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| 5/5/2015 4:05:00 AM

“Cuando salí todo estaba destruido”

Justo en el momento del terremoto, Isabel Rodríguez estaba en una de las zonas que quedaron parcialmente destruidas en Katmandú. Vivió la angustia con los nepaleses y fue testigo de la desaparición de templos y monumentos declarados patrimonio de la humanidad.

“Lo único que hice fue meterme debajo de la puerta, cerré los ojos y le pedí a Dios que fuera lo que fuera. Todo empezó a caerse. Fue muy intenso. Cuando paró, cogí mi computador, mi celular, mi pasaporte y salí corriendo a la plaza a sentarme”.

Isabel Rodríguez estaba en un cuarto de hostal en el corazón turístico de Katmandú, la capital de Nepal, cuando ocurrió el terremoto. La plaza a la que salió fue Durbar Square de Bhaktapur, una zona que reúne templos y monumentos, muchos de los cuales eran íconos culturales de la ciudad y que ahora están hechos trizas.

Una de las pérdidas más grandes que trajo el sismo del pasado 25 de abril fue precisamente la basta destrucción de monumentos y templos históricos declarados patrimonio de la humanidad por la Unesco: construcciones que no solo atraían turistas, sino que eran claves en la cotidianidad de los nepaleses. Además, eran centro de rituales de una riqueza cultural infinita, muchos de ellos eran, en palabras de los locales, lo que para los occidentales son los centros comerciales: un punto de reunión y esparcimiento. Alrededor de ellos giraba gran parte de la vida diaria de los ciudadanos.

Las calles angostas y encantadoras del barrio Bahktapur por las que días antes Isabel caminaba como turista, hoy están salpicadas de casas derruidas y de otras que amenazan con venirse al piso. Guaduas ancladas en la calle sostienen fachadas fracturadas. Hombres con picas apilan ladrillos.

“Cuando salí vi que todo estaba destruido. La gente estaba asustada, llorando, y como pasmados esperando a ver qué pasaba. Fue muy impresionante pensar en las personas de los mercados que estaban alrededor de los templos, porque no se si alcanzaron a evacuar.

“Lo más impactante es saber que yo estuve ahí durante un mes, que ya era parte de mi territorio y ellos se habían vuelto parte de mi vida. Pensar que la mayoría estaban muertos, que solo como a las tres horas llegó una ambulancia y que como 12 o 15 personas trataban de levantar los escombros, pero eso no era suficiente; pensar que había una cantidad de gente debajo de los escombros; esa experiencia fue muy dura”.

Durante dos noches Isabel durmió a la intemperie, como la gran mayoría de las personas en Katmandú. La primera en Durbar Square y la segunda con unos nepalíes en una carpa. Esa noche llovió, todos se mojaron y no había qué comer. “Fue duro, pero bueno, uno se siente acompañado”, dice.

El tercer día se pudo comunicar con el consulado, que la había estado buscando. Desde ese momento se acomodó con ellos y pudo cambiar su tiquete de regreso a Varanasi, en la India, donde había estado antes de llegar a Nepal como profesora de música para niños.

Sus palabras antes de marcharse de Katmandú son de solidaridad: “Ahora queda esperar que los nepaleses puedan recuperarse de esto, porque son unas personas supremamente especiales”.
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