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| 7/30/2011 12:00:00 AM

La hecatombe del 'irreemplazable'

El calvario que ha sufrido Álvaro Uribe en su primer año fuera del poder no tiene precedentes. ¿Cuál es la verdad detrás de la caída del expresidente?

Hace poco más de un año había dos palabras nuevas en el vocabulario político del país: 'irreemplazable' y 'hecatombe'. 'Irreemplazable' era la forma de referirse a Álvaro Uribe cuando este buscaba una segunda reelección. Y 'hecatombe' era la palabra que se utilizaba para explicar lo que le podía suceder al país donde se desviara del camino trazado por él. Hoy, la situación es que Uribe resultó tan reemplazable que la gente está dichosa con Santos. Y el sentimiento en la calle es que la verdadera 'hecatombe' habría sido un tercer periodo de Uribe.

No hay antecedentes en el país de un cambio de percepción de tal dimensión en tan poco tiempo. Como Santos está acusado de haber traicionado al uribismo, se entiende el regocijo de los antiuribistas como el Partido Liberal, Cambio Radical y hasta la izquierda. Lo que no es tan fácil de explicar es por qué más del 90 por ciento de los uribistas 'traicionados' están igual de felices. Porque la realidad hoy día es que fuera del primer anillo del furibismo (José Obdulio, Uribito, Fernando Londoño, Ernesto Yamhure, etcétera), el grueso de la tropa se 'Santificó'.

¿Cuál es la razón de esta conversión? Fundamentalmente, que el viraje que dio Santos resultó sensato y conveniente. Amplió la agenda para sacar al país del monotema de la guerra. Con la Ley de Víctimas y la futura Ley de Tierras puso al país a pensar en términos no solo de orden público, sino también de justicia social y reconciliación. Terminó de un tajo el choque de trenes al establecer una relación civilizada con las cortes. Y en política exterior, rompió el cordón umbilical con Estados Unidos y arregló el problema con Venezuela y Ecuador.

Mientras Santos goza de su luna de miel, a Uribe se le vino el mundo encima. Cada semana un alto funcionario de su administración es judicializado. Prácticamente todos los días sale a flote algún escándalo de corrupción de su gobierno. Sus fichas políticas o no le están haciendo caso o parecen ir hacia un desastre electoral. La prensa de opinión lo trata con una falta de respeto que raya en la ofensa y sus ráfagas en Twitter en lugar de mejorar su imagen, la empeoran.

Ante esas circunstancias es difícil hacer una evaluación objetiva de los ocho años de su gobierno. El antiuribismo está recalentado y los ánimos están caldeados. Si en el pasado hubo un exceso de alabanzas, ahora hay un exceso de críticas. Lo único que es seguro es que el gobierno anterior no va acabar siendo ni tan bueno como se creía el 7 de agosto del año pasado, ni tan malo como se está diciendo ahora.

Se podría afirmar que los triunfos militares de Uribe contra la guerrilla rescataron al país de una catástrofe inminente. La contraparte de esto es que su obsesión reeleccionista produjo una grave desinstitucionalización y sacó a la corrupción de sus "justas proporciones". En cuanto a lo primero, algo que se ha olvidado es que cuando Uribe llegó al poder, las Farc estaban en las puertas de las capitales del país. La guerra sin cuartel que él lideró personalmente permitió el restablecimiento de la actividad económica agrícola, les devolvió el optimismo a los colombianos y creó las condiciones para que Colombia se insertara en la economía mundial. El país no solo se volvió atractivo como destino de inversión, sino que las empresas colombianas se volvieron grandes jugadoras de los negocios internacionales. Transacciones como la compra que hizo Gruposura de los activos de ING en la región por 3.800 millones de dólares nunca se hubieran podido hacer sin la confianza inversionista creada por el gobierno anterior. Esa era la Colombia que se pensaba había dejado la mano firme y el corazón grande.

