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| 1/14/2017 9:53:00 AM

La ambición de Víctor Maldonado que lo llevó a InterBolsa

A propósito de la libertad del empresario por vencimiento de términos, Semana.com publica un fragmento del libro "InterBolsa, la historia de una élite que se creía demasiado grande para caer", de la periodista Gloria Valencia.

En el momento de la caída del Grupo InterBolsa, el mayor accionista de esta compañía, con poco más del 30% de las acciones, era Víctor Maldonado Rodríguez, un personaje pintoresco y enigmático que terminó envuelto en esta historia como gran protagonista. Era conocido como un empresario con inversiones en el comercio, la actividad inmobiliaria y la industria, con bastante liquidez y mucha más ambición.

Su vínculo con InterBolsa arranca en 2002, cuando empieza a adquirir acciones de la firma comisionista, en el mercado secundario, invitado por Tomás Jaramillo.

Dada la capacidad económica que tenía Víctor Maldonado, Tomás lo veía como un potencial accionista de InterBolsa. Caía como anillo al dedo en sus planes, pues la firma siempre iba tras los inversionistas con plata, ambición, y sin miedo para apostar en el reino de la especulación. Por esos años, los Jaramillo buscaban nuevos capitales para la firma, y sobre todo querían vincular a una persona reconocida en el mundo empresarial y con un buen nombre.

Es así como en 2001, con el propósito de interesarlo, Tomás ordenó hacerle una presentación a Víctor, que para entonces se encontraba en Miami, donde intentaba abrir su cadena de comidas Archie’s. La propuesta de poner su plata en InterBolsa le sonó bastante a Maldonado, cuya primera reacción, cuentan testigos, fue pensar en vender su avión, que valía unos trescientos mil dólares, para invertir el dinero en la comisionista. Su respuesta no era extraña, pues Víctor era un obsesionado por ganar dinero, y donde veía la posibilidad de aumentar su riqueza, ahí estaba presente.

El primer registro de Víctor Maldonado como accionista de InterBolsa data de 2002, con una participación del 13,3%, a través de su empresa panameña Narita Investments Incorporated.

Con el paso de los días, la amistad de colegio entre Ignacio Maldonado y Tomás quedó atrás, para dar paso a una relación muy estrecha entre este último y Víctor, a pesar de que los separaban más de treinta años de edad. Aunque muchos veían esta como una relación paternal, la verdad es que eran auténticos compinches de parranda y viajes de placer.

Con Juan Carlos Ortiz, fue con quien realmente Víctor se conectó en el tema de negocios, e incluso se hicieron socios en varias empresas, como en el Grupo Proyectar Latinoamericana, holding de la cuestionada Proyectar Valores. Mantuvieron una estrecha amistad que les permitió compartir viajes familiares. Para Víctor, Ortiz era un brillante financista que logró deslumbrarlo, pues sabía hacer plata, algo que fascinaba a Maldonado. Iba constantemente a las oficinas de Juan Carlos Ortiz y Tomás en el cuarto piso de InterBolsa, y en varias ocasiones subía a la oficina de Jorge Arabia, el vicepresidente financiero. Evitaba a Rodrigo Jaramillo, y sólo iba a su despacho cuando este lo citaba. La relación entre ambos era casi nula, y era evidente que no se caían bien.

Víctor constantemente pedía que le enviaran plata para su uso personal, incluso llegando a proponer cosas absurdas, como que le anticiparan dividendos o que la misma InterBolsa le prestara plata directamente. César Mendoza –exdirector de Crédito Público y miembro suplente de la Junta Directiva de InterBolsa– le manejaba sus cuentas internamente.

Si algo ha logrado Víctor Maldonado en su vida es haber conservado un bajo perfil como empresario. Por eso, cuando estalló el escándalo de InterBolsa y él apareció en los medios de comunicación, para la mayoría de los colombianos era un perfecto desconocido.

Víctor fue el mayor de cinco hermanos y, siendo muy joven, quedó huérfano de padre, un bogotano que hacía parte de una familia de tradición terrateniente. Estudió Administración de Empresas, y si bien no se destacó como un alumno brillante, sí mostró como estudiante que su fuerte serían los negocios. Hay muchas anécdotas de su juventud que señalan su vocación de emprendedor.

Con unos compañeros y socios que estaban en la actividad constructora, Maldonado incursionó en la rama inmobiliaria a través de la empresa Tama, la cual fue muy exitosa en los años setenta en Bogotá. Sin tener mayores conocimientos del asunto de la construcción, usó su buen olfato para encontrar oportunidades, y así, conectó a sus socios constructores con su tío Víctor Rodríguez, propietario de importantes tierras en la sabana de Bogotá, y quien era el rico de la familia.

