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| 12/1/2014 4:45:00 PM

¿Una foto de reconciliación o de humillación?

La BBC de Londres ve en la indignada reacción a esta imagen “lo lejos” que estamos los colombianos “del fin del conflicto”.

Entre algunas víctimas que han viajado a La Habana circula la cuidadosa decisión de evitar darle la mano o sonreírle a algún miembro de las FARC. Máxime desde cuando la representante uribista María Fernanda Cabal insultó a Ángela Giraldo, hermana de uno de los diputados asesinados en el Valle en cautiverio, al confundirse en una imagen que vio en las redes sociales creyendo que ella saludaba de mano a un integrante de las FARC cuando, en realidad, lo hacía con un delegado del gobierno nacional.
Desde entonces las víctimas evitan cualquier gesto que pueda ser interpretado por los opositores al proceso como una “vergüenza”, para usar un término de Cabal.

El hecho viene a cuento por una pregunta que incluso puede ser incómoda. ¿De verdad es tan grave la imagen del comandante guerrillero de las FARC con un general del Ejército Nacional? Arturo Wallace, el corresponsal de la BBC de Londres, da una respuesta distinta a la hasta ahora martillada por muchos en el país. BBC es el mítico medio que en su cobertura asistió al encuentro de la siempre conservadora y bien puesta reina Isabel II de Inglaterra con el exdirigente del IRA Martin McGuinness, considerado durante décadas uno de los terroristas más buscados. En esa imagen la soberana se muestra encantada y sonriente.

Wallace dice en su nota que basta la foto del guerrillero con el general para medir lo lejos que se siente Colombia del fin del conflicto y lo lejos que parece estar de la reconciliación”.

En ella, dice, dos hombres de mediana edad, vestidos de civil, miran incómodos a la cámara en medio de la jungla. La distancia entre ellos es medida por el brazo que cruzan, también incómodos, por detrás de la espalda del otro.

Es una de las primeras imágenes de la liberación del general Rubén Darío Alzate, a quien la guerrilla de las FARC mantuvo en su poder durante dos semanas.

Y a su derecha, de sombrero, aparece el comandante del bloque guerrillero que lo tenía en su poder: Félix Muñoz Lascarro, mejor conocido como ‘Pastor Alape’, quien viajó desde la mesa de negociación del proceso de paz de La Habana a supervisar la liberación.

La fotografía, difundida por las FARC junto a otras imágenes de los momentos previos de la entrega del general y dos acompañantes, lleva una breve leyenda: La paz triunfará.

Pero la polémica que ha generado en Colombia, reitera Wallace, parece confirmar que muy pocos en el país lo creen.

O, cuando menos, que no será fácil, dice. Sobre todo si se asume que una paz sostenible pasa necesariamente por cierta reconciliación.

Para empezar están los que creen que las FARC no merecen cuartel, mucho menos un abrazo, aunque calificar de abrazo lo de la foto es ciertamente exagerado.

Y algunos de ellos no han dudado en tildar a Alzate de “traidor” y de “cobarde” por prestarse para la instantánea, y han llegado incluso a pedir su baja sin detenerse a pensar en las circunstancias detrás de la escena que captó.

La inmensa mayoría, sin embargo, parece coincidir en que las imágenes son, cuando menos, tremendamente degradantes para el militar. Y, a través de él, para las Fuerzas Armadas colombianas y en general para la institucionalidad. Ese fue, por ejemplo, el adjetivo empleado por el expresidente Álvaro Uribe.

Pero también parece pensar lo mismo mucha gente, dice la BBC de Londres, que no necesariamente comparte el rechazo total del exmandatario al actual proceso de paz.

De hecho, poco antes de partir a La Habana para intentar reactivar las conversaciones, el jefe negociador gubernamental, Humberto de la Calle, criticó a las FARC por no haber brindado la dignidad de su prisionero, el militar de más alta graduación jamás capturado por el grupo guerrillero. (Ver comunicado)

“Rechazamos cualquier uso de imágenes de las liberaciones. Insisto en que toda liberación debe ocurrir en el marco de un trato digno. Si las FARC piden un trato digno, también deben darlo”, señaló De la Calle desde el aeropuerto militar de Catam, segundos antes de volar a la isla con su equipo negociador.

Para la BBC de Londres, esta reacción se explica porque, después de todo, mientras la paz no se firme, para muchos las FARC siguen siendo el enemigo.

Y tal vez por esa forma de ser tan colombiana, dice en su nota, en la que se le tiende a asignar más importancia a un pedazo de papel que a los gestos cotidianos, muchos ven el fin del conflicto como algo que hay que firmar en La Habana y no construir en la práctica, aunque sea corrigiendo errores como un secuestro, captura o retención ilegal.

La polémica, en cualquier caso, refleja sobre todo el escepticismo que sigue rodeando al proceso dos años después de haber sido iniciado.

Es ese escepticismo el que hace que muchos sólo puedan ver la imagen como una nueva pieza de propaganda del grupo guerrillero y muy pocos como un posible símbolo de las posibilidades de la paz.

Y tampoco importa que Alape haya tenido el cuidado de vestirse de civil y que por simbolismo la foto esté a años luz de las humillantes imágenes en las que se veía a Manuel Marulanda Vélez, ‘Tirofijo’ –el mítico fundador de las FARC– observando con desdén a los soldados secuestrados que el grupo guerrillero mantuvo en cadenas durante décadas: es precisamente por esa heridas que muchos colombianos no ven una diferencia.

Y tal vez por eso la idea misma de igualdad, cuidadosamente transmitida por la imagen, también parece resultarle ofensiva a buena parte de la sociedad.

Para algunos, porque eso equivale a “poner a las Fuerzas Armadas a la misma altura que los terroristas”, como acostumbra afirmar el expresidente Uribe.

Para otros, porque la foto es, mal que bien, el resultado final de un acto de violencia.

Pero, sobre todo, queda la impresión de que muchos colombianos en el fondo sienten que las FARC difícilmente podrán reivindicarse; aunque algunos –tal vez la mayoría, aunque todo eso eventualmente será medido en un referendo– estén dispuestos “a tragarse algunos sapos” si ese es el precio de la paz.

No debe sorprender, en cualquier caso, que una sociedad tantas veces herida, tantas veces traicionada, prefiera mantenerse escéptica; que le cueste creer, concluye el autor.
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