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| 1/17/1994 12:00:00 AM

LA EXHUMACION DEL PALACIO

Una periodista colombo-irlandesa revive la tragedia del Palacio de Justicia en un libro con muy buenas críticas en Estados Unidos.

AMALIA MANTILLA HABIA logrado entrar al Palacio de Justicia un día después de la tragedia para buscar el cadáver de su esposo. Cuando llegó a las ruinas de lo que se pensaba era la oficina del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alfonso Reyes Echandía, quedó aterrorizada con la imagen de varios cuerpos de magistrados, consejeros y empleados del Palacio que habían caído en fila como si la muerte, recuerda Amalia, los hubiera sorprendido a todos en el mismo instante.
Soldados y funcionarios vestidos de civil iban de un lado a otro por entre los cadáveres. Un lapicero de oro que llevaba en el bolsillo y un carné de profesor que se salvó milagrosamente de las llamas, ayudaron a identificar el cuerpo del magistrado Reyes Echandía, que su familia reclamaba con desesperación al Gobierno.
Después de que los restos de Reyes Echandía fueron separados de los demás cadáveres, un hombre vestido de civil se acercó con una pequeña jarra en su mano y, tras vaciarla sobre el cuerpo del presidente, le prendió fuego. "Lo vi-dijo Mantilla-. No exagero. El suelo se prendió y el cuerpo del presidente quedó envuelto en llamas".
Durante cinco años, Mantilla guardó en secreto la macabra escena hasta que un día se la contó a una periodista con pinta de extranjera que llevaba varios años investigando la tragedia del Palacio.
El episodio, hasta ahora inédito pasó a ser una de las evidencias que la periodista colombo-irlandesa Ana Carrigan cita en un libro de reciente publicación en Estados Unidos para mostrar la forma torpe como el Ejército colombiano se empeñó en ocultar los rastros de su responsabilidad en una tragedia que cambió la historia del país.
Los militares no querían que se supiera que Reyes Echandía había sido víctima de las balas del Ejército, tal y como lo establecerían después los análisis balísticos.
La sorprendente investigación de Carrigan es un trabajo literalmente de exhumación. Después de que el lodo de Armero y la amnesia de los colombianos sepultaron la tragedia del Palacio, la periodista se dedicó a excavar en áreas donde los investigadores oficiales no habían llegado. Lo que encontró es, probablemente, la historia definitiva del Palacio de Justicia.
Para los estudiosos de América Latina en Estados Unidos, esta contundente historia se convertirá en la única versión completa y de primera mano de los acontecimientos del noviembre negro de 1985 en la plaza central de Bogotá, cuando el país se quedó sin justicia, perdió a sus mejores juristas y vio arder su memoria legal de más de 100 años.
BUENA CRITICA
El libro ha recibido muy buenas críticas en los periódicos The New York Times y Washlngton Post, y algunos expertos colombianos consideran que, si no es traducido, los estadounidenses podrían quedar mejor informados que los colombianos.
Según Carrigan, la gran prensa les vendió a los colombianos y a los estadounidenses una versión oficial fragmentaria y falsa de héroes militares que salvaron la democracia que había sido puesta en peligro por un grupo de subversivos al servicio de los carteles de la droga.
La vinculación del factor narco fue el primer salvoconducto, según Carrigan, para transformar el espectáculo de la violencia en el problema de la droga que es una especie de chivo expiatorio nacional. Asombrosamente, seis años más tarde, conforme a la autora, nadie en este país, ni siquiera la comisión investigadora creada por el presidente Betancur, tiene una sola prueba de la participación de la mafia.
Aunque "El Palacio de Justicia: una tragedia colombiana" es un libro hecho para estadounidenses, Carrigan no sucumbe a la tentación de los estereotipos que muestran a los militares como los únicos responsables de las tragedias suramericanas. Los jefes guerrilleros del M-l9 que se tomaron el Palacio aparecen en la exhaustiva cronología como unos machotes suicidas, más interesados en demostrar su inútil valentía que en proteger la vida de los rehenes.
