Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2008/03/08 00:00

La grieta de las Farc

La manera como murió Iván Ríos mostraría que la guerrilla se está quebrando moralmente. Es el segundo del Secretariado que cae en una semana y en toda la historia de la guerrilla.

La grieta de las Farc

Las fuerzas militares sabían que Iván Ríos caería pronto. Estaba cercado, sin comida, casi desesperado. Lo que no esperaban era que su propio jefe de seguridad lo matara mientras dormía, le cortara una mano y se presentara con ella ante el Ejército tres días después. Menos aún podían imaginar que su muerte ocurriría la misma semana en la que Raúl Reyes había sido bombardeado en su campamento de Ecuador.

Y para la historia del país, lo ocurrido raya con lo increíble: tras más de 40 años de fracasos en la persecución a la cúpula de la guerrilla, se necesitaron tan solo seis días para que en operaciones distintas cayeran dos de los siete miembros del Secretariado.

Iván Ríos era el miembro más joven del Secretariado de las Farc. Era muy importante por su capacidad política y porque en el campo militar también era considerado uno de los más audaces (ver recuadro). Siempre había estado bajo la influencia de Alfonso Cano e Iván Márquez, que son considerados el ala más política, pero también más ortodoxa de las Farc. Desde hace dos años se había hecho cargo de la zona del Eje Cafetero, Chocó y Antioquia, donde la guerrilla había tenido dificultades por la arremetida paramilitar.

El Ejército tenía información de que Ríos se movía entre varios departamentos, permanecía la mayor parte del tiempo en los límites de Antioquia y Caldas, en concreto entre los municipios de Salamina, Aguadas y Pensilvania. Incluso, hace dos años, cuando fue capturado en esa zona un guerrillero urbano apodado 'Mateo', que se hizo famoso porque era parte de la junta directiva de las Empresas Públicas de Medellín, ya se sabía de la presencia de Ríos allí. Desde entonces, se hicieron varias campañas militares para dar con él. De hecho, tanto el frente 47 como la Columna Jacobo Arenas, que protegían al jefe guerrillero, estaban seriamente golpeados. Varios mandos medios habían muerto en los últimos meses, otros habían desertado y algunos de los más importantes apoyos políticos de la guerrilla en la zona habían sido capturados y judicializados.

Sin embargo, la fe de los militares estaba puesta en una operación que comenzó a mediados de febrero y cuyo objetivo era llegar hasta Ríos. ¿Por qué esta vez estaban seguros de lograrlo?

Porque en esta ocasión se pondría en práctica el sistema de inteligencia que desde hace meses está impulsando el Ministerio de Defensa y que coloquialmente se llama las 'burbujas'. Cada uno de los miembros del Secretariado se convirtió en un blanco y de cada uno se encarga una sola agencia de inteligencia del gobierno, la que tenga la información más sólida, y a ella las demás le entregan toda la información que tengan sobre ese blanco específico. En el caso de Raúl Reyes, por ejemplo, era la Policía la entidad que coordinaba el trabajo de inteligencia. En el caso de Ríos, durante mucho tiempo fue el DAS y, últimamente, el Ejército.

Entonces varios batallones de la VIII Brigada tendieron hace un mes un cerco sobre la zona donde sabían que estaba Ríos. Restringieron el paso de alimentos y se inició un trabajo minucioso de inteligencia sobre el terreno. El cerco se fue estrechando sobre el cañón del río Arma y a medida que se apretaba el cerco, crecían las deserciones.

'Rojas', un guerrillero que llevaba cerca de 15 años en las Farc, que había sido herido en combates con el Ejército, y cuya lealtad con los jefes del Secretariado estaba más que probada, empezó a sentir que perdía la moral que siempre lo había acompañado en la guerra. Era el hombre de confianza de Ríos. De hecho, era su jefe de seguridad y el hombre que por radio se comunicaba con el resto del frente 47, que estaba en la zona.

Quedan preguntas

Aún no se sabe muy bien qué estaba pasando en el campamento de los guerrilleros en estos días. Lo único que 'Rojas' ha dicho, según las autoridades, es que la muerte de Raúl Reyes, en un bombardeo sobre su campamento en Ecuador, lo quebró tanto sicológicamente, que el martes pasado decidió matar a su jefe, Iván Ríos, y entregarse al Ejército.

