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| 3/5/2001 12:00:00 AM

La cumbre

Qué diferencias hay para el país entre mantener la negociación política con las Farc y acabar definitivamente el proceso

La que paso ha sido quizas una de las semanas más tensas desde julio de 1998, cuando el entonces candidato presidencial Andrés Pastrana se reunió con Manuel Marulanda, jefe de las Farc, en las montañas de Colombia. En ese sorprendente y audaz acto de campaña se engendró el proceso de paz. Y ahora, más de dos años después, en otro juego de audacia para salvarlo se puede morir. Con el proceso de paz congelado, desprestigiado y al borde del colapso el Presidente resolvió acudir a la química personal entre él y el comandante Marulanda para a ver si entre los dos pueden inyectarle nuevos bríos a las negociaciones. La cita histórica está prevista para este jueves 8 de febrero en la zona de distensión. El país está en vilo esperando la añorada cumbre, mientras las presiones para que se reactiven las negociaciones crecen como espuma desde todos los sectores.

En menos de una semana se pronunciaron a favor del proceso el nuevo secretario de Estado de Estados Unidos Colin Powell, la Unión Europea —en una inusual rueda de prensa conjunta de 15 de sus embajadores en Bogotá—y hasta el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, dijo que “el conflicto en Colombia no puede ser resuelto militarmente sino únicamente a través de la negociación y la búsqueda de la paz”.

Casi al mismo tiempo en que la comunidad internacional presionaba la continuación del despeje y el diálogo, las relaciones entre el gobierno con el estamento militar se tornaron ásperas. Ni el canje de policías y soldados por guerrilleros no enfermos es admisible para las Fuerzas Militares, ni tampoco lo es una zona de distensión indefinida. Estos argumentos no son fáciles de desestimar para el máximo responsable de la seguridad del Estado y, quizá por eso, le pesan a la hora de tomar decisiones.

Por otra parte, en las áreas aledañas a la zona de despeje los rumores han sido intensos. Se dice que el cerco militar es palpable y tan elocuente que muchos guerrilleros están abandonando las cabeceras municipales de Vista Hermosa, La Macarena, Mesetas y Uribe hacia el monte.

“El cerco a la zona demuestra que quieren romper el diálogo”, dice una agencia alternativa que les dijeron los guerrilleros a los pobladores de esos cuatro municipios del Meta que forman parte del despeje.

El ministro de Defensa, Luis Fernando Ramírez, sostiene que las versiones de un “férreo cerco” militar y de “hostigamientos” a los pobladores que salen de la zona no son ciertas. Confirmó, en cambio, que cuentan con informes que sostienen que los guerrilleros se están yendo de San Vicente hacia la Sierra de La Macarena. “Están diversificando su riesgo, dice Ramírez, porque de todos modos siguen manteniendo una presencia considerable en la zona”.



La salida

Bajo este panorama de presiones contradictorias el presidente Pastrana llegó al Consejo de Ministros, el martes 30 de enero, 36 horas antes de que se venciera la vigencia legal de la zona de distensión. Allí afloraron tres posiciones. Estaban los que creían que se debía prorrogar sin condiciones, como el ministro de Trabajo, Angelino Garzón, porque consideraban que la opinión pública ya estaba madura para esta decisión.

De otro lado estaba la facción minoritaria, que opinaba que el gobierno no podía seguir dándoles concesiones unilaterales a las Farc y que había que asumir el riesgo de romper el proceso de paz. Y, la tercera tesis, liderada por el ministro del Interior, Humberto de la Calle, que finalmente triunfó, buscaba una prórroga limitada en la que se pudieran discutir los temas que proponía el gobierno. El presidente Pastrana, que para sorpresa de los presentes fue particularmente duro en la reunión, le cogió la caña a De la Calle y, luego de una discusión técnica sobre el tiempo de la prórroga, decidió mandarles la pelota al campo de las Farc: la invitación a reunirse con Marulanda en los siguientes cuatro días.