Pero también dejó otra Colombia. Una de instituciones frágiles con una corrupción desbordada. Unas instituciones que habían sido concebidas para gobiernos de cuatro años no podían contrarrestar el poder de un Ejecutivo cuyo periodo no solo se duplicó, sino que casi se triplica. La primera reelección de Uribe fue controversial y el intento de la segunda, casi demencial. Y aunque la corrupción en Colombia venía de tiempo atrás, la dinámica generada por el cambio del "articulito" la aumentó sustancialmente.

Lo paradójico de todo esto es que no se está cuestionando la honestidad personal de Álvaro Uribe. Ni siquiera sus detractores pretenden que él personalmente se haya beneficiado económicamente del poder. Sin embargo, la necesidad de conseguir mayorías para reformar la Constitución y permitir la reelección dio lugar a una cultura de favores y concesiones en materia de puestos, contratos, notarías, etcétera. De esa cultura surgieron escándalos como el de la yidispolítica, o el de la intolerancia frente a los contradictores que desembocó, por ejemplo, en el escándalo de las 'chuzadas'.

Las revelaciones sobre esa segunda Colombia le han producido al expresidente un bajonazo en su nivel de popularidad en el año que ha transcurrido desde que abandonó la Casa de Nariño. La favorabilidad de su imagen ha caído de 80 a 60 puntos, según la última encuesta (ver artículo). Y su imagen negativa se ha prácticamente duplicado, al llegar en la misma encuesta a un 35 por ciento. Esas cifras son menos buenas que las de hace un año, pero siguen siendo muy respetables. Ninguno de los expresidentes vivos tiene ese nivel de aceptación hoy día. Esto, ante la cantidad de agua sucia que le ha caído a Uribe, podría interpretarse como que la mayoría de los colombianos le atribuyen más peso al terreno ganado frente a la guerrilla que a los escándalos o excesos que se han ido destapando.

El expresidente, por su parte, considera que recibió un Estado fallido y que a punta de trabajar, trabajar y trabajar no solo lo volvió viable, sino que sentó las bases del actual despegue económico. También piensa que Santos puede haber sido un gran ministro de Defensa, pero que como presidente está descuidando el huevito de la seguridad democrática. Y por último, está indignado de que estén graduando de corrupto a su gobierno, metiendo a la cárcel a personas que para él son inocentes y echándoles la culpa por conductas delictivas de otros cuya responsabilidad no les corresponde.

En los aspectos anteriores hay ciertos elementos de verdad. Pero el sentimiento de injusticia y de ingratitud que embarga a Uribe es tan grande que lo ha enceguecido. De ahí su actitud de kamikaze twittero, poniendo la cara todos los días contra todo aquel que forme parte de lo que él considera una conspiración antiuribista.

Para él en esa categoría entran los jueces, fiscales y magistrados que están encarcelando a sus protegidos. Y depronto tiene razón. Que los técnicos de Agro Ingreso Seguro estén en la cárcel antes del juicio por ser considerados un peligro para la sociedad es, sin duda, un despropósito. También parece exagerada la medida contra Andrés Felipe Arias. Independientemente de que después de un juicio sea condenado, detenerlo por razones preventivas va en contra de la presunción de inocencia.

Pero los excesos que se pueden haber cometido contra Uribe son solo una parte de la película. La otra son los excesos cometidos por él o a nombre de él que prefiere no registrar. Por lo pronto, de lo que no hay duda es de que ha sido un expresidente diferente a todos sus antecesores. La norma tradicional de ausentarse o quedarse callado durante un tiempo después de la entrega de la banda presidencial no lo convence. Siempre ha sido más frentero que estratega. Y esta actitud es la que le ha generado tanto admiradores como detractores. Este año han aparecido mucho más los segundos que los primeros. Sin duda alguna, para él han sido 12 meses muy duros. Pero el veredicto de la historia nunca está determinado por un mal año. En juego largo puede haber desquite.
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