Lunes, 16 de enero de 2017

| 1999/03/01 00:00

JEISON Y EL TERREMOTO

Germán Santamaría, el hombre que descubrió a Omaira en Armero, vuelve el <BR>periodismo con una conmovedora historia de la tragedia del eje cafetero.

JEISON Y EL TERREMOTO

El niño Jeison miraba televisión. El medico Jorge Raúl Ossa acababa de almorzar
y estaba en el baño. El recogedor de café Lilo Valencia le ayudaba a su mujer a echarle leña al fogón.
El presidente Andrés Pastrana en compañía del canciller Guillermo Fernández de Soto hojeaba la
agenda de trabajo pues dos horas después partía para Europa. Y un teniente del Ejército, en
Barrancabermeja, miraba desde su trinchera los techos de unas casas cercanas. Era la una y 19
minutos de la tarde y de pronto la tierra del eje cafetero se agitó, como un dragón que despierta con
furia, y en 32 segundos se desplomaron 150 edificios, más de 1.500 casas se desmoronaron y cerca
de 1.000 personas murieron y el destino de esta región cambió, azotada por una borrasca de
muerte. Siguió un silencio profundo. Una gran nube de polvo se comenzó a levantar sobre el sur de
Armenia y en los municipios vecinos. En los vastos cafetales, a un mes de la cosecha grande, se
sintió una quietud estremecedora, y hasta las aves y las vacas permanecieron paralizadas, al
acecho. Terremoto. Ahí estaba hecha realidad, una de las sentencias más temidas del lenguaje
humano. El niño Jeison Andrés quitó la vista de los Simpson en el televisor y corrió hacia la puerta de
su apartamento en el segundo piso, seguido por su madre y sus dos hermanos y su sobrino, pero no
alcanzó a llegar a las escaleras cuando sintió que bajaba como por un ascensor y de pronto se
encontró en la oscuridad, entre un zanjón estrecho. Estaba boca abajo y sentía el pie derecho
aprisionado. El médico, subdirector del hospital San Juan de Dios, salió corriendo con sus hijos y
cuando alcanzó la calle a salvo, lo primero que pensó fue en su madre, de 78 años, que vivía sola
en un tercer piso, frente a la catedral. El cosechero Lilo Valencia dejó el fogón y alcanzó a salir pero
a sus espaldas su pequeño rancho en el barrio Salazar se cayó como una baraja de naipes y adentro
quedaron dos de sus cuatro hijos. El presidente Pastrana alcanzó a sentir el temblor en la Casa de
Nariño y de inmediato levantó el teléfono para preguntar qué había pasado en su país. El teniente
Oscar López, en su trinchera en Barrancabermeja, tardaría media hora para saber por radio que
Armenia, su ciudad, se había destruido pero todavía no sospechaba que la mayor parte de su familia
yacía sepultada. Estos cinco colombianos, desde el jefe del Estado hasta el sencillo cosechero de
café, vivieron a partir de entonces el drama y la angustia de una Nación que una vez más, además
de todas sus violencias, era azotada por la naturaleza. El niño lucharía por su vida, en la oscuridad
durante 40 horas. El médico atendería en el hospital a muchos enfermos, mientras que esperaba
que rescataran a su madre, para enterrarla con dolor pero de prisa. El jornalero del café sepultaría de
noche y sin ataúd a sus dos hijos y luego saldría para participar en el asalto de un supermercado. El
presidente Pastrana haría tres viajes y cuatro discursos y varias conferencias de prensa y sentiría
rabia e impotencia y después decisión y coraje, para tratar de restablecer la autoridad en Armenia y
Calarcá, donde en la noche del martes se vivió un pequeño 9 de abril. Y el teniente Oscar López,
hermano mayor del niño Jeison Andrés López, tendría que ser trasladado en helicóptero al día
siguiente de su trinchera hasta el batallón, ambos dentro de la propia Barrancabermeja, porque estaba
cercado por la guerrilla. La oscuridad y el cielo El niño pensó que solamente se había ido la luz y llamó
a su mamá, Myriam Consuelo. Pero como no le respondió llamó a sus dos hermanos, Juliette y
Edison, pero sólo obtuvo respuesta de su sobrino Daniel, de seis años, que de entre la oscuridad le
respondió: "Jeison, me cogió un monstruo". El médico Jorge Raúl Ossa corrió hasta la Plaza de
Bolívar y vio que el edificio donde vivía su madre se había destruido de un tajo y que sólo era un
enorme montón de escombros. Sintió un escalofrío porque pensó sin equívocos que su madre había
