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| 5/31/2010 12:00:00 AM

¿Invencible?

Los verdes confían en que esta ha sido la campaña de las grandes sorpresas. Pero con el resultado del domingo la cosa se ve cuesta arriba.

Juan Manuel Santos le decía a todo el mundo en privado con bastante convicción que él no descartaba ganar en primera vuelta. Nadie lo tomaba en serio pensando que se trataba de una de esas exageraciones que todos los candidatos suelen hacer por estrategia o, en su defecto, por exceso de confianza. Sin embargo, Santos sabía por qué lo decía. Su última encuesta interna de la campaña le había dado el resultado de 44 por ciento frente a 28 de Mockus. Con una ayudita de la iglesia de La Milagrosa de Paloquemao en Bogotá, a donde fue a misa el día de las elecciones por la mañana, de pronto se producía el milagro.

No se produjo, pero casi. En un país donde todo el mundo esperaba un empate, el margen de la victoria santista le dio al resultado una dimensión más de victoria definitiva que de triunfo en primera vuelta. ¿Pero qué hay detrás de este sorprendente resultado?

En primer lugar, que es la primera vez en la historia política de Colombia que un candidato a la Presidencia con una enorme maquinaria se enfrenta a uno con prácticamente cero maquinaria. Las elecciones son un negocio de producto y distribución. Producto tenían los dos. Tanto Santos como Mockus demostraron ser grandes aspirantes, con talento, capacidad y discurso. Pero distribución solo tenía uno.
 
Mientras Santos contaba con el respaldo de la gran mayoría de la clase política con presencia en todos los rincones del país, Mockus contaba apenas con los cinco senadores del Partido Verde, sin mayor manejo de la política nacional. Y esta votación demostró que la maquinaria sigue siendo importante en las elecciones presidenciales.

En segundo lugar, porque Santos se sintonizó con la realidad nacional que es, en su gran mayoría, uribista. La defensa vehemente de su legado jugó siempre a su favor. A pesar de que el tema de las Farc no fue un tema de campaña, la tranquilidad que ha ofrecido la seguridad democrática –o el temor a perderla– fue quizá el mejor jefe de campaña del candidato de la U. Eso también explica que gran parte de los estratos bajos y el país rural votara masivamente por Santos. El retrato más claro de este fenómeno electoral se dio en Bogotá, donde Santos le sacó una ventaja de 15 puntos a Mockus en el fortín nacional del voto de opinión, el epicentro universitario –y de los primivotantes–, y en una ciudad donde el legado de tres alcaldes exitosos juega a favor de los verdes.

En tercer lugar, porque Santos tenía a su favor muchos factores de poder. El gobierno de Uribe, la mayoría del Congreso, gran parte de los empresarios, los cacaos, los gremios y, sobre todo, el capital. La historia ha demostrado que la financiación es determinante en las campañas y el nivel que tuvo Santos tiene pocos antecedentes. Ese exceso de poder fue el que llegó a generar una reacción en su contra y a alimentar el espíritu renovador de la ola verde. Pero a pesar del rechazo esos factores de poder nunca lo abandonaron.

Una cuarta razón es que Santos fue buen candidato. Esto obedeció más a la seriedad de sus planteamientos y su perfil de estadista que a su conexión emocional con el público. Inspiró más respeto que afecto, pero los primero es tan importante como lo segundo cuando se aspira a ese cargo. Muchos mejores candidatos fueron Petro, Vargas y hasta Pardo, como quedó claro en los debates, pero Santos capoteó con aplomo y destreza todo tipo de ataques, y mostró siempre seguridad y dominio de los temas del país.
Finalmente, Juan Manuel Santos, a quien le gusta la imagen del jugador, hizo una apuesta de verdadero tahúr que, contrario a todos los pronósticos, le resultó. Haber cambiado a un mes de las elecciones la plana mayor y la orientación estratégica de su campaña poniendo al controvertido asesor J.J. Rendón, pudo haber sido un suicidio. En ese momento era todo o nada en una ruleta. Y resultó ser el todo.

El timonazo incluyó varias decisiones claves. La primera fue la de volver a uribizar a Santos luego de que la campaña había tomado la decisión inicial de distanciarlo del Presidente y del partido de la U a raíz de los escándalos recientes. Lo segundo fue centrar la campaña en el tema del trabajo, que es, según las encuestas, la mayor preocupación de los colombianos. Las cuñas publicitarias y sus discursos y alocuciones en televisión martillaron una y otra vez en las últimas semanas el tema de la generación de empleo. Y quizá la última decisión táctica fue aprovechar el ‘papayazo’ que dio Mockus con su propuesta de aumentar los impuestos. Aunque fue un acto de honestidad y responsabilidad del candidato de los verdes, la campaña de Santos lo capitalizó en la recta final diciendo que no era necesario, lo cual fue bien recibido. Lo más seguro es que Santos también tenga que aumentar los impuestos de alguna forma pero, como buen candidato, ese problema vendría después y el del momento era ganar.

