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| 2/24/2007 12:00:00 AM

Juntos pero no revueltos

El enfrentamiento entre César Gaviria y Horacio Serpa puede terminar en una nueva división liberal, o en un sacudón para renovarse y superar el pasado.

Con el paso de los días se anima más el cabeza a cabeza por el poder dentro del Partido Liberal entre el presidente del partido, César Gaviria, y el tres veces candidato Horacio Serpa. Uno desde la esquina del mando único de la colectividad, y el otro, desde su condición de líder natural del trapo rojo.

Esta semana Serpa echó mano de la realidad jurídica al repetir la absolución de la justicia en el pasado y al pedir una investigación para el presente. Es poco probable que se reabra una investigación sobre sus actuaciones en el proceso 8.000 por las amañadas declaraciones de Fernando Botero, pero Serpa acudió a ese camino, que es el que legalmente legitimó su insistencia política de seguir en el baile.

Por otro lado, César Gaviria, en una carta dirigida al "apreciado Horacio", se refirió a los términos que él mismo había incluido en su comunicado del pasado viernes 16 de febrero, reiterando que no duda de la exoneración que hizo ya la justicia sobre sus actos y que considera que Serpa, "ha pagado un alto precio por las consecuencias de esos episodios", pero a reglón seguido reafirmó que son los protagonistas del proceso 8.000 quienes deben cargar con la responsabilidad política, y no el partido. Gaviria se mantiene en la onda de la renovación, lo que se traduce en la conveniencia de que figuras como Serpa y Samper no vayan más en asuntos del liberalismo.

Una mirada realista indica que Gaviria lleva las de ganar. Su estilo pragmático es bien conocido y no está dispuesto a que la sombra del 8.000 se convierta en un obstáculo insalvable para sacar adelante su ambiciosa tarea de resucitar el partido. Como jefe único cambió una vida tranquila y una imagen de respeto por una batalla dura y un deterioro de su popularidad. Después de las elecciones se mantuvo en el mando, en contra de la tradición. Y ahora, para culminar el trabajo, necesita destapar la cúpula para abrirles espacios a las nuevas generaciones. Por eso se jugó con su dura declaración contra Samper y Serpa. No porque cuestione los fallos de la justicia, sino por motivos de estrategia. El bien de la colectividad puede necesitar sacrificios individuales, y empeñar al partido en la defensa de los protagonistas del 8.000 puede resultar tan estéril como contraproducente.

El interés de Serpa va por otro lado. No puede ser tratado como un culpable. Sabe que tiene apoyo en las bases y la última consulta popular para escoger candidato demostró que no hay nadie en el liberalismo que le llegue a los talones. La reciente posición de Gaviria, además, es contradictoria con el apoyo que le dio al candidato oficial, Serpa, en la última campaña electoral. Y considera que más que la división entre buenos y malos, hay distintos puntos de vista ideológicos. Al que él encarna, de centro-izquierda, lo considera la posición natural del liberalismo. Distinta y conflictiva con el neoliberalismo. Serpa irá al Congreso de abril, seguramente con vibrato en mano, a fijar estos puntos con su conocida vehemencia.

¿Puede generar esta situación una nueva división? El sentido común indicaría que no. Sería un suicidio en un escenario donde el uribismo y el Polo se la van a jugar a fondo. Sin claridad ni unidad, los rojos podrían quedar 'apretaditos' en el centro al Partido Liberal.

Pero es una realidad que Serpa lleva la batuta en las regiones y que su fuerza es necesaria para que las bases que votan rojo en las urnas se mantengan. Así las cosas, a dos meses del Congreso Liberal, sólo hay dos escenarios posibles: un acuerdo que los devuelva a la eterna convivencia en la que todo cambia, pero sigue igual. O un sacudón a fondo que consolide un relevo y supere el pasado. Hagan sus apuestas.
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