Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2003/02/16 00:00

In memoriam

En un país que se ha acostumbrado a las muertes violentas, rápidamente las víctimas se convierten en una cifra vacua. Se olvida entonces que cada vida que se pierde es irreemplazable y necesaria para construir un país mejor. Para recordar estas personas valiosas que perecieron en El Nogal, SEMANA les rinde homenaje.

Ana María Arango Castro
14 años, estudiante
Sus amigos dicen que era la más tierna del colegio, y que no le gustaba tener novio. Cuando grande quería ser odontóloga, y como pensaba que su mamá no la iba a dejar, tenía pensado también estudiar administración de empresas.



Marco Baracaldo Jiménez
54 años, maitre del restaurante del quinto piso
Se desempeñaba como maitre del restaurante del quinto piso, nunca llegó tarde al club. Por el contrario, siempre estaba en su puesto media hora antes de la entrada al trabajo. Conversador y listo a adelantar sus labores como jefe de casi 15 personas. Todos lo recuerdan como justo y ecuánime, pero eso sí, muy exigente. Era uno de los empleados más experimentados en su puesto, dados sus 19 años de experiencia en el Hotel Tequendama. Esa vocación la heredó su hijo Mauricio quien también escogió la hotelería como profesión. Padre e hijo vivían solos desde hace 5 años, cuando la esposa de don Marco murió a causa de una enfermedad. Su corazón lo tenía dividido entre el cariño que le profesaba a Mauricio y el fervor que le ponía a su trabajo. Uno de los momentos más significativos para sus empleados fue cuando se unió al viaje de fin de año que prepararon algunos trabajadores del club a La Vega. Allí compartió con ellos como tanto le gustaba, y como lo hizo hasta cuando la muerte no se lo permitió más.



Manuel Díaz Moreno
46 años, empleado de la taberna
El martes de la semana pasada, habría cumplido 46 años. Había llegado a El Nogal hace siete y, como la mayoría de los empleados, aprovechó la oportunidad para aprender inglés. Era un fanático del fútbol, hincha de Millonarios, y jugaba cada vez que su trabajo le dejaba libre algún fin de semana. El resto del tiempo se dedicaba a su familia, especialmente a sus dos hijos, Sebastián, de 15 años, y Nicolás, de 13, a quienes solía llevar al parque y en algunas ocasiones a jugar fútbol con él.



Gustavo Forero
57 años, empresario
El día del atentado, él y su esposa Clemencia viajaron a Bogotá desde Villavicencio, la ciudad donde residían. Gustavo tenía una reunión de negocios a las seis de la tarde en el club El Nogal. Como de costumbre llegaron al apartamento en donde viven sus hijos en el norte de la capital, esa tarde Gustavo salió puntual a la cita de la cual nunca regresó.

Este empresario de 57 años estudió agronomía, profesión que ejerció durante toda su vida. Hace 20 años fundó su propia empresa en Villavicencio, dedicada a la venta de semillas de pastos y otros insumos agrícolas. Hoy en día, gracias a su trabajo ésta empresa es muy reconocida a nivel nacional en materia agraria. En cuanto a su vida familiar, su esposa califica a Germán como "un hombre que disfrutaba cada momento de su vida cómo si fuera el último, contagiando a todos los que le rodeaban con su alegría y arrolladora intensidad" esta pareja que tiene 3 hijos, iba a cumplir sus bodas de plata en octubre de este año.



Jorge Andrés Arango Garavito
"A mí no me busquen, encuéntrenme" era la frase de batalla de este trabajador incansable, cada vez que tenía que salir de una reunión para no llegar tarde a otra. Así se lo exigía su apretada agenda: almuerzos de trabajo, juntas de negocios, consejos directivos, que combinaba con la dedicación infatigable a su hija, María Camila de 9 años, con quien hablaba por teléfono más de una vez al día desde su oficina. Humanista y estudioso, melómano incorregible y amante de los buenos libros. Profesor en varias universidades, y según dicen sus compañeros, abogado creativo para encontrar más de una solución a un mismo embrollo. No sólo a los jurídicos sino a los humanos: el drama del desempleo y sus deseos de ayudar, lo habían convertido en una bolsa de empleo pendiente a cualquier vacante que pudiera llenar con algunas de las personas que confiaban en él su hoja de vida. Un hombre sensible que quizás por ello sufría de animadversión a los computadores: en el Banco se decía, entre chistes, que el primero que recibiera un correo electrónico del doctor Arango se ganaba una bonificación.



