Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2015/10/23 22:00

Jody Williams: la ‘hippie’ contra las minas

Jody Williams, quien logró la prohibición de las minas antipersonal en el mundo y ganó Nobel de Paz en 1997, habló con SEMANA sobre su autobiografía, sobre cómo estas armas cambiaron su vida y también sobre el desminado en el caso colombiano. 

Jody recibió el Nobel junto a un sobreviviente de minas camboyano que fue crucial en la lucha contra estas armas en su país. Foto: Reuters

“El teléfono volvió a sonar puntualmente a las 4 y 40 a. m. Era el mismo hombre, que nuevamente se identificó como miembro de una estación de televisión noruega. Sin que mediara ninguna pausa dramática, el hombre continuó diciendo que había sido ‘autorizado’ para informarme que ‘la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Antipersonales y su coordinadora, Jody Williams’ eran los ganadores del Premio Nobel de la Paz de 1997”.

Así recuerda esta activista en su autobiografía la madrugada en que un periodista noruego interrumpió su sueño, el de su esposo y la tranquilidad del pueblo donde vive, Putney, Estados Unidos, para informarle que había ganado el premio más codiciado del mundo. Esa mañana, recuerda ella, recibió a los periodistas en la ropa del día anterior y tiempo después se preguntó por qué no se puso algo mejor.

Su historia empezó en 1970 en su época universitaria, cuando los jóvenes comenzaban a preguntarse si la intervención militar de su país en Vietnam tenía sentido. “Me metí en las protestas porque por fin había entendido la política exterior agresiva de mi país y quería intentar cambiarla”.

Si de algo está segura esta hippie de 65 años, que de niña jamás se sintió inteligente -criada en Vermont, el estado con mayor población blanca de Estados Unidos y marcado por un tradicionalismo abrumador- es que nunca aspiró al Nobel y que no es necesaria la inteligencia para ganarlo. “Nunca fue mi meta, ni me fijaba en él. Tampoco creo que tenga que ver con coeficiente intelectual”, advierte con el desparpajo que la caracteriza y en un fluido español aprendido en Nicaragua cuando hacía labores humanitarias.

Desde pequeña le indigna la desigualdad. Su sueño de convertirse en papa se frustró rápidamente cuando le explicaron que las mujeres no podían serlo y desde entonces entendió dos cosas: el sexismo de la Iglesia y que la desigualdad y la injusticia marcarían el rumbo de su vida. Eso, sumado al matoneo que sufrió su hermano por ser discapacitado y la profunda brecha entre ricos y pobres que descubrió en su primera visita a México forjaron mucho más su espíritu transformador.

No obstante, la marcó especialmente su paso por El Salvador. Llegó allí al final de los años ochenta luego de recibir en las calles de Washington un folleto titulado “El Salvador, ¿otro Vietnam?” y, sin saberlo, acabó cenando con un exmiembro de los escuadrones de la muerte que la violó esa misma noche. Solo en 2006 le contó al mundo lo que le había pasado cuando intentaba llevar niños salvadoreños heridos por el conflicto a hospitales estadounidenses. Su razón para callar cobra sentido cuando dice que “la rehabilitación de las víctimas no es generalizable; así como algunos necesitan contar inmediatamente qué les pasó, otros no. Hablar, uno o 20 años después, acceder a la justicia y ganarle a la impunidad son necesarios para sanar, pero todo a su tiempo”.

En El Salvador supo de minas y se interesó en ellas cuando en 1991 le propusieron organizar un movimiento para prohibirlas. Ese mismo, que seis años después la llevaría a recibir el Nobel de Paz en el lujoso Grand Hotel de Oslo, Noruega. Ella, entonces, las bautizó ‘el soldado eterno’ porque son diferentes a las demás armas: cuando termina una guerra, no salen de los campos de batalla con los combatientes. Se quedan en silencio meses, años o décadas hasta que un inocente las pisa.