“Es una apuesta muy brava y arriesgada, pero para bien porque deja claro que la intención del gobierno no es romper”, dice el representante a la Cámara Antonio Navarro, miembro del Frente Común por la Paz y contra la Violencia. “Lo atractivo de la propuesta es que esta vez sí es en serio: o saca el proceso del atolladero o se acaba”.

Con el suficiente respaldo político, nacional e internacional, Pastrana lanzó su propuesta en una alocución matutina por televisión el pasado miércoles 31 de enero: “Este país exige de usted y de mí sinceridad frente al proceso de paz”, le dijo a Marulanda cuando lo invitó a reunirse para saber “de una vez por todas si vamos a continuar el proceso de paz que usted y yo iniciamos”.

Marulanda, entendiendo que se trataba de un ultimátum sin reconocerlo —como lo tituló la prensa internacional— se tomó su tiempo para contestarle al Presidente. Puso a sufrir al gobierno y al país unos días, pero después, el viernes pasado, le contestó, a través de una carta leída por Alfonso Cano a los periodistas en San Vicente del Caguán: sí, la reunión se podría concretar pero, por razones logísticas, sólo unos días después, el 8 de febrero.



El sol a las espaldas

El presidente Pastrana que llegará a la cita con Marulanda el próximo jueves no es el mismo de hace dos años y medio. Ya ha pasado la mitad de su gobierno y tiene el desgaste natural de un presidente en su tercer año. Pero, además, puso todas las fichas de su gobierno en el número de la paz y, si pierde, no sólo puede salir sin cinco sino con muy poco que mostrar. Con un ingrediente adicional: los dos años de discusiones estériles sobre formalismos de la zona le han dejado a la opinión pública un amargo sabor a concesiones unilaterales del gobierno a la guerrilla. Que no es del todo cierto, pues en cuestiones de fondo —como poder político o transformaciones económicas— no ha habido ningún compromiso por parte del gobierno.

En este sentido ni el gobierno ni la guerrilla han sabido venderle a la opinión la idea de que la zona de distensión es un importante escenario para que las Farc pasen del lenguaje de las armas al de la política. Para el ex dirigente guerrillero del Fmln salvadoreño Joaquín Villalobos, con una guerrilla como las Farc, con tanto desequilibrio entre su poder militar y su poder intelectual, la única manera de que vislumbren que se puede acceder al poder sin el fusil es que expongan sus tesis, tengan interlocución con los medios, se comprometan con ideas, expliquen sus comportamientos y se sensibilicen a la crítica por su cruenta manera de hacer la guerra.

Pastrana acudirá entonces a la cita con el sol a las espaldas, una muy baja popularidad y mucha resistencia dentro de los militares a continuar un proceso que perciben como un camino de concesiones unilaterales a la guerrilla. Pero, al mismo tiempo, llega con un mayor respaldo del establecimiento ya que ha logrado congregar alrededor de la paz a la Iglesia, los partidos políticos, los gremios, los medios, los sindicatos, los movimientos sociales y la comunidad internacional.



¿Y Marulanda?

Marulanda tampoco será el mismo. También enfrenta en sus filas la línea de los ‘halcones’, que limitan su capacidad de negociación. Pero además el vertiginoso crecimiento de las Farc les ha hecho perder unidad de mando y el poder corruptor ha llevado a varios de sus miembros a obedecer más a los encantos del dinero fácil que a las doctrinas revolucionarias.

Declaraciones como las del guerrillero ‘Cristian’, que el martes pasado secuestró un avión para huir de las Farc, son cada vez más frecuentes y desdibujan la imagen de rebeldes idealistas que con tanto esmero han venido construyendo las Farc en Europa y en América Latina durante la última década (ver recuadro). Revelan la falta de control del secretariado de las Farc hechos como el cruel asesinato de Diego Turbay Cote, su madre y cinco acompañantes a las afueras de la zona de distensión, en el que pudieron estar involucrados hombres del frente 14 de las Farc, actuando por cuenta propia o para terceros.

