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| 10/30/1989 12:00:00 AM

"LA GUERRA ES DE TODOS"

Ovación de pie, promesas de ayuda y palmaditas en el hombro recibe Barco en Estados Unidos.


El clima era de alta tensión. Sobre los techos de los edificios contiguos, civiles armados vigilaban los alrededores de la ONU mientras uniformados de azul autorizaban abajo el ingreso de delegados y visitantes. Individuo sin credencial no entraba. En la zona de jardines interiores otro personal de seguridad especializado en desactivar bombas, aguardaba dentro de furgones especiales y un grupo de médicos y enfermeros rodeaban listos varias ambulancias para actuar de inmediato en caso de alguna eventualidad. Las medidas de prevención opinaba todo el mundo, estaban justificadas. La Asamblea General escuchaba esa tarde a Virgilio Barco.

El día que el Presidente colombiano llegó a Washington, se supo que los carteles de la droga habían amenazado con secuestrar a un hijo de su homólogo, George Bush. La NBC dijo que un mercenario australiano había sido contactado por los narcotraficantes para realizar un atentado contra una caravana de automóviles en Estados Unidos, y las bombas seguían estallando en Bogotá.

A la preocupación de las autoridades norteamericanas se sumaba la ansiedad de los periodistas colombianos que, en medio de tales medidas de seguridad, no habían podido sacarle a su propio mandatario sino, de lejos, docenas de saludos con la mano. A gritos y alentados por Bush, fueron los colegas de Washington quienes lograron hacerle decir a Barco, y a duras penas en los jardines de la Casa Blanca, que no venía a pedir más ayuda militar. Lo demás lo dijo ese jueves el comunicado conjunto que como casi todos los de su especie, no dicen nada.

Algunos analistas estiman que Barco debió aprovechar el momento de su visita a Estados Unidos para mover más la opinión pública del mundo a su favor, dando declaraciones aquí y allá, fomentando reacciones inmediatas, pero los demás están de acuerdo con su actitud. Como él mismo se lo manifestara esa tarde a Javier Ayala, el director del Noticiero Nacional quien, mezclado entre los delegados que lo saludaban, le pedía acucioso una entrevista: "Sería competir contra mí mismo. Contra mi propio discurso ".

Porque Barco, al parecer, dijo en su discurso todo lo que tenía que decirle, por lo menos a la comunidad internacional, que lo escuchó y lo aplaudió de pie esa tarde. El título de su mensaje resumía ya no sólo el contenido del mismo, sino también el espíritu de su visita a Estados Unidos: "La lucha internacional contra el narcotráfico no puede ser una guerra de palabras".

Barco dijo a las naciones del mundo que la guerra del narcotráfico no era colombiana ni americana sino mundial, en la que el enemigo es una poderosa empresa criminal que no respeta soberanías ni leyes ni fronteras. "La suya--dijo--es una declaración de guerra contra toda la comunidad de naciones (...) y es el momento en que esa comunidad de naciones debe decidir de qué lado está".

Barco apeló a los principios fundamentales de la máxima organización mundial cuando expresó: "Si no podemos actuar juntos ante esta amenaza, estaremos alentando el crecimiento desenfrenado del uso de drogas y la violencia que ellas generan", y no mencionó los roces diplomáticos con Israel al hablar de los mercenarios, para no desintegrar precisamente el concepto de universalidad, abordando como bilateral esa parte del problema.

"Nuestra guerra no es de palabras". Con esta frase de campaña, incluida en un video y en algunos avisos de la prensa estadounidense, cambió en un año la opinión que tenían los norteamericanos sobre el gobierno colombiano y sobre su lucha contra el narcotráfico. Con ella de bandera, llega también Barco ante las Naciones Unidas.

La guerra, y los observadores están de acuerdo, no ha sido sólo de palabras. En lo político, Barco ha consolidado, y no sólo con viajes como este, toda la opinión internacional a su favor. "Cada vez que el terrorismo deja víctimas inocentes--dice un comentarista sueco--la imagen de su gobierno se fortalece. Con cada bomba, el enemigo pierde ante la opinión cualquier posibilidad de redención. Se entierra políticamente a sí mismo".

En cuanto a la guerra, militarmente hablando, Barco dice que ya recibió lo suficiente. "No quiero un sólo uniformado extranjero en territorio colombiano", responde rotundo ante las insistentes ofertas de Bush para enviar personal militar norteamericano, y solicita la ayuda de la comunidad internacional en dos renglones: que no suministren armas al narcotráfico y que prohiban el flujo de mercenarios pagos por el enemigo. Se lo había dicho un día antes también a Bush y a la subcomisión del Congreso norteamericano que lo recibió con uvas y galletas: "Las armas automáticas de los Estados Unidos y de otros países desarrollados están matando a mi gente". El día anterior, Bush había rechazado una prohibición de venta de armas automáticas en Estados Unidos.