En sus inicios, también incursionó en la industria del cuero, aunque sin mayor éxito. Muchos decían que Maldonado actuaba en los negocios más por intuición que por conocimiento de los asuntos. Y esta fue una característica en su vida profesional. En la mayoría de los casos le ha funcionado el sexto sentido. Eso explica por qué saltaba de un negocio a otro.

Tuvo una distribuidora e importadora de licores y cervezas; también montó un negocio de siembra y distribución de legumbres (Defrescura). Un dato curioso que muestra sus ansias de explorar negocios es que toda su vida ha sido apasionado por las ferias. Personas cercanas a él cuentan que durante años asistió a cuanto evento ferial se realizaba en el mundo, sin importar cuál fuera su naturaleza, sólo para observar y buscar ideas que pudiera replicar.

Para mediados de la década de los noventa, lejos de su presencia en InterBolsa, Víctor Maldonado ya se movía en las grandes ligas de los hombres de negocios del país. En una edición de la revista Semana de 1995, se afirmó: “es tal vez el más brillante estratega y ejecutor de la nueva generación”. De sus inversiones hacían parte, en ese entonces, Foto Japón, Cream Helado y Jugos Country Hill. Ya había adquirido también un importante paquete de acciones en Carulla, y se le consideraba el pionero de la industria del entretenimiento, a través de su organización de máquinas electrónicas.

En todas estas compañías, Maldonado se caracterizó por asociarse y delegar en sus socios la gerencia y el manejo de las empresas. Dentro de los casos más exitosos de su grupo de compañías se destacó Cream Helado, que cuando adquirió era un pequeño negocio de restaurantes y helados, pero fue creciendo de la mano del empresario bogotano Alberto Espinosa, quien se convirtió en su socio y fue el gran gerente de esta empresa.

Durante veinticinco años esta inversión tuvo hitos importantes, como la incursión en la marca francesa Yoplait, en los comienzos, y, posteriormente, en 2001, la alianza estratégica con Unilever Andina, para el manejo de Helados La Fuente.

Así, conformó la empresa Meals de Colombia (Mercadeo de Alimentos de Colombia), a la que también añadió el negocio de los cítricos. Maldonado se asoció con la Federación Nacional de Cafeteros en la empresa Cítricos de Colombia (Cicolsa), y posteriormente adquirió la totalidad de la compañía. De esta actividad le quedaron unas seiscientas hectáreas cultivadas de naranja en el Valle del Cauca y Quindío.

Haciendo gala de su fama de visionario, Víctor vendió Meals de Colombia a la compañía Nacional de Chocolates (hoy en día Grupo Nutresa), en una operación que les dejó a él y sus hermanos unos ciento setenta millones de dólares. También salió por esa época de su participación en Carulla, con lo que acumuló una importante liquidez para invertir en otros negocios.

Maldonado nunca abandonó el sector inmobiliario, por donde empezaron sus inversiones. Desde hace varias décadas es uno de los dueños del Hotel Santa Clara, en Cartagena, que opera la cadena Sofitel, y de la cadena de comidas rápidas Archie’s, que tiene treinta y ocho puntos de venta en todo el país. Sus conocidos dicen que posee tres apartamentos en Miami, uno en Nueva York, otro en París, uno más en Madrid y varios en la Trump Tower Panamá. En Colombia tiene apartamentos en San Andrés y Cartagena, donde pasa buena parte del tiempo, y en Islas del Rosario.

Como hombre de negocios, Víctor creó la fama de siempre querer sacar ventaja de sus socios. Era muy bueno para regatear. Por lo general, pensaba que lo suyo siempre valía más que lo de la contraparte y cualquier utilidad era menor de la que el merecería. No sabía de finanzas, ni se caracterizó por ser un hombre culto. Aparecía más en las páginas sociales de los medios que en las económicas, pues se le veía más en la vida nocturna de Cartagena que en los eventos del sector o académicos.

Muchos piensan que, desde sus primeros negocios, Víctor corrió con suerte. Mantuvo una buena relación con sus socios, en quienes delegaba el día a día, porque realmente él poco trabajaba, más bien se encargaba del manejo de los bancos.

Curiosamente, sus socios dicen que su historial crediticio fue pésimo. Solía decir que no le gustaba pagarle intereses a los bancos. Le interesaba fondearse con ellos, y no con la caja de sus empresas. Algunos incluso señalan que pedía prestada más plata de la que requerían sus empresas, sólo para llevarse una parte para él por fuera del país. Más de una de sus empresas se fue a concordato, pues esta parecía ser su estrategia, quebrarse, y así no tener que pagar las deudas. Algo que refleja su personalidad es el hecho de que a la hora de pagar las cuentas de un almuerzo o cena en el club, Víctor se desaparecía. Sobre su pasado hay anécdotas que confirman que siempre fue muy tacaño. Dicen que hasta le ponía candado al teléfono para que no lo usaran en exceso.

