Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1997/07/21 00:00

JUAN JACOBO MUÑOZ

El ex presidente Alfonso López Michelsen evoca la carrera del recientemente fallecido ex ministro.

JUAN JACOBO MUÑOZ

La noticia de la muerte de Juan Jacobo Muñoz me sorprendió en París, ciudad en donde él residió por varios años como embajador de Colombia, durante el gobierno del Mandato Claro.Evoqué no solamente su condición de amigo personal, que lo fue por muchos años, sino que me parecía el típico sobreviviente de una especie en extinción: el médico de familia humanista. Entre las instituciones que han desaparecido y que fueron tradicionales en nuestra sociedad es necesario mencionar al médico de familia. Era conocido con el nombre de médico general porque mientras no se agravara el doliente para pasar a manos de un especialista, el llamado médico general disponía de su ojo clínico para diagnosticar los primeros síntomas de cualquier enfermedad.Obviamente, el médico acababa por ser un miembro de la familia, porque su visita constituía una oportunidad para el intercambio de ideas sobre la actualidad política, económica o agrícola. Un médico que recorría cinco o 10 casas al día era un portador de noticias incomparable; pero sobre todo era una especie de confesor laico en quien se confiaban los pacientes para desahogarse de sus cuitas en forma confidencial. Juan Jacobo fue uno de los grandes médicos de su generación y su temperamento estudioso lo mantenía siempre a la vanguardia de los últimos desarrollos de su profesión. Sin embargo, su personalidad calurosa y su vocación hacen recordar la figura del médico como la institución que éste encarnaba en el pasado.A esta vocación se sumaba en Juan Jacobo Muñoz la del educador y la del servidor público, una combinación poco común en nuestro medio. Su versatilidad fue lo que le permitió un brillante desempeño al frente del Ministerio de Salud y del Ministerio de Educación. Estaba familiarizado con los dos temas. Y por ser un humanista de veras y un profesional consagrado a su oficio, dejó honda huella de su paso por los dos despachos. La vasta cultura de Juan Jacobo Muñoz le permitió escalar posiciones destacadas en las academias a las cuales perteneció y consagró parte de su tiempo: la de Medicina, la cual presidió hasta hace pocos meses, la de la Lengua, a la cual asistía puntualmente, y la de Historia, si mi memoria no me traiciona. Pensar que su última investigación fue acerca del primer hospital que hubo en nuestro suelo. ¡Nada menos que en Santa María la Antigua del Darién! Provenía del legendario general Obando, por quien profesaba un justificado culto. Ninguna figura de nuestro siglo XIX fue tan apasionadamente admirada y querida como Obando en su agitada y terrible existencia. Con razón lo llamó Camacho Roldán 'El Edipo de América' y paradójicamente sus descendientes, con contadas excepciones, fueron todos conservadores. Una excepción fue Juan Jacobo Muñoz, hijo de un político radical, el senador Muñoz Obando, quien lo bautizó en memoria de Juan Jacobo Rousseau y fue la única voz en la Convención de 1933 contra la primera candidatura de Alfonso López Pumarejo, por considerarlo tibio frente a la tradición radical.Con todo, y para mí lo más singular de la vida de Juan Jacobo Muñoz, fue el desenlace final. Menos de dos semanas mediaron entre el diagnóstico mortal que él, como médico, supo evaluar con todas sus consecuencias y como descendiente de la vieja cepa radical afrontó con estoicismo admirable. Reunió a los suyos para darles la noticia de su inminente fallecimiento; dio gracias a la vida por los 74 años felices de que había disfrutado en el hogar que había formado con Elena Tamayo y les hizo algunas reflexiones filosóficas sobre la muerte, su inevitabilidad y la aceptación por parte suya, que quiso hacer extensiva a quienes lo habían rodeado. Me dicen quienes asistieron a su entierro que para una persona retirada de la vida pública de tiempo atrás, fue sorprendente la concurrencia que lo acompañó hasta su última morada. Para mí no lo es, porque no obstante la distancia que solía establecer con las gentes, lo rodeaba una aureola de admiración y gratitud que explica el pesar con que fue recibida la infausta nueva de su desaparición. De él hubiera dicho algún filósofo de la antigüedad, de esos que él siempre admiró: "Con la mayor naturalidad se despidió para el largo viaje con el consuelo de haber hecho felices y buenos ciudadanos a quienes prolongaban su estirpe".
LONDRES 17 DE JUNIO 1997

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