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| 10/29/2001 12:00:00 AM

Infancia perseguida

El secuestro de Laura Ulloa se une a una ola de 52 plagios de niños en el Valle del Cauca. Indignación en el país.

La iglesia del Templete de Cali se llenó de niños el miércoles de la semana pasada. Un grupo de por lo menos 2.500 estudiantes, pertenecientes a 20 colegios privados y públicos de la capital del Valle, participaron en una misa oficiada por monseñor Isaías Duarte para pedir por la liberación de los 52 niños que permanecen secuestrados en ese departamento. La multitudinaria homilía fue convocada por el obispo con ocasión del secuestro el pasado 20 de septiembre de Laura Ulloa González, una estudiante de quinto de primaria, de 11 años. “Es una clara violación contra el Derecho Internacional Humanitario y un atropello contra la niña, su familia y la sociedad colombiana”, reiteró con vehemencia monseñor Duarte. El caso, dramático de por sí, conmovió a los caleños por la forma en que se llevó a cabo y porque no es la primera vez que la familia Ulloa González es víctima de este delito. En el pasado los padres de la niña enfrentaron lo que se conoció en Cali como un secuestro express. Tiempo después Laura, junto con su hermana y su madre, estuvieron dentro del grupo de personas que se llevó el Ejército de Liberación Nacional (ELN) de la iglesia de La María. En esa ocasión el vehículo en el que eran llevadas por el monte se encunetó y los guerrilleros las dejaron botadas.

Estas dos experiencias afectaron a la familia. No obstante decidieron sobreponerse al temor y quedarse a vivir en el país. El jueves 20 de septiembre Laura y su hermana iban en el bus del Colegio Colombo Británico hacia su casa en el sur de Cali. Su paradero era el primero en esta ruta de por lo menos 30 niños de primaria. Muy cerca del condominio donde las niñas se bajarían dos camionetas le cerraron el paso al bus. De una de ellas se bajó un hombre armado y encapuchado que ordenó al conductor abrir la puerta. Detrás apareció otro sujeto, con el rostro descubierto, que subió al vehículo, localizó sin titubear a Laura, la tomó de la mano y la invitó a bajar. La niña lo siguió, según contaron sus compañeros, sin pronunciar palabra y con lágrimas en los ojos. Los secuestradores huyeron en dirección a Pance. Ante la frialdad con la que actuaron uno de los directivos del colegio se preguntó: “¿Cuál será la composición física y espiritual de estos individuos que les permite llevar a cabo tamañas atrocidades sin que en ellos aflore el más leve sentimiento de compasión ante un bus lleno de niños indefensos y de una niña que en sus lágrimas expresa la angustia que le invade por lo que sabe que va a seguir?”.

La reacción de las autoridades y de los directivos del colegio fue inmediata puesto que ya existía un dispositivo de seguridad para situaciones de este tipo. Después de los secuestros de La María y del Kilómetro 18 los caleños no querían más sorpresas. En menos de 10 minutos se montó un operativo, en el que participaron cuatro patrullas de la Policía, efectivos del Gaula de este mismo organismo y tropas del Ejército. Sin embargo el tiempo que sacaron de ventaja los plagiarios fue más que suficiente para que escaparan con Laura hacia la zona montañosa de Los Farallones. Mientras los efectivos policiales y militares realizaban la búsqueda las sicólogas del colegio se encargaban de atender al resto de los niños, muy afectados con lo sucedido.

Vuelve y juega

El secuestro de Laura Ulloa tuvo el mismo modus operandi que el del niño Dagoberto Ospina, quien también fue secuestrado de su bus escolar en abril del año pasado; o el de tres alumnos del Colegio Bolívar, a quienes los plagiarios bajaron de un carro particular, ambos atribuidos al ELN. Estos antecedentes hacen suponer a muchos caleños que esta agrupación guerrillera podía estar detrás del secuestro de Laura. Sin embargo, hasta finales de la semana pasada, ni los elenos ni ninguna otra organización se había hecho responsable de la acción. Una fuente que conoce del tema y pidió no ser identificada, sabe que este grupo guerrillero quedó muy golpeado después de las operaciones militares para rescatar a los secuestrados del Kilómetro 18 y por tal motivo decidió no bajar más a la ciudad para realizar operativos. No obstante no descarta la posibilidad de que hayan recurrido a terceros, miembros de la delincuencia común, para llevar a cabo el golpe.

Esta práctica está de moda en la capital vallecaucana. Bandas delincuenciales, ante la cercanía de Los Farallones y las facilidades que brinda este sistema montañoso para evadir la acción de las autoridades, se han dedicado a secuestrar personas para luego vendérselas a los subversivos. Las víctimas han sido sometidas a estudios económicos previos y son entregadas a la guerrilla por el 10 por ciento de lo que ésta pide luego a los familiares como rescate. Los niños se han convertido en su blanco preferido porque su misma condición neutraliza, según el general Heliodoro Alfonso Roa, comandante de la Policía Metropolitana de Cali, “cualquier iniciativa que puedan tomar las familias afectadas. Las obliga a aceptar las condiciones impuestas y a agilizar el pago de los rescates”. Este es el otro punto que hace sospechar a las autoridades que detrás del secuestro está el ELN. Al fin y al cabo esta organización necesita con desespero recursos para poder reorganizar sus menguadas finanzas en el Valle del Cauca.

Mientras las autoridades continúan la búsqueda de Laura los rectores de los colegios, en asocio con la Alcaldía, tomaron nuevas medidas para garantizar la seguridad de sus estudiantes. De común acuerdo hicieron a un lado la idea de tener guardias armados en los buses o como escoltas, pues creen que eso sólo aumentaría las posibilidades de víctimas fatales en caso de un nuevo intento de secuestro. En lo que sí coincidieron fue en pedir la liberación inmediata de Laura y en la necesidad de aumentar el pie de fuerza en la zona para impedir que los delincuentes huyan hacia Los Farallones con la facilidad que lo hacen ahora. Ojalá que así sea porque nadie quiere que se repita la historia de Dagoberto, quien se convirtió en un símbolo nacional de la tragedia del secuestro, pero a un precio de dolor muy alto.
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