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| 5/31/2014 1:00:00 AM

"Esta oportunidad tan especial no se puede dejar pasar"

El exguerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos habla del proceso de paz, de las experiencias en su país y de sus semejanzas con el caso colombiano.

María Jimena Duzán: Usted fue asesor de Uribe para la guerra y asesor para la paz de Santos. ¿Qué puede decir del proceso que vive Colombia en estos momentos?

Joaquín Villalobos: Intenciones de paz puede haber en cualquier circunstancia pero para que haya posibilidades se requiere que los astros estén alineados. Esa oportunidad tan especial de poder poner fin a un conflicto que lleva más de 50 años no se puede dejar pasar. 

M. J. D.:  ¿Y en qué consiste esa alineación de los astros?

J. V.: En la coincidencia de varios factores que hacen de este momento la oportunidad precisa para que el país salga de la guerra. Hay, de un lado, una situación militar interna favorable porque el Estado con su fuerza coercitiva logró colocar a las Farc en una posición de defensa estratégica. Y por otro lado a una coyuntura internacional favorable que pone a las Farc como el patito feo de la izquierda latinoamericana. 

M. J. D.: ¿Por qué lo dice?

J. V.: Pues porque es la última guerrilla que queda en el momento preciso en que la izquierda está gobernando en prácticamente casi todo el continente; una izquierda además que ha llegado al poder por la vía electoral. Es decir, se ha probado que la lucha armada es material de desecho y que hace estorbo. Ahí está el gobierno de Ecuador, de Venezuela, de Brasil, el de Chile que regresa, el de Uruguay, el de Paraguay, en el Salvador está el FMNL, en Nicaragua, el sandinismo, etcétera. Hay evidentemente un cambio democrático en América Latina y las Farc se han convertido prácticamente en un factor que estorba para el desarrollo de la izquierda. Y es claro que mientras las Farc sigan vigentes, la agenda de seguridad va a dominar el país y eso seguirá bloqueando el camino para la consolidación de una izquierda legal fuerte que pueda ser alternativa de poder. En las condiciones actuales, la estrategia de pacificación de Colombia por la vía de la tolerancia, puso a los factores externos como Venezuela en función de las necesidades internas de Colombia, hecho  que ha servido para estabilizar a la región.  Ahora Venezuela está cooperando con Colombia. Y Colombia puso sus diferencias con Venezuela en función de la paz. Si se altera este entendimiento se puede cambiar esta correlación de fuerzas y esto sería muy peligroso para Colombia y para la región.   
  
M. J. D.: ¿Y usted cree que esta serie de condicionamientos fueron también determinantes para que las Farc se sentaran a negociar nuevamente?

J. V.: Yo creo que si lo interno no los conmovió, el momento internacional sí tuvo que hacerlos pensar. Se debieron preguntar en algún momento, bueno y nosotros qué es lo que estamos haciendo. Hay una anécdota que me la contó un periodista mejicano hace muchos años sobre un contacto que tuvo con uno de los dirigentes guerrilleros de las Farc, que creo que fue el propio Marulanda. Él me comentó que  se preciaba de ser uno de los guerrilleros más longevos. Y el periodista le preguntó si eso era para él era un orgullo o una vergüenza. El periodista al ver que el guerrillero se molestó le explicó que le hacía esa pregunta porque conocía a muchos exguerrilleros en puestos políticos muy importantes. 

M. J. D.: ¿Por qué cree usted que las Farc han seguido aferradas a la lucha armada cuando otras guerrillas se desmovilizaron en el continente?

J. V.: Porque encontraron en la droga una forma de financiar su lucha y eso les dio autonomía. No obstante, quiero decirle que hay ya tres temáticas fundamentales en las cuales se ha avanzado, que considero son clave: la primera es la disposición de las Farc a convertirse en un partido político y a firmar un acuerdo que incluye la dejación de armas; la segunda es su decisión de dejar las drogas que es lo que le ha dado independencia a su lucha y la tercera es que por fin el Estado va a asumir su papel en los territorios y en esa Colombia rural profunda. Esos tres puntos conseguidos son un avance histórico que el país no puede darse el lujo de retroceder. 