muerto y volvió a la casa y le contó la noticia a su señora y a sus hijos y les dijo que
enfrentaran la situación porque él se iba a ayudar a los vivos en el hospital. El cosechero Lilo
Valencia, que gana 4.000 pesos diarios, en media hora logró sacar a sus dos hijos muertos de entre
la empalizada de su rancho. El presidente Pastrana, media hora después, ya había decidido que no
viajaría a Europa a entrevistarse con el Fondo Monetario Internacional y con el Papa Juan Pablo
II. El teniente recibió por radio militar la noticia de la destrucción de Armenia, pero eran las cuatro de
la tarde y no podía salir de esos barrios nororientales de Barranca porque las milicias urbanas lo
emboscarían en las calles. Estos cinco colombianos empezaban a vivir su drama y salvo el
Presidente, ninguno de ellos era consciente de la totalidad de la tragedia. Eran ya las tres de la
tarde del lunes y el destino estaba sellado para muchos. Yacían más de 700 personas muertas en
el eje cafetero. Unas 300 más fallecerían lentamente, gota a gota, bajo los escombros, mientras sus
familias esperaban impotentes la llegada de equipos de socorro y rescate. Cerca de 2.000 se
encontraban atrapadas, con vida, bajo los escombros, y más de 150.000 sobrevivientes, entre ellos
cerca de 2.000 heridos, comprobaban gozosos que estaban vivos. Y más de dos millones de
habitantes de toda la región cafetera, desde el Quindío hasta Caldas, esperaban en suspenso porque
un rumor recorría como pólvora por entre ciudades y pueblos: se aproximaba una réplica, quizá un
terremoto más grande y peor. Pero en ese instante esa no era la angustia principal de algunos de los
sobrevivientes. El gerente del cementerio Jardines de Armenia, Luis Alberto Ureña, se botó por la
ventana, sacó a su familia de los escombros y salió corriendo hacia su cementerio y pasó de
enterrar cinco muertos por día a sepultar casi 250 en sólo dos días. Doña Graciela Velásquez, de
29 años, en el barrio La Galería de Calarcá, abandonada por su esposo, quedó muerta entre las
ruinas de su casa y sus cinco hijos, entre cuatro y 11 años, la sacaron ellos mismos de los
escombros y salieron a mendigar un ataúd para su madre. Fabio Orozco, que estaba en un cuarto
piso con su primer hijo de dos años, sintió que bajaba suavemente como por un ascensor y se
encontró dándole tetero a su hijo cerca de la puerta principal, porque el edificio se había hundido en la
tierra hasta casi la terraza. Dos jugadores y un empresario argentinos, que estaban en el lobby del
Hotel Armenia Plaza y que firmarían contrato dos horas después con el Atlético Quindío, quedaron
sepultados bajo siete pisos de escombros. El más joven de los tres, Rubén Emilio Biurret, estaba
deletreando su apellido en una entrevista radial. Y el alcalde de Armenia, Alvaro Patiño, no alcanzó a
terminar su plato de fríjoles porque también su casa se desplomó. A las cinco de la tarde... El
helicóptero presidencial sobrevolaba los tres picos nevados de la cordillera Central, y el Presidente
ya miraba abajo en el horizonte el Valle del Quindío. El niño Jeison seguía escuchando a su sobrino
Daniel que le pedía que no lo dejara tragar de aquel monstruo. El campesino Lilo Valencia había
conseguido cuatro velas y alumbraba a sus dos hijos muertos, allí entre las ruinas desperdigadas
por su calle pantanosa. El médico Ossa estaba subiendo heridos a las ambulancias para despacharlos
para Bogotá. Y el teniente Oscar López allá en su trinchera ya se había podido comunicar por teléfono
celular con su novia y se había enterado que su madre y sus dos hermanos y su sobrino estaban
entre el arrume del ladrillo y cemento del edificio de cuatro plantas. Y eran más de las cinco de la
tarde, tres horas después del primer temblor, y la tierra se volvió a agitar y de nuevo el pánico
recorrió ciudades, pueblos y cafetales de una comarca de colinas y valles y senderos y casonas de
balcones y yipaos, allá en el Quindío, la tierra donde nació la prosperidad cafetera de Colombia. En el
mismo instante en que el periodista Jorge Eliécer Orozco gritó por radio "Dios mío, Virgen Santísima,
está temblando de nuevo", el niño Jeison sintió que se estrechaba la cavidad en que se hallaba y entre
la oscuridad escuchó el crujido de las planchas de concreto y le cayó arena y polvo en los ojos.