Las Farc están en un dilema: no pueden alinear a esos miembros ‘descarriados’ porque —parafraseando al presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt cuando se refirió al primer dictador Somoza— serán unos bandidos, pero son sus bandidos, y los necesitan en la guerra. Pero tampoco pueden desconocer el enfático rechazo de la comunidad internacional ante los actos de barbarie que protagonizan. Y de ahí que el llamado de la Unión Europea y de las Naciones Unidas a que continúen el diálogo, también es una presión efectiva para que las Farc se queden en el proceso.

Marulanda llega también con una contradicción exacerbada. Por un lado la necesidad histórica de cosechar en poder político el poderío militar acumulado hasta hora (que para muchos está en su cenit, y lo que viene es de bajada). El comandante de las Farc debe estar pensado que luego de 37 años año de lucha armada puede morirse como su par del ELN, el cura Manuel Pérez, sin ningún logro revolucionario tangible. Por el otro, tiene la desconfianza atávica de quien percibe haber sido varias veces traicionado por los representantes del Estado. Desde su punto de vista, el terror paramilitar y el Plan Colombia no pueden estar augurando voluntad de paz por parte del gobierno Pastrana a pesar de su retórica.



Las agendas

Marulanda y Pastrana, en su calidad de líderes políticos, llegarán menos libres y desprevenidos a la cita de esta semana que a la de julio de 1998. No obstante, por el tenor de los últimos mensajes que cruzaron, sigue habiendo cierta empatía y respeto personal. Esa es una ventaja.

Pero además sus agendas, las que han esbozado recientemente en cartas y discursos, son bastante difíciles de compaginar (ver recuadros).

En la carta del alto comisionado, Camilo Gómez, el gobierno hace énfasis en lo que el establecimiento quiere de las Farc en la guerra: no secuestrar, no poner minas quiebrapatas, no usar cilindros de gas, etc. Incluye además cierto acompañamiento internacional, sustitución de cultivos ilícitos e intercambio humanitario. En estos últimos tres puntos hay cierta coincidencia con las Farc, pero con mucha tela que cortar, pues en cada uno sólo el nombre es parecido y los contenidos bien diferentes.

En esa carta de Gómez no hay una propuesta de fondo —como no la ha habido en todo el proceso— sobre cambio económico o social.

Sin embargo en la alocución del Presidente invitando a Marulanda a la reunión sí se esboza una propuesta que por lo menos contendría dos puntos de fondo: “Compartir responsabilidades” en el Estado y “un modelo agrario, audaz e igualitario”.

Del lado de las Farc, Marulanda insiste en tres puntos, los mismos que ha mantenido desde el inicio del diálogo: control al paramilitarismo, Plan Colombia e intercambio humanitario. Tres huesos muy difíciles de roer para el gobierno.

“El fenómeno paramilitar no es más que el programa de las Fuerzas Armadas para llevar a cabo el trabajo sucio, dijo el martes pasado el guerrillero de las Farc Marcos Calarcá en una entrevista en México. Y cada vez se hacen más maniobras para legitimarlos como una fuerza política”.

Esta es la visión monolítica de las Farc en este tema. Pero es una visión simplista, pues la fuerza política propia de Carlos Castaño y sus hombres es ya una realidad innegable en buena parte del norte del país. También desconoce el esfuerzo que recientemente ha hecho el Estado colombiano por perseguir y deslegitimar a paras y sus financiadores (sin perjuicio a que aún existan nexos entre militares y paras en algunas regiones).

Si de puertas para adentro las Farc saben esto, ¿qué es lo que piden del gobierno? ¿Qué quiere decir con “definir una política contra el paramilitarismo”? ¿Acabarlo de la noche a la mañana? Iluso, por decir lo menos. ¿Que el gobierno deje de llamarlos ‘autodefensas’, como invariablemente lo ha hecho en sus comunicaciones oficiales, y reconocer que aún hay muchos vínculos que cortar entre paras y Estado? ¿Será sólo una estrategia para sacarle concesiones al gobierno en puntos tan importantes como el secuestro? Quizás esto será lo que tendrá que dilucidar Pastrana en su encuentro con Marulanda porque sin un acercamiento en este punto la posibilidad de que Marulanda descongele la negociación es remota.