Oscar Enrique Barbosa Peña
27 años, conductor
El sábado 8 de febrero él y su hermano de 14 años, Jorge Luis, tenían una cita para hablar sobre su pasión de toda la vida. El torneo rentado colombiano de fútbol iba para su segunda fecha y de seguro el centro de la conversación sería el clásico que jugaban al otro día Millos y Santa Fe. Hacía un par de semanas que no se veían y esta vez fue la fatalidad la que se interpuso. La noche anterior, Oscar Enrique se encontró con la muerte a bordo del Mercedes-Benz que recibió de frente la onda explosiva del atentado. De 27 años, caballeroso, responsable y amable, Oscar Enrique era conductor del notario 16 de Bogotá hacía dos años y medio. A principios de diciembre optó por irse a vivir solo a un a un apartamento, que cambió por su casa de toda la vida en el barrio Restrepo, al sur de Bogotá. Allá lo esperaban esa noche su tía Martha, su mamá Mercedes, su abuela Maria Celina, y su hermano. El recuerdo de Oscar es el mejor aliento en medio de su tristeza.



Mauricio Domínguez Peñalosa
47 años, odontólogo
Las boletas para ir el domingo a la Santamaría a ver una de las mejores corridas de la temporada se quedaron sobre su escritorio. Mauricio Domínguez era un gran aficionado a los toros, al punto de organizar una becerrada de la facultad de odontología de la Universidad Javeriana el año pasado. Con su primo y amigo de siempre, Jaime Cuesta compartían la afición por montar en bicicleta y la ganadería. Sus asados y cuentos eran famosos entre su familia y amigos. Mauricio era odontólogo javeriano especializado en articulación temporomandibular en Georgetown y sobre este mismo tema, dictaba clases en la Universidad Javeriana. El viernes en la noche, se encontraba en El Nogal con su esposa Mónica y su pequeña hija, quienes milagrosamente se salvaron del atentado.



Alejandro Guzmán
Le encantaba la rumba. Y a pesar de ser bogotano, gozaba muchísimo bailando vallenato. También le gustaba jugar fútbol. Pertenecía al equipo de Autotalleres de la 34, el concesionario de carros en el que él era el empleado de confianza. Su tía es la dueña del negocio y ella siempre estuvo dispuesta a darle responsabilidades importantes. Alejandro estaba ahorrando su salario para pagar la carrera universitaria que siempre quiso seguir, arquitectura. Esa noche del 7 de febrero, estaba en el club con su primo César Caicedo Cruz, quien también falleció. Alejandro dejó a su hijo Nicolás de 3 años, a su hermano Germán Guzmán, a su padre Germán Guzmán y a su madre Elsa Cruz de Guzmán.



John Freddy Arellán Zúñiga
26 años, instructor de squash
Poco a poco estaba logrando construir lo que él llamaba una vida perfecta y exitosa, al lado de su abuela Ascensión y sus tíos, quienes lo criaron cuando sus padres se divorciaron. A esa perfección se le agregaba el estar trabajando en lo que más le apasionaba, el squash. Además había logrado crear un negocio familiar, 'Invernar', una fábrica de invernaderos que él dirigía y que esperaba dejarle a sus tíos "para que les fuera igual de bien que como a él le iba", según cuenta su prima, Judy Arellán. Tal vez lo único que le faltaba era tener acciones en el Nogal y ser campeón mundial de squash. Parte de su entrenamiento para lograrlo era salir a correr todas las mañanas en compañía de su tío Oswaldo, a quien invitó por primera vez al club la noche del viernes y a quien los organismos de socorro aún no logran encontrar.



César Augusto Caicedo Cruz
Ingeniero, 36 años
Era de los que creía que todo en la vida se retribuía. Tal vez por eso vivió feliz hasta el último minuto. Su entrega a su familia y al trabajo demostraron que siempre fue un luchador. Una de sus amigas, lo describe como "alguien apasionado por la vida y consciente de que las cosas pequeñas pueden ser inmortales" Fue buen amigo de su padre y buen padre de sus amigos, quienes muchas veces acudieron a él en busca de consejos.



