de los trámites legislativos y la escasez de recursos. Y también de si hay hechos cumplidos, como el desarme, que los distintos candidatos difícilmente podrían rechazar. ¿Se producirán esos hechos? ¿Serán contundentes y creíbles? En todo caso, se puede plantear un discurso alternativo al que ha sido más frecuente hasta ahora y que asocia a la negociación con el miedo. Desde un ángulo despolitizado, la propia Ocde la semana pasada se refirió a que “el acuerdo de paz impulsará aún más el crecimiento económico y el bienestar en el correr del tiempo” y, agregó, “es previsible que la confianza y la inversión aumenten con el acuerdo de paz con las Farc”.

El fin de una confrontación violenta, de hecho, suele asociarse con objetivos ligados al bienestar general. Pero una campaña electoral es, por definición, una batalla de narrativas. Una competencia para convencer a los electores sobre una interpretación de la realidad. En los próximos 12 meses que faltan para la primera vuelta electoral, el Centro Democrático insistirá en su evaluación negativa del proceso y Cambio Radical se acercaría a su posición. En la otra esquina otra agrupación de fuerzas –De la Calle, Clara López, un sector de La U e independientes– tratará de construir una historia de éxito en torno a la desmovilización de las Farc. Y una tercera corriente –Sergio Fajardo, Claudia López, Antonio Navarro y más independientes– quiere pasar la página y promover el debate de otros asuntos, como la corrupción, el desempleo, la educación y la salud.

La apuesta de De la Calle es arriesgada, pero también es responsable y coherente. No es claro que sea factible cambiar la imagen del maltrecho proceso de paz, y menos aún que su discurso sea suficiente para modificar su bajo registro en las encuestas: en la última de Invamer, para Caracol Televisión, Blu Radio y SEMANA, apenas marcó un 5,4 por ciento de intención de voto, por detrás de otros siete aspirantes. Pero su entrada al debate, en la última semana, fue un verdadero campanazo: dejó claro que en esta campaña no solo falta todo por concretar en materia de candidaturas, sino que tampoco está claro aún cuál será el tema clave para definir la competencia.

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