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| 7/28/2007 12:00:00 AM

La gran marcha

La heroica travesía de Gustavo Moncayo, desde Nariño hasta Bogotá, conmueve a toda Colombia. Menos a las Farc.

Vittorio de Sica, el gran maestro del neorrealismo italiano, no lo hubiera podido idear mejor. Gustavo Moncayo, un campesino ilustrado, maestro y padre, y esposo de maestra. De barba canosa. Camina desde Sandoná, en el extremo sur de los Andes colombianos (ver mapas), hasta Bogotá, con un bastón que le regalaron los indígenas, encadenado para hacer visible el dolor que lo embarga porque su hijo Pablo Emilio está secuestrado desde hace nueve años. Un caminante que comenzó su viaje en la soledad de las carreteras de Nariño, con sus abismos insondables, al que poco a poco se le han pegado compañeros de ruta, algunos permanentes, otros que lo acompañan en algunos tramos.

Gustavo Moncayo se ha convertido en el símbolo de un país secuestrado por el terror y la violencia. Un peregrino que evoca los primeros tiempos del cristianismo, a San Francisco de Asís. Como los héroes tantas veces vistos en las películas sobre temas bíblicos, Moncayo carga las túnicas que le han regalado a lo largo del camino. Las heridas de su cuerpo lacerado por el esfuerzo evocan los estigmas de Cristo camino al Calvario.

Pero Moncayo, con su protagonismo in crescendo, también evoca a Gandhi, a Mandela, a las Madres de la Plaza de Mayo. Aunque, de acuerdo con Ángel Beccassino, publicista que ha estudiado mucho el tema de los imaginarios colectivos, "lo de Moncayo es como una intuición a la que se entregó el hombre, y sobre la marcha probablemente ha ido construyendo conciencia de la fuerza que tiene ese gesto. En lo de Gandhi había premeditación del efecto. En este caso creo que hay una intuición muy afinada, como la progresiva comprensión de una papaya que se ha ido dando por la repercusión del avance".

Repercusión que, con el paso de los días, hizo recordar también la apoteosis de la Vuelta a Colombia en tiempos de Ramón Hoyos, 'Cochise' o Álvaro Pachón, cuando miles de personas se agolpaban en las calles de las ciudades donde terminaban las etapas. Y hasta las visitas de papas. Porque a Moncayo, a pesar del cinturón humano de seguridad que le organizan agentes de Policía y voluntarios de la Defensa Civil cuando llega a las grandes ciudades, las gentes se le botan para tocarlo, para que les cure un hijo, como si hiciera milagros. Y las autoridades de los municipios, los corregimientos y las inspecciones de Policía lo condecoran, le ofrecen las llaves de la localidad.

Como señala Armando Silva, "Moncayo es un héroe. Desde los griegos, héroe no sólo es un gestor de hazañas sino un protector. Las sociedades en crisis necesitan crear héroes que son la misma expresión de la crisis". Un héroe que comenzó a caminar para protestar por su hijo secuestrado y que a medida que su marcha se hacía más y más relevante, su discurso se ampliaba. De la causa de su hijo pasó a la de todos los secuestrados. Luego comenzó a clamar por el acuerdo humanitario, por el derecho de todos los colombianos de acceder de manera gratuita a la educación superior.

Moncayo cada día avanza menos. No sólo por el cansancio y el deterioro progresivo de su cuerpo. Él es un maestro y por cuanta escuela pasa le piden que dicte una clase. Por ese motivo, su llegada a Bogotá se ha postergado. Y como él mismo señala, ya no tiene afán de hacerlo porque sabe que va a llegar. "Moncayo no se puede caer, pues se le han cargado muchas esperanzas", dice Silva.

Su carisma natural y su imagen de campesino sencillo han ayudado en gran manera a que se conecte muy fácilmente con la gente, como lo han hecho personajes como Jorge Veloza y Jaime Garzón, que no han sido más que espejos de la realidad colombiana. Según Silva, "los medios muestran sus pies a veces sangrantes, como un Cristo; su rostro adolorido llora, como lo hacemos todos los colombianos por los secuestrados. Se recalca que es profesor, pues queremos aprender. Otro día está feliz y radiante porque recibió noticias de su hijo, como lo queremos todos los padres y madres. Otro día está furioso contra una dura realidad inmodificable, como estamos todos. Así que Moncayo le da cara a la peor tragedia nacional. Y a sus esperanzas".

