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| 3/20/2010 12:00:00 AM

La Goda Noemí

Con el fenómeno electoral del Partido Conservador en estas elecciones, Noemí Sanín tiene buenas posibilidades de llegar a la segunda vuelta.

Para alcanzar una meta que en el pasado nunca quiso –la candidatura presidencial del Partido Conservador– Noemí Sanín tuvo que ganar la batalla política más difícil de su vida. El pulso frente a Andrés Felipe Arias resultó muy apretado y sólo se definió por 37.777 votos –1,7 por ciento de margen– y después de una larga semana de despelote y confusión en el escrutinio de los votos. Una final de infarto donde las dos campañas esperaron, ojerosas y con los pelos de punta, los reportes de las últimas mesas de votación en Soledad, Atlántico.

El triunfo de Noemí es muy significativo. Sobre todo si se tiene en cuenta que cuando ella se lanzó todas las cábalas del mundillo político favorecían a Arias. Noemí había llegado tarde a la contienda y el ex ministro de Agricultura aprovechó ese retraso para aceitar gran parte de la maquinaria conservadora, que en este tipo de consultas desempeña un papel decisivo en la votación. Pero la combinación de una buena campaña, un mayor voto de opinión y el escándalo de Agro Ingreso Seguro, terminaron por inclinar la balanza en favor de la candidata. Pocas campañas en los últimos años habían alcanzado un grado tan alto de pugnacidad y un resultado tan reñido, y ninguna elección desde las presidenciales de 1970 se había visto afectada por tantas demoras en el escrutinio.

En la victoria de Noemí Sanín influyeron también sus méritos y su trayectoria. Después de una ausencia del país de ocho años ganó una campaña contra candidatos como Andrés Felipe Arias y Marta Lucía Ramírez que han desfilado durante años en el escenario público. No en vano, Ramírez tuvo un resultado considerable de 237.196 votos.

Noemí se mantuvo en el uribismo, aunque la dinámica de la contienda y la polarización con Arias le generaron distancias con el palacio presidencial. En el fin de semana anterior a las elecciones Uribe llegó a excluirla de una curiosa lista de ‘leales’, que exaltó en una intervención pública, en la que incluyó a Juan Manuel Santos, Andrés Felipe Arias y Marta Lucía Ramírez. Ese matiz, sin embargo, no significó que el electorado la estigmatizara como antiuribista pues la candidata mantuvo su discurso progobiernista y no dejó olvidar que había sido la primera promotora de la reelección en 2006.

Ganar la consulta azul era sólo el premio de montaña para la candidatura de Noemí Sanín. Ahora viene la batalla de verdad: el sprint final a la Presidencia, con nueve semanas para la primera vuelta y el carácter multipartidista de los siete candidatos que están enfrentados.

En esta última etapa, la candidata oficial del conservatismo zarpa ahora como capitán de un trasatlántico que lleva a bordo a toda la clase política de un partido que ha sido un fenómeno electoral en estas elecciones. Es la segunda fuerza del Congreso con 22 senadores y 39 representantes elegidos y la consulta logró una récord histórico de más de 2,5 millones de votos.

En cifras globales, sólo podrán pasar a la segunda vuelta los que saquen más de dos millones de votos en la primera vuelta. Juan Manuel Santos tiene casi garantizada esa cifra (Partido de la U más el Pin) y el Partido Conservador también, si llega unido. Los demás candidatos, Pardo, Vargas Lleras, Petro, Mockus y Fajardo están, hasta ahora, entre uno y dos millones de votos.

Es evidente que la lectura de las elecciones presidenciales, donde el voto de opinión es determinante, no se puede ver sólo con el prisma de las elecciones legislativas. Pero es una realidad que en política no se puede desconocer pues para llegar a la Presidencia se necesita tanto opinión como maquinaria.

La gran pregunta ahora para Noemí es si el Partido Conservador se mantendrá unido y sanarán las heridas abiertas durante el pulso por la consulta. Los apoyos de Marta Lucía Ramírez (directora de la campaña de Sanín en 2002) y de los otros precandidatos derrotados –Álvaro Leyva y José Galat– se dan por descontados. El caso de Andrés Felipe Arias, el hombre clave en las toldas azules, puede ser diferente. Y lo demostró con la aceptación de su derrota donde acató de forma escueta los resultados, pero se abstuvo de expresar su apoyo a Noemí.

Días antes, Arias había quedado como un príncipe con su declaración de que aunque perdiera por un solo voto apoyaría al ganador sin cuestionar el resultado para que el Partido Conservador no se dividiera en primera vuelta y tuviera una opción de llegar al poder.

El problema es que el ofrecimiento fue hecho en los días de incertidumbre sobre los escrutinios, cuando todavía aspiraba a ser el ganador, pero en el fondo no creía en lo que ofreció. Su adhesión a Noemí no va a ser más que un formalismo. Su situación es, en cierta forma, parecida a la de Juan Manuel Santos cuando respaldaba el referendo pero rezaba para que se cayera. Uribito, en el fondo, no tiene interés en que Noemí sea elegida Presidenta de Colombia. Y esto no sólo se debe a la animadversión que existe entre los dos sino a su lealtad con el Presidente, pues después de que se opuso a la segunda reelección, Noemí entró a la lista negra de la Casa de Nariño.

