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| 5/26/2014 4:42:00 AM

El sacrificio de los inocentes

La horrorosa muerte de los 32 niños calcinados dentro de un bus se recordará como el más terrible símbolo de muchos más que aquejan al país en su historia.

Ese domingo, como todos los domingos, salieron seis niños de la familia Quintero para la iglesia. Pero, después de la tragedia, solo regresaron dos. En el caso de los Quintero Cantillo, cuando comenzaron las llamas, Edinson, de 9 años, no quería salir del bus sin sus hermanitas, Michelle, de 8 años, y Andrea, de 6. Pero, en un abrir y cerrar de ojos, otro niño lo empujó y lo sacó por la ventana. Y en el caso de sus primos, los Terraza Quintero, que viven a media cuadra de ellos, Kener, de 10 años, trató de sacar a su hermana Cheri, de 4, pero su otro hermanito, Yerinsson, de 6 años, se había abrazado a ella y no se la pudo quitar.

Los pocos niños que lograron escapar de ese infierno en que se convirtió el bus en el que se transportaban desde la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia a sus casas dicen que fue gracias a la misericordia de Dios. Pero la misericordia fue para unos pocos, porque la mayoría (32 de los 57) no logró salvarse.

Lo que ocurrió en Fundación, ese pueblo conocido como la esquina del progreso de Magdalena, es una de las peores tragedias ocurridas en la historia de Colombia. Y eso ya es mucho decir para un país que, como este, ha padecido tantas. “Cuando al chofer se le apagó el bus nosotros le dijimos que queríamos bajarnos porque hacía mucho calor, pero él dijo: ‘no, no se bajen que ya yo arreglo eso’”, cuenta Humberto Otero, de 11 años, quien se salvó gracias a que saltó por una ventana. Su hermana Yelena, de 13, y su primo Bladimiro, de 4, no lo lograron. Un mototaxista que pasaba por el lugar en el momento en que comenzó el incendio dijo a los bomberos que alcanzó a rescatar a varios niños por las ventanas, pero no pudo sacar a Yelena. “La tuve en mis manos y el fuego me la arrebató”.

Lo obvio era bajarse. Ninguno tenía que caminar más de cinco cuadras para llegar a su casa. Pero en una absurda decisión, que marcó para siempre el destino de todos, los obligaron a quedarse en el bus, bajo el sopor de un mediodía sin brisa en el Caribe, mientras arreglaban la avería. De hecho, no es muy claro por qué se impuso la moda de ir en bus. El año pasado, los niños hacían el recorrido de sus casas al culto, como ellos le llaman, a pie.

“El chofer tenía una jarrita de gasolina –continúa Humberto con su relato– y con manguera chupaba para bombear, cuando de pronto sentimos que eso estalló, el tarrito de gasolina se regó y enseguida todo se prendió”.

Eran 57 niños y tres adultos. Entre ellos estaba el pastor, el abogado Manuel Salvador Ibarra y su esposa Zenaida Ortiz. La del pastor es una triple tragedia. Su esposa está grave en un hospital de Santa Marta, la hija de ambos, Luz Celia, murió entre las llamas, y a él lo metieron a la cárcel después del holocausto. Y peor aún: murieron todos los niños a los que él evangelizaba cada domingo. Sin embargo, en Fundación es visto como un hombre honesto y decente, que por muchos años, en su calidad de abogado litigante, defendió gratis a gente humilde. Y por eso la gente ha salido a la calle a pedir que lo dejen salir para que pueda ir, al menos, al sepelio de su pequeña hija.

La otra persona adulta era Rosiris Hernández. “Rosiris iba con los niños en el bus, ella los sacaba por la ventana, hasta que no aguantó más y cayó al suelo desmayada. Tragó mucho humo y está en cuidados intensivos”, dice su esposo. Su hijo Humberto Otero se salvó, otros dos están hospitalizados en Santa Marta y Yelena –su hija de 13 años– murió en ese infierno.