Sintió primero que su pie derecho le dolía más pero después dejó de sentir las piernas. "No me deje
tragar del monstruo", escuchó que decía entre la oscuridad el pequeño Daniel y después solo
escuchó un quejido largo y lastimero del niño y a continuación todo quedó de nuevo en silencio y muy
oscuro. Al Presidente le avisaron de la torre de control que estaba temblando pero ordenó que el
helicóptero aterrizara. El médico Ossa no se detuvo porque estaba examinando y despachando más
heridos. El campesino cafetero simplemente prendió las velas que alumbraban a sus hijos y que se
apagaban por el viento del anochecer. El teniente, en Barranca, fue prácticamente encañonado por su
patrulla, que le impidió se aventurara por los barrios orientales de una ciudad partida en dos, entre la
guerrilla y el Ejército, como si fuera la Beirut de hace 10 años. Se vino la noche y cayeron las lluvias
y empaparon por primera vez a 150.000 personas que se hallaban a la intemperie, porque entre llantos
y rescate de heridos no habían podido pensar siquiera en la construcción de cambuches. Jeison se
quedó dormido entre la oscuridad. El recogedor de café decidió enterrar él mismo y con sus propias
manos a sus dos hijos muertos en el cementerio de Calarcá. Cavó la tumba y los sepultó en la
oscuridad. El Presidente, en el aeropuerto, donde esperó 45 minutos hasta que llegaron el alcalde y
el gobernador, los recibió con el ceño fruncido y les pegó el primer regaño para que se pusieran de
acuerdo y no manejara cada uno la tragedia desde sus propios intereses políticos. El médico supo
por su esposa que no se había movido una piedra del gigantesco arrume que aprisionaba a su
madre, pero siguió atendiendo heridos. Y el teniente empezó a vivir la noche más dura de su vida.
Estaba allí en la ciudad pero se sentía más asustado que cuando combatió en el pasado septiembre
contra la guerrilla de Romaña o durante la emboscada de San Juanito, cuando vio caer a dos
compañeros tenientes que estaban a su lado. Allí hubo mucho plomo y mucha oportunidad de
coraje, pensó, pero ahora era la impotencia de estar cercado en un barrio de la capital petrolera de
Colombia, imaginando a su familia sepultada allá en el Quindío. Fue la primera noche de miedo y
oscuridad y ambulancias y quejidos y Armenia y Calarcá estaban con sus calles tan atestadas como
si fuera la víspera de Navidad, pero en realidad era la más desgraciada noche de su historia. Pero no
sería peor que las siguientes, que fueron las noches de los cuchillos largos, de los saqueos, de la
bandas armadas y de las brigadas de autodefensa. El Presidente dejó órdenes precisas que se
cumplieron a cabalidad, porque no se pusieron de acuerdo alcalde y gobernador. El médico trabajó en
el hospital hasta las cuatro de la mañana. El campesino regresó del entierro nocturno de sus hijos
y permaneció despierto hasta el amanecer con su mujer y los otros hijos que le quedaron. A las seis
de la mañana por fin lograron sacar en helicóptero al teniente hasta el batallón y de allí en bus salió
hacia Bucaramanga y después en avión hacia Bogotá y finalmente hasta Armenia. Y para Jeison no
hubo amanecer porque allí en su socavón era siempre oscuridad.