Aunque Uribito y parte de sus huestes son más uribistas-santistas que noemicistas, se enfrentan a las limitaciones que les impone la ley de bancadas. Quienes recibieron el aval del Partido Conservador en las elecciones recientes no pueden votar por el candidato de un partido que no sea el suyo. Ningún parlamentario puede cambiar de caballo a mitad de la carrera y la única posibilidad de burlar el espíritu de la norma es lo que se podría denominar una operación de brazos caídos. Es decir, que se limiten a expresar su apoyo verbal a la candidata oficial, o la acompañen en un par de actos protocolarios, pero que no se jueguen a fondo para movilizar a sus respectivos electorados.

Cuando los jefes políticos están buscando su propia elección se la meten toda, trabajan de sol a sol, consiguen plata, reparten camisetas y pagan transporte el día de las elecciones. Una vez elegidos, lo único que los motiva para la elección presidencial es una combinación de mística, oportunismo y expectativa de triunfo. Y cuando el partido se divide en forma profunda durante la consulta, como sucedió en el caso de los godos, la facción perdedora no tiende a experimentar estos sentimientos.

Además de una ‘operación de brazos caídos’, se espera una campaña de sabotaje de conservadores uribistas que seguramente trabajarán por debajo de la mesa para la campaña de Santos, sobre todo si las encuestas lo siguen favoreciendo. La pregunta del millón para Noemí es si esta deserción será moderada o sustancial.

Si es moderada, es muy difícil que la candidata no llegue a la segunda vuelta pues, además del case de los votos de la consulta, ha demostrado que no es manca para competir por el voto de opinión. Si la deserción es sustancial, Noemí podría caer en la frontera de los dos millones de votos, con lo cual quedaría en el grupo de los demás, donde cualquiera podría llegar a la segunda vuelta. La otra posibilidad es que se tejan alianzas antes de la primera vuelta. Sin embargo, las dinámicas políticas de cada partido y la firme decisión de cada candidato de hacerse contar descartan de plano ese escenario.
Frente a esta realidad, habría que ver cómo funcionan otros incentivos que tienen los conservadores para cerrar filas en torno a su candidata. Por primera vez en muchos años están formalmente unidos, tienen una bancada sólida, y han regresado líderes naturales como el ex presidente Andrés Pastrana. El escenario atomizado de candidaturas le da a Noemí Sanín una opción real de pasar a segunda vuelta, y eso a su vez le abre expectativas de triunfo. Lo cual es histórico para un partido que desde 1950, en cabeza de Laureano Gómez y con la abstención de los liberales, sólo ha ganado elecciones presidenciales en el Frente Nacional, o en coaliciones en 1982 con Belisario Betancur y en 1998 con Andrés Pastrana.

Es claro que las ventajas estratégicas de Noemí son más útiles en la segunda vuelta que en la primera. En la eventualidad de que pase, la candidata azul se podría convertir en el punto de convergencia del Tocosán (Todos contra Santos). Pardo, Petro, Mockus y Fajardo –no así Germán Vargas Lleras– estarían más cerca de Noemí que de Juan Manuel. No hay que olvidar que Sanín compartió gabinete ministerial con Rafael Pardo en el gobierno de César Gaviria, y que Antanas Mockus fue su candidato a la Vicepresidencia en 2002. Por su parte, Santos apelará a su tradición de liberal para atraer, desde su condición de favorito en las encuestas, a las bases de su ex partido cuya clase política, de paso, está agotada después de 12 años en el desierto burocrático.

Lo cierto es que la campaña que viene para Noemí es muy diferente a la que antecedió a la consulta. Son muchos más candidatos y todos son muy fuertes. Pero más allá de sus virtudes, lo cierto es que la competencia va a ser muy reñida y se van a sacar los cueros al sol. A Santos le echarán en cara los ‘falsos positivos’, a Pardo su flexibilidad para otorgar avales a candidatos cuestionados, a Fajardo su falta de carácter, a Petro su pasado guerrillero, a Vargas Lleras su manzanillismo, y a Mockus sus payasadas pedagógicas. Noemí no será una excepción y tendrá que responder por ataques de incoherencia política y oportunismo electoral. Al fin y a cabo acabó siendo la candidata de un partido que rechazó durante más de una década.

Sin embargo, es la única mujer del grupo, y sin duda las perspectivas de una Presidenta hoy son mayores que en las campañas de 1998 y 2002 pues la experiencia de varios países ha contribuido a disminuir las prevenciones machistas. Michelle Bachelet en Chile, Cristina Fernández en Argentina y Laura Chinchilla en Costa Rica –para mencionar sólo los casos más recientes– han abierto un camino que puede conducir a que el género femenino sea más una ventaja que un defecto.

Por primera vez, Sanín saldrá a la lucha con una base de votos organizados a partir de la cual deberá ir en busca del electorado de opinión. Para ello le valdrá la condición –casi única en los últimos 20 años– de haber mantenido en forma constante una imagen positiva en las vecindades del 60 por ciento.

En este momento esta luchadora política está viviendo el mejor momento de su vida. Ha demostrado que detrás de esa figura amable y carismástica hay una tenacidad y perseverancia de un peso pesado de la política. Hasta ahora ha desafiado todos los pronósticos. Sin embargo, ni ella ni nadie sabe qué va a pasar. Lo que sí se sabe es que es su última oportunidad.
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