Lo que los militares han informado es que el jueves en la noche llegó hasta un puesto militar, con un fusil al hombro y dos pistolas al cinto, con un computador portátil, un pasaporte y con la mano derecha de Iván Ríos como prueba de que le había dado muerte.

Quedan por responder algunos interrogantes de cómo y por qué lo hizo. Por ejemplo: ¿Son suficientes tres semanas de presión militar para que se quiebre de tal manera un guerrillero de 15 años de militancia en las Farc? ¿Cómo disparó su arma sin que el Ejército lo detectara? ¿Por qué si estaba cercado, se tomó dos días en acercarse a las tropas? ¿Qué pasó con los otros guerrilleros que estaban en el campamento? ¿Por qué o para qué decide cortarle la mano a su jefe? ¿Por qué considera que tiene que llevar esa prueba?

El viernes al medio día, por insólita que pareciera la historia, el general Mario Montoya se la contó al ministro de Defensa, Juan Manuel Santos. Antes de darla a conocer a la prensa, se esperó a que el CTI de la Fiscalía tomara las huellas de la mano y confirmara que efectivamente se trataba de Ríos. Mientras tanto, 'Rojas' viajaba con el Ejército al lugar donde había dejado el cuerpo.

Punto de inflexión

Con la muerte de Raúl Reyes se rompió el mito de que las Farc eran invencibles. Ahora, con la muerte de Iván Ríos, muchos se atreven a decir que ha llegado un punto de quiebre de la guerra. Hace tres años el profesor Eduardo Pizarro había pronosticado en su libro Una democracia asediada, que el punto de inflexión llegaría por la superioridad de las Fuerzas Militares y, sobre todo, por los errores políticos de las Farc y su tendencia a criminalizarse. Al parecer, no se equivocó.

La guerrilla pregonaba hasta hace poco tiempo que a pesar de la ofensiva militar del gobierno y de los miles de millones que se invierten en ella, su estructura estaba intacta. Pero los últimos meses eso ha cambiado. Las Farc están mucho más debilitadas de lo que ellas mismas piensan. Hace por lo menos 10 meses ha empezado a quedar claro que uno de los problemas más graves que enfrentan las Farc es el de comando y control.

Las fracturas internas, como la que posiblemente ocasionó la muerte de los 11 diputados del Valle; deserciones de mandos medios y masivas, como las que han ocurrido en Vichada; la sensación de que están infiltrados o permanentemente monitoreados, como ha ocurrido en los golpes a sus principales jefes; los errores garrafales que les han costado caro, como la pérdida de Emmanuel y de las pruebas de vida de Íngrid y los demás secuestrados, muestran ya no a una organización monolítica, sino caótica y fracturada.

Pero de todos estos hechos, el más significativo es que un hombre del Secretariado sea asesinado por uno de sus propios guerrilleros. Porque demuestra ya no sólo una fractura en el comando y en el control que tienen los jefes sobre sus propias tropas, sino que adentro se ha perdido el horizonte de la victoria. Y ese es siempre el principio del fin de una organización armada.

Si las Farc han sobrevivido durante cuatro décadas no es por el dinero, sino por el mito que encarna 'Tirofijo'. Manuel Marulanda encarna la leyenda de que las Farc son invencibles. Varias generaciones de guerrilleros han crecido a su lado convencidas de que los gobiernos pasan, pero las Farc siguen. De que los golpes nunca llegaban al corazón. De que cada vez que eran atacados, podían volver a replegarse y sobrevivir. Y esa sensación de invulnerabilidad se convirtió en la principal fortaleza de esta guerrilla.

Si en el transcurso de los próximos días se ratifica la manera como se produjo el asesinato de Ríos, habría que hablar de una herida en la siquis de las Farc. Y este es el tipo de heridas del que es difícil recuperarse. Después de un episodio como éste, suelen venir purgas internas, mayor desconfianza, inconformismo y, como en todo

círculo vicioso, más deserciones, nuevas traiciones y un mayor debilitamiento. En la guerra, la victoria consiste en quebrar la voluntad de lucha del enemigo. El momento de ese quiebre parece haber llegado en las Farc.

¿Está cerca el fin de la guerra? Es difícil saberlo. Lo deseable es que la actual correlación de fuerzas conduzca a un escenario de negociación que termine en un pacto de paz. Pero también existe la posibilidad de que el conflicto arrecie más en un intento de las Farc por mostrarse fuertes. A pesar de que su violencia no sea sino otra prueba de debilidad.

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