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| 6/25/2001 12:00:00 AM

La gran alianza

Una asociación entre consultores internacionales de negocios y recicladores de Bogotá promete desmarginalizar un sector social de la capital.

Los unos viven de la basura, empujan carritos esferados y con frecuencia son evitados por la gente que se cambia de carril para no cruzarse con ellos. Los otros se codean con la élite empresarial del mundo, se la pasan en un avión por lo menos cuatro días de la semana y son envidiados por muchos. Un abismo aparentemente los separa y sin embargo, son las dos caras de una alianza que podría no sólo transformar la manera en que los bogotanos manejan los residuos sólidos, sino reivindicar a los recicladores frente a la sociedad.

Desde hace cuatro meses McKinsey, la firma de consultoría estratégica más prestigiosa del mundo, asesora a la Asociación de Recicladores de Bogotá (ARB) en la elaboración de un plan de negocios que les permita aprovechar las oportunidades que presenta la próxima licitación para la recolección de basuras de la ciudad.

Todo comenzó a principios de año cuando Ashoka, una organización internacional que apoya a personas que estén desarrollando proyectos sociales innovadores de gran impacto (ver recuadro), puso en contacto a Silvio Ruiz, cofundador de la ARB y fellow de Ashoka, con los consultores de McKinsey.

Ruiz tiene 31 años. Cuando cursaba tercero de primaria abandonó la escuela porque ya no resistía las burlas de sus compañeros que lo discriminaban porque no tenía zapatos. Era el más pobre entre los pobres. Entonces se retiró para ganarse la vida escarbando entre la basura. A los 15 años, como dice él, ya tenía pregrado y posgrado en reciclaje y había comenzado a liderar la organización de los recicladores en todo el país.

Aunque la ARB se ha fortalecido mucho en los últimos años y participó activamente en la elaboración del Plan Maestro de Manejo de Basuras para Bogotá, Ruiz era consciente del desafío que representaba la nueva licitación y de las limitaciones que tenían los recicladores para estructurar una propuesta sólida que convenciera al Alcalde de la importancia de incluir el reciclaje en una nueva política de manejo de basuras. Por eso era clave la ayuda de los consultores.

McKinsey, por su parte, desde su surgimiento en 1926 ha tenido la política de realizar consultorías pro bono a comunidades y fundaciones sin ánimo de lucro en áreas que van desde estrategia y organización hasta mercadeo, finanzas y operaciones con el objetivo de aportar a mejorar las condiciones de vida de la población. El mismo tipo de consultoría que les ofrecen a gigantes empresariales como Transmilenio y empresas del sector financiero y de las telecomunicaciones es el que le han dado gratis —entre otros— a la Fundación Cardioinfantil, al Museo Nacional y ahora a los recicladores.

Cuando Ruiz los contactó, McKinsey organizó un equipo de trabajo. Daniel Gutiérrez, un ingeniero industrial de 34 años con una maestría en negocios de la Universidad de Thunderbird, asumió la gerencia del proyecto, y Alfredo Remolina, ingeniero industrial con dos años de experiencia en la firma, entró como consultor de tiempo completo.

Lo primero que hicieron fue lograr que las 21 cooperativas que conforman la ARB se comprometieran a apoyar los resultados del proyecto y nombraran unos delegados para trabajar con Remolina y Gutiérrez. Luego entre todos realizaron un diagnóstico del negocio de reciclaje. Identificaron nuevas oportunidades y se dieron cuenta que los intermediarios se terminaban quedando con gran parte de la rentabilidad.

La conclusión de esta primera fase fue que los recicladores tenían que agruparse para manejar mayores volúmenes y así tener un mayor poder de negociación frente a los que les compran el material. “Los recicladores ya veníamos pensando que la unión hace la fuerza, pero con las cifras nos dimos cuenta que si nos juntábamos podíamos mejorar nuestros procesos”, dice Ruiz, quien ya habla como un consultor más de McKinsey. De hecho, tan sólo con el diagnóstico las cooperativas comenzaron a unirse.

El siguiente paso fue conocer la estructura de costos del negocio y el entorno. Encontraron que varias entidades del Distrito, como la Defensoría del Pueblo, el Dama y Misión Bogotá, tenían proyectos y recursos para fomentar el reciclaje pero no trabajaban integradamente. Hablaron con ellas y encontraron gran receptividad a la propuesta que iban perfilando.

Por último, partiendo de la información recolectada identificaron estrategias para mejorar el negocio a través de una lluvia de ideas entre los consultores y los de la ARB. Una de las iniciativas que salió de allí fue la de pasar del uso del costal y el carrito de balineras a la bicicleta con una canasta atrás para transportar la basura. La otra fue el diseño de microrrutas y la creación de ocho centros de acopio equidistantes y aceptados por la sociedad. Así como cada zona tiene su CAI y su puesto de salud, ellos proponen que exista un lugar a donde los recicladores puedan llevar el material recolectado sin tener que caminar 20 kilómetros con 400 kilos a cuestas, como lo hacen actualmente.

Otras estrategias que identificaron ya no dependen de ellos sino más bien de que el acalde Antanas Mockus fije unas reglas de juego claras sobre cómo se manejará el reciclaje en Bogotá y de que los ciudadanos comiencen a separar los desechos reciclables. Todas estas alternativas quedaron consignadas en un proyecto que le presentaron McKinsey y los recicladores hace dos semanas. Mockus se comprometió a crear un equipo para estudiar la propuesta y los resultados de todo esto se verán en los próximos meses.

Si el Distrito acoge esta iniciativa y la ciudad se vuelve consciente de la importancia de reciclar, los afiliados a la ARB podrían duplicar sus ingresos, puesto que de las 6.200 toneladas diarias de basura que produce la ciudad, los ‘ñeros’, a quienes tantos menosprecian, reciclan hoy el 12 por ciento y tendrían capacidad para duplicar ese esfuerzo.

El impacto de esto sería considerable no sólo por las mejoras en el nivel de vida que traería para los recicladores, sino por el ahorro que representaría para la ciudad. Se calcula que actualmente gracias a los recicladores, un promedio de 18.000 toneladas mensuales de desechos sólidos no van al relleno sanitario y que por ello se ha aumentado en un año la vida útil de Doña Juana. Por otro lado, por las 120 toneladas de papel y cartón que se reciclan diariamente, se dejan de talar cientos de árboles por día.

Pero incluso si la Alcaldía no acoge esta iniciativa y los recicladores siguen otros 50 años en la informalidad, esta alianza habrá cumplido con ser un ejemplo concreto de lo que el sector privado y el sector social podrían hacer si trabajaran más de la mano. “No se trata de juntarnos para que nos den, sino para unir fortalezas”, dice Ruiz.
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