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| 5/5/2007 12:00:00 AM

La ciudad de la alegría

El festival vallenato de este año, que se esperaba con negros presagios por el escándalo de la para-política, fue un éxito sin precedentes. Catalina Gómez, de SEMANA, estuvo allí.

¿No dizque este año no iba a venir nadie? Era inevitable preguntárselo ante la cantidad de gente que abarrotaba todos los rincones del Coliseo ganadero de Valledupar. Querían ver las eliminatorias del concurso de acordeoneros profesionales en el que 19 reyes vallenatos se enfrentaban por el tercer título de Rey de Reyes. La expectativa era grande, un evento de esas dimensiones sólo se puede ver cada 10 años. Cada día, en un peregrinar casi religioso, cientos de personas se conseguían una de las sillas de plástico dispuestas por los organizadores, y buscaban un refugio bajo los palos de mango para no perderse ni una nota de estos genios del acordeón. “La gente paga mucha plata para ver a uno solo de ellos, imagínese poder verlos a todos juntos. Nadie quiere perderse esto”, comentaba un periodista vallenato.

Y es que este aniversario número 40 del Festival de la Leyenda Vallenata había estado precedido de dudas que tenían su origen en los escándalos relacionados con la para-política que han afectado a Cesar en los últimos meses: dos senadores presos, dos representantes a la Cámara y el gobernador vinculados a investigaciones relacionadas con el tema. Pero el entusiasmo popular dejó todo atrás. “A este festival ya no lo mata nadie”, no paraba de repetir Wilfredo. Lleva más de 20 años vendiendo sombreros en los festivales y se siente con autoridad para proclamar que nunca antes había visto tanta gente. “Mire”, decía mientras señalaba la parte central del coliseo donde el público oía en completo silencio a los reyes, uno por uno. “Mire, mire que sólo muy pocas personas alcanzan a ver la tarima, pero eso a la gente no le importa, ellos vienen a escuchar”. Y a pesar de que todos sabían que estaban frente a los mejores acordeoneros, no regalaban su apoyo y sus ovaciones.
 
“Todos conocen el tema y exigen calidad total”, repetía Wilfredo. Muchos de los participantes sólo recibían aplausos de sus respectivos seguidores que, agrupados con sus camisetas y sus pancartas, parecían en medio de una convención política. Pero si del público en general se trataba, los llamados a vencer eran Omar Geles, un moreno proveniente de las clases más humildes de la ciudad, y Saúl Lallemand, un joven de la alta sociedad local.

Pero esas explosiones populares no convencían a todos. Muchos de los periodistas que se reunían diariamente en las graderías designadas para su trabajo aseguraban que el ganador tenía que ser Hugo Carlos Granados, como lo ha hecho en todas las categorías en las que se ha presentado en su vida. Desde el comienzo de las eliminatorias, este hombre, que hoy toca apoyado en un banco alto debido a una lesión, se había ganado el respaldo de los conocedores. Los jueces lo calificaban siempre con los puntajes más altos y el público ya empezaba también a mostrarle su apoyo. ¿Sería Granados el tercer integrante del grupo sagrado de reyes de reyes junto al fallecido ‘Colacho’ Mendoza y el ‘Cocha’ Molina?

Adiós a la plaza

El palo de mango de la plaza Alfonso López, protagonista del Festival Vallenato en los 40 años anteriores, permaneció durante el Festival prácticamente solo. Esta vez las competencias fueron trasladadas a otros lugares por discrepancias entre la Alcaldía y la organización de festival. Pero unos cuantos vendedores de cerveza, obstinados, pusieron debajo de sus ramas la nevera y la rodearon de sillas plásticas para atender a los turistas despistados que llegaban a la plaza en busca del festival. A falta de maestros consagrados, varios grupos aficionados trataban de hacer su ‘abril’ y de paso ponerle un poco de sabor a la plaza abandonada.

El pueblo vallenato no quedó muy contento con el cambio. “Muchos piensan que a la gente de Valledupar le quitaron la oportunidad de disfrutar de su festival”, dijo Emiliano, que vende camisetas de colores llenas de acordeones y guacharacas. Y es que las diferencias son duras. Hasta este año no se cobraba la entrada a las eliminatorias y muchas personas llegaban hasta la plaza caminando, por lo que podían disfrutar del concurso sin tener que gastar mucha plata. Ahora no sólo tienen que desplazarse hasta el coliseo, más allá del aeropuerto, sino que tienen que pagar 6.000 pesos por entrada. Eso llevó a que muchos decidieran escuchar la competencia desde afuera del coliseo. “El festival nació aquí en la plaza, y aquí debe permanecer”, decía Emiliano con cierta amargura. Aseguraba que los políticos habían decidido trasladar la fiesta.

