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| 10/14/2006 12:00:00 AM

La delgada línea roja

El 'lobby' en Colombia crece cada día más. ¿Dónde termina la defensa de un interés legítimo y dónde comienza la compra de conciencias?

-Sí, sí, Senador, quiero hablarle de un temita. ¿Por qué no me acepta una invitación a almorzar y ahí hablamos?

- Perfecto, allá llego. Voy con uno de mis asesores.

El anterior congresista va a ser objeto de una operación de lobby, o cabildeo. En pocas horas tendrá sobre su escritorio docenas de documentos con lujo de detalles sobre la situación del sector que le interesa a su anfitrión, el impacto social de su actividad, las cifras que mueve en la economía nacional, los empleos que genera, el modo como podría crecer el mercado de ser aprobado en el Congreso un articulito que...

- Muy interesante. Salúdame al doctor. Dile que un día me gustaría conocer las instalaciones en Estados Unidos. Y cuadre con mi asesor para que concreten el tema.

- Claro, senador, muchas gracias.

El congresista ya está enganchado y la posibilidad del viaje no le disgusta. Su asesor se reunirá con el lobbista y entre los dos redactarán el texto que el senador radicará como proyecto de ley o como adición a una norma ya existente. Si el lobby ha sido exitoso, la empresa queda contenta, el senador también y el lobbista puede cobrar por una victoria que se traduce en una ley.

Muchos colombianos han oído hablar del lobby sólo como el sitio de entrada a un hotel. Pero existe este otro lobby que palpita en las más altas esferas de la política. Se trata de una actividad que consiste en gestionar apoyos, mover influencias o defender un interés determinado en el Congreso o el gobierno. El lobby es un motor que, a partir de intereses particulares, logra que ciertas iniciativas cobren vigencia y se posicionen en la agenda legislativa, y otras sean abandonadas. Se hace, se ha hecho y se hará por siempre. No es ilegal, pero hablar de él no es cómodo ni para los que lo ejercen ni para los que lo contratan y mucho menos para los que lo reciben. Es una zona indefinida, una actividad no reglamentada que no siempre es un jardín de rosas.

Una cosa es el lobby técnico, que es el que busca hacer conocer los intereses de un sector con informes y cifras, y otra muy distinta la que ejercen personas que ofrecen prebendas a cambio de favores. Hay un ejército de profesionales que como peces en el agua recorren los corredores del Congreso y que, por ejemplo en estos tiempos de reforma tributaria, son vistos más que nunca.

Un tema que tiene en acción a los lobbistas son las exenciones tributarias que benefician a varios sectores. Para evitar que la norma los afecte, los lobbistas de Bavaria, Javier Hoyos, y la Andi, Alberto Echavarría, están moviendo cielo y tierra. También los vendedores de automóviles, los joyeros y los gremios agrícolas han citado a infinidad de reuniones a congresistas de todos los partidos.

En esta carrera de impuestos que van y vienen, ya la Anif se apuntó un lobby exitoso. La Asociación Nacional de Entidades Financieras consiguió que el propio presidente Uribe defendiera la supresión del impuesto del 4 por mil. "Todos quieren cambiar o meter su articulito, y eso va a afectar que esta reforma sea estructural y organice la colcha de retazos de nuestro sistema tributario", dice el senador liberal Camilo Sánchez.

Otra iniciativa que tiene activadas las antenas de muchos lobbistas es la Ley 100. Todas las empresas de salud y los sectores involucrados están metiéndole la mano. Actualmente están en curso 13 proyectos sobre el tema y en todos se pone en juego el futuro de los fondos privados de pensiones, las EPS y las ARS.

Saludcoop que, según la senadora Gloría Inés Ramírez, "monopoliza el 70 por ciento del mercado de la salud", se desliza silenciosa y efectivamente entre las curules susurrándoles a los congresistas para evitar que aprueben una reforma que los afecte. Y ablandan a los padres de la patria con informes donde afirman que son una "empresa sin ánimo de lucro". Muchos congresistas están indignados con estas estrategias que califican de "engañosas".

Cómo son los lobbistas

Por lo general tienen bajo perfil y no persiguen figurar. Su trabajo es estratégico y cada movimiento tiene un significado. Cuentan con normas de comportamiento que no son explícitas, pero que se convierten en un lenguaje que entienden los legisladores. Ahí están, a la hora de los pupitrazos, con papelitos en mano para que lleguen en el momento preciso a manos de los congresistas.

Son expertos en relaciones públicas, saben en qué anda cada una de las leyes en trámite y a quién y cuándo llamar. Tienen línea directa con secretarios de comisiones, los presidentes de las Cámaras y funcionarios del Ejecutivo.

