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| 2/5/2011 12:00:00 AM

La batalla por Bogotá

Peñalosa arranca con fuerza, pero tres de sus pupilos creen que todavía hay juego y que en nueve meses todo puede pasar.

Que Enrique Peñalosa inicie su campaña para la Alcaldía de Bogotá como gran favorito no es ninguna novedad. En similar posición arrancó en cada uno de los cuatro intentos anteriores, pero solo una vez consiguió la victoria: en 1997, cuando derrotó a Carlos Moreno de Caro. La transformación que vivió Bogotá durante su gestión fue de tal calibre que lo catapultó al podio de los grandes urbanistas contemporáneos. Hoy, cuando Peñalosa se lanza nuevamente al ruedo electoral, llega como un candidato muy peculiar: es muy admirado como gobernante, pero criticado como político. Ha demostrado que tiene liderazgo y produce resultados, pero que es muy poco hábil a la hora de manejar el tinglado electoral.

Peñalosa perdió en el pasado con ropajes políticos de todos los colores. Como precandidato liberal, frente a Jaime Castro en 1992, como independiente, frente a Antanas Mockus en 1994 y contra Samuel Moreno en 2006. La lista de derrotas se extiende a elecciones para el Congreso en 2006 y para la consulta interna de los verdes, en 2010. Pero en su gobierno de tres años le cambió la cara a Bogotá con su discurso sobre el espacio público, TransMilenio, los colegios en concesión y las megabibliotecas. Con esto logró que los bogotanos que nunca habían querido mucho a su ciudad empezaran a sentirse orgullosos de ella. Peñalosa se convirtió en una biblia para el debate sobre la ciudad. Todo aspirante al cargo de alcalde, incluidos sus rivales, ha bebido de las fuentes ideológicas y del proyecto de ciudad que dejó su administración.
 
Esa gestión lo consagró como un gurú del urbanismo a nivel mundial y ha sido asesor en este campo en las principales capitales del mundo. Es un conferencista cotizado y muy bien remunerado en todo tipo de foros internacionales. Lo irónico es que mientras en Bogotá lo derrotan electoralmente, en el resto del mundo es una estrella.

La condición contradictoria de favorito y experto pero frágil candidato vuelve a salir a flote ahora, cuando comienzan a sentirse los primeros aires de la competencia para las elecciones del próximo mes de octubre. Según una encuesta del Centro Nacional de Consultoría publicada el viernes 28 de enero, Peñalosa ocupa el primer lugar de la intención de voto de los bogotanos, con un 26 por ciento. Y detrás de él aparece Mockus, con 19. Si el apoyo que esta semana le anunció este último significa la adhesión de la mayoría de sus simpatizantes, Peñalosa parte con cerca de un 40 por ciento, que es una posición muy sólida en un escenario en el que habrá otros cuatro o cinco candidatos.

Hay razones para pensar que en la competencia de 2011 Peñalosa puede conservar su posición de puntero hasta el final y volver a conquistar la Alcaldía de Bogotá. La principal de ellas es la enorme insatisfacción que existe frente a la gestión del actual alcalde, Samuel Moreno, que supera el 75 por ciento de desfavorabilidad, cifra que jamás se había registrado en administración alguna. Haber sido la alternativa a Moreno en las elecciones de hace cuatro años convierte a Peñalosa en el más legítimo abanderado del rechazo que produce la gestión del Polo Democrático de la capital. La percepción de que la ciudad está sumida en el caos y hay que rescatarla valoriza las acciones de Peñalosa y minimiza sus limitaciones políticas. El bloqueo en el tráfico, la inseguridad y los escándalos sobre la contratación en el Distrito pueden compensar la imagen de arrogante y los errores políticos que lo afectaron en el pasado.

A todo esto se suma que Peñalosa en la actualidad se beneficia del aura renovadora y juvenil de lo que fue en las pasadas elecciones la ola verde. Este fenómeno fue esencialmente urbano y alcanzó su mayor dimensión en Bogotá. El apoyo de los exalcaldes Antanas Mockus y Luis Eduardo Garzón, miembros de la colectividad y lejanos al actual gobierno de Samuel Moreno, le da fuerza a la versión 2011 de su candidatura.
 
Desde la plataforma verde, Peñalosa puede aspirar a otros apoyos. Este punto ha sido polémico y llegó a poner en tela de juicio la unidad de los verdes. En particular, la posibilidad de un apoyo de Álvaro Uribe, quien hizo explícitas declaraciones de simpatía a favor de Peñalosa. Para muchos verdes, el uribismo es un proyecto antagónico e incompatible con el suyo. Ya definida la candidatura única del partido, sin embargo, el apoyo de Uribe es más lo que suma que lo que resta. El prestigio del expresidente sigue siendo muy sólido en la ciudad, y el Partido de la U no tiene precandidatos fuertes. Frente al descarte de forma contundente de la candidatura del exmandatario, varios sectores del partido se inclinan por Peñalosa, quien nunca ha sido antiuribista.
 
Si algo ha caracterizado a Peñalosa a lo largo de su carrera es su poca disposición a recibir apoyos y a hacer alianzas con fuerzas políticas que no compartan sus ideas. Por hacerlo ha perdido elecciones, y ha recibido duras críticas por su falta de sentido político. Todo parece indicar que hoy en día el exalcalde ha aprendido la lección y no va a volver a darles portazos en la cara a los políticos que lo quieran apoyar. Lo que se plantea no es una alianza, sino un apoyo de un sector del uribismo a una plataforma peñalosista: una adhesión, en teoría, sin exigencias programáticas y, mucho menos, burocráticas, aunque en el momento de un triunfo las realidades políticas tendrán que ser tenidas en cuenta.