Esa plaza, curiosamente, era uno de los pocos lugares, por no decir el único, donde era perceptible el desencuentro del que tanto se ha hablado entre los vallenatos y los cachacos. Una situación personalizada en el vicepresidente Francisco Santos, a quien la familia Araújo acusa de ser una especie de Pilatos. Se refieren a su actuación en la salida de la canciller María Consuelo. “Nosotros también fuimos víctimas de nuestros invitados SANTOS”, decía la pancarta que colgaba en la casa de Hernando Molina Céspedes, padre del gobernador Hernando Molina Araújo y primer esposo de la ‘Cacica’ Consuelo Araujonoguera, que queda en pleno marco de la plaza, entre la Alcaldía y la iglesia de la Concepción.

En la alta sociedad vallenata dicen que esta es sólo una pelea entre familias. Pero no ocultan cierto recelo con sus pares del interior del país que antes, en los buenos tiempos, no faltaban al festival, se alojaban en sus casas y se dejaban atender como sólo saben hacerlo los vallenatos. “Esta es una fiesta familiar y los invitábamos con mucho gusto”, dijo, sin lograr ocultar un dejo de tristeza, una persona que pidió no ser identificada. “Pero ahora que no han venido queda demostrado que no pasa nada. Que estamos bien sin ellos”.

Pero los cachacos, a pesar de las expectativas más pesimistas, no faltaron, si bien las grandes figuras de las páginas sociales brillaron por su ausencia. Sólo unas pocas caras conocidas de la alta política nacional se dejaron ver por la ciudad como el ex presidente Ernesto Samper y su esposa, Jacquin Strauss, que no se perdieron casi ninguna fiesta. El ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, también pasó por allí y apareció en público durante la parranda que ofreció el whisky Old Parr, donde la sociedad cesarense lo recibió con la cordialidad de siempre. Sin tantas celebridades, muchísimos visitantes del interior y de la costa llenaron los eventos. Las fiestas del Club Valledupar y el Club Campestre, por ejemplo, siempre estuvieron a reventar. La capacidad de ambos lugares se desbordó y las mesas no daban abasto. Nadie quería perderse la fiesta y mucho menos los conciertos: Alfredo Gutiérrez, Poncho Zuleta, Iván Villazón, Diomedes Díaz, entre muchos más.

Y es que el cartel de artistas que circularon este año por los diferentes escenarios de la ciudad era inmejorable. Tener la oportunidad, por ejemplo, de ver el encuentro espontáneo entre Carlos Vives y Poncho Zuleta acompañados por el acordeón del ‘Cocha’ Molina, como sucedió en una parranda, fue un espectáculo de los que se dan pocas veces.

Estas sorpresas no fueron exclusivas de las fiestas privadas. La programación de las casetas y del Parque de la Leyenda Vallenata estuvo este año al nivel del aniversario que se celebraba. Todas las noches este último escenario, construido por iniciativa de la ‘Cacica’, recibió a Carlos Vives (quedó demostrado que Valledupar lo adora), Juan Carlos Coronel, la familia André, Sergio Vargas, Jorge Celedón y Gilberto Santarrosa, entre muchos más.

Al final, Valledupar pareció pequeña para la cantidad de gente que acudió a su festival. Los trancones para llegar a cada uno de los eventos fueron eternos; el whisky, protagonista esencial, estuvo a punto de agotarse, el hielo desaparecía cada noche, los restaurantes permanecían repletos y los hoteles estaban a reventar. Se dice que más de 150.000 personas llegaron durante estos días, incluidos cientos de vendedores ambulantes de toda la Costa Atlántica (hasta masajistas llegadas de las playas de Bocagrande en Cartagena) que confirmaban que nunca antes habían tenido tan buenas ventas en este festival. No hay duda de que las tradiciones culturales son más fuertes que todo, incluida la política.

Política presente

De política se hablaba poco, al menos entre las clases populares, pero la presencia de algunas vallas hacían recordar que algo pasaba. “Álvaro Araújo ¡es inocente!”, decía una de ellas en la carretera del aeropuerto. La familia Araújo, encabezada por la ex canciller María Consuelo, estuvo en las fiestas y se reunió con los principales líderes y periodistas de la región para exponer la defensa de su hermano Álvaro. Esta, tal vez, fue la única familia política de la región implicada en los escándalos de la para-política que participó en el festival.