A las nueve de la mañana, el médico empezó con sus propias manos a quitar los escombros del
gigantesco arrume que aprisionaba a su madre. A 15 cuadras, don Oscar López, al ver que no llegaba
nadie a rescatar a Jeison y al resto de la familia, empezó igualmente a levantar escombros con sus
manos. Era como si los dos sacaran cucharadas de agua del mar. El Presidente se enteró de que no
se cumplían sus órdenes y decidió asumir personalmente el mando. El teniente aterrizaba en Armenia
en un avión militar. Y Lilo el cosechero simplemente miraba la empalizada que era su casa y vio que
en el fondo las cenizas del fogón estaban aplastadas por la lluvia. Y sintió los pasos del hambre
porque sus dos hijos, que no habían comido nada desde la noche anterior, le preguntaron por el
desayuno. Donde Jeison, hacia el medio día llegaron los bomberos de Tuluá y trabajaron un buen rato,
removiendo escombros pero se fueron cuando llegó una patrulla de la Cruz Roja con perros. Los
animales olfatearon las ruinas y no encontraron nada. Esta brigada trabajó otro rato y luego se fue.
Entonces el teniente con su padre y con otro hermano y con los vecinos comenzaron a remover
escombros. Pero era también como si trataran de vaciar el agua del mar. A las tres de la tarde la
perrita Lassie, una gozque enrazada de loba, y que era de todos y de nadie en aquel edificio de
estrato social bajo, se metió por entre las vigas y escombros y empezó a ladrar y a chillar. Jeison la
escuchó desde la profunda oscuridad. La perrita plebeya y callejera había logrado lo que no había
podido la muy noble jauría del rescate. John Jairo, hermano de Jeison, la siguió por la parte trasera de
los escombros, se metió por un hueco y comenzó a llamarlo. Y escuchó la voz de su hermano y
salió gritando que Jeison estaba vivo y que Lassie lo había encontrado. Después Jeison no escuchó
más voces humanas, sólo el chillido de la perrita. Puso en ella toda su esperanza. Pensó que no se
podía dejar desmayar. Tenía sed pero ni siquiera podía pensar en tomar orines, porque seguía boca
abajo y tenía las manos bajo el cuerpo y atrapado el pie derecho y sentía cada vez más estrecho el
espacio que lo rodeaba. Casi en ese mismo momento el médico Jorge Raúl Ossa logró que una
retroexcavadora de gran tamaño empezara a retirar los escombros. Hacia las cuatro de la tarde
hallaron a la madre, doña Elvira. Había quedado sobre su cama, porque estaba acostada viendo el
programa Padres e hijos cuando se le vino el techo encima, y sólo la reconocieron por el vestido y por
una medallita que llevaba en el pecho. Acompañado de su esposa y sus hijos la llevaron a una
ceremonia religiosa colectiva que duró cinco minutos y hacia las seis y media de la tarde, entre las
sombras, en un cementerio donde se sentía el fragor de los enterradores y el murmullo lastimero de
una multitud doliente, la sepultaron, en silencio, con la dignidad con que las madres griegas enterraban
a sus hijos caídos en combate. Dejó en su casa a su familia y volvió al hospital. Encontró allí el
dolor de más de 1.000 personas heridas y estuvo tan ocupado toda la noche luchando por salvar tantas
vidas que afirma, con toda franqueza, que durante esa jornada de espanto no tuvo un minuto para
pensar en su madre muerta, apenas recién sepultada.