Los niños que no pudieron salir de la trampa en que se convirtió el bus, fueron los más pequeños, los que se habían sentado en la parte de atrás, donde la puerta estaba condenada.

Los nombres se repiten porque las historias se cruzan. En el incendio perdieron la vida seis parejas de hermanos, pero además, muchos de ellos eran familiares entre sí. Vecinos todos de los barrios Altamira y Faustino.

Las lomas donde se encuentran esos barrios son parte de una finca que comenzó a poblarse hace 35 años con compradores e invasores. Unos y otros han ido construyendo sus viviendas pegando un ladrillo cada día. Sus calles son de piedra y barro, están repletas de niños y a pocos metros pasa cada diez minutos el tren carbonero que viene del sur del Cesar con más de 100 vagones de 35 toneladas del mineral cada uno.

Desde el momento en que comenzó el incendio hasta cuando llegaron los bomberos transcurrieron 24 minutos (11:50 de la mañana, a 12:14 del mediodía), aunque el subcomandante de los bomberos dice que ellos tardaron un poco más de tres minutos en llegar y así quedó registrado en la bitácora. De cualquier manera, fue demasiado tarde para salvar a los 32 niños que quedaron atrapados en la bola de fuego en que se convirtió el bus que contrataba la iglesia Pentecostal para recogerlos en sus casas a las ocho de la mañana, llevarlos al templo, brindarles un refrigerio y hablarles de la Biblia. A las 11:30 los devolvían. Esa rutina la repetían cada domingo.

Esta tragedia es una suma de irregularidades. Un conductor con fama de borrachín y sin licencia de conducir, a quien todos conocían como mecánico, no como chofer. Un bus que estaba fuera de circulación desde hacía dos años, que no tenía revisión técnico mecánica, no tenía extintor y estaba sin seguro obligatorio. Y unos niños, hijos de familias solemnemente pobres, que veían en el paseo en bus al templo una forma de recreación.

¿Dónde está la autoridad? ¿Quién pone a raya estos excesos? Algo de razón tienen los habitantes que salieron a las calles a protestar pidiendo la libertad del pastor Ibarra, que lo único que hacía era darles un rato de esparcimiento y comida a los niños, mientras acusaban a sus gobernantes de no hacer aplicar la ley.

La Contraloría dijo que la tragedia era la “crónica de una muerte anunciada” y entregó un detallado reporte de cómo desde 2010 –y en cada uno de los años siguientes– ha hecho hallazgos y advertido sobre serios incumplimientos en materia de seguridad vial. Las denuncias van desde lo común que se ha vuelto encontrar conductores sin licencia –es una de las 20 infracciones más recurrentes y al parecer nadie hace nada– hasta las irregularidades en el Runt –gracias a las cuales no hay un buen seguimiento de las licencias de conducción– pasando por hallazgos como que 1,6 billones de pesos que se recogen por el SOAT y se deben destinar para seguridad vial se encontraban invertidos en TES y CDT.

La ministra de Transporte, Cecilia Álvarez, estuvo muy pendiente de la tragedia. Viajó hasta Fundación, visitó a los familiares de los niños fallecidos en Barranquilla y se mostró muy conmovida, pero no dio mayores explicaciones sobre la responsabilidad del Estado en la tragedia.

Si bien la corrupción y la falta de autoridad que ha reinado por décadas en el sector, hace muy difícil evitar desastres tan graves como este, también es cierto que en diciembre de 2012, tras un accidente de un bus en el que murieron 27 personas en Fusagasugá, la ministra anunció varias acciones. Entre ellas, un plan de la Policía “para inmovilizar vehículos que no cumplan requisitos”, “sanciones ejemplarizantes”, “un plan de cultura ciudadana” y “agentes encubiertos de la Superintendencia en las rutas intermunicipales” que se iban a encargar de verificar la seguridad de los buses. Pero todo indica que el desorden sigue reinando.La inseguridad vial, según la Contraloría, es la segunda causa de muerte violenta en el país: en 2013 murieron 6.100 personas y más de 40.000 quedaron heridas.