"Somos machos, mija", le dijo el jefe de la operación del M-19, Andrés Almarales, a una secretaria que le rogaba que saliera de su último refugio del Palacio. "Sólo tenemos una vida y nos quedaremos aquí a morir como machos".
A lo largo de las 303 páginas del libro, Belisario Betancur es sólo la sombra de un Presidente, a veces pusilánime y otras mentiroso, que trata de obtener el respaldo de figuras políticas del país en acciones que ya había tomado el Ejército sin ni siquiera consultárselas a él.
Salvo el ministro de Justicia, Enrique Parejo González, los miembros del gabinete de entonces son personajes pintados en la pared y forzados a la triste misión de seguir los acontecimientos por radio debido a que los altos mandos del Ejército, a cargo de la operación, no informaban o informaban a medias, o, cuando informaban, no decían toda la verdad o simplemente mentian.
Lo que pasó en el Palacio de Justicia, según la autora, no fue nada más que una repetición exacta de lo que ha ocurrido en las ciudades y los pueblos de Colombia desde los años 50. "El Palacio de Justicia, con su Operación Rastrillo y su Operación Limpieza, con las desapariciones, las ejecuciones extrajudiciales, las torturas, llevó la guerra sucia al centro de Bogotó. No hubo nada nuevo para el Ejército . . . Nada nuevo para las guerrillas. Y nada nuevo para el gobierno ", dice.
¡AY, QUE HORROR!
Aunque casi todos los hallazgos de Carrigan están regados en los libros publicados en Colombia sobre la tragedia, el mérito de este es haberlos puesto todos juntos, a partir de un trabajo periodístico que utiliza las investigaciones oficiales sólo para reforzar lo que la reportera obtuvo directamente.
"Si este libro se hubiera publicado hace tres años, hubiera sido una bomba -dijo a SEMANA Ramon Jimeno, autor de "Noches de Humo", una crónica de la toma del Palacio de Justicia basada en gran parte en las investigaciones oficiales-. Es un importante aporte de reportería, pues ella hizo su propia investigacion".
Carrigan, hija de padre irlandés y madre eolombiana, llegó a Colombia a los 12 años de edad y, pese a que la mitad de su vida la ha pasado en el extranjero, su libro revela que captó con una inquisitiva curiosidad, las costumbres, los dichos y la hipocresía de la sociedad bogotana.
Expresiones como "Ay, que horror" y "el señor doctor" no traducidas al inglés, abundan en el libro, mezcladas con imágenes familiares para cualquier colombiano, como la de un corrillo de señoras bogotanas que enteradas de los gritos de desesperación del magistrado Alfonso Reyes Echandía para que el Presidente ordenara un alto al fuego comentaron: "¡Ay, que horror! Pobre hombre, ¿se imagina? Todo un magistrado de la Corte Suprema tan histérico. Por supuesto estaba loco. Pero esos animales le tenían una pistola en la cabeza... Lo forzaron a decir lo que dijo ".
Pero al mismo tiempo hay un error en el libro que es típico de un periodista gringo y no de una reportera con raíces colombianas. En varias ocasiones Carrigan se refiere al ex presidente Pastrana como Miguel Pastrana Borrero.
En un principio, la idea de Carrigan era escribir un artículo para la revista de The New York Times un año después de la tragedia. Pero el artículo quedó sepultado por una abrumadora cantidad de información que la autora acumuló durante cinco años.
La primera parte del libro es un diario personal en el que Carrigan describe en un tono analítico y cargado de indignación sus entrevistas con Antonio Navarro Wolf, con el ex presidente Betancur -quien no le quiso hablar del asunto-, con Juan Manuel López -que preside una fundación para la investigación de la tragedia del Palacio-, con periodistas, familiares de los magistrados, hijos y viudas de los guerrilleros con sus fuentes anónimas: un hombre que estuvo como rehén en el baño de la Corte hasta que el Ejército bombardeó el edificio, otro que trabajó en la morgue a donde fueron llevados los cadáveres y un topógrafo.
