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| 1/8/2001 12:00:00 AM

La barbarie

El país aún no se ha enterado de las dimensiones de la masacre de la Ciénaga. SEMANA revela los móviles y la estrategia detrás de su terror.

El lunes de la semana pasada Mary Robinson, alta comisionada para los derechos humanos de la ONU, comenzó su exposición sobre las conclusiones de su visita de dos días a Colombia para referirse a un tema en particular: la masacre de la Ciénaga Grande del 22 de noviembre pasado. “Yo quisiera estar en Nueva Venecia. El presidente y sus ministros deberían estar en el entierro de los pescadores”, afirmó.

Pocos entendieron por qué la funcionaria decidió referirse a un hecho sucedido 13 días atrás y que aparentemente había quedado en la memoria de algunos como una estadística más de la guerra en el país. Según Robinson, la causa para revivirlo no era otra que la relativa poca importancia que los colombianos de dieron a ese hecho. Y tiene razón.

Según las cifras de las fiscalías del Magdalena y Atlántico, de las defensorías del pueblo de esos departamentos y de la policía del Magdalena, la masacre de Ciénaga Grande dejó 38 víctimas, 13 de ellas en el corregimiento de Nueva Venecia. Los habitantes de la zona, sin embargo, afirman que el número real puede superar las 50 personas asesinadas ya que algunos cadáveres no habían sido recuperados de los caños y las ciénagas aledañas. Cualquiera de las dos cifras ubican a esta masacre como una de las peores en la historia de este país, donde ya se creía haber superado todos los récords en muertes masivas. Pero la gravedad de lo que pasó no está exclusivamente en la espeluznante cifra de víctimas.

Según dijo a SEMANA el defensor del pueblo, Eduardo Cifuentes, la masacre de la Ciénaga “ es una prueba clara de la degradación del conflicto, no sólo porque afecta a la población civil sino porque está afectando a la población más pobre” . Como una confirmación de sus palabras hubo otra masacre de campesinos pobres, cuando el lunes pasado los paramilitares asesinaron a 11 personas en el Cauca.

La justificación que hacen los paras en cada masacre, que se trata de eliminar amigos de la guerrilla, es cada vez más difícil de sostener. La historia de Nueva Venecia es reveladora en este sentido.



El paraíso perdido

“Yo he vivido en Nueva Venecia toda mi vida y lo más grave que había pasado en la historia de este pueblo es que hace como dos años, en una pelea de borrachos, uno le pegó al otro en la cabeza y le cogieron 10 puntos” , dijo a SEMANA Robinson Mendoza, quien afirma que la primera vez en sus 79 años de vida que escuchó el ruido de las balas fue el miércoles 22 de noviembre. A las 3 y 15 de la madrugada de ese día, a escasos 50 metros de su casa, 13 de sus vecinos, amigos y familiares fueron asesinados en las puertas de la iglesia. Las autoridades establecieron que los autores fueron 60 integrantes de la compañía Walter Usuga de las AUC de Carlos Castaño.

Como Mendoza, la mayoría de los 4.000 habitantes de Nueva Venecia nunca habían escuchado el aterrador tableteo de los fusiles de combate y jamás imaginaron que el manto de la guerra pudiera tocarlos algún día. A tan sólo dos horas en lancha rápida desde Barranquilla, Nueva Venecia es una de las tres poblaciones palafíticas del país, junto a Buenavista y Trojas de Aracataca, ubicada también en la Ciénaga Grande. Hasta el día de la masacre el corregimiento de Nueva Venecia era considerado por algunos sus pobladores y los turistas que lo visitaban como un lugar mágico de los cuentos macondianos.

Nadie sabe con certeza quién fundó o cuándo surgió esta población que hoy tiene 450 casas de tabla que flotan sobre pilotes de madera en la mitad de la Ciénaga Grande, aunque sus habitantes estiman que puede tener más de 150 años. “Acá vivíamos como si siempre fuera día de fiesta. En este pueblo no había ladrones y jamás necesitamos de policía”, dijo a SEMANA Carlos, el vendedor de hielo. Excepto los dueños de los dos ‘bares’ y las tres tiendas del lugar, todos los habitantes se dedican exclusivamente a la pesca. “En un día bueno uno podía hacerse hasta 30.000 pesos. Cuando no pescaba nada siempre había un vecino que le daba a uno la comida para los hijos. Muy rara vez teníamos que ir a la tierra. Acá lo teníamos todo”, afirmó José Africano. Sin embargo el comando paramilitar que llegó al lugar en la madrugada del miércoles 22 de noviembre tan sólo necesitó ocho horas para reducir este apacible poblado a tristezas y llanto.



La ruta siniestra

El recorrido de muerte de las autodefensas comenzó a las 10 de la noche por el caño El Clarín en cinco lanchas que transportaban cada una 12 personas armadas. ‘Andrés’, el comandante de la compañía Walter Usuga, llevaba una lista con seis nombres de habitantes de Nueva Venecia, a quienes acusaban de formar parte de una banda llamada ‘Los Patos’, dedicada al abigeato, y de ser colaboradores del ELN. A las 11 y media de la noche las lanchas de los paramilitares arribaron al sitio conocido como el Kilómetro 13, uno de los lugares a donde llegan los pescadores en la madrugadas para vender su producto. Allí retuvieron a 16 de ellos y les preguntaron por el paradero de los seis de la lista. Los campesinos no sabían nada. Entonces, sin darles un respiro a sus víctimas, los hombres la emprendieron contra 11 de ellos, a puñal y a machete, los tasajearon con saña. A otros cinco se los llevaron como rehenes para que los guiaran en el recorrido por los caños y manglares de la Ciénaga Grande.

