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| 4/7/2014 12:00:00 AM

La abuela del agresor de Natalia nunca volvió

La abuela de Jonathan Vega no regresó a su casa. Los vecinos cuentan que la vieron irse con maletas luego de la captura.

La vida cambió de un momento para otro en un pequeño edificio del barrio El Batán, donde hasta poco menos de una semana residía junto con su abuela Jonathan Vega, el mismo joven señalado de haber arrojado ácido al rostro de Natalia Ponce de León.

Se trata de un vecindario apacible, en el noroccidente de Bogotá, en donde las amplias casas que aún se mantienen colindan con las cada vez más numerosas construcciones de pocos pisos que albergan unos cuantos apartamentos y cuyo metro cuadrado cuesta desde 1,7 millones de pesos.

Entre los jardines, algunos árboles y los típicos cráteres de las calles bogotanas, los vecinos muestran su desazón y algo de angustia. De la propietaria del apartamento 101 dicen no saber nada más y de hecho, afirman no tener nada que ver con la familia del "joven del ácido”. “Nosotros somos gente de bien”, afirman sin haber siquiera disparado la primera pregunta.

Y así, mientras los residentes del multifamiliar tratan de lidiar con esta sociedad de la amenaza y el linchamiento fáciles, sueltan los primeros datos. La abuela de Vega tiene, aproximadamente, unos 73 años de edad, es reservada y poco se dejaba ver. Era constantemente visitada por dos hijos y por su nieto, quien de vez en cuando salía con ella a pasear al parque. Al parecer dependía de ella económicamente.

Ella -cuentan sus vecinos- estaba especialmente pendiente de la llegada de Jonathan. El joven -quien conoció a Natalia desde la infancia y aparentemente se habría obsesionado con ella- aparecía por allá tarde en las noches o en las madrugadas, en especial durante los fines de semana. Tenía fama de abusar de las drogas y de ahí la prevención de los copropietarios cuando aparecía.

En el momento de la captura, en la tarde del pasado viernes, la abuela se encontraba con su nieto en el apartamento y no intentó retenerlo o tratar de impedir que la Policía realizara su trabajo. Horas más tarde, la mujer abandonó el inmueble apenas con un par de maletas y se marchó en un carro negro, en compañía de uno de sus hijos.

Una de las vecinas, afirma que la vivienda está cerrada desde aquel día y que fue tal la extrañeza que les causó la pequeña mudanza, que llamaron a la Policía. “Pensamos que eran ladrones”, contó.

La zozobra permanece en la edificación, que temporalmente es asediada por la prensa. De hecho, las tres empleadas de aseo renunciaron. El episodio del denominado ‘monstruo del Batán’, por ahora, les impide a los residentes mantener una vida normal y algunos prefieren, incluso, dejar de salir a la calle. Ellos, sin tener nada que ver, resultaron afectados por esta tragedia.
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