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| 12/8/2006 12:00:00 AM

La cárcel sí es como la pintan

Los congresistas encarcelados cumplen ya 25 días en La Picota. Duermen en una celda de tres metros por dos y reciben visitas de sus importantes ex colegas.

Cada preso debe encontrar un oficio que hacer en el patio RG2 de la cárcel La Picota de Bogotá. Uno saca la basura, otro trapea, otros más atiende el caspete y otro sirven los tintos a las visitas. Álvaro García Romero, congresista durante 16 años, aún no encuentra el suyo. Hace 25 días que dedica su tiempo a adaptarse a su nueva vida: hablar con abogados, compartir las horas con sus nuevos compañeros y a cumplir un régimen de disciplina carcelaria, que en nada se parece a la plácida vida de parlamentario poderoso que tuvo en el Capitolio.

Eric Morris, su amigo, está ahí también y juntos se hacen compañía. Los dos son los más nuevos y famosos de esta cárcel al sur de Bogotá, a la que el viento helado nunca abandona. Llegaron luego de entregarse a la justicia como los primeros en caer en el ya conocido escándalo de la para-política y, según dicen algunos de los que los han visitado, ellos mismos piensan que allí se van a quedar por un tiempo largo.

De su vida todo les cambió. Los horarios de comida, por ejemplo. Desayunan a las 7 de la mañana, almuerzan a las 11 y comen a las 5 de la tarde. A esa hora ya deben ingresar a sus celdas y de ahí hasta las 7 de la mañana, y así cada día. Los miércoles y los domingos pueden cambiar el menú y reciben comida traída de afuera, de su casa, aunque no les ha parecido tan mala la sazón de la cocina de la cárcel y a veces hasta les hacen tamales.

Si tienen algún antojo entre comidas, pueden ir al caspete. Un recluso lo atiende y le pueden pedir tanto como les alcance el presupuesto que los familiares les consignen en una cuenta para tal fin. En la cárcel no se maneja efectivo. La llegada no ha sido fácil. García extraña el vino y de vez en cuando recibe los bollos de maíz que le manda su mamá desde Sincelejo. Pero a pesar de eso, su rostro no está quebrantado. Hace unos días se dijo que había tenido una baja de azúcar, pero no fue verdad. Está bien, dentro de lo que puede estarlo.

A pesar de que los compañeros de patio son variados en sus edades, razas y estaturas, hay un vínculo que los une. Todos fueron servidores públicos. Esa es la característica principal de este patio. Sindicados de delitos que cometieron desde una posición oficial. Dos concejales, tres ex gobernadores, dos coroneles, ex policías, ex militares, y ahora empiezan a llegar parlamentarios.

El patio está dividido en dos zonas para las celdas. Una de un piso y otra de dos. Hay celdas compartidas y celdas individuales. A los congresistas, antes de que llegaran ya les tenían asignadas dos, una para cada uno, en el primer piso. Las celdas miden tres metros por dos y allí cabe la cama que está empotrada y es de cemento, un baño privado y no más. No hay computadores, no hay Internet. Y no se les permite tener teléfono celular.

En el patio eso sí hay un teléfono autorizado del que pueden hacer llamadas a determinadas horas. Y dos televisores comunales que son motivo de pequeñas discusiones a la hora de acordar el canal que se va a sintonizar. Son pocos los reclusos que estando allí, quieren ver noticias y se inclinan por otro tipo de programas, pero otros, como los recién llegados, no se quieren perder detalle de los noticieros.

Para todos los internos, los horarios de visitas son los mismos. Los abogados pueden entrar todos los días de 9 a 11 de la mañana y de 2 a 4 de la tarde. Y los familiares, los fines de semana. Pero a veces hay visitas especiales, como la que recibieron esta semana del senador Mario Uribe, el presidente de su partido Colombia Democrática que, por cuenta de este carcelazo, se quedó con un solo senador más en su bancada, Miguel de la Espriella, de quien han oído hablar mucho también en estos días.

Otro cambio en su vida ha sido su ropa. Dejaron atrás la corbata reglamentaria para asistir a las comisiones y a las plenarias y ahora de pantalón, camisa y suéter están más cómodos para presenciar uno que otro episodio de los partidos de microfútbol que juegan los demás presos. A ellos, Homero les sirve los tintos mientras hablan con sus abogados y su visitas, café que Morris acompaña con más de un cigarrillo.

Para estos dos hombres por ahora quedaron atrás las llamadas al Palacio, los acuerdos de pasillos en el Congreso, los viajes a Sincelejo, el bollo de yuca. Investigaciones serísimas en su contra los vinculan no sólo a los paras, sino a situaciones de muertes y masacres. Cada hora se echan un cuento distinto sobre lo que pasa, y especulan del siguiente paso que dará la Corte o la Fiscalía. Ese es el tema único de conversación. Y es que no muy lejos de ellos, en el mismo patio, tienen a un hombre que les recuerda todo lo que puede pasar con otros congresistas. Rafael García, el ex jefe de informática del DAS y principal testigo de la Corte está ahí, al lado, en el mismo lugar de ex funcionario. Cumpliendo su condena y organizando sus testimonios.

El 'Gordo' García y Eric Morris apelan a la fe y cada semana asisten a rezar en la misa que un sacerdote celebra en su nuevo 'hogar', porque la cárcel que se han encontrado estos hombres sí es como la pintan. Dura, sola, lejana y larga, muy larga.
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