El camino para lograr que más del 80 por ciento de los gobiernos del mundo se hayan unido al Tratado de Ottawa, que prohíbe la fabricación, uso, transferencia y comercialización de estas armas, fue una montaña rusa llena de altibajos, valiosos aliados y poderosos saboteadores. El documento negociado y firmado por primera vez en Canadá el 4 de diciembre de 1997, luego de casi tres años de estancamiento en Naciones Unidas, es el verdadero premio para ella. De igual forma, jugar en el bando opuesto de su país, cuya delegación siempre condicionó la firma, más que un obstáculo, fue una fortuna pues logró demostrarle que los ‘desvalidos’ son capaces de hacer cambios, con o sin los ‘importantes’.

“Desde hace mucho tiempo la ONU se estancó y aún refleja la situación global posterior a la Segunda Guerra Mundial. Ahí falló”. Esa es la imagen que guarda Jody Williams de aquella organización creada para garantizar la paz y seguridad mundial hace 70 años, de la que en una época quiso hacer parte, pero a la que hoy ve con reparos.

En febrero pasado estuvo en Colombia y participó en el Hay Festival junto a Humberto de la Calle en un conversatorio sobre minas. Una visita muy oportuna: estos artefactos han causado en el país más de 11.000 víctimas y en el mundo cada 20 minutos alguien muere o pierde un miembro por ellas. Desde entonces está muy al tanto de la realidad nacional y no duda de las bondades del acuerdo de desminado firmado por las Farc y el gobierno porque, en sus palabras, “cuando uno habla de algo tan efímero como la paz, acciones como el desminado aumentan la confianza”.

Solo dos semanas después de que el mundo conoció a los ganadores del Nobel de Paz de este año, fue imposible no preguntarle sobre la posibilidad de que algún día los negociadores de La Habana o el gobierno nacional ganaran ese premio: “¿Por qué no?”, respondió de inmediato. “Tal vez este año era muy pronto porque aún no han firmado el tratado definitivo y me imagino que los del comité del Nobel quieren ver más hechos concretos”.

 Dieciocho años después de la llamada con que logró que el mundo pusiera la lupa en el problema de las minas, Jody Williams continúa al frente de varias causas sociales. Aunque en 1998 para ampliar su perspectiva dejó de coordinar la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas, todavía es su embajadora oficial. En 2006, sorprendida porque en 114 años de historia del Nobel de Paz solo 16 mujeres lo han ganado, creó junto a cinco premiadas más la Iniciativa de las Mujeres Premio Nobel, para visibilizar el papel de la mujer en la construcción de paz.

Su libro, My Name Is Jody Williams: A Vermont Girl’s Winding Path to the Nobel Peace Prize (llamado en español La ‘hippie’ que llegó a ser Nobel de la Paz, editado por Semana Libros) cuenta mucho más detalles de su vida y de su activismo. Es un libro sobre cómo alguien que jamás se imaginó cambiar algo en el mundo pudo terminar con un Nobel sobre una de las repisas de su biblioteca.

Más del libro

Semana: ¿Qué la motivo a escribir una autobiografía?

Jody Williams: Quiero que las personas ‘normales’ sepan que somos capaces de participar de cambios buenos y necesarios para el mundo. Si yo, con todo lo que he vivido logré hacerlo, ¿quién no puede? 

Semana: ¿Por qué decidió traducirlo al español?


J.W.: Tal vez no lo van a creer, pero el español es la primera traducción del libro. Para mí verlo en español es muy emotivo por todo lo que he vivido en América Latina y por el trabajo que sigo haciendo con colegas allí.

Semana: Hasta el momento, ¿cómo le ha ido en ventas?

J.W.: ¡Ojalá hubiera sido un best seller desde el momento que lo publicaron en inglés! Pero hasta la fecha no lo ha sido. Creo que la gente cree que es un manual de cómo hacer una campaña usando como modelo la nuestra. Escribir tal cosa habría sido muy aburrido.

Semana: ¿Por qué los colombianos deberían leerlo?


J.W.: Porque no es una guía de cómo hacer una campaña. Es una historia de emociones, tristeza y violencia pero también un relato de una familia amorosa que se une en torno a ayudar a su hijo/hermano con problemas, que le muestra a la gente que si hay convicción no hay límites.

Conozca más sobre la hippie que llegó a ser Nobel de la Paz aquí.

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