Miércoles, 26 de noviembre de 2014

| 1989/06/05 00:00

LA CONSULTA QUE NO RESULTA

A todo el mundo le gusta la "consulta popular", pero pocos saben las implicaciones que hay detrás.

LA CONSULTA QUE NO RESULTA

Definitivamente hay palabras a términos que gustan y palabras o términos que no. Hoy por hoy, una de los términos de moda en Colombia es "consulta popular". Suena bien. ¿Qué puede ser más bonito que consultar y, sobre todo, que consultar al pueblo? Oponerse a algo tan inobjetable no tiene buena presentación. Por eso el país está ahora dividido entre buenos y malos según se esté o no a favor de la consulta.

Pocos ejemplos como el de la consulta popular ilustran lo que puede haber en unas palabras. El término, que ha sido objeto de una campaña publicitaria, ha dejado una carga emocional favorable que ha distorsionado totalmente su verdadero significado y sus implicaciones.

La consulta que resulta
Cuando un sector del liberalismo se lanzó a vender la idea de la consulta popular, esgrimió básicamente tres argumentos:

1. La consulta popular pondría a Colombia al nivel de las democracias más desarrolladas del mundo.

2. Los partidos políticos se fortalecen y, por consiguiente, la democracia.

3. Se saca la selección del candidato a la Presidencia de las manos de los caciques y se la entrega al pueblo.

La conclusión de esta argumentación es que si se estableciera el mecanismo, Galán, que según las encuestas es el político más popular, sería el próximo presidente de Colombia.

Lo anterior es el mito. ¿Cuál es, entonces, la realidad? En lo que se refiere al punto 1, el de que Colombia quedaría al nivel de las democracias más desarrolladas, nada más falso. Resulta que ningún país del planeta tiene consulta popular en la forma como ha sido planteada en Colombia. Sería el primer caso en la historia en donde la totalidad de los votantes de un país, independientemente de su filiación política, puede intervenir en la selección del candidato de un partido. Y no sólo eso. También contempla la posibilidad de que si un precandidato obtiene la mayoría absoluta, queda automáticamente convertido en candidato, sujeto únicamente a la ratificación formal de la Convención del partido, que no tiene derecho a decir ni "mú" .

Casi todas las democracias del mundo operan con base en un principio universal que se está tratando de romper ahora en Colombia: la selección del candidato le corresponde al partido. La elección del jefe de Estado le corresponde al pueblo. Lo que nunca se ha pensado es que la selección del candidato le corresponda al pueblo. La señora Thatcher, considerada el Primer Ministro más importante en Inglaterra desde Churchill, jamás hubiera podido ser personera de su partido si todos los ingleses hubieran podido intervenir en su desinginación. Los 300 miembros conservadores del Parlamento, que eran los que la conocían, consideraron que era la mejor y una vez tomada la decisión la volvieron jefa del partido y la sometieron al veredicto de las urnas.

El único país del mundo que tiene una especie de consulta popular es los Estados Unidos, con sus primarias fórmula que es de mucho menor alcance que la que aquí se está discutiendo. Para comenzar, elecciones primarias no hay en todos los estados, sino en cerca de la mitad de ellos, pues en el resto las convenciones estatales eligen sus delegados a la convención nacional en las convenciones estatales. En los estados donde hay primarias, hay diferentes modalidades de votación: en unos sólo votan los que están registrados como militantes del partido, y en otros si pueden votar todos los ciudadanos mayores de edad. Del resultado de la primarias salen los delegados a la convención nacional, que es el órgano del partido que elige el candidato presidencial.

Sin embargo, este sistema, ha sido objeto de mucha controversia y muchos politólogos alegan que haberle metido "pueblo" al proceso de selección de un candidato ha resultado contraproducente. El ejemplo que citan una y otra vez es el de Jimmy Carter, un desconocido cultivador de maní, quien haciendo una campaña prácticamente puerta a puerta por todo el país durante tres años, logró el milagro, gracias a las elecciones primarias, de llegar a la Presidencia de los Estados Unidos sin que nadie entendiera muy bien por qué. Muchos consideran que para evitar futuros Carters la selección del candidato debe quedar más directamente en manos del partido.

Es precisamente por lo anterior que el argumento número 2--que los partidos y la democracia se fortalecen con la consulta popular--también es falso. La consulta popular debilita a los partidos y nada debilita más a una democracia que unos partidos débiles. ¿Por qué los debilita? Por la sencilla razón de que una de las funciones supremas de cualquier organización política es escoger a su personero y si se la quitan es poco lo que le queda por hacer. Especialmente en Colombia donde se cree en los jefes más que en los programas. Si ni siquiera el candidato depende del partido, nadie depende de él y se pide todo criterio de unidad y jerarquía. Al dejar de haber una columna vertebral, todo el mundo hace lo que se le da la gana y el partido se atomiza en corrillos de amigos que miden fuerzas a través de almuerzos. Cada parlamentario es un coronel, pero no hay ni generales ni tropas que es como se gana las guerras.

Esto sin mencionar que la consulta popular es costosísima, se calcula que cada precandidato, para tener una campaña decorosa, necesitará cerca de mil millones de pesos. Si la financiación de las campañas es considerada una de las limitantes de la democracia, la consulta popular lleva el problema a niveles estratosféricos. Si la etapa de las precandidaturas va a acabar costando cerca de 5 mil millones, las arcas estarán exhaustas cuando llegue el momento de la campaña presidencial. Y cuando se necesita tanta plata, sólo Dios sabe quiénes la pueden poner.