Manuel Antonio Ferro Cruz
Tres hijos levantados a pulso y 20 años de matrimonio sostenidos con responsabilidad, amor y juicio metódico, definen el legado de este chef, jefe de la cocina del Club El Nogal. Tres hijos con los que siempre buscaba compartir sus ratos libres, ya fuera practicando natación ?su deporte favorito- , haciendo mercado o, simplemente, caminando por un parque. Marco Antonio disfrutaba tanto la cocina y era tan bueno en ella, que aparte del Club El Nogal ocasionalmente le ofrecían trabajos de otros sitios. Su esposa, María Elsa, dice que el arroz chino era el plato que mejor le quedaba, y que en diciembre se preparó uno de los mejores sancochos de gallina que haya probado en su vida. Sin embargo, su éxito en la cocina no era producto del aprendizaje en ninguna institución sino del trabajo tesonero de varios años, desde cuando comenzó lavando vasos en el Hotel Hilton de Bogotá. Su hija mayor, de 18 años, acaba de empezar la universidad.



Marco Tulio Hernández
35 años, cocinero
Su gran sueño de era llegar a ser chef, por eso había tomado en el Sena varios cursos sobre manejo de alimentos y bebidas. Entró a trabajar al club como porcionador, distribuyendo las provisiones que llegaban al por mayor en cantidades más pequeñas. Luego pasó a ser auxiliar de cocina y desde hace dos años era el encargado de la parrilla del quinto piso. Sus dotes culinarias no solo las disfrutaban los socios del club, sino también sus familiares. Su tía Graciela, recuerda que sus mejores recetas eran los langostinos al ajillo y el arroz chino, además de los cocteles que el mismo se inventaba. Le gustaba jugar al tejo, pero sus ratos libres solían ser para su esposa Blanca y sus hijas de 8 y 9 años. En el momento del atentado, Marco se encontraba con su jefe y amigo Juan Manuel Ferro, quien también falleció en la explosión.



Dora Izquierdo de Robayo
48 años, diseñadora de interiores
Aunque ella y su esposo eran socios de El Nogal, hacía tiempo no asistían a sus instalaciones, tal vez porque como pareja, se caracterizaban por preferir la tranquilidad del hogar y la vida en familia que los agitados espacios de la vida social.

Los fines de semana cuando hacían planes juntos, solían ir al cine pues compartían su pasión por el séptimo arte; hoy sus familiares no entienden por qué el viernes en que sucedió el atentado decidieron dejar de lado sus programas habituales para ir a la taberna del club a cenar. Justo cuando se disponían a ordenar sobrevino el impacto. Ninguno de ellos sobrevivió.

Dora Izquierdo era diseñadora de interiores de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Su hermano Jaime la recuerda por su optimismo que contagiaba a todos los que le rodeaban. Dora trabajó durante muchos años en Avesco con la familia Robayo, en donde conoció a Antonio, su gran amor y compañero con quien compartió los últimos años de su vida.



Bella Nancy Méndez Díaz
Todos los días a las 3 y media de la mañana ya estaba moliendo el maíz para las 40 arepas de queso que vendía entre los empleados de El Nogal. Ella era, en palabras de su compañero Alfredo Prieto Amaya, "linda, fiel y trabajadora". Ellos se conocieron hace veinte años en Usaquén, donde vivieron hasta que por iniciativa de ella compraron una casa en el conjunto Quintas de Horizonte hace dos años. Le encantaba mantener su casa como una tacita de té y siempre ponía girasoles en la mesa de centro. Tenia dos hijos, Mauricio de 24 años y Sebastián, de 15, que era su adoración.



Sergio Alejandro Muñoz Zalamea
40 años, ejecutivo
El arduo trabajo en una transnacional de agroquímicos lo obligaban a viajar constantemente. Por eso, estos días en los que estaría cerca de un mes en el país, eran para él motivo de alegría, ya que podría compartirlos con su esposa y sus hijos Felipe y Juanita de 9 y 10 años, respectivamente.