La guerra no sólo es de palabras, es también jurídica. El presidente Barco pidió a la mayor brevedad ratificar la Convención de Viena sobre tráfico de narcóticos, que fue diseñada para modificar aquellos recursos legales que han permitido a los negociantes de la droga permanecer seguros en muchos países. El tratado, que cuenta con el respaldo de Estados Unidos, permitiría confiscar el dinero de los narcotraficantes y extraditarlos, aun en los casos en que no hubiere tratado al respecto. El Congreso de Estados Unidos lo estudia y Barco anunció que lo sometería al de su país, una vez regresara. En Colombia, muchos temen que, en ausencia de esa Convención, la Corte Suprema de Justicia declare inconstitucional los decomisos de propiedades y de otros bienes que se han hecho a presuntos capos del narcotráfico.
Pero la lucha contra el narcotráfico parece instalarse, de acuerdo con las palabras del presidente Barco, sobre todo rn rl campo decisivo de la economía. No sólo porque al parecer la triste y cada vez más crítica pobreza absoluta de los colombianos,además de la ambisión por el enriquecimiento fácil, sigue siendo caldo de cultivo para que muchos de ellos se incorporen a la subeconomía del narcotráfico. No sólo porque los atentados terroristas se hacen contra hoteles, bancos e instituciones que ayudan a constituir la base de la actual economía colombiana. Según el periódico USA Today, Barco le dijo al zar antidrogas de ese país, William Bennet, con quien se reunió temprano el jueves, que Colombia necesitaba ayuda económica para reemplazar lo que se perdería al demoler la red de la cocaína, un enorme empleador.

Por ese motivo, el Presidente colombiano habló mucho de café, algo que sorprendió a los observadores, pero que estaba plenamente justificado. Al fin y al cabo, los norteamericanos fueron claves en el fracaso del Pacto Cafetero, con lo que incidieron en el nivel de las exportaciones colombianas. En esa misma línea Barco pidió y obtuvo la promesa de ayuda económica, presumiblemente en aspectos comerciales y financieros.

En su discurso, Barco alabó la estrategia del presidente Bush para detener la demanda de drogas en su país, como un primer paso en la dirección correcta. Barry Krisberg, director del Consejo Nacional norteamericano para el Crimen y la Delincuencia anotó a favor de toda la política del gobierno colombiano que, por supuesto, el mejor lugar para atacar la droga no era Medellín sino las calles de Newark, Washington, Los Angeles y Nueva York. Sin mencionar al primer mandatario de Colombia, un editorial del New York Newsday dijo el sábado que para hacer sufrir a la industria de la droga había que darle donde más le doliera: en el bolsillo, controlando las operaciones computarizadas de los bancos que lavan en Estados Unidos 80 mil millones de dólares al año.

En esa guerra económica, Barco solicita de la comunidad mundial apoyo para las exportaciones legales colombianas como el café, para el que pide la firma de un nuevo acuerdo, mientras espera que Norteamérica y Europa detengan el envio de químicos que son esenciales para el procesamiento que de la droga hacen los narcotraficantes de Suramérica.

Si bien la guerra contra el narcotráfico no es sólo de palabras, Barco lanzó numerosos torpedos verbales contra los capos del mismo, como cuando dijo en su discurso que muchos de los líderes de esos carteles criminales eran llamados colombianos, pero que lo eran sólo de nombre. "Ellos no tienen hogar. Colombia no es su patria". Después de hablar con el presidente Barco, un congresista republicano de ascendencia latina, Charles Rangel, comentó en Washington: "Yo no había visto nunca antes un servidor público más valiente. Es alguien que de verdad ha puesto su vida en peligro".

"Quiero expresarle, en nombre de la nación norteamericana, mi aprecio por su gran valor", le dijo ese mismo día Bush. "Un presidente con coraje", se escuchaba decir la tarde de su discurso por los pasillos de Naciones Unidas. Los presentes se sorprendieron inicialmente con el singular estilo oratorio del jefe de Estado. Pero, aun con su oratoria chambona y su gesticulación desincronizada, Virgilio Barco seguía siendo el máximo general de la guerra contra el narcotráfico en el mundo.

Al término de su intervención, la Asamblea General se puso de pie y le dio a Barco su primera gran ovación del 89 en dos semanas que lleva de sesión. Los periódicos importantes de Washington y Nueva York no destacaron en primera página su visita ni su discurso; los noticieros en inglés lo mencionaron mucho menos. Información interior de dos y tres columnas: dos fotografías en el Washington Post, una con Bush en USA Today, un editorial indirecto en New York Newsday y el aviso a una página en el New York Times de un muchacho negro con el cañón de una pistola metido en las narices. El tema del narcotráfico está inscrito para discusión y debate en la agenda de las Naciones Unidas. Parece suficiente. En medio de las mismas extremas medidas de seguridad, Virgilio Barco regresó el sábado a Colombia para seguir enfrentándose a los hechos. Ninguna guerra es sólo de palabras--
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