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| 4/27/2017 6:03:00 AM

Investigan si los niños que vivían con Sarita también fueron abusados

El entorno familiar y social en el que Sara Salazar vivió sus tres años de vida no pudieron ser más adversos. Las autoridades aún no dan con el responsable de su crimen.

Ni la familia ni el pueblo en los que pasó su corta vida eran los mejores para ser una niña. Sara Ayolina Salazar, Sarita, creció en una finca repleta de limones hasta donde, cuentan en el pueblo, solía llegar cualquier vecino, cualquier extraño, a bajar las frutas de los árboles. Es una porción amplia de tierra a las afueras del casco urbano de Armero Guayabal, un municipio con indicadores de vida adversos: donde la mayoría viven las penurias de la pobreza extrema y se extienden problemáticas como el microtráfico.

La familia de Ángela Guerra, la madrina de bautismo de la pequeña, con quien su mamá Ruth Salazar la dejó al cuidado, es un clan de vieja data en Guayabal, que estaban en ese poblado antes de que allí se reconstruyera Armero, luego de la avalancha que en noviembre de 1985 se llevó consigo 22.000 vidas. En esa finca, Sarita pasó sus días desde que Ruth Salazar, acosada por afugias económicas, la dejó, y se fue a trabajar en las labores de un hogar en La Dorada. Y allí, según estableció Medicina Legal, fue víctima de abuso sexual. También de maltrato físico y abandono. 

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En esa finca, Sarita vivió con su madrina, el esposo de ella y tres hijos de la pareja. Son niños de 3, 10 y 15 años, hoy bajo la tutela del Instituto de Bienestar Familiar, que también están siendo valorados por Medicina Legal para establecer si, como la pequeña, fueron víctimas de abusos. A esa misma casa solía llegar uno de los hermanos mayores de Sarita a visitarla.

La madre de la pequeña tuvo otros siete hijos y, según le contó una de sus exparejas al diario tolimense El Nuevo Día, algunos de los otros menores también tuvieron problemas de desnutrición y descuido. Y esa no es una situación aislada entre los más pequeños de Armero Guayabal. Según cifras del DANE, el 5% de los recién nacidos de ese municipio sufren de bajo peso.

Los pobladores, en su mayoría, viven en condiciones económicas difíciles. En 2014, el 69% de los 11.000 habitantes estaban en condiciones de pobreza extrema. La cifra está creciendo desde 2011. Y mientras el analfabetismo está a punto de desaparecer en muchos lugares del país, en ese municipio, entre los mayores de 15 años, ronda el 15%.

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Justamente, el pasado 24 de abril, la revista estadounidense Pediatrics publicó un estudio en el que se determinó que los niños menores de cinco años que crecen en entornos pobres tienen el triple de posibilidades de morir como víctimas de abusos físicos.

Los sufrimientos de Sarita están documentados desde hace más de un año. El Nuevo Día conocío un informe de mayo pasado, que registraba el ingreso de la pequeña a un hospital de Líbano, donde le diagnosticaron una infección, producida por la picadura de un insecto. Además, le detectaron anemia severa, desnutrición y signos de maltrato. Pero nada de eso fue advertido por las autoridades municipales.

En ese entorno hostil para ser un niño, creció la pequeña. El viernes pasado, su cuerpo no soportó más los abusos acumulados durante meses. Hoy, en el pueblo se vive una atmósfera extraña. Sus habitantes andan con los pelos de punta, y entre sus cotilleos tejen decenas de hipótesis sobre lo que pudo haberle ocurrido a la niña. Señalan a quienes creen responsables, y se quejan de que los entes municipales no hayan actuado antes de que se consumara la tragedia.

En Armero Guayabal todos están a la espera de que los culpables del crimen sean capturados. Entre tanto, las autoridades dan vistos de que pronto le darán respuesta a ese clamor de justicia por Sarita.

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