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| 5/3/2014 12:00:00 AM

La historia de la fiscal que parece sicóloga

Esther Polo, una víctima del conflicto que hace sus prácticas de derecho en la Unidad de Justicia y Paz de Montería, habla sobre la importancia de encontrar personas sensibles en los organismos estatales que atienden a esta población.

En este país la violencia no es una época que ya pasó, como insinúan los textos de historia que te enseñan en la primaria. Por el contrario, se ha generalizado, y tiene tantos matices y es tan compleja que la gente ya está predispuesta para recibir tratos agresivos en cualquier momento y ante el menor de los casos. Sin duda el conflicto armado que nos aqueja es uno de esos tantos matices de la violencia que ha dejado millones de víctimas. Pese a todo el sufrimiento y la carga que hemos tenido que soportar nos hemos visto enfrentadas a otra forma de violencia: la que emana de las instituciones estatales con los maltratos y las malas orientaciones que impiden el acceso a nuestros derechos, entre muchas otras. Es una re-victimización pues ese tipo de conductas maximizan los daños que nos han provocado.

Y justo cuando empezaba a perder la esperanza de que las cosas fueran diferentes, entré a la Unidad de Justicia y Paz para realizar mis prácticas de Derecho, muy a mi pesar, puesto que imaginaba las batallas que tendría que dar si observaba alguna irregularidad con alguna víctima. Estaba dispuesta a enfrentarme con quien fuese necesario para defender mi causa. Pero, contrario a lo que me esperaba, la que tuvo que desarmarse fui yo. En Montería empezó a funcionar una unidad pequeña dependiente de Justicia y Paz, encargada de atender a las víctimas, registrar los casos, orientar sobre el proceso y, en general, abrir un espacio dedicado a esta población bajo la coordinación de una fiscal especializada. Hasta allí uno podría decir que no hay nada de particular, excepto por la fiscal Esmeralda Issa Martínez, con quien he trabajado cerca de un año.

Esta mujer escucha todos los días las historias de la gente que va en busca de una respuesta del Estado, que espera un poco de justicia frente al menoscabo de sus derechos. El rol que ella asume podría ser considerado irrelevante, pero cobra un sentido invaluable cuando ella antepone su humanidad y da lecciones a cerca de la manera en la que se debe interactuar con las personas. Y no es solo el hecho de que aplique criterios diferenciales; es su lógica para conectarse con el dolor que habita a la otra persona y su manera de contrarrestarlo.

Esmeralda no es psicóloga, pero muchas víctimas me han contado acerca del poder curativo de los abrazos que ella les da, pero además, se preocupa por resolver la situación que le exponen y todos sus actos van encaminados a lo que ella ha denominado la responsabilidad de quienes representan al Estado: una acción que debe disminuir o mitigar el daño de las víctimas. Uno podría decir que esta fiscal está muy comprometida con su trabajo, sin embargo, lo gratificante de la vida es ver a una persona abrazar a otra y con ella todo el dolor que tiene a cuestas. Ello es una muestra invaluable de la grandeza humana.

Hace poco, una mujer desconsolada entró a su oficina en busca de una orientación sobre su caso. Le habían asesinado a su única hija de apenas 18 años de edad. El dolor en los ojos de aquella mujer se convirtió en una prioridad para la fiscal, que se sentó junto a ella para escucharla y le tendió su mano en un gesto que no implica otra cosa que conectarse con el dolor ajeno. ¿Pero quién es Esmeralda Issa? Es una de las tantas viudas que ha dejado la guerra, su esposo fue asesinado por grupos paramilitares y ella tuvo que desplazarse con su pequeño hijo del lugar donde vivía.

Encontrar a alguien como ella en una institución estatal es esperanzador porque su trabajo ha disminuido la brecha de desconfianza entre las víctimas y el Estado y porque estoy convencida de que su forma de salir adelante es una muestra de la resiliencia que caracteriza a muchas víctimas. Ella, con su tacto, ha logrado que víctimas de violencia sexual denuncien lo que les ha pasado; ha logrado articular a otras instituciones para brindar una atención adecuada a las víctimas; hace trabajo de sensibilización en otras entidades y en otros sectores promoviendo el buen trato. Hace poco les habló a los gerentes de las EPS sobre la manera en la que se debe atender a las víctimas e hizo un excelente análisis sobre el tema de la rehabilitación en la salud física y mental. Sus aportes son una muestra de esa transformación que nos urge como sociedad y que tanto necesita Colombia.

Lastimosamente en este país historias como estas no tienen cabida, porque se mira a las víctimas desde el dolor, desde los pesares y no desde el trabajo que hacen día a día por sobrevivir, estas son las verdaderas heroínas, la gente que lucha día a día para mantenerse de pie a pesar del dolor, a pesar de la guerra que no termina, de la indiferencia de los que justifican la violencia en todos sus órdenes. Aquí el espacio es para los perpetradores, de quienes a diario salen programas de televisión que agudizan los imaginarios frente a la legitimación del conflicto. La huma nidad de Esmeralda Issa es un aprendizaje para el mundo.
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