Jueves, 19 de enero de 2017

| 1998/10/05 00:00

JUAN MANUEL, EL TRAVIESO

Con sus recientes intervenciones, Juan Manuel Santos le está pasando la cuenta al presidente Andrés Pastrana por no haberlo incluido en su gabinete.

JUAN MANUEL, EL TRAVIESO

Los presidentes suelen aplicar la máxima según la cual uno no siempre hace lo que quiere pero tiene el derecho de no hacer lo que no quiere. Pero hay momentos en que el ejercicio de ese derecho llega acompañado de una factura que hay que pagar, tarde o temprano. Algo así le ocurre hoy al presidente Andrés Pastrana, quien debe andar lamentándose por el altísimo costo que ha pagado al no haber nombrado en su gabinete a Juan Manuel Santos. Si a lo anterior se suma el que no haya sido Pastrana sino su socio liberal en la Alianza, el ex fiscal Alfonso Valdivieso, quien vetara a Santos, pagar esa factura debe ser una desgracia para quien sólo desde hace un mes despacha en la séptima con séptima.
El costo ha sido altísimo. A la fecha Santos ha hecho sentir su peso en la política nacional y no en favor del gobierno. Ha derrotado a los liberales de la alianza y por esa vía al Presidente en la elección del Contralor. El hecho de que en el pasado Pastrana y Ossa se hayan insultado públicamente hace aún más amarga esa derrota. Se ha colocado, además, estratégicamente, entre los liberales de la alianza y los liberales de la oposición acusando a los primeros de voracidad clientelista y tomando distancia de los segundos al no compartir el criterio de oposición propuesto por el jefe liberal. Ha dicho que jamás quiso ser ministro pero que si lo hubiese querido sólo habría necesitado hacer una llamada al Presidente, su amigo de juventud. Y por último ha dejado mal herida la propuesta de reforma política presentada por el gobierno al afirmar que se trata de una serie de "ajustes cosméticos al régimen político" que no constituyen siquiera la cuota inicial de la reconciliación.
En todo hay, por supuesto, un poco de verdad y un poco de mentira. Es evidente que Juan Manuel sí quería ser ministro y que lo que se discutía no era ese hecho sino cuál cartera le serviría más para ser presidente en 2002. Y es de público conocimiento que el Presidente quiso nombrarlo, para ampliar la coalición que le había bastado para llevarlo al gobierno pero que se veía insuficiente para gobernar, y que los enemigos de Santos lo vetaron con el argumento, incontrovertible pero algo miope, de su neutralidad durante la campaña presidencial.
Por otra parte, las relaciones de Santos con lo más granado de la maquinaria liberal no son un secreto, con lo cual el ataque contra Valdivieso por clientelismo resulta un poco exagerado. Y sus detractores lo critican porque en el tema de la paz sus propuestas en 1998 han sido en extremo generosas con la guerrilla y afirman que, en búsqueda de protagonismo y no para alcanzar la paz sino apenas para empezar a hablar con los insurgentes, ha ofrecido la cabeza del Presidente, la Constitución y parte del territorio.
Pero lo anterior no quiere decir que Santos no sea dramáticamente importante para la suerte del actual gobierno y que el error de cálculo del Presidente le está costando demasiado. Es más, sus adversarios le han hecho un favor porque hoy Santos ha ganado en política lo que no logró en guarismos electorales.
No es fácil saber si lo que hace Santos tiene por objeto encarecer una eventual negociación con el gobierno destinada a ampliar una coalición que, por frágil, corre el riesgo de lentejizar a los liberales que hacen parte del equipo de Pastrana, o si lo que busca es disputar el liderazgo liberal a Horacio Serpa sin hacer parte del gobierno de Pastrana.
En el primero de los casos el nombramiento de Santos ya no sería suficiente para lograr su apoyo: éste será aún más costoso. Y quizás entonces sea demasiado tarde y lo que termine sucediendo es que un liberalismo galvanizado termine por cerrarle a los liberales la posibilidad de hacer parte del gobierno sin ser acusados de lentejos.
En cualquier caso Santos disputa hoy, y es el único que lo hace, la dirección del partido mayoritario y gracias a que Valdivieso estará en Nueva York, De la Calle en Londres, Giraldo en Caracas, Néstor Humberto en Barranca y Rafael Pardo en los estudios del canal de RCN, hoy Santos se posiciona como el más importante retador del título de candidato oficial que detenta Horacio Serpa.