Un alambre o una servilleta podían ser convertidos en una obra maestra por el habilidoso "Checho" como le decían sus amigos. A la hora de tallar no había nadie más virtuoso. Sergio le entregó su vida al trabajo y a su familia, el buen humor lo caracterizó y un chiste nunca faltaba en sus conversaciones. A sus 40 años más que su futuro buscaba el de sus hijos, a los que se les asegura un buen porvenir, gracias a que ellos siempre han querido ser como él.



Diego Salazar Peláez
63 años, comerciante
Con su esposa Cristina, formaban una de esas parejas inseparables, sobre todo ahora que sus hijos, Mauricio y Juan Diego habían crecido y eran independientes. El matrimonio viajó a Bogotá ese fin de semana para celebrar el cumpleaños de su sobrina Luz Angela. Ella y su esposo Mauricio Rubio, los invitaron al Club en la noche del atentado. Las dos parejas se encontraban en la taberna cuando ocurrió en la explosión. Diego y Cristina, lograron bajar por un tubo que daba a los edificios contiguos. Con ellos iba un niño a quien Diego, sin pensarlo dos veces, rescató en medio del caos. Era un paisa criado en el Valle del Cauca, pero sus ancestros estaban presentes en su gusto por los tangos y los boleros. Amaba el campo y prefería vivir lejos de la ciudad. Era un romántico con muchos amigos, quienes se reunieron en Cali de manera masiva, para decirle adiós en una misa que contó con más de dos mil asistentes.



Iván Jiménez Cuervo
58 años, gerente de Coninsumos Ltda.
En el momento de la explosión se encontraba, como todos los viernes en el restaurante del club, satisfaciendo uno de sus mayores gustos, la buena comida. Según su hermano Carlos Alberto, "Iván era de muy buen humor y muy buen talante, lo que más le gustaba era comer e invitar a sus amigos al club".

Siempre se caracterizó por ser un buen padre, alcahueta y cariñoso. Era divorciado y tenía tres hijos. La menor, Laura, de 22 años era la única que lo acompañaba en Colombia, pues sus dos hijos mayores, Jorge Iván de 28 años y Andrés de 25 trabajan en Nueva York.



Germán Alexander Munévar
31 años, supervisor de vigilancia
El viernes del atentado, se despertó temprano, quería comprarle a su mamá la estufa que desde hacía tiempo estaba necesitando. Antes de salir a cumplir su habitual turno de vigilancia en el club El Nogal le entregó ese último regalo para luego despedirse de ella con un largo abrazo.

Germán Alexander había entrado a trabajar al club cuatro años atrás como guardia de seguridad, pero gracias a su dedicación, ascendió en corto tiempo a supervisor del área. Todos sus compañeros de trabajo coinciden al afirmar que entre el equipo de vigilancia del Nogal, Germán Alexander sobresalía por su tesón y por el amor que le imprimía a cada cosa que hacía. Hoy la familia Munévar se enfrenta con la muerte de su hijo y hermano, no solo por el dolor que produce su partida, también debe enfrentarse a la angustia de la supervivencia, ya que Germán Alexander era el único soporte económico tanto de sus padres, como de la familia de su hermana.



Luis Eduardo Mutis Rodríguez
36 años, Jefe de servicios del club
Empedernido consumidor de tinto bien cargado y de gaseosas negras, aficionado al fútbol como pocos ?hincha de Millonarios- padre y esposo consentidor, además de trabajador consagrado, estudioso permanente y como si fuera poco chistoso. Así pintan de cuerpo entero compañeros de trabajo, familiares y amigos a Luis Eduardo Mutis, jefe de servicios del bar de El Nogal. A su esposa Glalisely no hubo un día en los diez años de matrimonio que no le dijera te amo. De su pequeña hija de ocho años nunca dejó de estar pendiente hasta esa noche negra del viernes 7 de febrero. En los últimos días su atención había estado concentrada más que de costumbre en su hija, pues debió acompañarla en varias ocasiones al médico. El mismo había sufrido algunos malestares recientes y sueños azarosos. Mutis, como lo conocían todos sus compañeros, no se había perdido curso de capacitación del club y así aprendió sobre vinos, comida, gestión de calidad e inglés. Su sueño, ahora trunco, era montar un restaurante ejecutivo con su esposa.



