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| 10/5/1998 12:00:00 AM

LA GUERRA DEL FIN DE SIGLO

Prólogo del politólogo Malcolm Deas al libro de Alfredo Rangel sobre la guerra que libra el país en la actualidad y sus perspectivas de solución.

Sobre los militares como militares, sobre su estructura y desempeño, casi no ha escrito con regularidad un colombiano desde los tiempos de Tomás Rueda Vargas, y entonces no debe sorprender la convicción de la mayoría de ellos de que sus compatriotas civiles no entienden de sus asuntos, y que sus críticos por fuera de la institución son unos ignorantes estrategas de coctel.
Mientras tanto, para los civiles sus temas son poco familiares y sus conclusiones poco confortables. Mientras ciertos militares le rechazan como civil, ciertos civiles le van a rechazar como militarista, y otros, por pesimista, como alarmista.
En el imprescindible trabajo de animar el debate público, hasta bien reciente extraordinariamente letárgico, sobre aspectos tan importantes para la conducción del país, cualquier comentarista corre el riesgo de caer en exageraciones. La historia de los comentaristas sobre asuntos militares también muestra que frecuentemente tienen una propensión a caer presos de las idées fixes: la paloma mensajera, los toques de corneta, el elan vital, la mula de montaña, el tanque, el helicóptero, la inteligencia, el soldado profesional. Así exponen su flanco al contraataque...
Por eso hay que leer a Rangel, que como animador del debate es admirable. Y confío en que la importancia de sus ensayos quede patente en un resumen de sus puntos principales.
Con razón, el autor plantea que la actual magnitud del poder, la influencia y la presencia guerrillera ha tomado a la opinión urbana del país por sorpresa. Hace una analogía con el crecimiento de la droga en los años 80: "Al país le está ocurriendo con la guerrilla lo mismo que le sucedió con el narcotráfico: no quiso ver durante largo tiempo la magnitud de la amenaza, hasta que el costo de la convivencia se tornó demasiado alto y el sacrificio para erradicarlo muy grande".
Señala que la expansión grande de la guerrilla ha sido relativamente reciente. Se apoya en la extorsión sistemática de ciertas fuentes de riqueza, en alta proporción incompatible, por los métodos utilizados, con cualquier propósito de 'humanizar la guerra' _a la humanización de la lucha seguiría la baja de los ingresos guerrilleros_ o en la simbiosis con el narcotráfico. Pinta una guerrilla en expansión que desde hace tiempo no depende esencialmente para eso del apoyo popular. Señala la diferencia entre su poder local y su capacidad de reclutamiento, y su falta de audiencia política nacional, sin caer en la tentación de denunciarla como mero negocio.
Según su análisis, la guerrilla se ha enfrentado a unos gobiernos incapaces de formular adecuadas estrategias, y a unas Fuerzas Armadas que por varias razones han sido llevadas a persistir en una guerra mal definida, con un trasfondo de una opinión pública en las ciudades mal orientada, cuando no indiferente, y muchas veces sentimental: "Los enemigos a toda costa de la confrontación con la guerrilla que al mismo tiempo insisten en la naturaleza política del conflicto no son consistentes con su planteamiento; no se puede atribuir carácter político a un conflicto, lo que es, por definición, un choque de intereses muy concretos, y al mismo tiempo apelar para solucionarlo solo a referentes morales y a la buena voluntad de los contendientes... Nada más peligroso que un análisis político insuficiente que pretende paliar su precariedad mediante apelaciones emotivas, puesto que no permite apreciar el sentido de los acontecimientos, ni descubrir las fuerzas en movimiento que es necesario utilizar o combatir".
Otro párrafo memorable analiza la persistente falta de armonía en la respuesta oficial: "...esta desconexión entre los civiles y los militares para afrontar el conflicto interno con las guerrillas ha ocasionado un estrabismo estatal en el que se dislocan dos visiones en dos direcciones diferentes: de un lado, el poder civil centra su atención en la negociación política y hace periódicamente llamados bien intencionados por la paz que... no pueden encontrar ningún eco del lado de la guerrilla; de otro lado, el estamento militar, que ha asumido la dirección y el control de la confrontación bélica, realiza deshilvanadas y rutinarias acciones operativas sin contar con una estrategia, ni con un plan integrado a partir de una visión general y articulada del conflicto. Este desencuentro ha traído como consecuencia que se perciba dentro del Estado y en el conjunto de la sociedad lo político y lo militar, la negociación y la coerción, como dos aspectos separados y hasta mutuamente excluyentes y no como necesariamente complementarios para el tratamiento y la solución del conflicto con las guerrillas".
