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| 9/17/2011 12:00:00 AM

Jornada única académica: los tres desafíos para Bogotá

Si la capital del país quiere pasar de 6 a 8 horas la jornada de sus colegios públicos, además de hacer un gran esfuerzo económico, tendrá que contar con más maestros y hacer una transformación pedagógica.

Bogotá -y Colombia en general- ha dejado pasar 17 años sin tomar la decisión de establecer la jornada única en su educación pública, después de que la Ley 115 de 1994 dejó claro que los estudiantes de colegios oficiales deben estudiar en una jornada académica de ocho horas. Esta tarea pendiente hoy le puede costar a la capital entre cinco y seis billones de pesos.
 
El tema siempre ha estado en la agenda de discusión política, académica, económica y pedagógica. Y en esta oportunidad vuelve a cobrar fuerza en la campaña política por la Alcaldía de Bogotá: diez de los aspirantes coinciden en que la ciudad debe dar este paso.
 
Pocos se oponen. Sin embargo, pasar del dicho al hecho implica un esfuerzo titánico, dadas las condiciones actuales de la educación pública de la capital, que si bien ha tenido avances importantes, no verá en una sola administración distrital a todos sus alumnos estudiando ocho horas al día, como en los colegios privados.
 
Bogotá no está preparada, pero hay que dar el paso. En eso coinciden los expertos consultados por Semana.com, quienes advierten que la jornada única no debe pensarse en unir las de la mañana y la tarde sin pensar en los problemas actuales como el hacinamiento que existe en muchos colegios y que generan en los docentes problemas de estrés y en la voz, además de la carga laboral.
 
Más recursos y nuevos colegios
 
Cálculos hechos por la Secretaría de Educación en el 2009 concluyeron que para tener la jornada única se necesitarían 407 nuevos colegios, cada uno con 24 aulas y con capacidad de atender a mil alumnos. Esto implica una inversión de 2,4 billones de pesos sólo para comprar los lotes y otros 3,7 billones de pesos para su construcción.
 
Si se tiene en cuenta que la administración saliente construyó 80 nuevos colegios, es claro que este esfuerzo en infraestructura no se verá concreto en un mediano plazo. Para el concejal y expresidente de la Federación Colombiana de Educadores Celio Nieves, este paso “debe hacerse de manera progresiva en localidades y acompañado del aumento de maestros con mejores condiciones salariales y prestacionales”.
 
Además de construir nuevos colegios, para los expertos es importante tener en cuenta si las instalaciones de los actuales colegios públicos de Bogotá tiene la capacidad instalada para atender más estudiantes, no sólo desde lo académico, sino en lo recreativo (canchas deportivas), sanitario (baños y servicios generales) y alimenticio (restaurantes y cafeterías).
 
“Hay que definir cómo va a ser ese progreso en la construcción y en qué lugares. Las localidades tienen realidades diferentes”, agrega Gabriel Torres, docente y coordinador de la organización Educación Compromiso de Todos.
 
Más maestros
 
Según el análisis de la Secretaría de Educación, la jornada única no “va a afectar la carga laboral de los maestros”, pero sí reconoce que será necesario contratar más profesores. El Distrito tiene cerca de 32.000 maestros y, según el expresidente de Fecode, se requeriría el 50 por ciento más de docentes, docentes directivos y funcionarios administrativos, un número cercano a los 16.000.
 
Para el presidente de la Asociación Distrital de Educadores, ADE, Miguel Ángel Pardo, el número de nuevos docentes debe ser mayor ante el actual hacinamiento. “Hay aulas con 45 y 50 alumnos. Eso no ayuda al mejoramiento de la calidad. Lo ideal sería tener 30 estudiantes por docente en secundaria, entre 20 y 25 en primaria y 15 en preescolar”, agrega el concejal Nieves.
 
En esta tarea de tener más docentes, Gabriel Torres advierte de una realidad que comienza a preocupar: la reducción del número de egresados de programas de pedagogía y el alto porcentaje (65 por ciento) de maestros que están entre los 50 y 55 años, en su mayoría mujeres, que en unos años comenzarán a recibir pensión.
 
“Habrá un relevo generacional y en cinco años empezaremos a tener déficit de docentes”, dice el coordinador de Educación Compromiso de Todos.
 
Y aunque desde el Gobierno anterior se les permitió a los profesionales no docentes participar en el concurso y trabajar en colegios oficiales, Gabriel Torres ve con preocupación que en algunos casos el tiempo de permanencia de este tipo de profesores no supera el año.
 
“Además, las facultades de educación en el 2002 tuvieron 25.000 egresados y en el 2008, 14.000. Es una pérdida del 33 por ciento. Y tenemos un problema serio dado que quien llega a estudiar educación no siempre lo hace por vocación, sino porque no encontró otra opción”, dice Torres.
 
¿Y la enseñanza?
 
Uno de los argumentos más usados por los candidatos para justificar la creación de la jornada única, es que teniendo a los jóvenes ocupados en sus labores académicas se combate la delincuencia juvenil. Aunque es una razón de peso, para el coordinador de Educación Compromiso de Todos es importante entender que no se trata de mantenerlos encerrados recibiendo más de lo mismo. “Esa debería ser la primera discusión: ¿cómo vamos a lograr esa transformación pedagógica que se necesita?”, pregunta.
 
Tener una sola jornada académica en la ciudad también hace necesario dar un gran paso para mejorar la calidad de la educación. Aunque los colegios oficiales aumentaron su calidad en los últimos años, muchos de sus indicadores siguen por debajo de los obtenidos por la educación privada.
 
La misma Ley 115 de 1994 asegura que la educación media (grados décimo y once) debe ser especializada, un requisito que no todos los colegios cumplen. “Es necesario que los chicos tengan la posiblidad, con altura, de ser bachilleres y poder tener un énfasis en lo que más le guste (deportes, sistemas, entre otros)”.
 
Las metodologías de tiza y tablero y de repetir información, que aún persisten, deben seguir evolucionando: incluir aún más el uso de las nuevas tecnologías, relacionar el contenido que a diario reciben los estudiantes con lo que ocurre en su realidad y darles las herramientas para que mejoren su capacidad crítica y de resolución de problemas.
 
El reto es más grande si se tiene en cuenta que los niños y los jóvenes que van a los colegios oficiales son de bajos estratos, con problemas sociales preocupantes como la violencia y el embarazo adolescente, con necesidades económicas y con menos posibilidad de costearse una carrera profesional. Es una población grande que por su bajo nivel académico y social es a la que más se le cierra la puerta de la educación superior.
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