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| 3/27/2000 12:00:00 AM

La caldera del diablo

Detrás de las masacres de los paras en Bolívar no se esconde solamente la decisión de Castaño de impedir que se lleve a cabo allí la convención con el ELN. Hay, además, una guerra por el oro y la coca de la zona.

El pasado martes en la noche el director del Cuerpo Técnico de la Fiscalía General de la Nación, Pablo Elías González, apareció en los noticieros de televisión y con voz pausada hizo un estremecedor relato de lo que unas horas antes había presenciado en el corregimiento de El Salado, Bolívar. González dijo que las autodefensas habían llegado a El Salado y después de bailar y tomar ron con los campesinos del corregimiento habían iniciado una noche de terror que terminó cuatro días después. “Masacraron a las personas. Lo hicieron en la iglesia, en la cancha de baloncesto del pueblo. Los torturaron y después los degollaron. Lo hicieron durante cuatro días. La gente del pueblo decidió huir y hoy El Salado es un pueblo fantasma. La violencia y la degradación de la guerra han llegado a tal punto que las muertes ya no se dan en combate sino con una población indefensa”, señaló Pablo Elías González.

Esa noche del martes los colombianos comenzaron a tener las primeras noticias de lo que había ocurrido en El Salado. La cifra de muertos todavía no se conocía, pero por las palabras del director del CTI era comprensible que algo muy grave había ocurrido allí.



Crónica del horror

La incursión de las autodefensas dejó un reguero de muertos en El Salado. Las autoridades hablaban de 70. El inventario de la muerte por parte de los agentes del Cuerpo Técnico de la Fiscalía llegaba a 35 y más de 30 personas desaparecidas. Mientras la cifra oficial era objeto de revisión, lo único claro que había el miércoles en la mañana era que las autodefensas habían intensificado la guerra en el sur de Bolívar después de conocer que el gobierno del presidente Andrés Pastrana insistía en lograr el despeje de unos municipios para que el Ejército de Liberación Nacional (ELN) pueda llevar a cabo su convención nacional e iniciar luego las conversaciones de paz con el gobierno.

Sobre lo ocurrido en El Salado el comando central de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) tiene su propia versión, que difiere de la del director del CTI. SEMANA entrevistó a dos de los comandantes de las autodefensas que participaron en la acción en El Salado. Según ese recuento todo comenzó cuando el segundo comandante del frente 37 de las Farc se entregó a las fuerzas de Castaño, después de desertar con 15 de sus hombres y de haberse salvado de un consejo de guerra por la pérdida de 500 millones de pesos, producto del cobro de un secuestro de una hacendada del sur de Bolívar.

“Con la entrega de esos hombres de las Farc conocimos de cerca sus planes de guerra en El Salado. Entonces decidimos reunir a dos de nuestros frentes del Bloque Norte e incursionamos en el área con 350 hombres. Doscientos de ellos atacaron el campamento central del frente 37, ubicado a cuatro kilómetros de El Salado. Y otros 150 hombres cercaron el área, sus caminos de salida. Eso nos permitió dar de baja a muchos guerrilleros cuando intentaban abandonar la zona. Era imposible que nos fuéramos a equivocar que se trataba de guerrilleros, pues sus propios compañeros desertores se encargaron de señalarlos. No hubo niños muertos. De pronto uno que otro anciano que murió por las mismas acciones”, le relató fríamente a SEMANA uno de los comandantes.

Agregó que los primeros enfrentamientos se presentaron en el municipio de Córdoba, donde cayeron en combate 13 guerrilleros. “Sus cuerpos quedaron sobre el terreno. Estaban uniformados. Allí perdieron la vida siete de nuestros hombres y dos más murieron por la demora en la atención médica, pues cuando tratábamos de evacuarlos en un helicóptero, éste fue derribado por un avión de la FAC. Los enfrentamientos continuaron durante tres días más y en ese tiempo cayeron 11 más de nuestros hombres y muchos guerrilleros, algunos uniformados y otros de civil, en la zona de El Salado”, agregó el comandante de las autodefensas. También señaló que “la novela de terror narrada por el director de CTI y los testigos al servicio de las Farc no se ajusta a la realidad de los hechos. Aun fuera de combate los guerrilleros son objetivo militar”.

La masacre de El Salado hace parte de la estrategia de consolidación territorial de las autodefensas en el norte del país. Un objetivo en el que cada día avanzan más por cuenta de sus ‘métodos’ y de la ventaja que les da tener una retaguardia estratégica segura en el sur de Bolívar. Un año, seis meses y 19 días le tomó a las Autodefensas Unidas de Colombia tomarse esta región, un fortín histórico del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y una zona en la que las condiciones de vida de algunos de sus habitantes son tan precarias que parece que todavía vivieran en el siglo XIX.