El tercer malentendido es que la consulta popular le quita el poder a los barones electorales y se lo traslada al constituyente primario, como se dice ahora con tanta ligereza. En esto hay dos cosas. En primer lugar, como ya se explicó, no le corresponde al constituyente primario elegir al candidato, sino elegir al presidente. En segundo lugar, como la consulta popular va amarrada a las parlamentarias la idea del voto independiente es pensar con el deseo. Tal vez con la única excepción de Bogotá, en todos los departamentos de Colombia, los caciques políticos controlarán la situación a su antojo en forma muy parecida a lo que sucedió en el Consenso de San Carlos en 1978. La innovación de la papeleta independiente de las listas para corporaciones, en la práctica cambia las cosas muy poco. Si antes se decía que el que escruta elige, hoy se podría decir que el que transporta elige. Cuando un jefe político pone sus buses, su plata, su ternera a la llanera, su aguardiente y sus camisetas, no hay la menor posibilidad de que permita que el grueso de su clientela vote para candidatura presidencial por alguien diferente de quien él haya previamente decidido. El mecanismo de la papeleta independiente puede llegar a que el 10% de la clientela de un barón electoral vote en contra del precandidato recomendado. Pero de ahí no pasa. En provincia el 90% de los votos será para quien designen los jefes.

Esto último explica por qué la conclusión que se derivaba de los mitos anteriores--que Galán ganaría-- también es falsa. Si la consulta popular fuera hoy, no habría posibilidad de que Luis Carlos Galán la ganara. Aunque su prestigio demostrado en las encuestas es real, su posibilidad de ganar no depende tanto del fervor del electorado, como del fervor de los caciques y éste por ahora no se ve. De los 30 parlamentarios que lo apoyan sólo uno es mayoritario en su departamento: Humberto Peláez en el Cauca, y la opción Galán consistía en que, dada su aterradora popularidad en la base, los caciques se le deslizaran para beneficiarse con su arrastre. Para esto desmontó la organización propia que había consolidado durante 10 años del Nuevo Liberalismo. Jugándose la carta de no ser rival de nadie, esperaba que sus antiguos rivales lo apoyaran. Y esto que podía suceder, no sucedió. Inicialmente, parecía que los jefes políticos regionales se iban a deslizar proporcionalmente hacia los tres candidatos viables -Galán, Samper, Durán-. En estas condiciones, la opción de Galán era real. Sin embargo, todo esto cambió con la reunión en el club Michelángelo. Allí se armó un bloque que frenó los deslizamientos regionales y que se guardó para sí si no un poder decisorio, sí un poder de veto. Este bloque es antigalanista. Y si Galán había comenzado a recibir adhesiones parlamentarias antes de la conformación del bloque Michelángelo, este proceso se frenó. Y mientras no vuelva a despegar, Galán no podrá ganar la consulta. Hoy por hoy Samper tiene 41 parlamentarios principales, Galán 30, Durán 19 y Santofimio 15. El poder decisorio está en manos de 80 congresistas más que se mantienen como bloque independiente.

Si todo esto es así, ¿por qué Galán Samper, Santofimio y Turbay se empeñan en la tal consulta popular? Porque a cada uno le resuelve un problema personal. Galán tiene que volverla un punto de honor, porque es la única justificación que tiene ante sus tropas por haber entregado las armas. Sin este caballito de batalla, su rendición habría parecido vergonzosa. A Santofimio le pasa exactamente lo contrario. Como está decidido llegar hasta el final, pase lo que pase, necesita que le binden la consulta popular, para tener el pretexto que legitimice su disidencia. A Ernesto Samper, la fórmula le sirve como plataforma para proyectarse nacionalmente como un hombre de dimensión presidencial y dejar establecido, de una vez por todas, que no acepta sino uno de los dos primeros turnos en la fila india. Curiosamente, Durán, quien probablemente ganaría la consulta si fuera hoy, es el que se muestra más ambiguo frente a su conveniencia. De los tres viables, está de último en las encuestas, pero si a los 19 parlamentarios que hoy lo apoyan se suman unos 50 del grupo Michelángelo, el hombre es el candidato oficial. El problemita radica, paradójicamente, en que el grupo de cuyo apoyo depende su victoria en la consulta es anticonsulta.

¿Y Turbay qué? Hoy en día, dada la confusión que se ha creado, la consulta se ha convertido en un mecanismo útil para mantener viva la candidatura del ex presidente como única alternativa en la eventualidad de un caos. El, auténticamente, no quiere ser candidato, pero a los ex presidentes les gusta que les pidan que se "sacrifiquen", aunque sea para poder decir "no" al final y jugar papel determinante en la selección del candidato.

En términos generales, la consulta resuelve problemas personales, pero no los institucionales del partido. Se inventó para solucionarle un problema a Galán y se consolidó como plataforma de otras ambiciones personalistas. Lo paradójico de todo esto es que se diseñó para quitarle poder a la Convención y, después de tantas idas y venidas, como es seguro que nadie tendrá el 50% de la votación, la decisión acabará en manos de exactamente la misma Convención que se quería quitar de en medio. Y esta Convención estaría compuesta por las mismas personas que la integran hoy y no por las fuerzas nuevas que resultarán de la votación en la consulta popular.
Conclusión: en Colombia hay mucha gente que no cree hoy en las convenciones, pero casi todo el mundo cree en la consulta popular, sin entender bien las implicaciones que hay detrás de esto. El liberalismo, se quiere salir del atolladero, tendrá que buscar fórmulas intermedias que los dos bandos encuentren aceptables.-

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