Mostraba optimismo sobre el futuro de los negocios, y no le preocupaban las crisis. Nunca tuvo una mano derecha que le ayudara a manejar todas las inversiones que acumuló. Otra característica de sus negocios, que salió a flote con la intervención que hizo la Superintendencia de Sociedades para buscar los recursos perdidos del fondo Premium, es la desorganización contable de sus empresas. En este caso particularmente, se hizo evidente que prestó gran parte de sus compañías a Tomás Jaramillo y a Juan Carlos Ortiz, quienes a través de la Compañía Colombiana de Capitales hicieron toda clase de locuras.

Muchos de sus empleados terminaron pagando los platos rotos cuando llegó la Superintendencia a intervenir, incluidos su contador y su secretaria, quien, por confiar en Maldonado, resultó embargada y enredada en todo este asunto.

Cuando las autoridades intervinieron a InterBolsa, en noviembre de 2012, Maldonado tenía sesenta y ocho años cumplidos y muchas explicaciones que dar.

Frente a su responsabilidad en la toma de decisiones del Grupo InterBolsa o en el Fondo Premium, hay que decir que, si bien nunca hizo parte de la administración, sí fue miembro de la Junta Directiva entre 2008 y 2010. Luego, su representación pasó a su hijo Ignacio Maldonado.

Como dueño principal del Grupo InterBolsa, a través de sus sociedades, se convirtió en el mayor jugador en la especulación de repos con las acciones de InterBolsa, que terminaron incumpliéndose. Por cuenta de esto, quedó respondiendo por cerca de 36.000 millones de pesos de los 70.000 millones que fueron comprometidos en los repos que se hicieron con esta acción.

Otro hecho que demuestra su participación relevante en toda esta telenovela financiera es que, junto al italiano Alessandro Corridori, fue uno de los grandes deudores del Fondo Premium, a través de sus empresas, que recibieron créditos por una suma estimada en 39.000 millones de pesos, que con intereses de mora, a junio de 2014, ya superaba los 75.000 millones de pesos.

Las empresas de Maldonado también tuvieron un papel clave en todos los negocios del Fondo Premium que promocionaba en Colombia la comisionista InterBolsa. Su red de sociedades, compuesta por Malta, Helados Modernos, Las Tres Palmas y Cuama –que significa cuatro Maldonados, y en la que son socios sus hermanos–, se convirtió en uno de los principales clientes que tuvo la firma comisionista. Víctor siempre manejó las inversiones de la familia como si fueran suyas. Sus hermanos, todos menores, nunca intervinieron ni cuestionaron nada.

Algunos creen que Víctor no entendió nunca cómo funcionaba InterBolsa y estaba descrestado por la liquidez que conseguía fácilmente, sobre todo a través de la Compañía Colombiana de Capitales y de Premium, que le permitían tener plata permanente.

Después de la quiebra de Proyectar Valores, en junio de 2011, Víctor se unió más a Juan Carlos Ortiz y se fue alejando de Tomás. Hizo viajes a la India, Medio Oriente y África con Ortiz y su esposa, la presentadora Viena Ruiz.

Muchos creen que Víctor fue utilizado por Tomás y Juan Carlos para ser su soporte financiero, a cambio de las fiestas y los ágapes sociales que estos continuamente le ofrecían. Pero lo cierto es que los tres pecaron por usar dineros de los clientes para invertirlos en productos altamente especulativos que al final los beneficiaban más a ellos que a los inversionistas.

A punto de cumplir los setenta años, Víctor no ha comenzado a resolver los problemas en los que se metió por ambición. El derrumbe de InterBolsa es la pérdida más grande a la que se ha enfrentado. Para Maldonado, un gran jugador y ganador muchas veces, esta es sin duda la peor apuesta que ha hecho.

A la fecha de la publicación de este libro, la Fiscalía encargada del caso InterBolsa no ha vinculado a Maldonado al proceso penal, pero se sabe que lo tiene en la mira y está investigando hasta el último centímetro sus empresas y sus actuaciones en este caso.

Frente a la devolución de los dineros comprometidos en el Fondo Premium, Víctor Maldonado se ha mostrado reacio a pagar. Se llena de ira cuando alguien le aconseja que pague y se salga de este lío. Suele decir: “como la plata no es de ustedes, ni ustedes la consiguieron…”. Con relación a los repos de InterBolsa, siempre aceptó la deuda, pero cuando llegó el momento de pagar, encontró la forma de no hacerlo.

"La ambición rompe el saco" es un fragmento del libro "InterBolsa, la historia de una élite que se creía demasiado grande para caer", escrito por la periodista Gloria Valencia y publicado por la editorial Semana Libros (2014).

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