Los lobbistas profesionales por lo general están refugiados en exitosas oficinas de abogados que tienen contratos con las multinacionales. O en ocasiones son directores jurídicos de las empresas. Es común que los interesados busquen como lobbistas a muchos políticos retirados, ex ministros, ex congresistas o ex dirigentes gremiales que tienen un valor agregado difícil de cuantificar, pues conocen los temas y las personas. También las ONG son expertas en lobby y contratan personas sólo para esta tarea. (ver lista de Lobbistas profesionales)

Los lobbistas profesionales ganan buen dinero, ya sea porque cuentan con un sueldo mensual alto o porque su contrato tiene estipulado un fee de éxito. Es decir, un porcentaje sobre las ganancias que represente su labor.

Los expertos afirman que el lobby más efectivo en el Congreso se hace con los parlamentarios menos conocidos. Los protagonistas de los grandes temas de la agenda nacional por lo general no se detienen en estos asuntos.

Los congresistas no saben qué hacer con tanta invitación en sus escritorios. Los señuelos que ponen los lobbistas son elegantes desayunos de trabajo, almuerzos en restaurantes como la Fragata y Pajares Salinas; viajes y rumbas en Andrés Carne de Res. Esto es lo que se hace por encima de la mesa. Pero sus secretarias se aterran de la cantidad de llamadas anónimas que reciben a diario en las que ofrecen "una atencioncita para el doctor", que rechazan por temor de que se trate de algo oscuro. Y es que hay un límite sutil entre el lobby legítimo y el ilegal. ¿Cuándo se está defendiendo un interés de manera legítima y cuándo es una compra de conciencia? ¿En qué momento se cruza la raya?

Según los expertos, la compra de conciencia empieza cuando ya no sólo se intercambian argumentos y posiciones. "Una cosa es que yo invite a unos representantes a almorzar a un restaurante elegante. Y otra muy distinta es que les tenga el avión de la compañía esperándolos en el aeropuerto para que lleguen a sus diferentes regiones. Eso no es 'lobby', es un delito", afirma un profesional del cabildeo que prefirió mantener oculta su identidad.

Es aquí donde aparece la necesidad de reglamentar esta actividad, pues el lobby tiene lugar en un mundo subterráneo y sin reglas, donde todos los protagonistas tratan de mantener el bajo perfil y la confidencialidad de sus clientes. Por ejemplo, en ninguna parte está establecido hasta qué punto son legales las atenciones y hasta dónde está bien que el parlamentario acepte. Las empresas multinacionales tienen más controles internos para estas tareas, pero las empresas nacionales no tanto.

En esta situación de tinieblas, el senador Germán Vargas Lleras ha presentado siete veces un proyecto de ley para "elevar la actividad del 'lobby' a una práctica comercial, suscrita entre la firma del cabildeo y el cliente" y establecer procedimientos específicos para que se dé esta relación. Pero siempre ha fracasado.

Este proyecto de reglamentación obliga a los lobbistas a profesionalizarse y agruparse en sociedades con todas las de la ley. Además, busca la transparencia al establecer que los lobbistas deben aparecer en un registro público donde quede explícito a quiénes representan y cuándo y por qué se han reunido con los congresistas. Los intermediarios deben además rendir cuentas sobre sus estados contables, para hacerle seguimiento a cualquier acto de corrupción.

Esta iniciativa también establece fuertes sanciones para quienes no cumplan con los procedimientos, que van desde que estén utilizando efectivo o prebendas para sus acuerdos, o se dediquen al tráfico de favores.

Sin embargo, el proyecto no ha sido aprobado por tres razones. Hay ciertas agencias que no lo apoyan por la excesiva tramitología que impone, pues afirman que en cambio de organizar la actividad, aumenta sus recovecos y crea espacios para la corrupción.

Para Javier Hoyos, lobbista de Bavaria, el otro gran problema del proyecto es que "desnaturalizaría la relación entre el ciudadano y el Congreso, porque impone que no se puede acceder a los congresistas si no es a través de una agencia de 'lobby'. Eso rompe todas las reglas de la democracia".

Otro elemento del proyecto que genera controversia es quién sería el encargado de llevar el registro de los lobbistas. Pocos congresistas están de acuerdo en que sea el Ministerio del Interior y otros se rehúsan a que sean secretarias del Congreso.

Lo que sí es un hecho es que es urgente reglamentar, o por lo menos divulgar, quiénes se dedican a hacer lobby y cómo lo hacen. Pues aunque cualquier sector tiene derecho de contratar intermediarios que defiendan sus intereses en el Legislativo, esto se debe hacer por encima de la mesa. Los lobbistas deben ser visibles y mostrar a quiénes representan, pero los congresistas también deben salir del clóset y aceptar por cuáles sectores fueron elegidos. Esto facilitaría que los ciudadanos y los organismos de control vigilen la forma como se toman las decisiones que afectarán su vida.
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