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| 12/3/2011 12:00:00 AM

La cacería

Así capturaron en Venezuela a Valenciano, uno de los más temidos capos colombianos de los últimos años.

Maximiliano Bonilla asesinó por primera vez cuando tenía 13 años, a mediados de 1985. Su padre, que tenía el mismo nombre, había muerto meses antes en una vendetta de la mafia en Medellín, y el adolescente fue prácticamente adoptado por Diego Murillo, alias Don Berna, quien en ese entonces era el comandante de sicarios del capo Pablo Escobar y jefe de la banda en la que delinquía su padre.

El joven fue apodado 'Valenciano' por su "valentía" y arrojo al momento de cometer asesinatos. Sin cumplir 16 años de edad ya era un avezado sicario que demostraba sangre fría y gran eficiencia al matar. En junio de 1991, en una de las purgas internas del cartel de Medellín, Escobar ordenó asesinar a 'Berna' y a su gente. Este último decidió entonces fundar la temida banda La Terraza -con Valenciano, que para entonces tenía 18 años- y ser parte de Los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar), estructuras que se enfrentaron al capo hasta que fue abatido en diciembre de 1993.

A lo largo de ese periodo, Berna se consolidó como el jefe de la poderosa y tristemente célebre organización criminal conocida como la Oficina de Envigado, que, entre otros negocios ilegales, llegó a controlar cerca del 40 por ciento del mercado del tráfico de cocaína. En 2003, camuflado como un jefe paramilitar, Berna se desmovilizó pero siguió con el manejo de la Oficina. A su lado siempre estuvo Valenciano, su mano derecha.

En mayo de 2008, Berna fue extraditado y la cúpula de la Oficina que había dejado instalada se desmoronó. Alias Danielito fue asesinado, Rogelio se entregó a la DEA y Kener y Yiyo, entre muchos otros, fueron capturados por la Policía. El camino quedó despejado para Valenciano, quien asumió como jefe de uno de los emporios del crimen más grandes del país. De cierta manera, era el capo de la tercera generación de Pablo Escobar. Una especie de 'nieto' del cartel. Rebautizó su estructura criminal primero como Los Mondongueros y luego como Los Paisas, y a sangre y fuego expandió sus tentáculos en Antioquia, Bajo Cauca, Urabá, Córdoba y siete departamentos del Caribe. Panamá, Costa Rica y Honduras se convirtieron en las rutas para exportar toneladas de droga negociada con el cartel de Sinaloa y los temidos Zetas de México.

Sin embargo, su consolidación como capo no sería fácil. Entre 2008 y 2010 se enfrascó en una guerra por el control de los negocios ilegales en Medellín y parte del Valle de Aburrá. Su enemigo era un antiguo aliado llamado Eric Vargas, alias Sebastián, quien, apoyado por Los Rastrojos y Los Urabeños, entró en una sangrienta pugna que dejó centenares de muertos en las calles de Medellín y masacres en Córdoba. Para 2009, el nombre y la foto de Valenciano aparecieron en el tope de los afiches de recompensa del gobierno de Estados Unidos, que ofrecía cinco millones de dólares por su cabeza.

Para finales de ese año, Sebastián inclinó a su favor la guerra en Medellín. La mayoría de los llamados combos terminaron de su lado, unos por temor y otros porque sencillamente les pagaba mejor, lo que obligó a Valenciano a buscar refugio en la costa.

A comienzos de 2010, la misión de cazar al capo le fue encomendada a un grupo especial de la Dirección de Inteligencia de la Policía (Dipol) junto con oficiales de la Dirección de Investigación Criminal e Interpol (Dijín). Para febrero de ese año habían logrado establecer que Valenciano estaba en Barranquilla custodiado por 20 sicarios. El capo se comunicaba con una pitonisa en Medellín, a la que le consultaba desde cuándo enviar un cargamento hasta dónde esconderse. El 15 de febrero, unas horas antes de un operativo para arrestarlo, habló con la bruja y esta le dijo que veía algo raro y que mejor se moviera. Esa llamada y la paranoia en la que vivía, pues para ese momento la Policía ya había capturado a una docena de sus hombres, hicieron que Valenciano se fugara unos minutos antes de la operación.

