Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1993/11/08 00:00

JAPONESES A LA CRIOLLA

Aunque parezca increíble, hace 60 años se instaló en el Valle del Cauca la semilla de una de las colonias japonesas más importantes de Suramerica.

JAPONESES A LA CRIOLLA

A PRIMERA VISTA, EL CONCIERTO del viernes pasado en el auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional, en Bogotá, parecía ser un banquete de la mejor música japonesa. La presentación de la pianista Majorie Tanaka semejaba ser uno de esos fascinantes ejemplos. Si bien para los melómanos la figura de Tanaka es muy conocida, para los simples aficionados es toda una rareza. Pocos saben que esta virtuosa pianista es una de las descendientes de los 200 japoneses que hace 60 años emigraron al departamento del Valle, y que pese a su apellido japonés, es tan caleña como el champús y el chontaduro.
Aunque también es desconocido, los japoneses transformaron la economía del Valle. Fueron ellos, por ejemplo, los que introdujeron el primer tractor al país y los que, además, tecnificaron y desarrollaron los cultivos de arroz en el occidente colombiano. Lo más sorprendente de esto, es que no llegaron al país a buscar fortuna, sino atraídos por la fascinación de una novela de amor.
La historia comenzó un día cualquiera de 1923, tan pronto el estudiante Yuzo Takeshima cerró la última página de María, de Jorge Isaacs, y leyó atento el final del romance. Atrapado por el argumento, Takeshima les propuso una aventura romántica y valerosa a tres de sus amigos. Cuentan que les dijo: "Si ese país es tan hermoso como lo describe Isaacs, hemos de viajar allí".
Una semana más tarde, el 15 de mayo de 1923, Takeshima y sus amigos compraron cuatro boletos de tercera clase en el barco Anyo Maru, en el puerto de Yokohama, y partieron hacia Suramérica. El 30 de junio llegaron al puerto de Buenaventura y, sin pensarlo dos veces, tomaron el bus hacia Cali. A los pocos días cumplieron el sueño anhelado: visitar la hacienda El Paraíso, donde transcurrre el idilio de Efraín y María.
Pero había que ganarse la vida de cualquier manera. Después de visitar varias empresas consiguieron un puesto en el ingenio azucarero Manuelita.
PAIS PROMETEDOR
Mientras Takeshima y sus amigos trabajaban en el ingenio, el gobierno japonés, acosado por la pobreza en que vivía el país, inició varios estudios para enviar a sus ciudadanos a diferentes naciones americanas. En 1926, un informe enviado al Ministerio de Relaciones Exteriores de Japón por su cónsul de Panamá y el ministro de la legación en Perú concluía un análisis sobre Colombia. Al decir de esa nota, "este era un país prometedor para la inmigración japonesa".
El gobierno japonés investigó detenidamente y ordenó su Compañía de Fomento de Ultramar que eligiera a varios expertos para que viajaran hasta Colombia. Se optó por Yuzo Takeshima, a quien nombró su representante, y al ingeniero agrónomo Tokuhisa Makijima. Con las instrucciones en la mano, los dos funcionarios, acompañados por el cónsul de Panamá, hicieron investigaciones exhaustivas durante seis meses a partir de mayo de 1926. Según dedujeron, el Valle del Cauca era el lugar más adecuado para la inmigración japonesa. Se determinó llevar a cabo la introducción de agricultores como un primer ensayo.
Para promover este proyecto, la Companií de Fomento de Ultramar se encargó, en 1928, de la selección y compra del terreno; la inscripción y transporte de los inmigrantes, y la administración de la futura colonia. El proyecto consistía en adquirir varias hectáreas de tierras aptas para la agricultura, en donde se radicarían 10 familias de agricultores a las que se les iba a subvencionar el valor del transporte y se les iba a repartir siete hectáreas para que cultivaran arroz.
En abril de 1929, Takeshima abrió una oficina provisional en Buga y empezó a buscar el terreno para los primeros inmigrantes. Tras varios análisis, se compro un lote de 128 hectáreas en El Jagual, municipio de Corinto (Cauca).
Entre tanto, la Compañía de Fomento de Ultramar buscó en Japón a las primeras 10 familias de inmigrantes. Así, el 7 de octubre de ese mismo año partieron desde el puerto de Yokohama hacia Colombia -en el barco Rakuyo Maru- las familias de Isoji Kuratomi, Suejiro Nakamura, Tsuchizo Yoshioka, Masasuke Emura y Jutaro Nikaido. Al llegar, recibieron los lotes, talaron bosquecillos y construyeron sus viviendas. Para febrero de 1930 tuvieron la primera cosecha de arroz.
La admiración hacia estos inmigrantes, que eran vistos como seres de otro mundo entre los colombianos, se tornó muy pronto en una relación fraternal. Un ganadero que se encariñó con aquellos japoneses, Fortunato Ayala, les dijo un día: "Aquí nadie entiende sus nombres. Si quieren, yo les pongo nombres colombianos". Y así lo hizo: Isoji Kuratomi, cuyo nombre significa "cabeza de playa", fue rebautizado como Escipión. Su esposa Hatsuka (en japonés "primera fragancia") fue llamada Irma, y Shinobu, la hija -que significa "paciencia"- quedó como Lola.
ENEMIGOS DEL PAIS
Tras el éxito de la primera inmigración, se planearon otros dos proyectos que concluyeron con la traída de otros 150 japoneses, casi todos ellos de la prefectura de Fukuoka. Hasta poco antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial la colonia japonesa de Corinto contribuyó a la tecnificación de la agricultura en el Valle del Cauca, pero en 1942 fue declarada no grata por el gobierno colombiano.
La realidad era que un acuerdo suscrito con Estados Unidos consideraba a todos los enemigos de este país como enemigos de Colombia. A los funcionarios de la legación Japonesa se les dio la orden de salir, mientras que a los habitantes de la colonia de Corinto se les detuvo en sus propios domicilios. Los únicos que podían salir a Cali o fuera del pueblo eran los directivos de la colonia, previo otorgamiento de un salvo conducto. Pero esta medida no afectó el comercio que desarrollaban los japoneses con el resto del país y, según ellos mismos, "sirvió para la consolidación de la unión y la economía familiares".
Después de finalizada la guerra, la colonia de Corinto volvió a la normalidad y siguió consolidandose, hasta los tiempos actuales. De los primeros colonos viven aún 100, pero ya no en Corinto sino en Cali y Palmira
JAPONESES VALLUNOS
Sesenta años después de establecida la colonia de Corinto, los casi dos mil descendientes de los pioneros son tan colombianos como cualquier otro, "pero algo diferentes -dicen- porque somos hijos de una novela de amor". Cuando aprenden a caminar, el rito ineludible es una visita a la hacienda El Paraíso.
Todos los domingos, sin falta, las familias japonesas-colombianas se reunen en su casas a conversar. Siempre, en una mesa pulcra, están los platos favoritos: una sopa de misoshiru, preparada con soya y arroz, sin aceite ni sal; un exquisito sukiyaki, hecho con carne y verduras, y, tal vez un sancocho bien valluno.
El amor de los descendientes de japoneses por el Valle es, sin duda, parecido al del padre de la inmigración, Yushio Takeshima, quien dejó escrita así la impresión que le causó su visita a la hacienda El Paraíso en 1923: "Sentados en el prado, leímos con mis amigos, palabra por palabra, la historla de ese amor. Y creo que soltamos algunas lagrimas cuando escuchamos en voz alta el final de la novela: Estremecido, partí a galope por en medio de la pampa solitaria, cuyo vasto horizonte ennegrecía la noche "

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