Hacia las dos de la mañana, cuando las cinco lanchas iban a Nueva Venecia, interceptaron una canoa con 12 pescadores que se dirigían hacia Barranquilla para vender el producto de una noche de trabajo. Después de arrojar el pescado al mar los paramilitares los obligaron a devolverse hacia Nueva Venecia, a donde llegaron una hora después. Allí, el comando de autodefensas se dividió en tres grupos.

El primero se quedó con los 12 pescadores al frente de la iglesia y después de interrogarlos para que revelaran el paraderos de las seis personas de la lista los fusilaron. El segundo comenzó a disparar indiscriminadamente contra las casas, para luego asaltarlas. El tercer grupo entró a las tiendas y a otras viviendas del lugar, donde saquearon víveres, electrodomésticos y motores de las lanchas de los pescadores. A las cinco y media de la mañana los 60 paramilitares, entre ellos tres feroces mujeres, salieron de Nueva Venecia. Pero la borrachera de sangre no terminó allí.

Cerca de Buenavista, otro pueblo flotante, se cruzaron con tres pequeñas canoas en las que ocho pescadores se disponían a comenzar su jornada. Estaban como a 60 metros, según los relatos de varios testigos, y sin detener las lanchas los paras comenzaron a dispararles ráfagas de metralleta. “Los mataron como si estuvieran jugando tiro al blanco”, afirma uno de los familiares de las víctimas. Igual suerte corrieron otros seis pescadores en la ciénaga de La Aguja (ver mapa).

“Por matar a seis personas que llegaron a refugiarse al pueblo terminaron asesinando a más de 40 inocentes. Y lo peor es que de la gente que ellos estaban buscando sólo mataron a uno. Los demás se volaron” , afirmó uno de los pocos habitantes que no huyó de Nueva Venecia. Es que después de la masacre el caserío flotante quedó reducido a 300 temerosos habitantes, de los 4.000 que había el día anterior.

Según dijo a SEMANA el defensor del pueblo del departamento del Atlántico, Luis Alfredo Palencia, dos días después de la masacre llegaron a Barranquilla y al municipio de Soledad 213 familias, en su mayoría conformadas por mujeres y niños. Otros decidieron refugiarse en Sitio Nuevo y Remolina, en el departamento del Magdalena. En total son más de 500 familias desplazadas que aún no entienden por qué terminaron de víctimas de una guerra ajena y, hasta ese 22 de noviembre, desconocida.



¿Por que?

Según los paramilitares la masacre de Nueva Venecia es una retaliación contra sus habitantes, a quienes acusan de haber guardado silencio cuando el ELN trasladó por esa zona rumbo a la Sierra Nevada a los secuestrados de la ciénaga del Torno el 6 de junio del año pasado. Con este mismo argumento los paramilitares ya habían realizado dos masacres este año. El 11 de febrero en Trojas de Aracataca, otra de las poblaciones palafíticas de la ciénaga, en donde asesinaron a ocho pescadores, y el pasado 27 de agosto en el barrio El Polvorín, en el municipio de Ciénaga, en donde murieron 11 personas.

Las autodefensas han querido ‘vender’ la idea de que sólo persiguen a los auxiliadores de guerrilleros pero su estrategia va mucho más allá. La mayoría de las masacres como la de la Ciénaga, hacen parte de una aberrante táctica de guerra que busca sembrar terror, con decapitaciones, ejecuciones y torturas en plazas públicas de los líderes o de personas respetadas por la gente o inclusive de cualquiera que sea conocido en un pueblo. Esto silencia a la gente humilde, que termina apoyándolos a la fuerza o huye despavorida dejando sus pertenencias, su tierra, sus animales y sus casas a la rapiña.

Según las estadísticas de la Fiscalía General, de las 194 masacres cometidas por los paramilitares el año pasado, aproximadamente en el 30 por ciento se utilizó esa táctica del terror con fines estratégicos. “El sembrar el terror es un juego muy sucio pero efectivo. Y esa es la estrategia de guerra que se está utilizando ahora”, afirmó a SEMANA el padre Manuel Domingo Arteaga, subdirector de la Pastoral Social en Barranquilla.

Detrás de las masacres de la Ciénaga Grande está la disputa territorial por el departamento del Magdalena. Son 140 paramilitares de las compañías Domingo Barrios y Walter Usuga de las AUC que quieren controlar una zona donde también acechan 250 hombres del frente 19 de las Farc y 200 guerrilleros de las columnas Francisco Javier Castaño y 6 de diciembre del ELN.

Como siempre en Colombia, la guerra por el territorio nada tiene que ver con la gente común. Se extiende, como si no fuera a parar, llega a lugares que no conocían su crueldad, como en la Ciénaga Grande, un pueblo que perdió su alegría para siempre.
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