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| 8/5/1991 12:00:00 AM

LA CONSTITUCION: BUENA, MALA Y FEA.

MISTERIOSAMENTE, NO SE HA OIDO AL primer constituyente que exclame convencido que la Constitución del 91 es muy buena o que lo dejó completamente satisfecho. Y sólo hay una explicación de esa timidez: la íntima convicción de los constituyentes de que la nueva Constitución tiene cosas buenas, cosas malas y cosas feas, y que sólo el tiempo dirá cual de estas tres características terminara primando.

LO BUENO
La primera cosa buena que tiene la Constitución del 91 es que el país nacional logró hacer el cambio que quería introducir en el país político. Se sacó una reforma constitucional con el grupo mas heterogéneo pero representativo de todo el país, a través de un proceso que estuvo sellado por el consenso político. No hubo ni una sola gran pelea irreconciliable, ni grandes divisiones estilo Santa Fe vs. Millonarios sobre los principales temas nacionales objeto de reforma. Eso fue civilizado, fue moderno y fue apaciguador de las pasiones políticas. Para comenzar, ahí hay un nuevo país. Un buen nuevo país.
Una de las mejores cosas que tiene la nueva Constitución, aunque pueda sonar raro, es que respetó la estructura del Estado que creó la Carta de 1886, sin que la demagogia que hizo su agosto en otros aspectos constitucionales como veremenos más adelante, hubiera contagiado la esencia de las tres ramas del poder público. El sistema político se mantuvo, pero ajustado a las nuevas necesidades del país. Entre los ajustes mas revolucionarios está la circunscripción nacional de los futuros senadores, fuerte golpe para los gamonales departamentales y una invitación para la apertura política para sectores como la guerrilla y los indígenas. Los tradicionales vicios parlamentarios como la manga suelta en materia de auxilios, los viajes indiscriminados y las suplencias se corrigieron, y el centro del poder, aunque se mantendrá en la Presidencia, sera ahora más compartido con el Congreso, a través de figuras como el voto de censura a los ministros y la mayor intervención del Congreso en la planeación económica. Curiosamente, aunque el voto de censura asusta a muchos, ni es nuevo ni es original.
En el pasado fue presentado y misteriosamente retirado del proyecto de la Constitución del 86 por José María Samper, y luego vuelto a presentar en 1933 por Moisés Prieto y en 1946 por Jorge Soto del Corral para los ministros de Hacienda.

Buena la introducción de la doble vuelta que garantiza que el país será gobernado, ya no por sólo dos partidos, sino por consenso, a través de coaliciones que facilitarán la creación de grandes bloques políticos que aumentan los espacios de participación.

También es conveniente que se haya respetado, tal y como se estableció desde el 86, la función de la fuerza pública como factor de cohesión nacional. Sólo que se actualizó para incluir a la Fuerza Aérea y a la Armada, pues antes sólo se hablaba del Ejército Nacional.
Buena la reforma de la justicia, curiosa mezcla de cambios profundos con algunos saltos al vacío. El cambio del sistema inquisitivo al acusatorio significa que, de ahora en adelante, los jueces no investigaran, sino que fallaran. Como quien dice, zapatero a tus zapatos. Para investigar se crea la Fiscalía General de la Nación, inevitable figura dentro del nuevo régimen judicial que, sin embargo, podría volverse un salto al vacío si termina pareciéndose a la norteamericana, que se ha convertido en un sistema de negociación y en un trampolín político.

Es bueno el Consejo de la Judicatura, que manejara con autonomía la parte administrativa de la justicia y que, por consiguiente, tendra que actuar como una especie de hada madrina que debera sacar a la justicia colombiana en el estado de Cenicienta en que se encuentra.