El segundo punto de las Farc no es menos enredado. Cuando Marulanda se refirió en abstracto al ‘Plan Colombia’ el viernes pasado quería decir entre líneas dos cosas: replantear la llegada de los helicópteros gringos y la fumigación aérea. Dos elementos neurálgicos del acuerdo del gobierno colombiano con Estados Unidos para combatir el narcotráfico y de paso quitarle financiación a la guerra, muy difíciles para Pastrana de cambiar a estas alturas. Y la posibilidad de la erradicación manual, sin duda más ecológica y social, tiene el problema de que tardaría varios años más y sería más costosa.

Sobre el tercer punto de Marulanda, el intercambio humanitario, las partes ya han discutido mucho y hay acercamientos. No obstante aún falta saber cómo puede el gobierno evitar que este acuerdo para liberar enfermos de ambos lados (guerrilleros presos por un lado, y policías y soldados secuestrados por el otro) no termine en una liberación de mandos medios clave para las Farc.

“Si se supone que cada decisión en la mesa de negociación es para acercarse a la paz, el canje sería absolutamente contradictorio pues sólo incrementa la guerra”, dice un observador del proceso. En efecto, como lo han apuntado los analistas militares, si hay canje las Farc reciben más de medio centenar de cuadros directivos que necesita urgente para tener mayor control sobre una guerrilla que cada vez tiene más jovencitos inexpertos recién reclutados; pero, además, el canje aumentaría el secuestro de soldados y policías por parte de la guerrilla al saber que los pueden intercambiar por sus combatientes presos, precipitaría una guerra sucia pues es mejor matar a un prisionero que devolvérselo al enemigo, y desmoralizaría a la tropa ya que ante un combate difícil los soldados preferirían entregarse porque saben que pueden ser posteriormente canjeados por guerrilleros

El gobierno está consciente de estas consecuencias y por eso ha insistido vehementemente en que si hay intercambio sería sólo por una vez. Los militares, no obstante, ven que se podría abrir una caja de Pandora que los perjudicaría en la lucha antiinsurgente. Pero al ver que este tema es más fácil que los dos anteriores es muy probable que el gobierno se invente una maroma jurídica o política a la colombiana para que el intercambio humanitario no sea interpretado como el banderazo de un canje permanente.



El estancamiento

El encuentro entre el Presidente y el jefe de las Farc es más complicado. Y nadie pretende que lleguen a acuerdos finales sobre nada. Pero al menos Pastrana tiene el desafío de lograr que por primera vez se acuerde incluir uno de los puntos de la agenda del gobierno. Y de eso precisamente se trata la famosa ‘descongelación’ de la mesa.

Con la congelación de la negociación las Farc se las ingeniaron para que se frenara la discusión de la agenda que habían acordado las dos partes (por larga es poco práctica que fuera) y se avanzara solamente en su propia agenda, aquella que estratégicamente siempre dejaron por fuera de la mesa de la negociación: canje, paramilitarismo y sustitución de cultivos (Plan Colombia). Los negociadores del gobierno apoyaron con entusiasmo esta estrategia. No se sabe si por ingenuidad o porque tampoco querían discutir el fondo del proceso de paz.

La cumbre del 8 tiene que servir para superar las dos agendas paralelas. Para no caer en el mismo círculo vicioso en que han caído todas las energías en favor de la paz: que prorrogo si descogelan, que descongelo si prorroga, que prorrogo para que algún día descongelen, y así.

Sin embargo Pastrana y Marulanda pueden dar un salto cualitativo en el proceso y acordar una sola agenda práctica y posible que marque el inicio de una negociación de verdad. Si ese es el legado de Pastrana, su audacia de haberle apostado su gobierno entero a la paz habrá valido la pena.
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