Alfredo Rangel incita a pensar, a ponderar, a sistematizar los acuerdos y desacuerdos, a revisar la inquietud. Entre los debates interiores que me han ocasionado estos ensayos, hay algunos que como prologuista pienso compartir con otros lectores.
¿El autor es alarmista? Si es alarmista, ¿en qué grado? La historia de las fallas del orden público de los años recientes no da para ninguna complacencia. Hace 10 años, pocos hubieran previsto el deterioro que ha ocurrido. Sin embargo, las proyecciones geométricas hacia un futuro peor me parecen a veces demasiado simples. Tampoco será fácil para la guerrilla hacer el cambio cualitativo hacia la 'guerra de posiciones': creo que ni le conviene, ni que está dentro de su capacidad. Es muy difícil para un escritor en Colombia no caer nunca en la creencia tan difundida de que cualquier enemigo del Estado es más inteligente y previsor que éste, y tal vez hay acá algunos lapsus de esa índole, aunque un lector cuidadoso notará bastantes matices. Más que el lector, el tiempo dirá hasta dónde ha acertado.
¿Al autor se le va la mano en sus críticas a las Fuerzas Armadas?
Primero, me parece más severo en sus críticas a los civiles, y reconoce que en ausencia de una estrategia y unas metas acordadas y debidamente elaboradas, a las acusaciones de ineficiencia tan frecuentemente dirigidas a los militares les falta una parte importante de su sustento. Como reconoce Rangel, "ponerse de acuerdo en que tarde o temprano el conflicto se va a resolver por la vía de la negociación, como al parecer nos pusimos de acuerdo la mayoría de los colombianos hace ya más de 10 años, no constituye de por sí una estrategia". Esto no excusa de pensar en qué hacer mientras tanto. Pocos civiles tienen una idea clara sobre cuáles son los requisitos militares necesarios para un fin aparentemente tan sencillo como mantener el statu quo.
Me convence menos, confieso, en algunos de los remedios y reformas que propone. No es que no deban figurar en cualquier listado preliminar sobre qué hay que hacer, y sin duda hay que hacer mucho y hay mucho que se puede hacer. Sin embargo, frente a los problemas complejos del país las soluciones no son tan obvias, y sospecho que en este campo los civiles deben escuchar más a los militares, empaparse más de las realidades nacionales y regionales, y estudiar más, antes de abogar por reformas militares que en las circunstancias actuales de sus conocimientos resultarían improvisadas. Un ejemplo de lo complejo del asunto: el autor critica la dispersión de las Fuerzas Armadas por el territorio nacional, como factor contraproducente en su eficacia y que contribuye a su vulnerabilidad. Puede ser, pero también obedece a una demanda en gran parte civil por su presencia, que no será fácil ignorar. A veces el autor olvida que siempre entre los primeros pasos en una reforma se tiene que indagar por qué las cosas son como son. En general, sospecho que son más posibles y prácticas las reformas militares, en plural, continuas y con minúscula, que las Reformas Militares grandes y anunciadas, que corren más riesgo de fracasar estruendosamente por su complejidad, y mientras tanto impiden los esfuerzos continuos de mejoramiento menor que deben caracterizar cualquier ejército que se respete.
Son reservas menores. Publicada en una coyuntura que de manera ineludible exige el debate más amplio sobre sus temas, esta colección de ensayos tiene una enorme actualidad e importancia. El viejo y trajinado refrán del filósofo que no recuerdo, va así en inglés: "Things are as they are, and will have the consequences that they will have. Why, therefore, should we seek to be deceived?". En libre traducción al castellano: "Las cosas son como son, y van a tener sus consecuencias. ¿Por qué, entonces, queremos mantener nuestras ilusiones?". Acompaña bien esta lectura poco confortable.
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