Es bueno que la Procuraduría sea de ahora en adelante un órgano autónomo e independiente de la rama ejecutiva. Y también es interesante la figura del Defensor del Pueblo, que no sólo defendera sino que promovera la defensa de los derechos humanos. Sin embargo, sería bueno que la ley se apurara y delimitara campos de acción, para que Defensor y Procurador -¿quién es subalterno de quién?- no terminen pisandose antipaticamente las mangueras.

Buenas también son las reformas a la Contraloría, cuya cabeza sera ahora elegida por el Congreso en pleno y no por una sola camara. Tendra período de seis años y no sera reelegido. Se acaba el control previo, madre de infinitas vagabunderías, y se pasa al posterior. Ademas, se crea la figura del Contador Nacional: aunque parezca increíble, ¡en Colombia no se llevaban cuentas!.
Bueno el revolcón al Banco de la República y al manejo de la política monetaria (tan bueno sera que hasta le hizo campaña el propio Banco de la República). Buena la revolución en materia de planeación, que por fin permitira que se entienda la economía con el derecho.

Buenos los mecanismos de participación ciudadana como los referendos, los plebiscitos y la posibilidad de que la gente ejerza iniciativa legislativa, pues permitira una aproximación clave, y ojala definitiva, del país nacional con el político.

Buenos los mecanismos y garantías de protección de los derechos individuales como la presunción de buena fe de los colombianos y la acción de tutela que permitira desde que un político de oposición pueda exigir que se le respeten sus derechos ante el juez de cualquier pueblo, hasta que una madre pueda obligar a que le reciban en el colegio a un hijo natural. Buena la creación de derechos colectivos a través de acciones populares.

Y bueno todo lo relacionado con la reforma electoral como el tarjetón y la obligación futura del Estado a suministrar los mecanismos de votación con lo que quedaran definitivamente enterradas las viciadas papeletas. En adelante habra absoluta autonomía de la organización electoral, lo que le dara categoría de rama del poder.

Y sin perjuicio de que se me escape un par de reformas interesantes, hasta aquí y no es poco diría yo que llegan las cosas buenas de la nueva Constitución.

LO MALO
No fueron pocas las mentes de constituyentes trasnochados que creyeron que lo avanzado de esta reforma estaba por el camino que conducía al socialismo, por lo que resolvieron ir mas allá de la reforma del 36, cuando lo moderno no era ir mas allá, sino venir mas aca.
Eso es patente en la llamada nueva carta de derechos, un conjunto de principios, deberes, garantías y libertades que conforman una orgía de demagogia y de populismo, y que mas que reflejar un país políticamente moderno, termina.pareciéndose a un arbol de Navidad. Hay en esta carta de derechos un exceso de proteccionismo estatal que sonrojaría al último de los estalinitas. Se consagran Constitucionalmente derechos para los niños, los adolescentes, los jóvenes, los ancianos y los menos ancianos, las mujeres, jóvenes y maduras, los impedidos, los parapléjicos, los minusvalidos y los plusvalidos, y hasta los niños superdotados. Eso es bonito y hasta se presenta el caso de artículos que lo hacen a uno estallar en llanto. Pero lo grave es que no se puede en una Constitución garantizarle a la gente que se le van a dar cosas para las cuales el Estado no tiene ni remotamente capacidad operativa o económica. Prueba de ello es que llevamos desde el año 36 incumpliéndoles a los colombianos la obligación constitucional de garantizarles educación primaria gratuita...

La nueva Constitución garantiza de entrada, que el Estado asumirá con los colombianos una deuda social que será absolutamente incapaz de pagarle. Las deudas económicas sabemos a dónde conducen: al embargo. Pero las deudas sociales tienden a conducir a las revoluciones. ¿Se imaginan a la primera madre de bebé nacido en Coridoto, para poner sólo un ejemplo, acudiendo a cualquier centro de salud a exigir para su hijo su cuota de atención gratuita constitucional? Lo peor de esta explosión de derechos ciudadanos y de los consiguientes compromisos imposibles del Estado es que, desde ya, forma parte de lo que la jerga sindical denomina
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