Antonio Robayo
65 años, empresario
"Mi papá era un hombre enamorado de los detalles de la vida", así lo recuerda Adriana, su hija mayor quien asegura que a sus 65 años, su padre estaba más feliz que nunca.

Antonio Robayo nació en Chiquinquirá en el seno de una familia humilde y gracias a su constancia se convirtió en uno de los empresarios más importantes del país. Fue el fundador de Avesco y de la cadena de comidas rápidas Kokoriko. Incursionó en el mundo de las finanzas trayendo a Colombia la franquicia de la tarjeta de crédito Diners y fundando el Banco Superior. Su hija Adriana reconoce que se hizo banquero a la fuerza pues su pasión era el negocio de las comidas rápidas, por esta razón prefirió gerenciar Kokoriko la mayor parte de su vida.

Según su hija, este era un muy buen momento para su padre pues hacia poco se había casado en segundas nupcias con Dora Izquierdo de quien estaba profundamente enamorado. A Antonio Robayo solo le faltaba un gran sueño por cumplir, trabajar junto a sus hijos en las empresas de la familia. Camilo, su hijo, ya estaba trabajando con él y solo hacia falta que Adriana terminara sus estudios en Boston. El viernes 7 de febrero el sueño de la familia Robayo se desplomó en segundos en la taberna del Club el Nogal.



Edgar Fernando Sarmiento Manrique
24 años, profesor de squash
Se fue con muchos sueños por cumplir. No pudo comprar su casa, ni montarle el negocio de ropa a su esposa, Ingrid Soria, quien desde hace unos meses está desempleada. Tampoco pudo ver crecer a su hija Paula Andrea, de 2 años. Esas eran los aspiraciones de uno de los profesores de squash del club El Nogal, quien siempre se caracterizó por el amor a este deporte, lo que lo llevaba a asegurar que algún día sería campeón nacional, otro de sus sueños sin cumplir.

Además de eso, "lo único que quería era estar bien con su familia y lograr la independencia comprando su casa para que su hija pudiera vivir en las mejores condiciones", cuenta su hermana Lubián, con quien compartía vivienda.

Habitualmente trabajaba hasta las 8 de la noche; pero ese día una alumna le pidió turno a las 9 y media, razón por la que no había salido del club a la hora del atentado que le quitó la vida.



Alejandro Ujueta Amorocho
20 años, estudiante
La vida le había cambiado hace poco menos de un mes, cuando comenzó a seguir uno de sus más recientes sueños: ser animador digital. Al finalizar el año pasado, decidió dejar la carrera de ingeniería electrónica que estudiaba en la Universidad Javeriana hacía dos años, para comenzar los estudios de animación asistida por computador en La Salle College. El próximo año se iría a especializar en Canadá. Sin embargo el tiempo en la Javeriana no fue en vano, los dos años le alcanzaron para ser arquero del equipo de fútbol de la facultad y para convertirse en uno de los miembros más queridos del grupo 'Objetivo Calidad', que organizaba eventos académicos y no académicos dentro de la universidad.

Al preguntarle a los amigos de Alejandro sobre él, coinciden en una sola cosa, era un enamorado de sus amigos y de su familia, para los que siempre tenía tiempo y estaba dispuesto a contagiarlos con su eterna alegría, algunas veces a través de sus actos de magia y otras a través de las canciones que tocaba en su guitarra, afición que le aprendió a su hermano Juan Carlos, su mejor amigo y confidente, quien resultó herido por la explosión del club. Ese viernes funesto, iba al encuentro con Juan Carlos, para jugar bolos; pero no alcanzó a cumplirle la cita.



Juan Pablo Jiménez Triviño
26 años, economista
Sus familiares lo describen como una de las pocas personas que podía combinar a la perfección la disciplina que brinda el deporte y la rumba, claro está, que sin cigarrillo ni alcohol.

Todo parecía ser perfecto para el más alegre de los Jiménez Triviño, que trabajaba como analista financiero en Porvenir. En julio se iba a casar con Amalia Saade, una economista vallenata de 24 años, que resultó herida tras la explosión en el club. En agosto viajarían juntos a hacer una especialización en relaciones internacionales en una de las tres universidades estadounidenses en las que habían sido admitidos.