El operador politico
En los círculos bogotanos se ha dicho durante mucho tiempo que Santos no es un buen jugador político, que carece de carisma en televisión, que se le nota demasiado la ambición y que no es suficientemente generoso con los demás en la política como para que, dado el momento, los demás le ayuden a ganar las elecciones. No todo lo anterior es cierto. Santos maneja bien la televisión, estudia más que cualquier otro, es perseverante y quienes subestiman sus capacidades estratégicas han visto amenazadas sus aspiraciones en más de una oportunidad por las apariciones de Santos en la política nacional.
Pero además quienes dicen que no es buen comunicador olvidan que Santos es un gran operador político, que sabe de estrategia y que aparece en la televisión como un tipo distante, con discurso de estadista. Se puede decir que no resulta muy simpático pero todo el mundo le reconoce cualidades de peso pesado, y ese es un gran logro en la política. Santos se prepara, maneja los temas a fondo y lo que le falta en capacidad de riesgo al forjar coaliciones le sobra cuando se trata de arriesgarse en los temas.
Pero además los medios cubren a Santos. Lo que dice tiene relevancia para los medios, aun si en ocasiones, como ha sucedido en los últimos tiempos en materia de paz, sus argumentos parecieran buscar más el aplauso del honorable que el buen desempeño del proceso. Al conocer bien cómo funcionan los medios, Santos ha logrado permanecer en lo que los norteamericanos llaman el news cycle durante varios días, empezando el lunes, muy temprano, en La FM de Julio Sánchez Cristo, para pasar a los noticieros de la noche, amanecer en letra de imprenta en El Tiempo y El Espectador, darse una nueva ronda por los medios regionales y de provincia y terminar, como lo evidencia este artículo, en SEMANA.
Lo que logró en la pasada campaña electoral hace evidente de lo que es capaz. Con un margen muy pequeño de apoyo en las encuestas Santos hizo una campaña con todas las de la ley. Cuando nadie daba un peso por su suerte como candidato, Santos seguía amenazando con un alfil solitario las torres intactas de la campaña samperista. Llegó al extremo, incluso, de visitar a Serpa y a Valdivieso para proponer una apuesta, mecanismo que le fascina, según la cual quien ganara una encuesta a realizar unas semanas después sería el candidato con el apoyo del perdedor.
Ninguno de los dos aceptó, como era natural, al llevarle varios puntos de ventaja, pero a él eso no lo perturbó en absoluto. Al retirar su campaña acusó a Serpa de ponerle conejo y a los pocos días Valdivieso terminaba su descenso vertical en las encuestas desde el 35 por ciento inicial hasta un lánguido margen de error final. Unos meses después Santos es un par incontrovertible de Serpa en las altas esferas liberales y la evidencia de su mayor importancia frente a Valdivieso resulta inocultable: el ex fiscal profundizará su irrelevancia en la embajada ante la ONU mientras Santos se convierte en un jugador indispensable en la búsqueda de la paz y la renovación del partido.

¿A quién diablos le importa?
El mayor error que cometieron los liberales de la alianza no fue impedir el ingreso de Santos al gabinete. Ni siquiera lo fue el insultarlo después, al justificar las razones por las cuales vetaron su ingreso, sino el de proponer a Néstor Humberto Martínez como ministro del Interior porque frente a éste el liberalismo se irrita abiertamente, lo cual le impide lograr apoyo alguno por parte del partido mayoritario en el Congreso a las iniciativas del Ejecutivo y deja en manos de Fabio Valencia Cossio una tarea que le quedará grande a pesar de ser el gran elector de Antioquia o de tener acceso limitado al computador de Palacio. Ha sido esto lo que llevará muy pronto al gobierno a depender de Santos y de algunos otros liberales que aún no se han sumado a las toldas serpistas en franca oposición.
Pero ha sido en realidad la última jugada de Santos la que ha puesto en evidencia el alto precio que pagará Pastrana por dejarlo por fuera. En una carta que envió al presidente de la Cámara de Representantes Santos hace una crítica llena de ironía a la propuesta de reforma que presentó el gobierno al Congreso con el objeto de pagar lo que llamara el Ministro del Interior una "cuota inicial" para la paz. "¿Es que el Mono Jojoy, se pregunta Santos en su misiva, va a deponer las armas a cambio de que haya listas únicas, se amplíe el período de los alcaldes o se prohíba la financiación privada de las campañas políticas? ¿Vale la pena, señor presidente de la Cámara, convocar a todo el pueblo colombiano para prohibir que los suplentes reemplacen a los congresistas? Con la mano en el corazón, ¿a quién diablos le importa?".
Con su propuesta de un nuevo Frente Nacional para la búsqueda de la paz con los insurgentes, y la legitimidad que le da el hecho de no ser Horacio Serpa, Santos ha ridiculizado la propuesta oficial de reforma política. Lo mismo hizo con el referendo al afirmar que llevar dicha propuesta a un referendo "sería como pescar sardinas con arpón". En últimas, ha puesto al Presidente en aprietos y al borde de recibir una segunda derrota en el Congreso en poco tiempo.
Todo lo cual muestra una paradoja: gane o pierda, Santos siempre gana, y aunque sus adversarios eventualmente ganen, usualmente terminan derrotados por él.
Eso no necesariamente lo llevará a la Presidencia de la República, pero ya lo ha convertido en una especie de nuevo jefe natural, calidad que en los partidos se reservaba para los ex presidentes y a la que sólo había accedido, sin haber sido antes jefe de Estado, Alvaro Gómez Hurtado. Razón por la cual quienes lleguen al Palacio de Nariño, empezando por su actual residente, lo verán en el comedor de la casa privada con mayor frecuencia de lo esperado. Y desde ya se sabe que no será Santos quien pagará la cuenta.

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