El segundo semestre del año pasado su consolidación militar en el área fue evidente, a tal punto que esta zona del Magdalena Medio se convirtió en el nuevo centro estratégico de las autodefensas en el país. A la serranía de San Lucas fue trasladado desde el nudo de Paramillo el estado mayor de las AUC y un grupo de por lo menos 1.000 hombres. El objetivo final de la ofensiva militar de Castaño es colgar su hamaca en la Teta de San Lucas, el punto más alto de la serranía, que aún se encuentra en manos de los elenos. Desde allí éstos avizoran y añoran un territorio que por más de 15 años manejaron a sus anchas.



Poder eleno

En el sur de Bolívar dirigió una columna Fabio Vásquez Castaño, uno de los fundadores del ELN, antes de la derrota militar de 1973 en Anorí, en la que la organización fue prácticamente desarticulada. En 1984 los elenos reaparecieron en dicha zona con el frente ‘José Solano Sepúlveda’. En el sur de Bolívar este frente asumió, según un investigador social que no quiso ser identificado por razones de seguridad, funciones de Estado: “Se convirtió en el administrador de impuestos, en un sistema de justicia paralelo. Con juicios de valor moral condenaban ciertas conductas”. Pastor García Marín, alcalde de Santa Rosa del Sur, agregó que los elenos “eran los únicos que tenían poder. Ellos arreglaban problemas de linderos, disputas entre vecinos, discusiones entre marido y mujer. Se dedicaron a ser juez y parte”.



Desastre militar

A partir de 1992 apareció un nuevo frente del ELN, ‘Héroes y Mártires de Santa Rosa’, y la situación de la región se hizo aún más compleja. ‘Héroes y Mártires de Santa Rosa’ se desprendió del frente ‘José Solano Sepúlveda’. Su nombre es un homenaje de la organización guerrillera a los muertos que hubo durante la toma de este municipio bolivarense en agosto de 1991. En esta acción, preparada durante varios meses por el Ejército, quedó destruida una cuadra entera del pueblo y los elenos sufrieron numerosas bajas. Estos dos frentes se repartieron la recolección del dinero obtenido por boleteo, extorsión, secuestro, robo de ganado e impuestos varios a la extracción de oro.

En la serranía de San Lucas ha habido extracción aurífera de manera esporádica desde los tiempos de la colonia. En la actualidad hay asentamientos mineros en los sitios San Pedro y el Golfo y unos 2.000 mineros trabajan en unas 150 minas pequeñas. El alcalde García cree que lo que se ha explotado en los últimos años no representa sino el 2 por ciento del potencial total de la serranía. No obstante, en 1995 el sur de Bolívar produjo más de 10 toneladas de oro y ocupó el primer lugar de producción de este mineral en Colombia.

Esta bonanza atrajo en ese entonces a unos 5.000 mineros y fue capitalizada por los elenos. “Ellos cobraban por el derecho a tener una mina, por los túneles que se abrían, por las albercas de oxidación de las arenas y también les cobraban a los que tenían almacenes”, recuerda un comerciante que hizo negocio en esa época en la serranía y para evitar retaliaciones no quiso dar su nombre. Mientras las arcas del ELN se abarrotaban las fuentes de agua de la serranía comenzaron a contaminarse con el mercurio y el cianuro utilizados para la extracción del oro de la arena. Hoy la magnitud del daño ambiental es inimaginable.



El comienzo del fin

Durante las elecciones de 1997 el ELN cometió un error estratégico que a la postre significó el comienzo de su declive político en el sur de Bolívar: prohibir la participación de candidatos en los comicios de octubre y exigirles a los habitantes de los pueblos de su zona de influencia que no votaran. “Durante años el ELN había logrado crear un empoderamiento popular. Ellos tuvieron un impacto muy fuerte en el desarrollo de la conciencia de los derechos de las comunidades. Entonces, éstas estaban empoderadas para elegir a sus candidatos a alcaldía y concejos, el ELN saboteó las elecciones. Obviamente eso los puso en contradicción con las comunidades y con las redes políticas locales”, le dijo a SEMANA un politólogo que no quiso figurar por razones de seguridad.

