Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/04/28 00:00

La coca negra

Desde hace varias semanas, El Charco, en Nariño, ha sido el epicentro del desplazamiento más grande de los últimos años. El periodista Hollman Morris estuvo en la zona y vio los efectos de la guerra por la coca.

Más de 7.000 personas, en su mayoría afrocolombianas que cultivaban coca, abandonaron sus poblados en varios ríos de Nariño por los enfrentamientos de la Infantería de Marina con las Farc

Desde hace siete años el rostro de la coca, que antes campeaba en el Putumayo, se mudó a los grandes ríos de Nariño y a sus afluentes. Hoy tiene el rostro de negros afrocolombianos pobres, de jóvenes, mujeres, niños, ancianos. En esta región la coca prendió rápido por el hambre, la corrupción y el olvido que campea a lo largo y ancho de los ríos Tapaje, Patía o Telembí, y en bocas de Zatinga. Todo ello hizo que los nativos se lanzaran sin pensarlo dos veces a su siembra.

"Como aquí la gente no roba y no quiere morirse de hambre, se va a sembrar coca. Saben que es ilícito, pero prefieren eso a tomar un arma", dice Harry Caicedo, líder comunitario de la zona. Hoy, Nariño y el Pacífico nariñense son los mayores productores de coca y de cocaína del mundo y por eso es que allí es donde está concentrada la 'guerra contra las drogas'. El Estado ha fumigado intensamente el departamento, y las Farc, el ELN y los paramilitares se pelean territorialmente esta fuente de riqueza. Esa guerra es hoy la causa que genera el más grande desplazamiento en lo que va corrido del año en Colombia: 7.000 personas de los caseríos sobre el río Tapaje, según Acnur.

El 23 de marzo se iniciaron los combates entre la Infantería de Marina y las Farc en un caserío de 400 habitantes conocido como Pulbusa. Hasta allí llegaron las embarcaciones piraña de los militares que inmediatamente fueron hostigadas por guerrilleros. Los infantes dijeron que les dispararon desde las casas y que esa es la causa de que hoy las viviendas estén averiadas con disparos de fusil y esquirlas de granada. Aquí los disparos pueden tumbar una casa, porque están fabricadas de tabla en su gran mayoría. Los pobladores cuentan que las pirañas botaban fuego para todos lados y que por tierra venían los soldados. El susto fue suficiente como para que las 1.100 familias que vivían en buena parte del río, en veredas como Maíz Blanco, Balsal y Pintora, dejaran sus casas.

Pulbusa, el más grande de los pueblos desplazados, a un mes de los combates aún se encuentra abandonado. Las fichas del dominó quedaron puestas sobre la mesa. Algunas casas fueron revueltas por dentro; la poca ropa de estos campesinos, tirada por el piso y cortada a cuchillo; los escaparates, rotos a la fuerza; los cuadernos de los niños en varias casas fueron desperdigados y sus maletines rotos y robados algunos enseres de los hogares. Los campesinos acusan a los soldados porque en algunos casos los vieron y los encontraron robando. Al respecto, el contraalmirante Orlando Malaver Calderón, comandante de la Fuerza Naval del Pacífico, dice que es difícil imaginarse a sus infantes cargando equipos de sonido más el peso de sus morrales, sin embargo, admite que si existen las denuncias, las investigarán. Y las denuncias ya existen.

Las tropas de la Infantería de Marina entraron al Tapaje motivadas por la presencia del frente 29 de las Farc, que tiene, según el almirante, "claros intereses en el narcotráfico" y que estaba poniendo en peligro las poblaciones de La Tola, Iscuandé y El Charco. Dice que el desplazamiento se ocasionó por la presencia de las Farc y la acción de la infantería para darle tranquilidad a la zona. Alias 'Cachamo', guerrillero de las Farc, dice que "la población tiene que bregar a concentrarse en las veredas" y dicen que de ese territorio no se moverán y que no permitirán subir más por el río a la Infantería.

La Armada Nacional mantiene la tesis de que las Farc obligan a los campesinos a sembrar coca, pero por lo dicho por los propios labriegos, es el hambre la que los presiona, más que las Farc.

También es claro que los insurgentes aprovechan esa situación para cobrar su impuesto a los compradores de pasta y a los narcos que llegan a poner sus 'cocinas' en territorios bajo dominio guerrillero.

Para el almirante Orlando Malaver, la salida a la actual situación es desalojar a las Farc para que la gente pueda dedicarse a actividades lícitas. Para los afrodescendientes, la fórmula es otra, la misma que hicieron pública el 15 de mayo del año pasado cuando se movilizaron más de 13.000 personas a El Charco y que denominaron 'Sustitución de ingresos'. La propuesta plantea soluciones de pequeño, mediano y largo plazo para desarrollar cultivos que les permitan a los habitantes alternativas de ingreso. La propuesta nunca fue escuchada y este año lo que llegó fue la 'fumiga'.

Dos meses atrás y antes de que entrara la Infantería por el Tapaje, los consejos comunitarios de los pueblitos que bordean el río denunciaban los daños de las fumigaciones. Los estragos de siempre en las mismas cosechas de siempre. La mata de plátano con manchas negras y sin vida, las papayas por dentro blancas y malogradas, la yuca y la papa china echadas a perder, y alguna que otra plantación de coca en el piso. Los campesinos dicen que cuando saben que viene la 'fumiga', en lugar de cultivar una o dos hectáreas, cultivan el doble de la que siembran y en sitios diferentes, de tal manera que si la fumigación acaba con una plantación, no acaba con dos. Otros labriegos, después de fumigadas las plantas, cortan rápidamente parte del palo, de tal manera que a las semanas nacen nuevas hojas. "Algunas veces la 'coquita' prende hasta más bonita después de la fumiga", comenta una campesina.

El desplazamiento continúa y las propuestas están sobre la mesa: más fumigaciones y combates. O la propuesta de los consejos comunitarios del Tapaje: sustitución de ingresos, mucho más compleja que fumigar, es evidente, pero con la cual el Estado podría ganarse a la población.

Para que la pasta de coca deje de ser lo que es hoy, "la moneda de los ríos", con la que se compra desde una aspirina hasta un mercado para ocho personas, será muy difícil acabarla sólo con avionetas y es tal la abundancia de coca, que ponen en evidencia que fumigar no da resultados. En estos ríos no hay negocio que no posea una gramera para pesar la pasta de coca, no hay rumbeadero que no ponga videos alusivos a la cultura de la coca, de los narcos y traquetos o a la pobre vida del raspachín. Mientras la guerra por la coca sigue, también los desplazados continúan. Hablar de ellos, de sus imágenes y de sus tristezas es hablar de lo que todos han visto y conocen, la diferencia es que ahora se produce con los protegidos por Orichas y Jorubas.

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