La que se viene, para Peñalosa, será una candidatura totalmente diferente a las anteriores. El panorama es favorable, pero la imagen de que no es un buen candidato y siempre se desinfla ha estimulado una proliferación de aspirantes. Incluso sus propios pupilos, como David Luna –que quiere ser el David contra Goliat–, ya salieron al campo de juego y otros, como Carlos Fernando Galán, de Cambio Radical, y Gina Parody, como candidata independiente, lo harán en las próximas semanas. Tres partidos consolidados –La U, el Polo Democrático y el Partido Conservador– también tendrán sus representantes en la contienda. Al menos en sus inicios, la campaña tendrá una composición semejante a la primera vuelta presidencial de 2010, en la que tomaron parte varios candidatos significativos.

Independientemente del resultado final, de una previsible decantación de opciones o de que se produzca una polarización entre dos, desde ya se puede anticipar que el escenario será propicio para que surja una nueva generación de políticos bogotanos con vocación de gobierno de la ciudad. Si en las campañas anteriores Enrique Peñalosa, ahora de 56 años de edad, fue una alternativa tecnócrata frente al establecimiento político, en la versión de 2011 se enfrentará a tres competidores menores de 40: Galán, de 33; Luna, de 35, y Parody, con 37. La competencia, por lo tanto, tendrá connotaciones de batalla generacional.

Luna, Parody y Galán tienen algunos elementos en común. Son técnicos y se han especializado a fondo en los temas de Bogotá. Los tres han sido concejales y de alguna manera son exponentes del pensamiento peñalosista que hace énfasis en banderas como la defensa del espacio y el transporte público. Son jóvenes pilos, con preparación en universidades de primer orden. Bajo las tradiciones del pasado, cuando los alcaldes de Bogotá eran políticos nombrados por el presidente de la República, habrían sido candidatos a secretarios de Planeación o a cualquier otro cargo técnico. Al mismo tiempo, los tres han dado enormes sorpresas electorales: Gina Parody, quien fue uribista en el pasado y ahora es independiente, fue elegida a la Cámara de Representantes en 2002 con 84.000 votos, y al Senado, en 2006, con 87.000; David Luna, candidato oficial del liberalismo, pasó por el Concejo y por el Congreso y obtuvo 110.000 votos para la Cámara en 2006. Y Carlos Fernando Galán, uno de los coroneles de Germán Vargas, alcanzó la votación más alta al Concejo de Bogotá en 2007: 47.000 sufragios.

A los tres los perseguirá en la campaña el fantasma de su juventud frente a la experiencia de Peñalosa. No son conocidos por la totalidad del electorado y así lo demuestran las encuestas. En medio del caos de la ciudad, parecería que sus candidaturas, si no llegan a triunfar, los dejarían posicionados hacia el futuro. En todo caso, ninguno tiene nada que perder.

Y la verdad es que Luna, Parody y Galán piensan que tienen posibilidades reales en esta contienda. Aunque admiran a Peñalosa como autoridad en materia urbana, cuentan con sus falencias en el plano electoral, y creen que las aspiraciones de ellos son viables porque el electorado bogotano ha demostrado que tiene una naturaleza impredecible y rebelde. La capital es una ciudad sin jefes políticos, en la que el voto de opinión pesa más que en cualquier otro lugar del país. La clave para la elección del alcalde está en la clase media, que tiene capacidades adquisitiva y conceptual suficientes para actuar con libertad. Si en el nivel nacional los partidos tradicionales han perdido vigencia, en Bogotá prácticamente han desaparecido en la elección de alcaldes.

La nueva generación le apuesta a que Peñalosa, con todo y lo revolucionario que fue su discurso, también es parte del pasado y no ha demostrado ser capaz de renovar sus propuestas ni de actualizar sus programas. La ciudad de 2011 no es la misma que la de hace 13 años, cuando gobernó el peñalosismo. Y en medio de los anhelos de cambio que tienen los bogotanos, según las encuestas, las opciones novedosas encuentran su mejor oportunidad. Los jóvenes cuentan con que la bandera anticorrupción los beneficiará en un momento en que el tema estará muy presente en la agenda de campaña por los escándalos recientes. Claro está que Peñalosa piensa ondear la misma bandera.
 
¿Qué pesará más en las próximas elecciones? ¿La experiencia de Peñalosa como garantía para resolver el caos o la audacia de los jóvenes para impulsar el cambio? La paradoja es que al exalcalde, a quien siempre le ha costado trabajo ganar, esta vez puede ser difícil de derrotar: se ve como un gran tiburón rodeado de sardinos. Sin embargo, las campañas para la Alcaldía de Bogotá, en el pasado, han sido cortas y se han definido en las últimas semanas. En Bogotá, el darwinismo político puede suceder al revés: el pez pequeño se puede comer al grande, como sucedió con Samuel Moreno. Ninguno de los últimos alcaldes fueron los favoritos al comienzo. El voto de opinión es volátil, se define al final y depende de factores como los debates por televisión. Votaciones como la que William Vinasco obtuvo en la última elección demuestran que Bogotá no tiene dueño. Vinasco piensa volver a lanzarse y, según la encuesta de CM&, ocupa el tercer lugar, con el 14 por ciento de apoyo.

A nueve meses de la elección, ni siquiera el partidor está completo. Tres partidos de tradición o maquinaria –el conservatismo, La U y el Polo– no han destapado sus cartas. Y aunque se volvió un lugar común decir que el Polo no tiene opción, no se puede descartar el efecto de ocho años de gobierno para consolidar su maquinaria. Tampoco es claro si los liberales y Cambio Radical llegarán con uno o dos candidatos.

Faltan grandes definiciones. Lo que es claro, mientras ellas se producen, es que habrá un choque generacional muy intenso y muy interesante que seguramente enriquecerá el debate.
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