Una luz en la noche

La última voz humana que había escuchado fue la de Daniel, después del segundo temblor, cuando
dijo "me traga el monstruo, me traga el monstruo" y después se apagaron sus quejidos. Pero poco
tiempo después de los gritos de John Jairo y de los chillidos de Lassie, Jeison sintió que como que le
pasaba la sed, pensó que ya no se podía dejar desmayar, se olvidó que no sentía las piernas y que su
pie derecho estaba atrapado entre las losas de cemento. El espacio se había reducido tanto, que
estaba ya como entre una cápsula. Y de pronto alcanzó a ver el resplandor de una linterna. Era la
primera luz que veía en una noche de más de 30 horas. Pero eran las dos y media de la tarde y la
espera sería hasta casi las tres de la mañana. A la misma hora en que el Presidente estaba en vela,
recibiendo informes sobre la tragedia. A la misma hora en que Lilo el cosechero se guarecía de la
lluvia bajo un plástico, con su mujer y dos hijos, quienes cansados de pedir comida se habían
quedado dormidos. Después del anochecer, el propio teniente y su padre lograron que una brigada de
la Cruz Roja volviera a trabajar. Pero era muy difícil avanzar. Llegaron los bomberos de Tuluá. Después
arribaron unos expertos en salvación de mineros atrapados en socavones carboneros y empezaron a
cavar un túnel horizontal. Otra brigada abría por encima un amplio agujero, pero empezaron a ceder
las planchas y las vigas retorcidas. Jeison sintió el crujido de los escombros, era el material que cedía,
le caía arena y gravilla en los ojos y el espacio se reducía cada vez más, como una camisa de fuerza
que aprisionaba sin parar. A las 11 de la noche, los topos estaban a 50 centímetros de Jeison. Lassie
merodeaba y chillaba cerca del túnel. Por fin el bombero Farley Torres pudo entrar en contacto de voz
con el niño. Pero éste se desesperó por primera vez y el bombero tuvo que conversarle durante 15
minutos. Lo animó, le habló de su familia, le preguntó por sus estudios en el Inem de Armenia.
Después perforaron a cincel un agujero hasta Jeison y un socorrista de la Cruz Roja, al final de un
túnel de casi cuatro metros, por fin pudo tocar su piel. Jeison pidió un Gatorade y empanadas. Sólo
lograron conseguirle la bebida de uva. Después ampliaron un poco más el agujero y el médico Luis
Londoño le puso una inyección tranquilizante. La lluvia arreció y empapó a los que luchaban por
Jeison y a las 150 mil personas que se hallaban al escampado en toda la zona del desastre. Los
torrentes se desbordaron y se metieron por debajo de colchones y cambuches. Pero socorristas y
bomberos siguieron trabajándole a Jeison allí en el túnel. Fueron tres horas hasta lograr taladrar
primero las losas de cemento y más de una hora para quitar la suela del zapato y lograr sacar su pie
derecho que estaba aprisionado. Eran casi las tres de la mañana, bajo una lluvia implacable, cuando
se escuchó el grito de bomberos y socorristas jubilosos que sacaban a Jeison. Amanecía el tercer día
de la tragedia. El Presidente, antes de las seis de la mañana, decidió que se trasladaba con su
gobierno a Armenia para asumir el mando en una región donde aún no llegaban ni la comida ni las
carpas. Jeison, descansaba en el hospital sin despertar aún de la operación. El médico, aún sin
dormir, volvía al hospital y era, confiesa, como si no hubiera una tregua para pensar en su madre
muerta. Lilo Valencia, el cosechero, doblaba el plástico negro de su cambuche, y sus hijos
hambrientos aún dormían. Y el teniente y su padre estaban solitarios frente a la mole de
