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| 10/11/1993 12:00:00 AM

La cuestión palestina

Cuál es el origen del conflicto entre árabes e israelíes, en la descripción del periodista británico David Yallop.

EN MOMENTOS EN QUE ISRAEL Y LA ORGAnización para la liberación de Palestina(OLP) están firmando un histórico acuerdo de paz, en Colombia se anuncia el lanzamiento del libro "Hasta los conifines de la Tierra", de David Yallop, sobre el tenebroso mundo de Carlos "El Chacal". Por su indudable interés, SEMANA reproduce uno de sus capítulos, que describe el origen de ese conflicto.
"Uno de los resultados de la guerra de 1914-1918 fue el colapso del imperio otomano, que durante más de 400 años fue la potencia dominante en el Mediterráneo Oriental, gran parte de Africa del Norte y los Balcanes. Este colapso produjo las condiciones para la creación de naciones diversas en muchos territorios árabes. Tal oportunidad de cambio estuvo precedida, unos 40 años antes, por la aparición de dos ideologías que iban a convertirse en monstruosas versiones de una fuerza irresistible y un objetivo permanente: el sionismo y el nacionalismo árabe. Ambas aspiraban a dar expresión práctica a aspiraciones nacionales y religiosas hondamente sentidas por los pueblos judío y árabe. El movimiento judío esperaba lograrlo mediante el establecimiento de una patria judía en lo que era la tierra de los palestinos. El movimiento árabe esperaba crear una conciencia y un orgullo árabes para que sus pueblos se levantaran y se liberaran del dominio turco.
En 1878 se estableció en Palestina la primera colonia sionista, Petah Tikva, aI norte de Jaffa. En aquel momento había apenas 24 mil judíos en todo el país y cerca de medio millón de árabes palestinos.
Los árabes pidieron a las autoridades turcas que se opusieran a la inmigración sionista en masa y obtuvieron que se promulgara una gran diversidad de leyes restrictivas, pero la habilidad de los dirigentes sionistas les permitió seguir con su política de comprar tierras a precios muy por encima de los del mercado. De este modo, hombres como el millonario alemán barón Maurice de Hirsch y el millonario francés barón Edmond de Rothschid consiguieron, con gran diligencia, sortear las leyes. En 1914 la población judía de Palestina había llegado ya a las 80 mil personas.
Una de las alianzas forjadas durante la guerra europea fue la de Gran Bretaña y los árabes que querían liberarse del dominio otomano. Sharif Hussein, de La Meca, por ejemplo, al ponerse al lado de Gran Bretaña y de los aliados contra Constantinopla, esperaba conseguir la unidad e independencia de los árabes. Hussein llegó a un acuerdo con sir Henry McMahon, alto comisario británico en Egipto, acuerdo que a los ojos de los árabes aseguraba que sin importar lo que se acordara después de la contienda se reconocería la independencia de un Estado árabe unido que comprendería las provincias árabes del imperio otomano incluyendo a Palestina. Hussein y sus partidarios no sabían que en mayo de 1916 Gran Bretaña, Francia y Rusia habían llegado a un acuerdo secreto para que la mayor parte de Palestina se internacionalizara.
Si los árabes no se enteraron de esta perfidia, a los sionistas no les pasó por alto.
En menos de un año, después de la firma del acuerdo secreto, hicieron asombrosos avances en su intento de convertir sus sueños y planes en realidad. Se derivaron de otro acuerdo secreto, esta vez contenido en una carta de Arthur James Balfour, secretario de Estado británico para asuntos exteriores, al barón Lionel Walter de Rothschild, sionista británico. La carta se conoce com Declaración Balfour. El 2 de noviembre de 1917 se publicó con la aprobación de los gobiernos británico y americano. La parte crucial dice lo siguiente:
"El Gobierno de Su Majestad ve con favor el establecimienlo en Palestina de un Hogar Nacional para el pueblo judío, y hará sus mejores esfuerzos para facilitar la consecución de este objetivo, con el claro entendimiento de que nada se hará que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina o los derechos y posición política de que gocen los judíos en cualquier país".
La declaración contenía dos promesas: una a los sionistas y otra a los palestinos, claramente contradictorias entre sí. La respuesta a este lío puede hallarse al saber cuáles eran las intenciones del gobierno británico.
Simplemente no tenía la menor intención de cumplir su promesa a los palestinos. La política británica nunca ha sido claramente declarada, pero puede hallarse en un memorando que Balfour escribió el 11 de agosto de 1919:
"En Palestina ni siquiera nos proponemos seguir la forma de consultar los deseos de los actuales habitantes del país... Las cuatro grandes potencias están comprometidas con el sionismo. Y el sionismo, tenga o no razón, sea bueno o malo, está arraigado en tradiciones seculares, en necesidades actuales, en esperanzas futuras, de importancia mucho más honda que los deseos y prejuicios de los 700 mil árabes que ahoran habitan el antiguo territorio".
Cuando esto se escribió el imperio otomano se había hundido y toda Palestina estaba ocupada desde hacía 11 meses por las Fuerzas Aliadas bajo el mando del general Allenby.
Los sucesivos gobiernos británicos, aunque siguieron en público y en privado la línea de Balfour, también eran capaces de mostrar otros puntos le vista. Una carta de William Ormsby Gore, secretario de Estado para las Colonias, al primer ministro Neville Chamberlain, del 9 de enero de 1938, dice en parte:
"Los árabes son traicioneros y no son dignos de confianza; los judíos son codiciosos y, cuando se ven libres de persecución, agresivos... Estoy convencido de que se puede confiar tan poco en los árabes para gobernar a los judíos, como en los judíos para gobernar a los árabes".