Pero... ¿Y las Farc, qué? De acuerdo con expertos consultados por SEMANA, a ellos en poco o nada les afecta esta marcha. Los comandantes de las Farc han sido insensibles a este tipo de gestos. Así que es muy poco probable que la marcha del profesor Moncayo, la que tiene a todo un país pendiente de sus ampollas, traiga como resultado un cambio en la mente fría y despiadada del Secretariado de las Farc.

Pero esta marcha puede llegar a ser una semilla. Ni Gandhi ni Mandela ni las Madres de la Plaza de Mayo cambiaron sus países en un abrir y cerrar de ojos. "Siempre estos gestos implican ese 'crescendo', donde el gran tema al final es si alguien capitaliza bien el momento cúspide simbólico de la marcha", señala Beccassino. Lo que aún no se sabe es si la sociedad va a encontrar la manera de que estos gestos recientes (las marchas del 5 de julio, el periplo de Moncayo) no se queden en la anécdota.

También falta ver si más colombianos siguen este ejemplo. Porque en Colombia hay muchos asuntos que invitan a marchar, encadenarse, indignarse. Como señala Silva, "creo que las marchas no son sólo contra las Farc. Se marcha contra todas las elites nacionales. Que las elites propongan algo nuevo parece ser el mensaje contra la barbarie. O sea que la política sea de nuevo 'el reino de la imaginación material', el alma del futuro". 

Una década de lucha
 
El profesor Moncayo lleva casi 10 años buscando desesperadamente la libertad de su hijo.

E­stela y Gustavo Moncayo no sabían qué hacer después de que el 21 de diciembre de 1997, las Farc atacaron la base militar de Patascoy y se llevaron a su hijo, el cabo Pablo Emilio Moncayo. Lo primero que hizo el profesor Gustavo Moncayo fue subir hasta lo más alto del cerro y recuperar las pertenencias de su hijo, entre ellas una agenda donde Pablo Emilio escribía su diario. Después, grabó un video donde se podía ver cómo quedó la base después del ataque.

Desde ese instante empezó su lucha por la liberación de Pablo Emilio. Moncayo empezó a buscar contactos con el gobierno de Ernesto Samper. Habló con José Noé Ríos, con el inmolado Gilberto Echeverry, y hasta con el presidente Ernesto Samper. Pero no logró nada.

Viajó 11 veces a la zona de distensión en el Caguán. Como no tenía dinero para el hotel, dormía en el piso. El 28 de junio de 2001 viajó a Caquetá con la esperanza de que su hijo fuera liberado. Pablo Emilio siguió secuestrado por su condición de suboficial. En esa ocasión el profesor Moncayo le pidió a 'Simón Trinidad', que ya que no le habían dado la libertad, por lo menos le permitiera a su hijo estudiar durante el cautiverio.

En Sandoná, Nariño, todos conocen a Moncayo. En cada misa dominical le informaba a la comunidad de Sandoná sobre sus gestiones para lograr el regreso de los secuestrados. La gente del pueblo los apoyó, pero con el paso del tiempo, se fueron desanimando. Cuando los Moncayo estaban recogiendo firmas para el acuerdo humanitario, hubo gente que les dijo que no firmaba porque los secuestrados ya eran parte de la guerrilla. Incluso en el colegio algunos llaman a Gustavo el profesor loco que se encadenó, que anda obsesionado con el acuerdo humanitario y dicen que su actitud puede afectar a los alumnos.

Durante una reunión de víctimas en la Universidad Sergio Arboleda, el profesor tuvo un enfrentamiento verbal con el presidente Uribe. El incidente fue transmitido por televisión. Cuando Moncayo preguntó por la libertad de su hijo, el Presidente lo sermoneó y el auditorio estalló en rechiflas contra el profesor. Moncayo terminó llorando, desconsolado.

Siempre que regresa de alguna de sus correrías le toca ir directo a dictar las clases en el colegio. "En estos años nos dimos cuenta de lo que es capaz mi papá", dice su hija. Y es que la alternativa que Moncayo les había dicho para no emprender la caminata hasta Bogotá, era crucificarse.

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