escombros porque si bien Jeison había sido rescatado con vida, allí seguían sepultados la madre
Myriam Consuelo y el hermano mayor y su hijo Daniel y Myriam Juliette y un vecinito y quién sabe
cuántas personas más de los 12 apartamentos que constituían este edificio sin nombre. Los dos
hombres estaban solos porque la lluvia del amanecer a todos los había espantado pero a ellos no,
porque allí seguían los suyos. Y a esa hora, ni el Presidente, ni el teniente y su padre, ni el
cosechero y el médico, sabían que lo peor estaba por venir. Cuando amanecía ese tercer día, era
como si apenas empezara la verdadera tragedia allá en el Quindío
El rebusque
El Presidente entró otra vez en cólera cuando se enteró que el alcalde y el gobernador no se ponían
de acuerdo, al tercer día, sobre la repartición de alimentos y decidió coger el toro por los cuernos. Y
Lilo el cosechero decidió salir de su barrio destruido y seguido por su esposa y dos hijos
sobrevivientes se fue hacia el centro de la ciudad, como un animal acorralado por el hambre y que
seguido por sus cachorros se aventuró fuera de su guarida. Aunque llevaba 10.000 pesos en los
bolsillos hasta el medio día no había logrado que alguien le vendiera algo de comer. Todo estaba
destruido o cerrado y cada uno administraba celosamente sus escasas raciones. Además Lilo nunca
se aventuraba por el norte de la ciudad, donde vive la gente más acomodada de Armenia y donde no
hubo mayores destrozos y donde había unas pocas cafeterías abiertas. Se internó en su territorio, el
sur profundo de Armenia, todo devastado, desde el centro hasta el barrio Brasilia, por los
alrededores de la plaza de mercado, por la terminal, por las callejuelas de cantinas prostibularias, por
la zona del hampa... Pero allí la destrucción y el hambre y el miedo eran como una cosecha grande.
A esa misma hora la perrita Lassie volvió a husmear y chillar sobre los escombros y entonces el
teniente y su padre cavaron solitarios aún con más ahínco sobre la montaña de la destrucción. Solo
hasta el atardecer llegó otra brigada de bomberos y otra de la Cruz Roja y trabajaron de nuevo y
después se fueron. Quedaron otra vez solitarios los dos hombres y sus vecinos, frente a la enorme
masa de escombros. Llegó el ex sargento y senador de la República Elmer Arenas y le dio ánimos
al teniente y consiguió que de nuevo volvieran una grúa y un equipo de salvamento. Trabajaron toda la
tarde, hasta cuando volvió la lluvia y entonces se fueron. Otra vez de nuevo solitarios los dos
hombres, padre e hijo, frente a la ruinas y la muerte de su propia familia. Lilo el cosechero consiguió
apenas varios panes que estaban regalando en un camión. Pero escuchó varios disparos y vio
mucha gente que corría. Con su familia desembocó frente a la iglesia del Sagrado Corazón y vio
cómo una multitud estaba tumbando la puerta del Supermercado Centrales. Con su instinto campesino
oteó en el viento y después dejó allí esperando a lo que le quedaba de su familia y se metió entre la
multitud. En el primer viaje sacó un bulto de papa. Después varios sacos de arroz. Una caja grande de
chocolate. Dos pacas de galletas. Muchas gaseosas y jugos y también sal y fríjoles y hasta tres
escobas. Sacó apenas lo de comer y no como otros, que llevaban enormes paquetes de papel
Reynolds o carros de mercado y hasta derrumes de toallas higiénicas y puñados de condones y
cuchillas de afeitar. Lilo tomó solamente comida y al final, sudoroso, moreno, curtido en el trabajo,
sonrió porque tenía allí el mercado más grande que había logrado hacer en toda una vida de cosechero
errante.