Al seguir a su familia los perseguidores se dieron cuenta de que había escapado a Panamá. Allí también lo siguieron pero, escurridizo, empezó a moverse hacia Honduras y Costa Rica. A cada uno de estos países viajaron oficiales de la Policía encubiertos para atraparlo, pero cada vez que su arresto era inminente el narco lograba escapar.

Para junio de 2010, Valenciano optó por viajar a un país donde creía estar a salvo de la persecución de la Dipol: Venezuela. Inicialmente los oficiales no sabían en qué lugar exacto estaba. No obstante, después de varios meses, un grupo de ellos logró convencer a Fercho, jefe de seguridad de Valenciano, de convertirse en informante. Este hombre entregó un dato clave: el capo estaba en Caracas con una mujer llamada Bibiana, que era su contadora de confianza y se había convertido en su amante. Desde Venezuela, Bibiana era la encargada de realizar los giros y pagos a los miembros de la banda en Colombia.

En ese momento comenzó una poco usual colaboración entre las policías de Colombia y Venezuela. Oficiales de la Dipol se comunicaron con sus colegas de la Oficina Nacional Antidrogas de Venezuela (ONA) y los venezolanos empezaron a perseguir a Valenciano. Pero el narco se movía por diferentes ciudades. Difícilmente permanecía más de dos meses en un mismo lugar.

A comienzos de septiembre de este año, Fercho les contó que el capo y su amante acostumbraban ir los fines de semana a la playa Tucacas en el estado Falcon y entregó otro dato interesante: la mujer acababa de tener una hija en agosto. La Dipol, entonces, envió a Venezuela cinco oficiales para trabajar como encubiertos con igual número de oficiales del vecino país. Algo que hasta hace poco tiempo era impensable. La idea era detectar a Valenciano y a su mujer en los lugares que la fuente había revelado. Para evitar sospechas, se armaron cinco parejas, venezolano con colombiano, para que el acento de estos últimos no los fuera a delatar.

A mediados de septiembre, en la playa, vieron a una mujer con un bebé y un hombre. Los siguieron hasta Valencia, pero allí les perdieron el rastro. Desde Colombia la fuente entregó una nueva pista. Valenciano y su amante eran asiduos visitantes de tres centros comerciales. Los agentes se hicieron pasar por compradores y turistas. Y el 5 de noviembre, una de las parejas de policías colombianos y venezolanos, vio a la mujer en una peluquería. La siguieron y lograron ubicar la casa en donde vivía. Durante varios días realizaron videos y seguimientos a la espera de ver al capo.

El 15 de noviembre, siguiendo los consejos de su pitonisa, Valenciano decidió mudarse, lo que frustró nuevamente su captura. Sin embargo una nueva pista surgió desde Bogotá, la bebé estaba muy enferma y la tenían en una clínica en Maracay, al otro extremo del país. El grupo de policías se trasladó a esa pequeña ciudad y se infiltraron en hospitales pediátricos. El 23 de noviembre vieron a Bibiana y a su hija en un control médico y las siguieron hasta un conjunto de apartamentos. Pusieron, otra vez, las cámaras. Y el 26 de noviembre vieron salir a la pareja con su hija hasta un supermercado. Allí identificaron a Valenciano. A las 9:30 de la noche del día siguiente ingresaron al apartamento en donde estaba el capo y lo arrestaron. "Yo soy el hombre que buscan, perdí", fue lo único que dijo el capo. El jueves pasado, Venezuela extraditó a Estados Unidos a uno de los grandes capos que quedaban en Colombia. Allí lo espera una larga condena, con la que terminan más de 20 años en el mundo del crimen.
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