Pero si lo anterior explica la contundente victoria de Santos, cómo se podría explicar la inesperada baja votación de Mockus.

La ola verde había generado enormes expectativas –incluso de un triunfo de Mockus en la primera vuelta– y en política los resultados con frecuencia se miden por sus diferencias frente a las expectativas. Lo cierto es que si hace apenas unas semanas el gran fenómeno político había sido el vertiginoso ascenso de los verdes, ahora la sorpresa fue su rápido descenso. La paradoja es que a Mockus lo treparon Internet y las redes sociales y lo tumbaron los debates en televisión. Las primeras impulsaron la ola verde después del buen resultado de su partido en las elecciones del 14 de marzo, de la unión con Sergio Fajardo y de la solidaridad que generó su anuncio de que tenía principios de párkinson. Pero el favoritismo de las encuestas le puso los focos encima, y en entrevistas y debates cometió errores que Santos supo aprovechar a su favor.

La subida como un cohete también afectó a los verdes porque los llevó a un escenario para el que no estaban preparados. Mockus no anticipaba convertirse de la noche a la mañana en un candidato de segunda vuelta y mucho menos haber llegado a ser el puntero al acercarse a la recta final. Por eso no había tenido tiempo de estructurar programas y discursos tan elaborados como los de sus rivales. Germán Vargas Lleras, para citar solo a quien al final se le reconoció la alta calidad de sus programas, llevaba más de dos años diseñando su plataforma. Antanas Mockus se tuvo que defender con esa limitación, en la campaña con más debates en directo de la historia de Colombia. Por eso le tocó recurrir a sus tradicionales lemas como la vida es sagrada, los recursos públicos son sagrados, no todo vale, el fin no justifica los medios que despertaron inicialmente enorme entusiasmo.

Sin embargo, enfrentarse a campañas como la de Vargas Lleras, o a candidatos que han sido ministros de varias carteras como Santos, Pardo y Noemí, era una situación de desventaja que se notó. Logró reconocimientos por su inteligencia, honestidad y legitimidad para plantear un cambio en las costumbres políticas y una lucha contra la corrupción, pero en los debates y entrevistas salieron a flote el desconocimiento sobre temas claves, y la preferencia por excesivas disquisiciones académicas y teóricas. a la hora de la verdad, Mockus contribuyó a reforzar el estigma de que es más filósofo que estadista.

Durante la campaña electoral, además, el ex alcalde de Bogotá asumió posiciones y actitudes que encajan muy bien en el campo del deber ser, y que reforzaron su imagen de transparencia y su vocación por buscar formas más puras de hacer política, pero que se chocaron con la realidad política. En marzo su equipo renunció a cerca de 4.000 millones de pesos a los que tenía derecho como reembolso por gastos de la campaña, que se habrían podido utilizar en publicidad y en otras estrategias. Y al final del debate cayó en el error de hablar con franqueza sobre la necesidad que tendrá el próximo gobierno de elevar los ingresos fiscales. En ambos casos ese despliegue de pureza ganó credibilidad pero perdió votos.

Estos factores sumados a su falta de maquinaria definieron el resultado. Jugar a que las elecciones se pueden ganar sin buses, sin almuerzos y sin manzanilla, y con un discurso que transmite profundas convicciones y no sound bites estratégicos puede ser tan ambicioso como ingenuo. La sinceridad y la transparencia son a la vez la mayor fortaleza y la peor debilidad de Mockus.

Y finalmente, la campaña de Mockus confió mucho en los primivotantes y en que el entusiasmo de los jóvenes derrotaría las tasas tradicionales de abstención, y lo harían en su favor. Todo indica que eso no ocurrió: la participación no llegó al 50 por ciento, el nivel tradicional para elecciones presidenciales. Y se había convertido en lugar común decir que Santos ganaba si la votación se mantenía en esos niveles, y que para que la ola verde derrotara a las maquinarias se necesitaba de una votación histórica de los jóvenes.
Antanas Mockus, en fin, tenía un arsenal limitado frente a Santos en términos de las armas que se utilizan en la política electoral de verdad. Mientras Santos tenía de su lado todos los factores tradicionales del poder, Mockus contaba solamente con Internet, la mayoría de los columnistas de prensa, la juventud y la franja antiuribista. Un conjunto débil frente a la artillería pesada de su contendor. Era una batalla como la del hombre azul de la película Avatar, que para defender el ecosistema se enfrentó apoyado solo con una tribu idealista y pájaros voladores al ejército más poderoso del planeta y lo derrotó. Pero una cosa es Hollywood y otra, muy distinta, la política electoral en Macondo.

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