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| 10/7/2006 12:00:00 AM

Inteligencia sin ley

La crisis de los montajes dejó claro que se necesita una ley que proteja y les ponga límites a los agentes encubiertos.

Hace un mes estalló el escándalo por los supuestos montajes del Ejército y aún no es claro qué fue lo que pasó. La Fiscalía investiga a 'Jessica', ex guerrillera de las Farc, que trabajaba como informante del Ejército, por terrorismo, pero hasta ahora no ha vinculado formalmente a los dos militares que han sido señalados como autores de los falsos atentados. En apariencia parecería fácil vincular a los militares. Hay grabaciones y fotos que los incriminan, al igual que declaraciones de dos ex guerrilleros presos en La Picota (ver artículo anterior). Sin embargo, el asunto no es tan sencillo. Las Fuerzas Militares argumentan que el mayor Javier Efrén Hermida Benavides y el capitán Luis Eduardo Barrero estaban en una operación encubierta. Estas operaciones son típicas entre los organismos de inteligencia, pero se mueven en una peligrosa zona gris que raya con lo ilegal.

El caso de los montajes puso el dedo en la llaga sobre la ausencia de un marco legal para este tipo de operativos. El año pasado se hundió en el Congreso una ley de inteligencia que pretendía darles protección jurídica a los miembros de la Policía, el Ejército y el DAS que se infiltran en las organizaciones criminales y que por la misma naturaleza de su trabajo, pueden llegar a quebrantar la ley. La idea de regular esta actividad es dotarla de mayor secreto. Pero al mismo tiempo, de mayores controles. En concreto, protección jurídica, doble identidad para los profesionales que trabajan en los organismos de inteligencia, reserva de sus fuentes de información y que un fiscal autorice la operación.

La inteligencia es una labor necesaria para adelantarse a los ataques. No necesariamente lleva a capturas o busca recopilar pruebas, como sí lo hacen los organismos judiciales. Infiltrarse en una organización, o penetrarla, conquistando a algunos de sus miembros para que trabajen con el gobierno, puede tomar años y en el interregno los agentes secretos muchas veces pasan la frontera de lo legal. ¿Cuál es el límite hasta donde pueden llegar? "No pueden violar los derechos humanos ni quebrantar el Estado de derecho", dice el director del DAS, Andrés Peñate. No obstante, si un 'espía' quiere ganarse la confianza de los guerrilleros o del grupo que pretende destruir, tiene que dar muestras de que hace parte de ellos y por tanto no puede actuar como un santo. "La realidad es que el trabajo de inteligencia se hace con los bandidos",dice un oficial.

El vacío jurídico ha llevado a varios problemas. Por un lado, muchos agentes infiltrados o las personas que trabajan para ellos terminan en la cárcel, pues en ocasiones es muy difícil demostrar que actuaban a favor del gobierno. En segundo lugar, la ley no protege a sus fuentes. Si un juez los cita, están obligados a declarar bajo juramento sobre el origen de su información. Por último, como son funcionarios y no tienen legalmente una doble identidad, cualquier persona puede consultarlos en la nómina de la institución para la que trabajan y descubrir su función. Lo que ha llevado a la práctica perversa de resolver todos estos problemas por las vías de hecho, es decir, con el 'chanchullo'. Así terminan con identidades falsas. SEMANA conoció el caso de un suboficial del Ejército que desde hace varios meses está infiltrado en las Farc. Hace poco fue llamado a un curso de ascenso que, por reglamento, es presencial. Para resolver el problema, sus superiores tuvieron que poner a otra persona para que lo suplantara y así no dañarle la carrera, lo cual resulta más que absurdo.

La ley puede resolver el vacío jurídico pero no el riesgo moral que permanentemente se corre en los organismos de inteligencia. En el Reino Unido se desató hace pocos años por un agente encubierto del Ejército, y que duró varios años infiltrado en el IRA, confesó ante la prensa que se había convertido en un experto en explosivos. Al público lo horrorizó la idea de que el fin político de minar una organización terrorista había conducido a que agentes oficiales usaran métodos terroristas. En una democracia no todos los métodos son válidos. Ni matar ni hacer terrorismo caben dentro de las labores de la inteligencia. Muchos menos, crear en nombre de la inteligencia y de las operaciones encubiertas, falsas operaciones que generan pánico y zozobra en la sociedad. Por ese camino lo único que se logra es destruir el sistema que se dice defender.
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