En ese momento, aunque llevaba casi tres días apenas comiendo lo que les llevaban los vecinos tan
pobres y desamparados como ellos, el teniente y su padre empezaron la noche excavando otra vez con
sus propias manos. Se cerraba cada vez más la oscuridad y algunas brigadas llegaban, sus perros
husmeaban sin resultado, trabajaban un rato y después desistían y se iban. Pero los dos hombres
continuaban allí, sin desmayar. La perrita no cesaba de chillar por entre los escombros. Había aún
vida pero el desorden y el caos no permitían una operación de rescate ordenada y constante. No sabían
ellos que el médico Jorge Enrique Ossa en esos momentos ordenaba que Jeison fuera trasladado del
hospital San Juan de Dios a la Clínica Nueva del Quindío, para que le practicaran una segunda
operación y para que estuviera más tranquilo. Ignoraban que Jeison estuvo a punto de morir cuando
se produjo una estampida en el hospital. Fue cuando un radioaficionado de Pereira informó que, según
supuestas informaciones, se iba a producir otro terremoto, este sí verdaderamente apocalíptico.
Entonces enfermeras y pacientes y auxiliares y todos abandonaron el hospital en tropel desbocado. A
Jeison lo bajaron dos enfermeras, por las escaleras, y en la estampida se rompieron los frascos
del plasma que le estaban colocando. Más de 1.000 personas esperaron afuera el temblor. Adentro
solo permanecieron los médicos. En el segundo piso un paciente del susto murió de infarto. Por fin
volvió la calma.

La peor noche

El Presidente, a punto de viajar por tercera vez a la zona del desastre, se enteró que esa tarde
habían sido saqueados más de 10 supermercados en Armenia. Pensó que las órdenes a distancia no
bastaban y decidió trasladarse al lugar y ordenó la militarización de la ciudad. Y decidió también
viajar para asumir directamente el mando de un Titanic que se hundía. Pero otra noche, esta aún de
más horror, se cernía sobre Armenia y Calarcá. Setenta presos se fugaron de la cárcel de Calarcá y
empezaron a sembrar el terror. Saquearon el centro. Asesinaron y violaron. En un cajero
automático aullaba la alarma. Una mujer contenía las rejas para impedir el saqueo de su almacén. Al
frente, en Armenia, se escuchaban los disparos. Bandas llegadas de ciudades y pueblos vecinos,
rompieron con hachas y macetas los cajeros automáticos. Le disparaban a las pocas patrullas del
Ejército. A una de éstas le tocó emplazar una ametralladora M-60 y disparar al aire. No se veía un
solo policía en la calle, tal vez porque 20 de ellos aún yacían bajo los escombros y los demás andaban
buscando a sus familiares bajo las ruinas de la ciudad.En las calles oscuras o escasamente
alumbradas por fogatas, vándalos y personas rezagadas corrían de un lado a otro. Entre las hogueras,
bajo los estrépitos de puertas y rejas metálicas que caían, las calles eran laberintos de miedo. Los
disparos se escuchaban por todos los lados. Los saqueadores tumbaban las puertas de las casas,
tiraban al suelo a sus habitantes, y se llevaban principalmente electrodomésticos. En los barrios, ante
el rumor sobre las bandas que avanzaban en sus saqueos, las gentes se empezaron a organizar.
