Martes, 21 de febrero de 2017

| 1996/01/08 00:00

LA ECONOMIA Y EL 8.000

Aunque los índices económicos se han visto alterados por los acontecimientos políticos, el mayor problema está en el temor generalizado.

LA ECONOMIA Y EL 8.000

UNA DE LAS FRASES MAS Citadas en Colombia es esa que dice que el país va mal, pero la economía bien. Y aunque esa afirmación puede ser corroborada con base en las cifras disponibles en 1995, existen indicios de que varias luces de alarma se han encendido por la crisis política. Dicho de otra manera, la economía comenzaría a pagar los eventuales costos de la incertidumbre en los meses por venir debido a que la gasolina que había en el tanque del país alcanzó sólo para cruzar la meta este año.
Primero las buenas noticias. Hace pocas semanas el Departamento Nacional de Planeación afirmó que el crecimiento de la producción global durante los primeros meses del año se situó en 5,5 por ciento, cifra satisfactoria para los conocedores y similar a la registrada en 1994. Según Planeación, el primer trimestre del año fue muy bueno, el segundo apenas regular y en el tercero hubo un repunte. Las causas de esa situación habrían sido, en el lado positivo, la buena cosecha cafetera, el comportamiento del gasto público y el repunte de la producción petrolera, entre otros factores.
En otros frentes hay también buenas nuevas. La inflación puede ser inferior al 20 por ciento en 1995, así no se cumpla la meta del Pacto Social. La inversión extranjera sigue llegando y Colombia, a pesar de la crisis mexicana, cuenta con la confianza de los mercados financieros internacionales. Además, las exportaciones han crecido más que las importaciones por primera vez en los últimos años por la recuperación de la tasa de cambio. Hasta ahí todo se ve muy bien. Sin embargo, los escépticos señalan con preocupación las luces rojas que hay en el tablero de control de la economía. El primer grupo está compuesto por aquellos indicadores asociados al clima de confianza. El ejemplo más notorio es el del dólar que a lo largo del segundo semestre ha sido objeto de especulaciones, derivadas de los hechos políticos. El aumento en la tasa de devaluación fue evidente después del arresto de Santiago Medina y de noticias sucesivas del mismo tenor. Aunque en septiembre el Banco de la República logró infundirle confianza al mercado al afirmar que tenía la voluntad y los recursos para defender la estabilidad cambiaria, eso no impidió que el dólar llegara a los 1.000 pesos. Y a pesar de que en los últimos días la divisa ha estado por debajo de ese nivel, lo cierto es que la devaluación del peso superó la meta del Banco de la República y los cálculos oficiales más ambiciosos con respecto al tema.
El mercado bursátil también ha reflejado los temores sobre el futuro de la economía. El índice de la Bolsa de Bogotá que superó los mil puntos en enero de 1995 ronda ahora los 675 puntos, caída que no se compara con los balances de las principales empresas. Los grandes compradores del pasado, los fondos extranjeros, prefirieron desde agosto quedarse quietos y el volumen de transacciones de estos títulos se ha reducido en más de la mitad. A pesar de que los analistas sugieren que en materia de acciones empieza a haber oportunidades interesantes, la compra está condicionada por la coyuntura política.
Un elemento adicional cuyos efectos prácticos todavía están por verse es el de las expectativas del sector privado. La encuesta de opinión que realiza Fedesarrollo muestra los peores resultados de la década, apenas comparables a los peores meses de 1989, cuando la guerra abierta contra el cartel de Medellín. Eso, a primera vista, podría no tener mayores efectos, si no fuera porque las decisiones de inversión se ven afectadas por la interpretación de los empresarios. "Cerca de un tercio de los proyectos de inversión industrial se han pospuesto o cancelado debido a la incertidumbre política y económica", sostiene Fedesarrollo. Esa actitud es un campanazo de alerta serio sobre el futuro y abre un gran signo de interrogación sobre el crecimiento del mañana. Puesto de otra manera, si la industria no compra maquinaria ahora es difícil que la producción aumente en unos años. Hecho que contrasta con los altos niveles de inversión de 1993 y 1994.
Para colmo de males otras circunstancias tampoco ayudan. Las altas tasas de interés y las restricciones al crédito han afectado el comportamiento de la demanda y varios sectores se han sentido. Así le ha ocurrido a la construcción de vivienda que vive una destorcida después de más de tres años de vacas gordas. Las cifras manufactureras tampoco son las mejores. Según el Dane, el crecimiento industrial de agosto es inferior al alcanzado durante el mismo mes de 1994, con lo cual se confirma una tendencia declinante en el sector real. Anif sostiene que, de hecho, la producción industrial entre junio y agosto cayó 1,6 por ciento y que 23 de 29 subsectores experimentaron una contracción. Las cifras de empleo de septiembre también mostraron un retroceso y revelan tropiezos en el cumplimiento de la promesa de Ernesto Samper de generar 1,5 millones de nuevos trabajos .
Y aunque nadie cree que la economía se vaya a descolgar, diversos expertos sostienen que es factible una recesión a la colombiana: de un crecimiento superior al 5 por ciento podría pasar a uno inferior al 3 por ciento. El alto nivel del gasto público y el crecimiento de la producción Petrolera en Cusiana ayudarían a mantener la economía a media marcha.
Aunque problemas de desaceleración como ese ocurren en cualquier país del mundo, lo crítico en este caso es la interpretación que reciba lo sucedido. Más allá de la actitud del Banco de la República o de los temores surgidos por la reforma tributaria, muchos empresarios culpan a la crisis política. Esta situación genera un círculo vicioso en el cual el gobierno acaba siendo el culpable, aun por eventos que se escapan a su control.
Semejante circunstancia hace que la relación entre la evolución de la economía y el proceso 8.000 acabe teniendo parte de realidad, pero sobre todo mucho de percepciones. No obstante, en la medida en que las impresiones negativas subsistan, las cifras podrían empezar a deteriorarse de verdad. Y este elemento sería grave para un gobierno que, a pesar de su pérdida de maniobra en el campo político, todavía aspira a que las cifras económicas le sirvan para convencer a la población de que la presente administración es, pese a todos los obstáculos, la del tiempo de la gente.

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