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| 12/14/2013 2:00:00 AM

La batalla contra los Urabeños, el nuevo enemigo

El 2013 se caracterizó por ser el año de quiebre en la guerra contra las bandas criminales, que se transformaron en el principal desafío estratégico de seguridad.

Desde hace unos pocos años el término bacrim (banda criminal) dejó de ser extraño para la mayoría de los colombianos. Tras finalizar la desmovilización de los grupos paramilitares en 2007 y la posterior extradición de los principales jefes de las autodefensas a Estados Unidos, un año después, el país sufrió la atomización y multiplicación de numerosas estructuras conformadas por exintegrantes de las autodefensas. Estas invadieron prácticamente todos los departamentos del país usando una diversidad de nombres como las Águilas Negras, los Paisas, los Rastrojos o los Urabeños, entre muchos otros.

Para comienzos de 2009, en el territorio nacional estaba documentada la existencia de 33 de estos grupos ilegales con un poco más de 5.000 hombres. Las bacrim terminaron creciendo rápidamente alimentadas gracias a una macabra alianza que se gestó, paradójicamente, gracias al éxito de la Policía y el Estado en la lucha contra los grandes capos y carteles.

La mayoría de los narcos importantes fueron capturados, extraditados o muertos, y sus organizaciones desarticuladas, como ocurrió con el cartel del Norte del Valle o la Oficina de Envigado. Los sobrevivientes buscaron y encontraron refugio en alianzas con las nacientes bacrim. Ese nuevo monstruo se caracterizó por acudir a las extorsiones masivas indiscriminadas, los secuestros y el narcotráfico, algunas en sociedad con frentes de las Farc. El microtráfico y el control de las llamadas ollas en las ciudades se transformaron en una importante fuente de ingresos.

El gobierno por medio de unidades claves de la Policía como la Dipol, la Dijin, la dirección Antinarcóticos y el Gaula redefinieron la estrategia para enfrentar ese nuevo enemigo. Empezaron a atacar organizaciones criminales y a capturar desde los líderes hasta los integrantes más rasos. En los últimos cuatro años arrestaron más de 3.000 integrantes y de 33 bacrim quedaron solo tres en 2013. El año cerró con algunos reductos de los Rastrojos en Valle y disidencias del Erpac en el Meta. La única bacrim relevante es los Urabeños.

No obstante, esto no quiere decir que no sea un peligro latente para la seguridad. Por el contrario. Aunque durante este año 1.438 de sus integrantes fueron capturados y se les incautaron 14 toneladas de droga, los Urabeños son un desafío y una tarea aún pendiente. Comandados por Dairo Úsuga, alias Otoniel, desde las selvas de Urabá, son unos 2.600 hombres con presencia en 99 municipios de 11 departamentos. 

Anualmente exportan 117 toneladas de cocaína, lo que los ha transformado en la mayor estructura traficante de droga en la actualidad. Para sostener esa amplia presencia han acudido a viejas tácticas usadas por los mafiosos. Por las buenas o por las malas, dinero o balas, han comprado grupos enteros de delincuentes comunes en Meta, Nariño, Valle o el Eje Cafetero, los cuales trabajan para ellos bajo ‘franquicias’ de Urabeños.

Detrás de esa estrategia de alianzas mafiosas también hay una compleja táctica política que busca eludir la persecución en su contra y tratar de hacerse pasar como un grupo contrainsurgente con la intención de conseguir eventuales beneficios. Mediante una estrategia jurídica y mediática, de la cual hace parte uno de sus jefes capturados, Henry de Jesús López, alias Mi Sangre, detenido en Argentina desde octubre de 2012 (ver artículo en Semana.com), los Urabeños han distribuido miles de panfletos en los que se autodenominan Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC).

Con ellos buscan emular las desaparecidas AUC. Han creado estatutos políticos y en algunas apariciones ante los medios simulan ser una organización con líneas de mando definidas y estructuras militares y políticas. Algo que solo existe en el papel. 

El objetivo es buscar algún beneficio en el marco del proceso de paz de La Habana y la razón para esta artimaña tiene que ver en que toda la fuerza del Estado se ha volcado contra los Urabeños y es poco probable que resistan ese embate. 

De hecho, al cierre de esta edición se completaba una semana del más grande despliegue de hombres que se ha hecho desde la persecución contra el cartel de Cali. Más de 2.000 policías fueron enviados a diferentes zonas de Urabá y Antioquia en una ofensiva de varias semanas cuyo objetivo es acabar o por lo menos dejar heridos de muerte a Otoniel y los Urabeños, las grandes amenazas con las que termina 2013.
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