“Va a ser muy difícil continuar con nuestras vidas”, dice la abuela de los hermanos Terraza Quintero que fallecieron en el bus de Fundación. “Cada día de trabajo, cada vestido, cada día de colegio, cada par de zapatos, cada bocado que se han llevado a la boca nuestros hijos y nietos ha sido un esfuerzo muy duro. Sus papás han trabajado como jornaleros en fincas, como albañiles, y sus madres se ganan la vida cada día en una casa de familia, haciendo aseo, lavando y cocinando para otros, mientras los niños están en el colegio o se quedan solos en la casa. Y todo eso se perdió”.

La profesora Carmen Montenegro, que perdió a cuatro de sus alumnos, está muy conmocionada, pues ella sentía que los niños cuando iban al colegio era con más ganas de recibir afecto que de estudiar. El pasado jueves cuando regresaron a clases solo asistieron 35 de los 300 alumnos de la jornada de la mañana de la escuela Antonio Nariño, donde estudiaban 27 de los 32 niños fallecidos. Con la mirada perdida y desconcertados, se abrazaban y lloraban en silencio con las ocho profesoras, rezaron un Padre Nuestro y después dedicaron la mañana a recordar a sus compañeros y a escribir mensajes que pegaron en una cartelera.

Otro niño que se salvó de morir, Erick Soto, de 11 años, cuenta que la misma candela sacaba a los niños por la puerta. Parecía que los empujaba. “Yo estaba en la mitad del bus hacia adelante, cuando vi que venía para donde mí le dije a la candela, yo te reprendo en nombre de Dios”, y la bola de fuego “pasó por encima de mi cabeza”. Erick se arrojó por la ventana y solo se fracturó el brazo.

Los alumnos de la 'seño' Carmen


La profesora Carmen Montenegro está muy afectada por la muerte de cuatro de sus alumnos de grado 1, en la escuela Antonio Nariño. El miércoles llegó al salón de clase y amarró un lazo morado en señal de duelo a cada una de las sillas. El primer lazo fue para Kenner, a quien recuerda como el niño de la risa. Luego puso otra cinta en el puesto de Andrea Quintero, cuando se acercó a su pupitre se emocionó mucho más, lloraba inconsolable con un ¡ay! prolongado y desgarrador. “Ella era una niña muy llorona y muy cariñosa. Llegaba en busca de afecto, se me pegaba a las costillas y no se me desprendía”, Andrea murió abrazada a su hermana Michelle de 8 años. Luego le puso una cinta a Claudia Meza Molina. Era la más grande del salón, estaba repitiendo el grado. Yo le decía: “¡Aprende mija! ¡Aprende, que estás grande!”. Y el último para Manuel Johan Hernández Castro, “había que rogarle para que hiciera las tareas, no le gustaba estudiar. Yo hablaba con la mamá y me decía: ‘Ayyy seño, lo que pasa es que yo estoy abandonada de su papá y él es el que ha recibido eso; téngale calma seño’, y esa pobre mamá perdió a sus dos hijitos, Manuel y Tayliin Hernández Castro”.

Las niñas modelo



Las hermanitas Kendry (7 años) y Kailyn (5), vivían en el barrio Faustino y estudiaban en el colegio Antonio Nariño, pero se pasaban la tarde en la casa de la abuela en el barrio Altamira, a dos cuadras. A ellas les gustaba modelar y bailar en la terraza de unas vecinitas de su abuela, donde se quedaban hasta las siete de la noche cuando las mandaban a buscar. En la cama, en la que dormían las dos niñas, seguirán por muchos días sus peluches, la muñeca, la lonchera y los cuadernos.