Fueron manifestaciones espontáneas y rápidas y los buenos que defendían sus casas y barrios se
distinguían porque llevaban un brazalete o un trapo blanco en la cabeza, mientras que los malos
iban con el rostro descubierto o encapuchados de negro. Fue una noche de cuchillos largos, de
machetes y varillas, un pequeño 9 de abril en Armenia que sólo sus gentes recordarán tanto como el
mismo terremoto. Fue la noche cuando la ciudad, llena de muerte por el terremoto, estuvo sin Dios y
sin Ley, como una ciudad asaltada en la Edad Media.Los habitantes del sur de Armenia, esa noche,
expresaron todo su resentimiento. Algunos reclamaban airados porque en el norte próspero no
había habido destrucción. El terremoto en realidad destruyó lo que encontró del parque Sucre hacia
abajo y se ensañó sobre el sur que es por donde pasa la falla geológica de Romedal y donde
precisamente las viviendas son más viejas, fueron construidas con materiales más baratos y donde a
nadie se le ocurre o tiene el dinero para adelantar construcciones antisísmicas. Los de Armenia, son
los mismos pobres que en toda Colombia construyen, por necesidad, a las orillas de los ríos, bajo los
volcanes, sobre los barrancos. Y el terremoto se los llevó...Cuando amaneció y llegaron las tropas
que el Presidente ordenó ante la impotencia y falta de decisión y mando de las autoridades locales,
nadie había dormido ante el miedo. Fueron más de 15 muertos civiles y cuatro agentes
gravemente heridos. A los muertos sin nombre los tomaron y los arrojaron con los muertos del
terremoto. Muerte sobre muerte, fue una noche de ignominia que avergonzará a Colombia ante el
mundo civilizado. Lo entendió el propio Presidente que temprano llegó Armenia, desplazó al alcalde y al
gobernador, nombró a Luis Carlos Villegas supergerente para afrontar la crisis y el resto del fin de
semana ejerció el poder en una ciudad asesinada por la naturaleza y con un pueblo que afrontó la
muerte con dignidad y valor, no obstante la pequeñez y miopía de sus dirigentes locales
Cuando alcanzaron este viernes a saquear las propias bodegas de la Cruz Roja, ante la mirada
impávida e impotente de policías y soldados, lo que demuestran estas noches de terror es que el
terremoto sepultó la ciudad pero puso al descubierto la tremenda miseria de la capital de Quindío, una
ciudad en donde de sus aproximadamente 300.000 habitantes más de 200.000 viven en la miseria y
donde el desempleo es de más del 20 por ciento. No obstante las bandas de maleantes que llegaron de
ciudades y pueblos vecinos, y el alboroto del bajo mundo del hampa local, lo cierto es que los más
pobres de Armenia, que son demasiados, aprovecharon su cuarto de hora para hacer mercado y
apropiarse de algunos bienes de fortuna. Una mujer gritaba que tenía hambre y corría con una balanza
que había robado. Asaltaron un almacén de discos y que se sepa los CD no se comen. Un jorobado
caminaba contando gozoso un fajo de cheques que había tomado de la caja de un supermercado y él
jamás sabrá que existe la orden de no pago. Dos abogados y filósofos, Gabriel Ignacio Gómez y Juan
Carlos Mora, presenciaban los saqueos y uno de ellos, Juan Carlos Mora, dijo que iba a entrar con la
turba por una botella de whisky de buena marca. Pero como ya se habían llevado todos los licores
salió muy orgulloso con una caja de alimento para su gato. Sobre ese jardín florido del Quindío, de
valles y terrazas y senderos de ensueño y casas de almanaque y mujeres rosadas y frescas, se
levantó por un momento todo lo feo y horrible que tienen la muerte y la miseria. En un país curtido por
la violencia, todo el mundo recurrió a las armas para defenderse. En el sur eran los cuchillos y los
revólveres hechizos. En el norte el sonar de pistolas para amedrentar a los posibles asaltantes. La
gente dispuesta a defender a plomo a sus hijos, a su casa y a su televisor. Y al otro día un éxodo de
trasteos. Camionetas con lujosas maletas de marca. Yipaos no de plátanos sino de colchones y
corotos. Mucha gente abandonando la ciudad. ¿Acaso las escenas de guerra solamente son
exclusivas en el televisor desde la remota Kosovo?
Sus luchas y victorias
Pero como la vida es más que la muerte y la grandeza de la condición humana derrota a la vileza de
esta misma condición humana, el niño, el médico, el labriego, el teniente y su padre ignoraron los
días y noches de horror y cada uno, como la inmensa mayoría de los 150.000 damnificados y dos
millones de pobladores de la región cafetera, marcharon por el camino recto, cada uno en su lucha
solitaria contra la muerte. Al caer la tarde del viernes, la perrita Lassie ya había dejado de chillar.
Había muerto el último soplo de vida. Por fin las brigadas de rescate, en las que se mezclaban
colombianos, japoneses, norteamericanos, españoles, mexicanos y de muchas otras nacionalidades,
todos con sus vistosos

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