M. J. D.: ¿Y qué pasa si el proceso de paz no se acaba sino que se replantea ante un eventual triunfo de Zuluaga? 

J. V.: Yo no me puedo meter en política interna, solo le puedo decir que el trabajo que se ha hecho para llegar a este momento no se puede botar por la borda. Eso de cortar y volver a empezar yo creo que no se puede. No es factible tampoco borrar y volver a hacer otra cosa. Las negociaciones funcionan con una lógica de tres principios: el primero es que cuando uno va a una negociación confían en ti, en tu fuerza, en tus capacidades. Luego confían en lo que acuerdes y en un paso más avanzado comienzas a construir una confianza a partir de lo que se va armando con tu adversario. Ese momento no tiene que ver con política, sino con factores emocionales. En esos instantes cuentan no tanto las ideologías sino los individuos. En esa etapa avanzada está este proceso. Y por eso sería fatal que ahora se decidiera cambiar los equipos y poner otra gente. Eso para mí equivale a cerrar el proceso. Aquí no se ha llegado solo por cuenta de este gobierno ni de un equipo negociador que ha hecho muy bien su trabajo. Esto es un proceso que se viene construyendo quizá desde el gobierno de Barco; que tiene episodios como la desmovilización del M-19, de parte del ELN, de los esfuerzos que hicieron probablemente de manera equivocada llegando a acuerdos con el narcotráfico. Este proceso también pasa por los esfuerzos que hizo el presidente Gaviria, el presidente Pastrana, en donde el Estado ganó legitimidad y el Ejército sufrió su gran transformación.
Eso va a conectar con el siguiente periodo, que es el momento donde el Estado recupera su capacidad coercitiva que es el periodo del presidente Uribe. Se ocupan los territorios de las Farc, lo que produce un debilitamiento político y social de esa guerrilla que se expresa mucho más claro en el periodo del presidente Santos cuando se empiezan a producir los golpes a sus dirigentes más importantes. Por eso ahora es el momento indicado para pasar a hacer uso de la política. 

M. J. D.: ¿Y si perdemos este momento, qué nos puede pasar?

J. V.: Pues que la guerra para el Estado se empieza a librar en la periferia y las Farc asumen una estrategia defensiva en esas zonas  alejadas donde tienen más control. Es decir que si la guerra continuara habría muchas piernas amputadas, soldados y policías muertos. Esta fase de la guerra se daría en la Colombia rural profunda sin que el conflicto afecte a los sectores urbanos, motivo por el cual la guerra podría seguir de manera indefinida. Lo que tienen que entender los colombianos es que si se firma la paz la seguridad en las zonas urbanas mejoraría rápidamente porque los recursos están concentrados en estas zonas.  

M. J. D.: ¿Y cómo hacer para desarmar los espíritus y abrirnos a la conciliación?

J. V.: Con un conflicto tan largo hay una mitología y unos fantasmas permanentes de la guerra. Una de las cosas más importantes en un conflicto es aprender a diferenciar el enemigo armado del enemigo no armado y del opositor político. Y en Colombia no hay manera de pacificar estas zonas alejadas sin que las Farc se conviertan en actor directo para recuperar estas regiones. En el caso de El Salvador, la reconstrucción de la autoridad en el territorio por parte del Estado pasó por la participación de los guerrilleros en las fuerzas del orden. Hay que sacar la violencia de la realidad colombiana y eso no se hace con cuestiones ideológicas sino con medidas de inclusión y de participación. Solo así la democracia puede activarse en estas zonas. Para eso hay que derribar los fantasmas que se han ido construyendo en más de 50 años de conflicto. Pero le repito: se ha llegado el momento de hacer uso de la política para que el Estado termine de consolidar su presencia en esas zonas y eso solo se puede hacer con el concurso de unas Farc desmovilizadas y convertidas en actores políticos.  

M. J. D.: ¿Y en el tema de las víctimas y de la justicia transicional, qué les dice a esas personas que insisten en no querer ver a los guerrilleros sino en la cárcel? 

J. V.: Yo creo que en todos los procesos de paz hay que tragarse una alta dosis de impunidad. Esas son las realidades en que hay que moverse. Si este centro donde vive la Colombia sofisticada, quiere pacificar a esta Colombia periférica y salvaje, con su imaginario de justicia, no va a haber paz. Pero además, hay que tener en cuenta que también están los pecados del Estado. También hay elementos de la fuerza pública que están procesados. De lo que se trata es de ver de qué manera Colombia se reconcilia y acepta todas sus culpas con relación al pasado. Y el problema que tienen las Farc es que tienen que dar muestras sólidas de que están dispuestas a insertarse en la política aceptando las reglas del juego. La prolongación del conflicto les está minando su capacidad militar y cuando eso sucede la continuidad de la guerra los degrada aún más. Y si no se desmonta esta guerra de la periferia, la siguiente generación de las Farc es proclive a convertirse en una estructura criminal muy peligrosa que puede llegar a tener de nuevo un poder aunque lo haga de otra manera y de otras formas. Hay un frase que tengo bien presente del presidente César Gaviria. Me dijo un día que cuando la violencia echa raíces, cobra vida propia. Y esta idea de que no hay que firmar la paz porque las Farc ya está debilitada yo la desecharía porque puede convertirse en una hidra con miles de cabezas. Eso fue lo que nos pasó en el Salvador. Allá no fue la guerrilla, sino sus hijos los que se transformaron en pandilleros. ¿Por qué? Porque la violencia se conectó con ellos culturalmente. Hubo un cambio político pero no se hicieron las reformas sociales. 

M. J. D.: ¿Qué le aconsejaría a las Farc? 

J. V.: Que se apuren. 
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