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| 4/12/2008 12:00:00 AM

Impotentes

El TLC quedó a la voluntad de la presidenta de la Cámara, Nancy Pelosi, y la imagen de Colombia, por el suelo.

Arianna Huffington es una viuda, quien después de que murió su súper conservador y multimillonario esposo, se convirtió en una de las columnistas más de izquierda de Estados Unidos. En su página www.Huffingtonpost.com dijo esta semana: "Si le preguntara a cualquier persona que cuál es la primera palabra que le salta a la cabeza cuando escucha 'Colombia', posiblemente le responderían: 'Bogotá', 'café', 'cocaína' o incluso 'secuestros'. Hoy esa lista estaría encabezada por 'Clinton'".

Aunque en la frase de Huffington salen a relucir los estereotipos de siempre, refleja los 15 minutos de fama que tuvo Colombia en la agitada política norteamericana. Como nunca antes, fue tema del día simultáneamente en los principales medios de prensa y televisión. Y casi siempre acompañado de una mención de los Clinton, otrora considerada la familia política más poderosa de los demócratas. Infortunadamente para Colombia, en esta ocasión no se aplicó el aforismo de "qué hablen aunque sea mal". Esa relación con Bill y Hillary Clinton, lejos de avanzar la causa colombiana, se convirtió en una carga, en particular en la semana que la administración del presidente George W. Bush decidió enviar el Tratado de Libre Comercio con Colombia al Congreso de mayoría demócrata contra el deseo explícito de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi.

Tampoco ayudó que Bush hubiera violado una tradición de 35 años al enviar un TLC al Congreso sin el consentimiento de los líderes del Legislativo. Ni que Pelosi hubiera elegido una opción peor; cambiar las reglas de juego de cómo Estados Unidos negocia acuerdos de libre comercio. El jueves Pelosi propuso, y la Cámara en pleno aceptó, remover la obligación que establecía que el Congreso tenía un plazo de 90 días para aprobar o rechazar el tratado. De esta manera, la posibilidad de que el TLC se vote o no depende de si la líder de los demócratas le da la gana.

Es posible que el enfrentamiento entre Pelosi y Bush fuera inevitable. La polarización política está al rojo vivo y hay demasiado en juego: quién controlará la Casa Blanca y el Capitolio en 2009. Pero que ambos hubieran elegido al TLC con Colombia para trazar una "línea en la arena" fue como echarle sal a una herida.

Tanta hipérbole política se agudizó con las revelaciones de los vínculos de Bill Clinton y miembros de la campaña de su esposa con el gobierno colombiano. Que a Clinton le pagaron 800.000 dólares para una conferencia en Colombia, que además de Mark Penn -el consejero de Hillary Clinton que fue destituido por ser al mismo tiempo asesor del gobierno colombiano-, la empresa del principal vocero de la campaña, Howard Wolfson, también tiene un contrato con la embajada en Washington D. C.

No es casualidad que el gobierno se la hubiera jugado con firmas cercanas a los Clinton. Al fin y al cabo, durante la Presidencia de Bill Clinton nació el Plan Colombia y desde ese entonces, se convirtió en un aliado del país. Una amistad que, hasta la semana pasada, era muy útil publicitar, pero que hoy es vista de una orilla menos positiva. Es el problema de tener todos los huevos en una canasta. Pensar que el ala clintoniana era suficiente para manejar a los demócratas. Quizá si Hillary hubiera ganado fácilmente la nominación demócrata, como todo el mundo pensaba hace seis meses, el mundo sería diferente. Pero seis meses es demasiado tiempo en la política y hoy el futuro del TLC está en las manos de una congresista demócrata que nunca ha visitado el país.

En una llamada telefónica que le hizo la embajadora Carolina Barco, Pelosi no cerró las puertas a la posibilidad de que se vote el TLC este año (la mayoría de los analistas cree que de haber una votación, sería después de las elecciones de noviembre). Aunque insistió en que tenía el mayor respeto por Colombia, dijo que había que proteger a los trabajadores norteamericanos. Como si firmar un TLC con un país cuya economía, según The Washington Post, es 43 veces más pequeña que la de Estados Unidos, pusiera en riesgo la supervivencia de los trabajadores norteamericanos. Más bien, destacó la mayoría de los analistas, aprobar el TLC pondría en riesgo los centenares de millones de dólares que los sindicatos donan al partido Demócrata.
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