En agosto de 1997 los elenos secuestraron 20 personas en Santa Rosa del Sur, 10 en Simití y otras más en otros municipios del sur de Bolívar. Entre los retenidos había varios candidatos. A los 10 días el ELN tuvo que soltar a todos los que tenía en su poder porque había por lo menos 700 personas de la región dispuestas a ir a rescatarlos a los campamentos donde los tenían. Esta acción debió haber sido un campanazo de alerta para los guerrilleros. Estos no los oyeron y siguieron adelante con su campaña de intimidación. A los candidatos los amenazaron de muerte si no se retiraban de la contienda. El día de las elecciones, en un claro desafío a los elenos, la gente de Simití y Santa Rosa del Sur votó en medio del hostigamiento subversivo. Antes de la posesión de los funcionarios electos, en enero de 1998, los habitantes de la región tuvieron acercamientos con los elenos para discutir sobre sus diferencias. Se hicieron acuerdos y, según dice la gente, el ELN los incumplió.

En febrero de 1998 la guerrilla secuestró a dos funcionarios de educación de Santa Rosa del Sur. Para el pueblo fue una retaliación por su actitud en las elecciones. Al igual que en agosto de 1997, un grupo de por lo menos 300 personas se organizó y se los quitó al ELN en un campamento del corregimiento de Micoahumado, en el municipio de Morales. Este detalle no pasó inadvertido para las Farc, que dijeron, según el alcalde Pastor García, que si a los elenos les había quedado grande la región ellos iban a intervenir. El frente 24 incursionó en el casco urbano de Santa Rosa con el secuestro de una comerciante en horas de la tarde. Un grupo de 150 personas persiguió a los secuestradores y se enfrentó a ellos con armas cortas hasta arrebatarles a su víctima. Esta fue la gota que rebosó la copa. El terreno estaba listo para la llegada de las autodefensas.



Como Pedro por su casa

Las autodefensas no eran ajenas al sur de Bolívar. Desde el sur del Cesar lanzaban ataques esporádicos, bajo la forma de masacres, que dejaban un macabro rastro de cadáveres. Sin embargo, el 11 de junio de 1998, cuando 150 hombres de las AUC ingresaron al corregimiento de Cerro Burgos, en el municipio de Simití, su intención clara era apoderarse del sur de Bolívar. Ese día asesinaron a tres personas. En el corregimiento del Carmen del Cucú, municipio de San Pablo, tuvieron su primer choque armado con el ELN. A partir de ese momento siguió su labor de expansión por Simití, San Pablo, Santa Rosa del Sur y Morales, entre otros municipios. Los elenos calculan que la ofensiva de las autodefensas dejó, hasta hoy, más de 400 muertos y por lo menos 6.000 desplazados. Sus tropas están arrinconadas en la serranía de San Lucas y en el medio Bolívar. Las Farc quieren ejercer más presión en el área con el frente 37.

En la actualidad los hombres de las AUC, liderados por los comandantes Julián y Gustavo, tienen instaladas bases en el territorio de cuatro corregimientos: Pozo Azul, Aguasucia, Monterrey y San Blas. En este último lugar dicen los pobladores de la región que está instalado su campamento más importante. Su presencia es efectiva, según las autoridades regionales, en todas las cabeceras municipales, excepto la de Cantagallo.

Con su llegada el negocio de la coca, se calcula que en esta región hay unas 6.500 hectáreas cultivadas con esta planta, sufrió cambios notorios. Por una parte las AUC colocaron impuestos al cemento y la gasolina, utilizados en el proceso de transformación de la hoja de coca. Por otra, bajaron el precio del kilo de base. Antes se cotizaba en 2.200.000 pesos, ahora se consigue a 1.400.000 pesos. El sociólogo Alfredo Molano denunció este año, en su columna de El Espectador, la estrecha relación que existe entre los negocios de la coca y el oro, que explican en gran medida la importancia económica del sur de Bolívar: “Los embarques coronados se transforman en el exterior en oro; oro que ingresa al sur de Bolívar para ser vendido al Banco de la República como producido localmente. Eso es lo que se llama negocio redondo”.

La situación del sur de Bolívar es demasiado compleja. Más allá de las implicaciones políticas y militares que tiene el dominio de esta zona para los actores en conflicto, cada vez parece quedar más claro que detrás de la lucha entre la insurgencia guerrillera y los paramilitares hay un trasfondo económico. Destrás de los centenares de muertos en Bolivar podría haber, además de un esfuerzo por sacar al ELN de sus zonas de influencia tradicionales, una lucha para quedarse con las ganancias del negocio del oro y de la bonanza de la coca.
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