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| 4/20/1987 12:00:00 AM

LA `BATALLA DE BOYACA'

Hizo falta la muerte de un estudiante en refriega con la Policía, para que se aceptaran las peticiones de los boyacenses.


Desde las batallas por la independencia, pocas noticias ha producido Boyacá. En contadas ocasiones ese departamento ha saltado a las primeras páginas de los periódicos: el envenenamiento colectivo en Chiquinquirá hace ya casi veinte años; una huelga en Paz del Río; alguna denuncia contra uno de los numerosos caciques políticos o, casi siempre, con la aparición de una nueva figura del ciclismo. De resto, nada. Pero en las últimas dos semanas la realidad de sus problemas acumulados y de su mal humor en reposo, ocasionó un estallido de noticias. De malas noticias.

La agitación comenzó el 11 de marzo. Ese día trabajaron los corresponsales en Tunja, tenidos en el medio periodístico como reporteros sedentarios y aperezados por la escasez de hechos para contar. Alberto Acosta, el legendario periodista antioqueño solía decir eso: trabaja más un corresponsal en Tunja, para hacerle ver a alguien que otro alguien no movía una tecla. Pero ese día la capital y el departamento se levantaron para protestar en masa por un aumento que consideraban desmesurado en el precio del transporte público y, por ahí derecho, para hacerse sentir ante el gobierno central por tanto abandono antiguo.

El florero de Llorente era un cincuenta por ciento más en la ruta Sogamoso-Bogotá y casi el ciento por ciento de aumento en el transporte desde y hasta los restantes 121 municipios de ese departamento. Bloqueo de carreteras, parálisis en los servicios, cierre del comercio y escaramuzas infaltables, fueron la nota predominante de esa jornada de protesta que duró 23 horas, hasta cuando una coordinadora del paro encontró buena voluntad del gobierno para solucionar los problemas y rectificar las tarifas.

Primeras piedras
Todo, entonces, parecía haber vuelto a la calma. Boyacá volvía a ser el departamento de colinas planas y de verdes variados, gracias al acuerdo entre el gobierno y la coordinadora del paro: regreso a las tarifas de 1986 en materia de transporte; conclusión de los hospitales de Duitama, Tunja Soatá, Garagoa y Moniquirá; intensificación de trabajos de acueductos, alcantarillados y pavimentación; presupuesto para la Universidad Tecnológica y Pedagógica de Tunja y tarifa diferencial de buses para los estudiantes. Pero siete días después del paro general, se vio que el acuerdo estaba pegado con babas. Y los corresponsales de Tunja debieron volver a trabajar.

Ese día--18 de marzo--los estudiantes de la Universidad organizaron una manifestación para pedir del Intra agilidad en tomar las medidas y darle vigencia al acuerdo de reducción de tarifas. "Una manifestación ingenua, cívica, normal", la definieron, pero degeneró en un diluvio de piedra, bala, sangre, muerte e indignación.

La debacle comenzó a las once y media de la mañana. Lo cuenta Hugo Arias, rector de la Universidad: "La Policía, como lo había hecho el 10 de marzo, invadió los predios universitarios en forma torpe, provocadora, innecesaria y sin fines conocidos. Fue un suceso absurdo desde todo punto de vista. Comenzó con el enfrentamiento, común en la universidad pública, entrecruzándose piedras los estudiantes y la Policía. Por desgracia, esta vez la Policía comenzó a dispararle a los estudiantes indefensos con el saldo de un estudiante muerto (Tomás Herrera Cantillo), uno gravemente herido y otros heridos y contusos".

Las declaraciones del rector y los testimonios de muchas otras personas, se dirigían, a señalar la actitud provocadora de la Policía. Pero este cuerpo armado, a través del comandante regional y de los encargados del "operativo", negó toda culpabilidad en el hecho. "Nuestros hombres no iban armados", explicaron para anunciar después la apertura de una investigación exhaustiva.

Pero si el suceso de la Universidad de Tunja sacudió a la opinión pública por venir de aquel sitio pacífico, la indignación llegó cuando se conocieron detalles de la muerte del estudiante de ciencias sociales. Felipe Cancelado Muñoz, profesor de economía de esa universidad, declaró al Noticiero de las 7: "Lo más triste de todo fue que el estudiante Herrera Cantillo estuvo por veinte minutos herido y sin recibir ayuda. Con otras personas formamos un grupo de presión para ir a ayudarlo, pero la propia Policía nos lo impidió. Sólo al rato nos dejaron entrar, pero ya era tarde".

Esta circunstancia, unida al hecho de que se consideraba justa y pacífica la manifestación que desató el desorden, hizo que unas quince mil personas desfilaran el jueves por las calles de Tunja en el entierro del estudiante.

A pesar del episodio doloroso, para la opinión pública la "batalla de Boyacá", demostraba la indolencia, la pérdida de credibilidad de la palabra y la necesidad de que siempre haya muerto para entrar a solucionar problemas. En efecto, el acuerdo verbal a raíz del paro del 11 de marzo, era un simple pacto de caballeros que fue incumplida. Y, sólo después de la pedrea, de los disparos, de la muerte y de la indignación, al día siguiente se expidieron los decretos reduciendo las tarifas de buses.

Llueven paros
Mientras Tunja volvía a las primeras páginas de los periódicos (aunque algunos predicen que volverá pronto debido a que todavía quedan residuos de insatisfacción), los paros cívicos afectaban a otros lugares del país, uno de ellos también tenido como de gente pacífica: el occidente de Cundinamarca.

El jueves 19 de marzo esa zona (que va desde Mosquera hasta Albán) amaneció con barricadas que impidieron el paso de vehículos, en una vía arteria que conduce a Antioquia, al Tolima y a Caldas. Se trataba de un movimiento popular que protestaba, entre otras cosas, por la falta de agua potable en algunos de esos municipios. Desde hacía mucho tiempo no se veía tanta piedra, como la cantidad que tapizó la carretera entre Madrid y Mosquera, por donde no pasó ni siquiera el gobernador de Cundinamarca, Manuel Guillermo Infante. Sin embargo, después de un día de tensión, de parálisis del transporte por esa región y de una lluvia de piedras y palo, a las siete de la noche el paro fue levantado ante la promesa del gobierno de entrar a solucionar el problema de la falta de agua potable.

Estas refriegas, al final de la semana, habían dejado un sabor amargo y una conclusion dolorosa: se necesitan paros, pedreas y muerte para que se solucionen problemas elementales o se responda a peticiones formales y pacíficas. Pero, además, en el cálculo de otros observadores, corría el temor de que lo de Tunja fuera a provocar una insatisfacción estudiantil en su sector universitario, que en los últimos años se ha dedicado más a los libros que a la piedra.--
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