“En este momento a la gente le importa más lo que vaya a pasar con el gobernador que con el mismo Álvaro Araújo, pues al final, al gobernador lo ven todo el tiempo y Araújo sólo venía para sus campañas”, explicaba una periodista de la ciudad. Corría el chisme de que el gobernador podría ser detenido. Ello no sucedió, pero la gente del pueblo está inquieta por lo que pueda pasar con Molina, a quien se relaciona con el comandante paramilitar ‘Jorge 40’. “Tal vez él sí tenga relaciones con los paras, pero ha hecho una buena gobernación”, decía un taxista. El hombre reflejaba la opinión de las clases populares. El departamento de Cesar, al fin y al cabo, es rico. Recibe grandes sumas por regalías, y Molina ha podido adelantar obras importantes que la gente le reconoce. Pero en voz baja, nadie niega sus amistades.

“Todo ha cambiado desde la desmovilización, pero suena el rumor de que los paras están otra vez cobrando fuerte sus vacunas y que nuevos grupos pueden estar operando en la región. Algunos hablan de las Águilas Negras, pero todo lo que se dice son rumores y nadie tiene certeza de nada”, cuenta otro periodista que pide mantener su anonimato. Y es que si algo se siente en el ambiente es que los cesarenses están preocupados por el futuro de su región.

Rey coronado

Pero nada de eso importaba a la hora de elegir al nuevo rey de reyes. En la noche del lunes 30 de abril, cuando interpretó La puya rebelde, de Alfredo Gutiérrez, frente a 20.000 personas, en el Parque de la Leyenda Vallenata, Hugo Carlos Granados se metió un pedacito del título en su bolsillo. “Mi padre me dijo antes de la final que si quería ganar, tenía que bajarle la velocidad a la puya para que fuera más imponente”, explicaría luego Granados, y así fue. El público, emocionado, gritaba “ese es, ese es”, y sus ovaciones superaban como un trueno a las de los demás competidores.

Jorge Celedón, el ídolo máximo del vallenato actual, presentaba su show cuando se supo que el ganador había sido Granados. “Esto no puede seguir hasta que no tengamos a Granados en el escenario”, gritó Celedón, y todo el parque lo apoyó. Al verlo aparecer cojeando en la tarima y con una camiseta que decía ‘Gracias Dios’ (casi quedó inválido en un accidente hace unos años), el ídolo se lanzó a abrazar al nuevo Rey de Reyes. Luego, le trajo el acordeón y ambos interpretaron Igual que aquella noche, mientras el público cantaba con ellos en medio de aplausos y de una emoción desbordada. Era el broche de oro para un festival que había sido un éxito. Un broche que unía a los más importantes y tradicionales representantes del mundo del acordeón con una de las voces que representan el futuro del vallenato.

Para los que conocían su trayectoria y para los que habían asistido puntualmente a las eliminatorias en el Coliseo Ganadero no era una sorpresa que Granados interpretara los cuatro aires del vallenato como lo hizo. Al fin y al cabo, Granados pertenece a una de las dinastías más tradicionales del mundo vallenato.

Juancito Granados, su bisabuelo, fue uno de los juglares más reconocidos de la zona. Y Ovidio, el padre de los hermanos Granados (Juan José, rey vallenato en 2005, llegó hasta la semifinal en esta ocasión), fue segundo, después de Alejo Durán, en la primera versión del festival en 1968 y dicen los que lo conocen que ha sido el que ha llevado cuidadosamente la carrera de sus hijos. No es gratis que Hugo Carlos haya sido rey vallenato en todas las categorías en las que ha participado desde cuando era un niño.

En la mañana del martes primero de mayo, Hugo Carlos Granados era una de las pocas personas que no tenían guayabo en Valledupar. Había terminado tan cansado, que apenas había tomado unos cuantos Old Parr para celebrar. Sus vecinos le tenían una reunión para agasajarlo. Mientras tanto, en casa de su padre, los otros amigos, celebraban con el ‘Cocha’ Molina, que había llegado eufórico a saludar. Todos ellos confirmaban con su alegría desbordada lo que había sido evidente para todos los asistentes al festival: que el vallenato es una cultura que nada ni nadie puede opacar. ¡Que viva el rey!

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