En la segunda parte, Carrigan reconstruye hora por hora lo que ocurría en una especie de circo trágico de tres pistas que se formó en torno al Palacio: el salón de reuniones del Consejo de Ministros, donde el presidente Betancur declaró el fin del holocausto con un poema de Eduardo Carranza; el fatídico baño de la Corte, donde esperaron el desenlace los magistrados, guerrilleros y civiles, y el círculo del Ejército, que dominaba la situación a sabiendas de que sus incursiones no distinguían entre guerrilleros y rehenes.
La tragedia parece comenzar en la pagina 127 donde Carrigan dice Betancur escuchó "profundamente traicionado" la proclama del M-19 que pide un juicio en su contra. Betancur "se volteó hacia sus colegas y con su voz apagada por la resignación y la desilusión, dijo simplemente: No hay nada que aceptar. Nada que negociar".
De nada valieron las llamadas del magistrado Reyes Echandía, las de García Marquez, las del presidente del Senado. "La decision que tomo Betancur, espontáneamente y sin vacilación, sin discusión, definiría la acción del gobierno en la duración de la crisis. A lo largo de esta no hubo discusión de las circunstancias bajo la cual las negociaciones o el diálogo con los agresores, habrían sido productivas".
NO ESTAN DESAPARECIDOS
Una de las novedades del libro de Carrigan es la transcripción de las partes más importantes de una casete en el que supuestos militares protestan indignados por las torturas a las que fueron sometidos varios civiles que se encontraban en el Palacio de Justicia y no pasaron los interrogatorios iniciales.
Los militares sospechaban que el personal de cafetería del Palacio de Justicia había colaborado con un primer contingente de guerrilleros del M-19 que había ingresado al edificio 90 minutos antes del asalto definitivo. De acuerdo con testimonios obtenidos por el Ejército de entre disidentes del M-19, por lo menos dos de los trabajadores de la cafetería introdujeron al edificio cajas con armas, explosivos y municiones.
El mensaje comienza diciendo: "El objeto de este audiocasete es hacerle saber a la opinión pública que en el séptimo día de los corrientes varios de los rehenes del Palacio de Justicia fueron arrestados. Fueron llevados a la Escuela de Caballería al norte de Bogotá. Hasta el pasado sábado (noviembre 9) estas personas, que aparentemente han 'desaparecido' como resultado del problema del Palacio de Justicia, estaban en las celdas de la Escuela de Caballería. No están desaparecidos. Los vimos allí. Sabemos que están allí. Nosotros los es- coltamos".
Los autores se identificaron como oficiales del servicio de inteligencia del B-2 que aseguraron que durante los dos días del ataque al Palacio estuvieron bajo las órdenes del coronel Edilberto Sánchez, recibiendo y verificando las credenciales de los rehenes.
"Algunas de estas personas" -decía la cinta-, alrededor de 12, no lograron justificar su presencia en el Palacio de Justicia. Y por esta razón... fueron llevados a la Escuela de Caballería. Entre los 12, afirmaron los informantes, se encontraban Carlos Rodríguez, el desaparecido gerente de la cafetería; Jaime Beltrán, uno de los meseros; David Celis, el chef, y otras cuatro personas.
Los informantes aseguran en dicha grabación que estuvieron presentes en una sesión de torturas en la que se exigía al prisionero que firmara una declaración en que aceptaba que el grupo guerrillero había recibido tres millones de pesos para adquirir materiales de guerra.
"El subversivo, que se negó a dar su nombre o cualquier otra información, respondió al capitán con una obscenidad, pese al hecho que estaba atado a una silla. Como resultado de esto, fue sacado y, dado que ya estaba medio muerto por las torturas a las que había sido sometido, ellos lo sumergieron en los abrevaderos que usamos para los animales, para los caballos, ahí mismo en medio del establo. El individuo se movió solo por unos instantes. Con los golpes que le habían dado en los riñones, él no dio más. Lo tiraron en el piso y ahí se quedó. Creemos que fue el primero de los siete en morir".

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