Las cariñosas hermanitas Quintero



Rosa Cantillo perdió a dos de sus hijas, Michelle y Andrea Carolina Quintero Cantillo, de 8 y 6 años. Su hijo Edinson, de 9, con ella en la foto, no quería salir del bus sin sus hermanitas, pero un sobrino de él, de 10 años, lo empujó por la ventana, por eso el raspón en la mejilla. Edinson estaba en la mitad del bus y sus hermanitas en la parte de atrás. Tanto Rosa como su esposo Edinson, abrigaban la ilusión de que estuvieran vivas, pero él la llamó el miércoles desde Barranquilla y le dijo que las había identificado, habían muerto. Andrea Carolina era silenciosa y tímida, le gustaba jugar sola con sus muñecas en el piso de tierra de su casa. Michelle era más extrovertida y amiguera.

Los rocha perdieron a sus dos únicos Hijos



Los hermanos Rocha Torregrosa eran los dos únicos hijos de Ornella y Breiner. Para ella no fue fácil quedar embarazada, había perdido a una hija prematura y después de tres cesáreas no pudo tener más hijos. Lucas el menor quería ser médico. Breiner, su esposo, se desmayó el miércoles cuando regresó de Barranquilla a Fundación (en la foto, lo atiende su hermana) y a la abuela de los niños tuvieron que hospitalizarla por una crisis nerviosa.

Roquelina perdió cinco nietos



Roquelina Hernández perdió a cinco de sus nietos: Keissy Johana Martínez Díaz, de 2 años; Juan Diego Martínez Escobar, de 4; Selena Urbina Díaz, de 5; Luisa Tapias García, de 7, y Yelena Otero Hernández, de 13. En la foto, Roquelina de blusa negra y pantalón marrón, acompañada por familiares y amigos en su casa del barrio Faustino, en Fundación. Sus nietos vivían unos con ella y otros a una cuadra o volteando la esquina. Todo el día los veía revolotear por la calle y entrar y salir de su casa.

Para los otero la tragedia empezó en diciembre



Uno de los tres adultos que iba en el fatídico bus era Rosiris Hernández. Ella iba con tres de sus siete hijos. El menor, Humberto, logró salir ileso; John Carlos está hospitalizado en Santa Marta, y Yelena, de 13 años, no logró salir con vida. Rosiris sacó a todos los niños que pudo por las ventanas, pero el fuego se extendió muy rápido y llegó un momento en que se desmayó y cayó por la ventana. Está en cuidados intensivos en la clínica Adelita de Char con posible neumonitis, quemaduras en la cara y en los brazos, de segundo grado. Su estado es crítico. Pero esa no es apenas parte de la tragedia de la familia Otero Hernández. Otra de las hijas Yulitza también tuvo que ser hospitalizada porque le dio un infarto cuando le contaron lo que había pasado. Y otra más, Jorsel Johana, de apenas 14 años, murió en diciembre pasado víctima de un infarto, producto de un problema congénito. A Yelena, la que murió en el bus, le gustaba mucho jugar con su hermana Jorsel Johana. Y por eso, su papá, Humberto Otero, que trabaja en la construcción de un cementerio en un pueblo del Atlántico, recuerda que este año, cuando regresaba a su casa, cada quince días, encontraba a Yelena jugando con sus muñecas y hablando solita. 

Murieron abrazados



Yerinsson y Cheri Terraza Quintero de 6 y 4 años quedaron atrapados dentro del bus. Ellos iban acompañados por un hermano, Kener Pava Quintero, quien trató de sacar a su hermanita, pero su otro hermanito, Yerinsson la tenía abrazada y no se la pudo quitar. Los niños Terraza esperaban el domingo con mucha alegría porque en la iglesia les daban una merienda y el paseo en bus también les gustaba. “Va a ser muy difícil continuar con nuestras vidas”, le dijo a SEMANA la abuela de los dos niños.
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