El squash era su pasión, lo practicaba desde niño y jugaba a nivel nacional en la tercera categoría. Además fue campeón en Bogotá de natación. También jugaba tenis, fútbol y baloncesto.

El atentado no solo frustró todos sus sueños sino los de su novia por más de cinco años con quien compartía, además del gusto por los libros que trataban temas financieros y el squash, la esperanza de prepararse para vivir exitosamente en la Colombia que él tanto quería.



Catalina Muñoz Toffoli
48 años, arquitecta
Como buena costeña se caracterizó por su alegría y su capacidad para animar a la gente. Una de sus pasiones era el baile. Prefería los colores vivos, que utilizaba en sus prendas de vestir y en la decoración de su casa. La mayor parte de su trabajo lo hacía en su hogar para poder dedicar tiempo a su esposo Rodrigo Márquez, su hijo Marcelo de 22 años y su hija Mariana de 7. Siempre se preocupó por la unión familiar y por eso desayunaba todos los días con su esposo y su hija. En las tardes se dedicaba a jugar con Mariana. Además, tenía como costumbre almorzar dos veces por semana con su padre Humberto Muñoz. La noche del atentado, Catalina y su esposo estaban sentados en una de las mesas del restaurante del club, tomados de la mano, y acababan de ordenar su cena cuando los sorprendió la explosión.



Yesid Osorio Castilblanco
25 años, auxiliar de mesa en la taberna
Cuando era niño quería ser piloto. Adoraba viajar y aunque nunca cumplió se sueño infantil, aprovechaba el trabajo de su hermano José Elvert en la Alianza Summa para conseguir descuentos que le permitieron conocer casi todo el país, desde Amazonas hasta San Andrés. Originario de Paime, Cundinamarca, llegó a Bogotá por cuenta del servicio militar. Cuando lo terminó se inscribió en el instituto Meyer, donde hizo 8 niveles de inglés y esperaba que alguno de los clientes que trataba en el Nogal le abriera las puertas para continuar viajando y trabajar fuera del país.



Andrés Ruiz Arizabaleta
19 años, estudiante
De lo que más están seguros sus padres y amigos, es de que si él no hubiera sido una víctima del atentado del Club El Nogal, su presencia para ayudar a los damnificados no se hubiera hecho esperar. Siempre fue consciente de que colaborarles a los más necesitados era una buena forma de construir país. Por eso recicladores, personas de bajos recursos y los niños de la Fundación Niños de los Andes alguna vez sonrieron gracias a él.

Este estudiante de segundo semestre de Artes Visuales en La Universidad Javeriana, tenía el sueño de viajar a Australia a terminar su carrera, pero el hecho de dejar a su novia, a su hermanita Natalia y a sus papás por un largo tiempo, le habían hecho posponer su viaje. Con sus amigos tocaba en la banda de rock Tierra Adentro desde hace más de 5 años. Hoy los fans del grupo dicen que nunca habrá un guitarrista que lo pueda reemplazar. Los integrantes de la banda afirman que su punteo nunca dejará de sonar.



Hugo Oswaldo Silva
34 años, encargado de la caja de la taberna
Siempre aprovechaba los huecos que le dejaba su trabajo en la caja de la taberna Saint Andrews del piso quinto para escaparse a jugar ajedrez con Holman Alape, quien trabajaba en la recepción de deportes. Su afán de superación lo llevó a estudiar sistemas, pero eso no le impedía sacar tiempo para otro de sus pasatiempos favoritos: la lectura. Disfrutaba las novelas de Milan Kundera, pero su favorito incuestionable era Thomas Mann, y muchos lo recuerdan llevando la Montaña Mágica debajo del brazo a todas partes. Era considerado por sus compañeros como una persona muy culta y, como tal, consideraba la educación de su hija de 7 años como una de sus prioridades.



Las otras vidas valiosas que se perdieron fueron las de los niños Juan Sebastián Carrillo, de 10 años; Mariana García, de 3 años, su padre Juan Manuel García, de 43 años, y su madre Luisa Fernanda Mugno de 39 años; y Luisa Fernanda Solarte, de 30 años. Sus familiares y amigos prefirieron no dar su testimonio.

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