En la semana siguiente, el 14 de enero de 1938, el jefe de asuntos orientales del Foreing Office, George William Rendel, escribía a Ormsby Gore y le decía: "... toda la información recibida por el Foreing Office muestra que los árabes preferirían infinitamente más permanecer indefinidamente bajo mandato británico que ver un Estado judío establecido en cualquier parte de Palestina". Las semillas del problema de Oriente Medio estaban ya bien plantadas e iban a producir amargos frutos.
Después de la persecución nazi de los años 30 y 40, el goteo de inmigrantes judios a Palestina se convirtió en una inundación. La sangre de seis millones de judíos asesinados por el Tercer Reich sirvió para fertilizar aquellas semillas hasta que florecieron plenamente. (...)
Los sionistas han conseguido su "Hogar Nacional para el pueblo judio en Palestina". Los árabes han conseguido la independencia en Irak, en Siria, en Yemen, en la Federación de Arabia Meridional, en muchos países, aunque sea muy discutible el grado real de independencia. Muchos han ganado mucho.
Los palestinos han perdido cada palmo de la tierra que fuera suya.
Ya en 1947 los britámcos no tenían la voluntad de tratar de resolver un problema que en gran medida habían creado ellos mismos. El mandato británico para controlar a Palestina había tenido por resultado una situación incontrolable. Remitieron el problema, para su solución, a las Naciones Unidas.
El resultado fue la creación de un Estado judío separado (Israel) mientras que el resto de Palestina se incorporó a lo que se conocía como Transjordania o, en el caso de la pequeña franja de Gaza, a Egipto. Palestina dejó de existir excepto en las cabezas y los corazones de los hombres. Una sucesión de guerras entre Israel y los árabes en 1948, 1956 y 1967 -cada una ganada por Israel- determinó que toda la tierra que antaño fuera palestina cayera bajo el control total y absoluto de Israel. En 1970 los 24 mil judíos de 1878 se habían transformado en cerca de tres millones. Bajo el control absoluto y total de Israel se hallaban un millón y medio de palestinos. Otro millón de palestinos había sido forzado a abandonar su patria. Matanzas como la de Deir Yassin condujeron al primer éxodo en masa en 1948. Un segundo éxodo tuvo lugar después de la guerra de 1967.
Pese a la propaganda, los palestinos que en 1970 todavía vivían en Israel, en la franja de Gaza y en la orilla occidental, no constituían una amenaza seria para las fuerzas ocupantes. Eran los palestinos y sus aliados lejos de su control absoluto lo que preocupaba a los sucesivos gobiernos israelíes.
Desde 1948 hasta su aplastante derrota en 1967, el mundo árabe no había podido decidir si la lucha para recobrar a Palestina debía tener o no precedencia respecto de los objetivos revolucionarios de sus respectivas ideologías nacionales. La guerra de 1967 aclaró dramáticamente su pensamiento colectivo. La recuperación, no ya de Palestina sino de los territorios nacionales perdidos en la guerra, se convirtió en el objetivo primordial de algunos países árabes. El interés propio es una motivación muy poderosa. Sin duda, el hecho de que cierto número de países árabes perdiera territorios importantes ha desempeñado un papel fundamental en esta nueva evaluación de los objetivos.
Egipto perdió toda la península del Sinaí con sus campos petrolíferos y la franja palestina de Gaza que había administrado desde la guerra de 1948.
El ejército israelí estableció defensas a lo largo de la orilla oriental del canal de Suez y luego destruyó con ataques artilleros y aéreos las refinerías petroleras de Suez y otras ciudades egipcias en la orilla occidental del canal.
Siria perdió los altos del Golan, en los que antes había construido su crucial sistema meridional de defensa. Las fuerzas israelíes solo se detuvieron en Kuneitra por la intervención de las superpotencias cuando ya se hallaban a 80 kilómetros, en terreno llano, de Damasco.
Jordania perdió la orilla occidental del río Jordán (o Cisjordania) y, cosa aún más devastadora para todo el mundo árabe, esta pérdida incluía la ciudad de Jerusalen, y, en consecuencia, su importante industria turística.
Jordania se vio obligada, además, a absorber a 350 mil refugiados palestinos de la orilla occidental.
La victoria israelí en todos los frentes produjo una desesperación y una desilusión completas entre los árabes, que habían confiado en que el armamento soviético adquirido por Siria y Egipto les aseguraba, cuando menos, que no perderían más territorio. Pero la abundancia de armas complejas, combinada con la incapacidad para usarlas, no lleva a la victoria.
Los vencidos estaban dispuestos a hacer importantes concesiones. Los vencedores ni por primera vez ni por última se mostraron incapaces de la menor magnanimidad en la victoria. Tras haber sido manipulados para que emprendieran una guerra que sabían que no podían ganar, el presidente Nasser de Egipto y el rey Hussein de Jordania demostraron luego que la falta de valor y decisión pueden perder una paz tan fácilmente como una guerra. A cambio de recobrar sus territorios perdidos, ambos estaban dispuestos a reconocer a Israel su derecho a existir en paz y a usar el canal de Suez y el estrecho de Tiran, y estaban dispuestos también a enterrar los derechos del pueblo palestino.
Sus esperanzas y aspiraciones particulares quedaron cubiertas en la resolución 242 de las Naciones Unidas con la afirmación de la necesidad de "alcanzar una solución justa del problema de los refugiados". Palestina y su pueblo habían sido reducidos a sólo cuatro palabras: "Problema de los refugiados". (...) -
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