Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/11/03 00:00

La ciudad pensada

Un equipo de urbanistas de talla mundial propone una revolución urbana para Bogotá . El objetivo, recuperar el Centro para que todos quieran vivir en él.

Willy Muller, Vicente Guallart y Carlos Hernández

Desde hace más de 10 años, alcaldes y expertos en economía y negocios hablan de convertir a Bogotá en una ciudad competitiva, una necesidad cada vez más imperiosa en un mundo globalizado. Bogotá... ¿Cómo convertir esa metrópolis que alguna vez definieran como "el suburbio de una ciudad que no existe" en una entidad urbana viable que no esté condenada a expandirse sin ton ni son hasta tragarse entera la sabana de Bogotá?

Por primera vez desde el Plan Maestro que trazó a finales de los años 40 el arquitecto suizo-francés Charles-Edouard Jeanneret-Gris, conocido como Le Corbusier, un grupo de urbanistas está empeñado en repensar la capital colombiana de manera global. Se trata del Instituto de Arquitectura Avanzada de Cataluña (Iaac), contratado por la Empresa de Renovación Urbana de Bogotá. Ellos estuvieron en días pasados en la ciudad para participar en el seminario Multi Bogotá, Por-venir de la Ciudad Discontinua, que sirvió de abrebocas a la Bienal de Arquitectura que se celebrará en 2008 para profundizar el debate acerca de cómo debe ser la ciudad de los próximos 50 años. Los arquitectos catalanes Vicente Guallart, director del Iaac; Willy Muller, director de Desarrollo del Iaac, y el colombiano Carlos Hernández, de la Universidad Javeriana, también vinculado a este proyecto, hablaron con SEMANA de algunas de las infinitas posibilidades que le ven a la ciudad.

Este equipo busca ante todo discutir no sólo con arquitectos y planificadores urbanos, sino también con sociólogos, antropólogos, semiólogos... Ellos trabajan el concepto de metápolis, que consiste en mirar la ciudad más allá del conjunto de obras arquitectónicas y de infraestructura, e investigan la dinámica social de sus habitantes y su relación con el entorno. Miran la ciudad como un gran "cajón de información, donde no todo está al mismo nivel ni va a la misma velocidad, y no todos interactúan", como señala Muller.

Guallart es enfático cuando afirma que el centro de Bogotá se debe convertir en el mejor lugar para vivir. Para ello es necesario desarrollar proyectos híbridos, es decir, en los que se combinen vivienda, comercio y oficinas, para que no se muera en horas de la noche y caiga en manos del lumpen, y también, como señala Hernández, "para que esa gran oferta cultural del Centro no se subutilice tanto los fines de semana". Goulart señala que el parque Tercer Milenio y las zonas alrededor de la Estación de la Sabana y la Plaza España se pueden revitalizar si se tiene en cuenta "sus dinámicas sociales maravillosas, que lo único que requieren es una serie de obras que las vinculen con el resto de la ciudad".

Hasta el momento son más las preguntas que ellos se hacen que las respuestas. El proceso les dirá dónde deben intervenir manzanas enteras y dónde basta desarrollar un caso concreto que sirva de ejemplo para disparar la recuperación de un sector deprimido. Guallart considera que estos impulsos deben partir de la administración y que, bien manejados, pueden atraer capitales de cualquier parte del mundo. Para que lleguen, se deben cumplir cuatro premisas: una seguridad institucional que genere un clima de tranquilidad; capacidad para dialogar con los distintos agentes sociales; desarrollar proyectos que sean medioambientalmente impecables, y garantizar, a partir de arquitectura y urbanismo de gran calidad, que se está construyendo el patrimonio del futuro.

Si no, concluyen, se mantendrá el modelo tradicional de gestionar el caos, y Bogotá, más allá del maquillaje de cemento, seguirá siendo el suburbio de una ciudad que no existe.

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